Consideraciones en torno a las estelas funerarias de las Améscoas (Navarra)

mapaamescoa_webCon el nombre de Las Améscoas se designa el conjunto de los pueblos navarros de Améscoa Alta y Baja, asentados en la alargada barrancada que enmarcan la Sierra de Urbasa por el N. y la de Lóquiz por el S., formando uno de los corredores de comunicación entre Navarra y Álava. Forman estos valles parte del conjunto montañoso que accidenta la Navarra Media Occidental, en un espacio limitado al N. por los Montes Vascos, que avenan sus aguas al Mar Cantábrico, y al S. por el río Ega, afluente del Ebro.

La población de Améscoa-Baja está distribuida en siete pueblos: Artaza, Baquedano, Baríndano, Ecala, Gollano, San Martín y Zudaire más el caserío de Urra, integrados en un solo municipio. Améscoa-Alta, denominada Valle de Arana hasta el siglo XVI, comprende los ayuntamientos independientes de Aranarache, Eulate y Larraona.

Por ser zona fronteriza con el reino de Castilla -hoy Álava pertenece a la Comunidad Autónoma Vasca- las Améscoas estuvieron sometidas durante siglos al trasiego de los ejércitos de uno y otro lado, siendo por lo tanto área de contacto con gentes diversas. Los reyes de Navarra liberaron con frecuencia de impuestos a los pobladores de estas parte del viejo reino, obligados a la defensa de sus territorios. La valentía de los amescoanos, probada en estas lides, fue premiada con títulos de hidalguía, como lo prueban linajes famosos de casas solariegas aún dignas de admiración.

Las Améscoas son valles eminentemente ganaderos y agrícolas y gozan de una personalidad propia, diferenciada por ejemplo de sus vecinos de los Valles de Araquil y del Ega [1].

Desde el punto de vista arqueológico, la zona se inscribe en el ámbito de localización de estelas tabulares de época romana: dos en el propio Larraona y otras en puntos correspondientes al curso medio del río Ega (Bearin, Iruñuela, Estella, Arbeiza, etc.), a no mucha distancia de nuestros valles [2].

Conocíamos la existencia de un grupo de once estelas discoideas procedentes de Eulate que se hallan en el Museo San Telmo de San Sebastián y fueron catalogadas por su director Gonzalo Manso de Zúñiga [3], así como de otras dos procedentes de Artaza, dos más de Urra, una de Amescoazarra y otra de la Sierra de Urbasa, catalogadas por Luciano Lapuente [4]. En el conjunto, ya conocido, de las 17 estelas amescoanas, casi con seguridad todas medievales, destacaban dos especialmente por su rareza: una de Eulate, precristiana y de gran rudeza, con perforación oval en el disco, y otra del desolado medieval de Amescoazarra, con la figura de un orante en su anverso [5].

En 1982, los firmantes de esta comunicación iniciamos una localización sistemática de antiguos monumentos funerarios, que ha dado en esta zona 25 nuevas estelas discoideas y 3 estelas tabulares, cuyo catálogo se adjunta a estas páginas.

Los hallazgos se distribuyen de la siguiente forma:

  1. Estelas discoideas: 3 en Artaza, 3 en Baríndano, 1 en Ecala, 4 en Eulate, 4 en Gollano, 6 en Larraona, 2 en San Martín y 2 en Zudaire.
  2. Estelas tabulares: 1 en Baríndano, 1 en Eulate y 1 en Baquedano.

Cruz del Provinciano. Raso de Esquiza

Acompañamos esta catalogación, asimismo, de un monumento en forma de cruz procedente del raso de Esquiza, en la Sierra de Urbasa, conocida por la Cruz del Provinciano, del que tuvimos una primera noticia a través del investigador Fermín Leizaola [6].

Finalidad del monumento funerario y comportamiento social ante él, con indicación de cronologías

Estudiado el conjunto de los hallazgos en su contexto social y religioso, se hace preciso distinguir desde ahora las dos funciones desempeñadas por el monumento funerario tradicional, que ha sido, por un lado, la de señalizar la sepultura familiar dentro del cementerio, que en siglos pasados ocupaba el espacio anterior al templo cristiano y, por otro, constituir un hito conmemorativo de la muerte casual de un vecino en lugar abierto, lejos del pueblo y sin ayuda espiritual. En tal caso, la estela o la cruz no se asociaban a tumba alguna. Suponían un recordatorio del fallecimiento para demandar a los transeúntes, como veremos, oraciones por el alma del fallecido.

Respecto al primer caso -la estela que señala la sepultura dentro del cementerio- diremos que se trata del tipo discoideo. La estela tabular no hace su aparición hasta 1762 en Eulate y es del género conmemorativo. Las estelas discoideas de los cementerios amescoanos tuvieron su apogeo en época medieval, pues en el siglo XV las casas de cierto rango social, según prueba la documentación del momento, consiguen sepultura propia en el interior de las iglesias parroquiales [7]. Asta entonces la estela discoidea presidía el espacio del cementerio destinado a ser tumba familiar. Así lo prueba una estela del Museo San Telmo, que lleva dentro de un escudo gótico las insignias del blasón de los García de Eulate.

A partir de la segunda mitad del siglo XVI esta costumbre va generalizándose, según lo ponen de relieve los Libros sacramentales de las Parroquias de Eulate y Larraona. Los cadáveres se entierran en las llamadas “sepulturas” o “fuesas” del interior de las iglesias y sus capillas, que son igualmente de carácter familiar. Este modo de enterramiento adquirió pronto una gran importancia, ya que ante la fuesa la “señora de la casa” llevaba a cabo en memoria del difunto el ofrecimiento de la “candela añal” y de la “oblada”, ritos que han perdurado en parte hasta el siglo XX [8]. Es de suponer que no por ello habría desaparecido el cementerio exterior al templo, que en ciertos casos (como epidemias por ejemplo) podría seguir siendo utilizado como lugar de enterramiento, pero no cabe duda que tal espacio, con sus monumentos funerarios incluidos, pasaría pronto a un segundo plano en la preferencia de los amescoanos para elegir su sepultura [9]. En Gollano, como en otros tantos pueblos de Navarra, se emplearon las discoideas como piedras de construcción o se enterraron, curiosamente de pie, bajo la nave de la iglesia.

Es seguro, pues, que las estelas discoideas de los cementerios amescoanos habrían dejado de esculpirse en torno al siglo XVI. Y es presumible también que las existentes pronto habrían sido abandonadas o destruidas [10]. Las prácticas del ritual funerario se concentraron en la fuesa, que recibió un mayor protagonismo a través de la luz de los difuntos, al encender ante ellas velas durante los oficios religiosos del año siguiente al fallecimiento del familiar (en lo que se ha llamado “cabo de año”) y en determinadas ocasiones del ciclo litúrgico.

La estela discoidea, sin embargo, no desapareció, aunque transformó su función: de señalizar la sepultura pasó a ser estrictamente conmemorativa. Seguirá empleándose, pero en la orilla de los caminos, para recordar la muerte natural o accidental de cristianos en pleno descampado, sin la ayuda espiritual que pueden permitirse los que mueren en el lecho de la propia casa.

Probablemente esta función conmemorativa no sería ajena a siglos anteriores, como parecen indicarlo estelas de traza medieval halladas junto a caminos o enterradas en el monte. Nos referimos a las que numeramos como 1 de Ecala, 2 de Eulate y 6 de Larraona. Pero de lo que no cabe duda alguna es de que la estela discoidea se erige, a partir del siglo XVI y hasta la primera aparición del modelo tabular en la segunda mitad del siglo XVIII por lo menos, se erige -decimos- tan solo en campo abierto, ya no en las poblaciones.

Las “cruces de piedra”, como han llamado a estos monumentos discoideos los naturales de estos valles, no se colocaron, en principio, sobre el lugar mismo del fallecimiento, a veces ocurrido el lugares de difícil acceso, sino a la orilla del camino más próximo, que fuera de paso obligado para los vecinos del fallecido [11]. Así se podía garantizar al difunto una cadena interminable de sufragios, por suponerse a su alma más necesitada de ellos, debido a las circunstancias de su muerte, sin ayuda humana o espiritual. Todavía a principios del siglo XX era costumbre en las Améscoas rezar un Padre Nuestro o un Credo al pasar junto a una de estas estelas [12].

Tales monumentos presentan un canon más alto, ancho y robusto, creemos que para ser vistos de lejos y resistir mejor los efectos de la intemperie. Se han orientado preferentemente de N-S o de E-OE, pero siempre ofrecen la cara mejor decorada hacia el camino. Por los general, una simple cruz decora y simboliza su carácter cristiano. De estas características son trece de las veinticinco estelas que catalogamos

La estela discoidea con funciones conmemorativas da paso con el tiempo a la estela tabular. En 1762 se erige a la memoria de Pedro Antón Díaz de Jáuregui, muerto en la Sierra de Urbasa, una estela rectangular decorada con una cruz latina el altorrelieve [13]. Se evidencia, entonces, que la forma crucífera pasa a un primer plano y que el resto del monumento es su necesario soporte. En el Raso de Esquiza, de la misma Sierra, se planta una cruz para recordar el óbito de otra persona en 1767, ocurrido en el mismo lugar que señala el monumento, práctica que desde ahora se verá confirmada por otras dos estelas tabulares en los términos de Baríndano y Baquedano. La forma de estas dos últimas es rectangular con el remate superior triangular o curvo y dispuestas contra la pendiente del camino.

Varias son las características de estos monumentos conmemorativos. La primera, que al no ir acompañados de sepultura, no se refieren a “la casa” o a “la familia”, sino al individuo fallecido exclusivamente, como acabamos de ver. La segunda, propia de las estelas discoideas posteriores al siglo XVI, es que incorporan a su decoración textos epigrafiados alusivos al difunto, al hecho luctuoso que conmemoran o a Jesús y María, a quienes invocan. Las estelas tabulares, desde la segunda mitad del siglo XVIII al menos, presentan textos más abundantes y narrativos, dispuestos en varias líneas, que explican al detalle donde fue la muerte, de quien se trata y el año del suceso. La decoración, en todos los casos, es bien austera.

Reaprovechamiento de una estela de Larraona en pared

Hemos observado también que entre las reutilizaciones posteriores de las estelas discoideas están, en primer lugar, el reaprovechamiento como piedra de construcción, pero dejando a la vista su decoración, lo que implica un cierto grado de respeto hacia ella (estelas 1 y 2 de Gollano); en segundo lugar, la de servir de señalización de una vieja ermita, ya desaparecida, colocándosela de forma que recuerda el carácter sagrado de ese espacio, lo que se hizo con la nº 4 de Eulate sobre el sitio donde existió la ermita de San Pablo [14], en plena sierra y mirando su cara mejor conservada al pueblo; y finalmente la de decorar o, mejor aún, señalizar las inmediaciones de la iglesia y el itinerario por el que discurriría el Via Crucis (en Eulate). La llamada Cruz de Angelicobago ha sido recogida recientemente de la Sierra y llevada a Eulate para su restauración y colocación en la calle del pueblo, pues han caído en el desusos ya las prácticas piadosas a que obligaba.

Estudio arqueológico y artístico

Desde el punto de vista tipológico, se pueden distinguir cuatro grupos entre las discoideas que presentamos:

  1. En primer lugar el grupo ya definido de estelas conmemorativas, de pie delgado y casi recto, disco apreciable, fortaleza y silueta estilizada, decoradas con una cruz que desciende por el cuello al zócalo. Podrían pertenecer todas ellas a una misma escuela estilística y artesanal. Se pueden incluir en este grupo las estelas de Baríndano (2, 3, 4), Eulate (3), Larraona (2, 3, 4, 5) y San Martín (1).
  2. Un segundo grupo se distingue por su tendencia al antropomorfismo: cuello de líneas divergentes, notoria transición al pie y base lanceolada o rectangular. En este grupo se pueden diferenciar las estelas de Artaza, de la 6 de Larraona y de la 1 de Zudaire [15].
  3. Finalmente, alguna estela -como la 2 de Eulate- carece de toda similitud con las anteriores [16].

Quedan fuera de esta clasificación las tres estelas tabulares que aportamos, tan diferentes entre sí, pertenecientes a los siglos XVIII, XIX y XX, que constituyen una novedad en la catalogación de monumentos funerarios antiguos, pues al menos en Navarra no se ha iniciado la localización sistemática de este tipo de ejemplares, ni tampoco de las cruces funerarias. Las estelas tabulares de las Améscoas, frente a las ya conocidas del Labourd vascofrancés o de la Baja Sajonia, son austeras en su presentación, se hallan decoradas por una sola cara, se refieren al individuo fallecido y no a su casa y son únicas y exclusivamente conmemorativas [17].

Respecto a las técnicas de talla, se aprecian detalles de inscultura en las estelas 1 y 2 de Artaza, 3 de Baríndano, 4 de Eulate y 1 de Zudaire. La incisión se ha empleado en ornatos secundarios o para grabar textos, salvo en la estela 2 de Eulate, que es preferente, aunque de resultado tosco. El bajorrelieve es la técnica más empleada y con mejores resultados formales, ya que se une al abiselado y bujardeado sobre piedras de caliza en general sanas.

Estela de Zudaire

La cruz, además de símbolo cristiano, es el principal motivo ornamental de estas estelas.

Se trata de sobrias cruces de traza griega o latina. Entre las primeras las hay sencillas o de Malta, con extremos flordelisados, cóncavos, ancorados, potenzados, patados o achaflanados, dentro siempre de una austera expresión formal, conforme a patrones muy extendidos en Europa. Estelas de Baríndano, Eulate, Larraona, San Martín y Zudaire se decoran, dentro de sus estilizados diseños, con cruces que atraviesan el pie y se asientan en calvarios de dos gradas. Cruces que, al mismo tiempo, presentan extremos superiores cóncavos o achaflanados, al estilo de las que aparecen en esta clase de monumentos desde Álava a Guipúzcoa, atravesando los Bajos y Medios Pirineos franceses y Languedoc, hasta los Valles altos del Rhin y el Danubio, incluso en Portugal, datados en el siglo XVI [18].

El extremo achaflanado de la cruz es muy frecuente, de modo especial, en la Navarra francesa y en Soule, donde aparece asociado al trigrama IHS, como en las estelas discoideas nº 2 de Baríndano y 3 de Eulate. Al otro lado del Pirineo, en la Navarra española, aparece la misma asociación, pero es más numerosa en las claves de los arcos góticos de puertas de casonas desde el Valle del Roncal por el N. al Romanzado por el S. [19]

 

Estela de Gollano

La rosácea y la figuración geométrica, símbolos de la perfección del cosmos al tiempo que motivos ornamentales ligados al ritual funerario y al arte románico, también están presentes en las estelas amescoanas como en gran parte de Navarra.

La representación de la figura humana es otro de los atractivos de estas estelas, reduciéndose a poco más que la cara en los ejemplares 1 de Ecala y 3 de Eulate, reapareciendo en la Cruz de Pedro Antón, estela tabular del mediados del XVIII. Si bien pudiera tratarse de la representación de Jesucristo en el primer caso, al superponerse el rostro a la Cruz, es posible que se trate del difunto en los otros dos casos. Este tipo de representaciones es propio del arte medieval, que entronca con la iconografía romana y en general se vincula en los discoides a monumentos primitivos. Los rostros humanos están esculpidos en las mismas iglesias amescoanas [20].

No hemos encontrado paralelo decorativo o simbólico alguno semejante al de la estela 3 de Eulate, denominada popularmente Cruz de Angelicobago [21]. En ella la cara humana se sobrepone a dos tibias cruzadas dentro de un rectángulo que ocupa el tercio inferior del monumento. Siendo su estructura aún discoidea y datando su erección de 1716, no podemos dejar de pensar que se trate, en efecto, del último discoide de la comarca. De suyo, semejante atención por ubicar en un pie completamente recto una decoración enmarcada por una cenefa, anuncia ya la proximidad en el tiempo de la estela tabular, como así lo demuestra, en el propio Eulate, la Cruz de Pedro Antón, que data de 1762 [22].

Tampoco resulta fácil encontrar paralelos a la estela nº 1 de Larraona, decorada en una de sus caras por una cruz griega de tipo prerrománico y en el reverso por la figura de un pez, símbolo de Cristo.

La libertad decorativa, dentro de la simplicidad de los motivos ornamentales, es, como hemos visto, la característica común a los ejemplares que catalogamos. La extensión del ornato al pie se amplía también en ciertos casos a los cantos de los discos, mediante cruces o líneas geométricas [23].

Estos motivos no son, por otra parte, ajenos a los que se esculpieron sobre las estelas amescoanas ya conocidas con anterioridad, consistentes en cruces, rosáceas y motivos geométricos [24].

En el aspecto funcional y decorativo, las estelas conmemorativas de las Améscoas tienen una gran similitud con sus vecinas del Sur de Guipúzcoa -Cerain y Cegama en particular- situadas al oeste de Navarra y a muy poca distancia de Larraona. En algún caso hay plena identificación de estructuras, decoración y emplazamiento, lo que prueba que entre ambas áreas hubo intercambios evidentes, si no idénticos mazoneros y usos similares [25].

Conclusión

Podemos concluir tras este estudio, que la estela discoidea ha tenido en los valles amescoanos una doble función:

  1. Una primera como cabecera de la sepultura familiar dentro del cementerio, a lo largo de los siglos medievales y hasta mediados del siglo XVI, en que esta práctica de enterramiento se ve sustituida por la de inhumación en la nave del templo parroquial, siendo esta la causa de la decadencia de este tipo de monumento funerario, a partir de entonces sólo erigido a la vera de los caminos en los casos de muerte fortuita, hasta mediados del siglo XVIII en que aparece la estela tabular e incluso la cruz funeraria.
  2. Por otro lado -y a lo largo del mismo periodo- la estela discoidea se utilizó también como monumento conmemorativo de muertes accidentales en el campo, para solicitar de los vecinos oraciones por el difunto. La aparición de la cruz o de la estela tabular no significó cambio alguno en esta actitud, si bien desde 1767 el monumento indica d modo preciso el lugar exacto del fallecimiento.

Perdida con el paso del tiempo su originaria función funeraria, la estela discoidea ha podido ser utilizada -ya en el siglo XVIII- como testigo del recinto de un viejo lugar sagrado (una ermita) y como hito conducente -en este siglo XX- de la piedad popular (Via Crucis), ya que la cruz, en la mayor parte de los casos, es su principal elemento decorativo y simbólico.

Todas las estelas no conmemorativas de las Améscoas pueden considerarse medievales, mientras que aquellas que sí lo son (nº 2 a 4 de Baríndano, 3 de Eulate, 2 a 6 de Larraona, 1 y 2 de San Martín), en su mayor parte datan de mediados del siglo XVI a principios del XVIII [26].

Dibujos y fotografías: Mª Amor Beguiristain

Catalogación de los monumentos funerarios de Las Améscoas:

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Notas

[1] Sobre la originalidad geográfica de estos valles y sus modos de vida véanse L. Lapuente Martínez, “Las Améscoas”, Príncipe de Viana, Pamplona, 148-149 (1977), pp. 477-492; e Id., “Estudio etnográfico de Améscoa, Cuadernos de Etnología y Etnografía de Navarra [CEEN], Pamplona, 1971 y años posteriores. Sobre sus edificios histórico-artísticos consúltese C. García Gaínza et alii, Catálogo monumental de Navarra, II, Merindad de Estella, vol. * y **, Pamplona, Institución Príncipe de Viana / Arzobispado de Pamplona / Universidad de Navarra, 1982 y 1983.

[2] Ver F. Marco Simón, “Las estelas decoradas de época romana en Navarra”, Trabajos de Arqueología Navarra, Pamplona, Museo de Navarra, I (1979), pp. 205-250; C. Castillo et alii, Inscripciones romanas del Museo de Navarra, Pamplona, Institución Príncipe de Viana, 1981.

[3] MANSO DE ZÚÑIGA (Gonzalo), Museo San Telmo, San Sebastián, La Gran Enciclopedia Vasca / Caja de Ahorros Municipal de San Sebastián, 1976, pp. 40-41, 45, 47-48, 58-59, 262-263.

[4] LAPUENTE MARTÍNEZ (Luciano), “Estudio etnográfico de Améscoa (segunda parte), CEEN III, nº 8 (1971), pp. 148-152. Aquí se cometió el error involuntario de confundir el reverso de la estela de Artaza (fig. 4) -que no variaba respecto a su anverso- con el reverso de la estela de la fig. 5.

[5] La estela de Eulate estaría adaptada para portar en su reverso las cenizas del difunto. Vuelve a ratificarse en esta interpretación Manso de Zúñiga en “Stèles discoidales du Musée San Telmo de San Sebastián (Guipúzcoa)”, Archéologie en Languedoc, Sète, Fédération Archéologique de l’Hérault, 1980, p. 144. Ver además la nota 3 de este trabajo.

[6] LEIZAOLA (Fermín de), “Hallazgo de un menhir en la Sierra de Urbasa (Navarra)”, Munibe, San Sebastián, Sociedad de Ciencias Naturales Aranzadi, año XXV, nº 1 (1973), pp. 13-18.

[7] Los testimonia un Proceso de los labradores de Améscoa Baja contra los hijosdalgo del mismo Valle (Año 1591, Archivo General de Navarra, Zunzarren Srio. Leg 411, Fajo 1º, Sala 1ª, Est, 1ª izda. Banda 14)

[8] Sobre las circunstancias y ritual que acompañan a la muerte en Navarra véanse B. de Echegaray, Los Ritos funerarios en el derecho Consuetudinario de Navarra, Pamplona, Publicaciones del Consejo de Estudios de Derecho Navarro (Diputación Foral de Navarra), 1951; y L. Del Campo, “Sobre sepulturas en el fuero General de Navarra”, CEEN, XVII, nº 46 (1985), pp. 109-122.

[9] A pesar de que en 1834 se prohibieron los enterramientos en e interior de las iglesias y volvieron a inhumarse los cadáveres en los cementerios, no hubo costumbre de acudir a éstos salvo para dichas inhumaciones, ni siquiera en el día de Difuntos. La práctica de cuidar el camposanto, y acudir a él con cierta frecuencia es muy reciente en las Améscoas. El culto a los muertos se concentró en las fuesas de las iglesias durante bastantes décadas aún, pese a no utilizarse ya como lugares de enterramiento desde el año indicado. El minucioso ritual que se llevaba a cabo ante la fuesa contrastaba con el abandono de los cementerios, siendo ello -es de suponer- otro agente más y bien efectivo de la destrucción de los monumentos funerarios.

[10] Este proceso coincide con el señalado para San Martín de Unx y su zona, en la parte media oriental de Navarra. Ver F. J. Zubiaur Carreño, “Estelas discoideas de la Iglesia Parroquial de San Martín de Unx (Navarra)”, CEEN, IX, nº 25 (1977), pp. 123-152.

[11] La estela nº 2 de San Martín de Améscoa, que se erigió a la memoria de Martín García de Vaquedano, fulminado por un rayo el 26 de mayo de 1634, no fue levantada en el mismo lugar del óbito, que se produjo “entre los mojones de Ecala y San Martín-, esto es, en pleno monte, sino a unos 300 ó 400 ms. del lugar, por donde transitaban todos los días una porción de gentes (datos tomados del Libro 1º de Difuntos del Archivo Parroquial de San Martín de Améscoa -Navarra, España, fol. 69).

[12] Testimonio de Luisa García, vecina de San Martín de Améscoa (73 años en 1987). Al pasar frente a un mojón con cruz incisa, que recordaba a un difunto de otra época, entre el monte comunal de Larraona y su muga con el Monte de Limitaciones, fue costumbre hasta hace pocas décadas santiguarse, tras rozar con los dedos la superficie de esta piedra (testimonio de Guillermo Martínez, de Larraona, 92 años de edad en 1987). Esto trae a colación otro hecho y es que las estelas de piedra correspondieron siempre a familias pudientes, dado el elevado coste que suponía su labra y transporte. Las familias económicamente modestas, afectadas por la muerte de un familiar en descampado, se conformaban con clavar una cruz de madera en un árbol próximo o, como en el caso presente, grababan una simple cruz sobre una roca.

[13] Se documentan las circunstancias de su óbito en el Libro de Finados del lugar de Eulate, vol. II, fol. 85, del Archivo Parroquial de Eulate (Navarra).

[14] Esto se hizo por encargo expreso del Visitador del obispado de Calahorra y La Calzada, Licdo. Dn. Francisco Mateo Aguiriano y Gómez en 1799. El texto del documento dice: “Así mismo se vió la hermita de San Juan y San Pablo derruida en parte con sólo las paredes y el tejado, sin puerta, ni cosa sagrada, por lo que manda S.S.I. a las personas que tienen intereses en ella, que dentro de un mes de la publicación de este auto, se demuela enteramente, poniendo una cruz en el lugar que ocupa en señal de haber sido sagrado, lo que cumplan pena de veinte ducados y con apercibimiento que se procederá a lo demás que en derecho haya lugar”, y para cumplir la orden se eligió una vieja estela discoidea (Libro de Fábrica de la Parroquia de Eulate, desde 1766 hasta 1848, vol. 2, sin foliar, Archivo Parroquial de Eulate).

[15] Recordemos cómo entre las estelas de Eulate llevadas al Museo San Telmo de San Sebastián abunda el antropomorfismo.

[16] Es el caso también de la de Amescoazarra, catalogada por Lapuente (ver nota 4), cuyo disco es prácticamente ovalado, sin parangón posible en esta zona.

[17] Véase lo relativo a este tipo de monumentos en A. Pintat, “La Stèle discoïdale et la stèle tabulaire”, Hil Harriak, Actes su colloque international sur la stèle discoïdale, Bayonne, 1982, Bayonne, Musée Basque, 1984, pp. 239-255.

[18] Ver E. Frankowski, Estelas discoideas de la Península Ibérica. Madrid, Museo Nacional de Ciencias Naturales, 1920 [estelas de la ermita de San Vítor de Fuidio, Condado de Treviño, y de Gaviria en Guipúzcoa]: L. Colas, La Tombe basque. Recueil d’inscriptions funéraires et domestiques du Pays Basque Français. Paris, Honoré Champion, 1923 [ver las estelas del Labourd y de Basse Navarre]; M. Laborde Werlinden, “Exposición de catorce nuevas estelas discoideas situadas en la provincia de Guipúzcoa”, Homenaje a Don José Miguel de Barandiarán. Bilbao, Diputación de Vizcaya, 1964, t. I, pp. 141-155 [estelas de Aránzazu, Cegama y Cerain]; ver los trabajos de P. Ucla, R. Aussibal y L. Barbé sobre las estelas del Aude y de Haute-Garonne, Aveyron y Landes respectivamente, en Archéologie en Languedoc, Sète, Fédération archéologique de l’Hérault, 1980, así como de M. Duvert, “Les Stèles du Béarn”, Hil harriak…, op. cit., pp. 283-297; consultar también los trabajos de J.-F. K. Azzola, “Das spätmittelalterliche Scheibenkreuz-Flurdenkmal von Rudenberg bei Neustadt im Schwarzwald”, Alemannisches Jahrbuch, 1981-1983, Alemannisches Institut Freiburg, 1984, nº 143-152, láms. 4, 6, 7 y 9; y J. Beleza Moreira, Cabeceiras de sepultura do Museu de Torres Vedras, Torres Vedras, Associaçao para a defensa e divulgaçao do patrimonio cultural de Torres Vedras, 1983.

[19] L. Colas, op. cit.; T. López Sellés, C. Saralegui Lorea, J. Cruchaga y Purroy, “Piedras familiares y piedras de tumbas de Navarra”, CEEN , Pamplona, XV, nº 41-42, pp. 223-356.

[20] A este tema dedicó una comunicación en el Colloque international sur la stèle discoïdale de Bayonne, 1982: F. J. Zubiaur Carreño, “Representación humana en las estelas discoideas de Navarra, España”, Hill Harriak, op. cit., pp. 117-122.

[21] Recuerda el fallecimiento del vecino Juan Ptura aún discoidea y danpio Eulate, la Cruz de Pedro Antel tiempo de la estela tabular, como as de Eulate, vol. II, fol. 35, Arcérez de Eulate en los montes de Urbasa el 18 de enero de 1716 (Libro de Finados de la parroquia de Eulate, vol. II, fol. 35, Archivo parroquial de Eulate, Navarra, España).

[22] Esta repartición de la estructura del espacio decorativo en la estela discoidea puede recordar a ciertas piezas alemanas de la Baja Sajonia, R. F. A., dadas a conocer por Müller, posteriores a 1450. En Niedersachsen se dan este tipo de estelas con pie recto y estilizado, que incluye en su interior decoración historiada, si bien el disco, por lo general, presenta casquetes esféricos. Una estela de Hannover presenta una escena similar en idéntico sitio. Ver W. Müller, “Steinerne Scheibenkreuze im Nierdersachsen”, Sonderdrück ans die Diözese Hildeshein in Vergangenheit und Gegenwart (50. Jahrgang Hildeshein), 1982, pp. 119-136.

[23] Sobre decoración en el pie véanse el libro ya citado de Colas y los diversos números de CEEN aparecidos desde 1969 a la actualidad; y sobre decoración en el canto, P. Arrese, “Estelas cantodecoradas en Navarra”, Hil Harriak, op. cit., p. 131 y ss.

[24] Ver notas 3 y 4.

[25] Así ocurre entre las estelas de Arrona (Cerain) y la nº 3 de Artaza y otra de Eulate; entre la de Zabalegui (Cerain) y la nº 4 de Eulate; entre la de Lokatza (Cegama) y las amescoanas, etc. Ver M. Laborde Werlinden, op. cit., en la nota 18.

[26] Agradecemos la diversa colaboración prestada a los Señores Dn. Guillermo Martínez (de Larraona); Ana Olazarán y Luisa García (de San Martín); María del Carmen Galdeano (profesora del Colegio Comarcal de Las Améscoas); José Luis Elcarte (Párroco de las iglesias de Eulate, Larraona, y accidental de la de Zudaire); Ángel y Luis Javier García de Eulate y Sergio Bados (de Eulate); Emilio Redondo, Miguel Goicoechea, María Nieves Ros y Rubén García (de Zudaire); y a Luis Aznárez (de Gollano).