El relinchido

Antes, cuando no existían los emojis, esas caras y símbolos con que expresamos sentimientos como alegría, tristeza, sorpresa o decepción en los mensajes de texto de nuestros teléfonos móviles, en los ambientes populares se comunicaban los sentimientos mediante gritos. Una forma tradicional de hacerlo desde que el ser humano pobló la tierra. En el pueblo de mis investigaciones etnográficas, San Martín de Unx (Navarra), este grito era el “relinchido”, todavía utilizado en su juventud por los que hoy bordean los 80 años. Lo practicaban los mozos para demostrar su alegría por las noches, en fiestas, de cuadrilla a cuadrilla en los tajos del campo cuando layaban la tierra o al divisar a las muchachas. Su grafía era “¡ahiiiiiiiii, jí”! La expresión casa con otras tan musicales como ésta y tan propias de este pueblo, como de la zona colindante, aquellas de “¡Auuuummmmm…!, admirativa, o esta otra que acompañaba al pellizco retorcido con un “¡Ahiiiiiiiiiííí…!”.

Mozos sanmartinejos en la década de 1950

La Academia también le da el nombre de relincho [1], por analogía con el resoplido del equino, cuya onomatopeya sería la de “¡iiiiihhhhiiiiiihhhhhhiiiiiiiii…”!, aunque el relinchido se más parece al cacareo de un gallo cuando se pavonea.

El relincho no es exclusivo de este pueblo ni de otros navarros donde pudiera practicarse. Según el folklorista Jaime Luis Vladivielso Arce [2] es un chillido entroncado con el grito de guerra céltico mitad sirena fabril, mitad risa forzada, sin olvidar alguna hipótesis que lo vincula con el grito de pueblos norteafricanos que llaman “walwala”. Y si en Castilla (Burgos, Toledo…) le llaman “relincho” o “relinchido”, los vascos lo conocen por “irrintzi” o “sanso”, los aragoneses por “renchillido”, los asturianos como “rinflido” o “ixuxú”, los cántabros “riflido”, “richido” o “jujeo”, los extremeños “rejincho”, los leoneses “ijijí”, “ijujú” y “jejeo”, los murcianos “ajujú”, los canarios “ajijido”, los gallegos “aturuxo”, los catalanes “reninys” y los valencianos “albórbola”. Este grito popular, verdadera expansión fonética, válvula de escape de la voz, pasó también a Latinoamérica tal como observa Dionisio Preciado [3]. Y puede decirse que es un grito universal, practicado por muchos pueblos con distintas denominaciones, en ocasiones acompañando danzas, la expresión más conocida es el “zaghareet” de las mujeres árabes, en este caso no solo para manifestar su alegría sino su pena, como signo de aprobación o despedida de alguien querido.

Pero este grito no es sólo de carácter afectivo. En opinión de algunos antropólogos, el sentido más generalizado que se atribuye a este grito ancestral apunta hacia una motivación sexual, como un reclamo del macho para llamar a la hembra, en un lenguaje parecido al que también emplean los animales en época de celo. Añadiría yo al respecto haber oído también en mi tierra la expresión “¡ihááááááááá…”!, como un rugido salido de la garganta profunda de un mozo al ver pasar una hermosa chica.

Para el insigne folklorista Federico Olmeda [4], el relinchido o relincho, en sus diversas denominaciones, ha desaparecido por la sencilla razón de que la moda fue cambiando, quizás porque los criterios de elegancia lo aconsejaron así, porque su práctica podría delatar el origen rural, rústico, zafio y poco fino que contrastaba con los modos y maneras educados y finos de la urbe o, muy seguramente, porque desagradaba a las destinatarias en el último caso que hemos comentado.

A este grito cada comunidad, incluso cada valle, le da un matiz diferente. Por ejemplo, en poblaciones cántabras como Campóo y Cabuérniga es seco, alto y tembloroso; en Rionansa es recio, noble y lánguido al final; en Liébana, gutural y manso; en Valediguña y Toranzo, es bronco; en Trasmiera, prolongadísimo, como toque de clarín que desafía y con filigrana de adornos. Depende de la configuración cultural y hasta del estado de ánimo de quien lo emite

En contraposición al relinchido, el “irrintzi” es un grito estridente, sonoro y prolongado, de un solo aliento, que todavía se practica en la montaña para comunicarse y cualquier persona puede hacerlo resonar en fiestas, romerías y tantas otras manifestaciones en señal de alegría. Y hasta es probable que en el pasado el “irrintzi” jugara un efecto psicológico sobre el enemigo antes de las batallas.

El “irrintzi”, con todo, no es único grito de los vascos, pues tiene en poco territorio una riqueza de matices superior al relinchido común, lo que se manifiesta en sus diferentes aplicaciones, hasta diecinueve modos de practicarlo según anotó Chao en 1845 [5]: un griterío, “khereillu”; un grito confuso, “karraxia”; un grito de llamada, “oihu”; un grito para despertar, “dei”; un grito de alerta, “hela”; un grito de lamento, “auhendu”; un grito de horror, “orroko”; un grito de dolor, “marraka”; un grito lacrimoso, “marraska”; un grito ahogado, “marruma”; un grito de aflicción, “heiagora”; un grito de alarma, “deihadarra”; un grito aullante, “uhuri”; un grito rugiente, “marrobia”; un grito de júbilo, “sinkha”; un grito de risa, “irrintzina”; un grito de alegría, “kikisai”; una aclamación, “hozengu”; un grito colectivo, “dundura”.

Esta expresión vehemente se adapta a las circunstancias particulares de cada cultura, aunque sea una manifestación personal ligada por lo general a un sentimiento colectivo.

Foto de la portada: El casco antiguo de San Martín de Unx (Navarra) hacia 1970

Notas

[1] El origen etimológico de relincho se deriva del latín hinnitare, intensivo vulgar de hinnire (“relinchar”).

[2] VALDIVIESO ARCE, Jaime Luis. “Dos costumbres muy antiguas: el relinchido y la covada”, Revista de folklore, tomo 25 a, núm. 293, 2005, pp. 162-166. Tomado de:

(http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/dos-costumbres-muy-antiguas-el-relinchido-y-la-covada/html/) Acceso: 6.2.2107.

[3] PRECIADO, Dionisio. Folklore Español. Música, Danza y Ballet. Madrid, Studium Ediciones 1969, pp. 127–128.

[4] OLMEDA, Federico: Folklore de Castilla o Cancionero Popular de Burgos. Burgos, Publicaciones de la Excma. Diputación Provincial de Burgos, 1975, p. 28.

[5] Cit. por DARANATZ, J. B. Curiosités du Pays Basque. Bayona, 1927. Tomo I, p. 258.