Etnografía agrícola de Vasconia. X. Fertilización, riego y rotación de cultivos

En esta entrega se consideran aquellos aspectos sin los que ninguna clase de cultivo podría dar los frutos deseados y que son previos a toda producción agrícola: fertilización de la tierra, riego y rotación de cultivos.

Fertilización de la tierra

Barbecho

El recurso al barbecho (“gañtzu”) era una opción necesaria cuando se percibía que el terreno estaba cansado. Un barbecho que duraba un año y a veces más. El labrador recurría por eso a otro sistema para proveerse de medios de vida: roturar a laya y azadón unas parcelas de las tierras comunales, las cuales eran aprovechadas por él durante varios años (5 en Baja Navarra y 4 en Soule-Zuberoa) o hasta cuando dejaba de cultivarlas con la consiguiente pérdida de su derecho a volver a explotarlas (en Urdiain, N., estas tierras de acceso vecinal eran conocidas como “basasoro”), y entonces las tierras volvían a la comunidad.

El régimen de barbecho era general aún a principios del siglo XIX, por falta de abono, puesto que la estabulación del ganado de modo permanente aún no se practicaba. Pero con la generalización del cultivo del maíz y del nabo a él asociado, en ese mismo periodo, se facilitó la estabulación del ganado y la producción de abonos derivada, a los que vino a añadirse la cal, como vamos a ver.

Abono

En la Vasconia oceánica el cultivo del suelo ha sido intensivo, y cada nueve o menos años se abonaban con cal viva para restarle acidez, empleando para obtenerla exclusivamente la piedra caliza, que se preparaba en un horno o calero de propiedad particular o común a varios caseríos. Con este abono se volvía a calentar la tierra y a cobrar fuerza para aguantar el trabajo de nueve años. Sin embargo, tal como se informa en Sara (I.), el abono por medio de cal se abandonó a principios del siglo XX y se sustituyó por el estiércol de las cuadras (“iastorra”) y los abonos minerales (con el nombre genérico de “xoriongarria”). No bastaba, en el caso de las riberas, que estas las inundasen los ríos y las fertilizasen con el lodo, tierra, arena y broza de las aguas, pues la experiencia había demostrado que con todo este abono natural las tierras flaqueaban, se enfriaban y desvirtuaban. Caro Baroja afirma que fue a partir del momento en que se aprendió este sistema de abono de cuando data la mayor consagración de los vascos a la agricultura [1].

En la agricultura tradicional de la región húmeda se ha utilizado también, y todavía sigue utilizándose, como abono de los campos de labor, aunque en menor medida por el retroceso de la ganadería, el estiércol y los orines de los ganados que el casero posee en el establo. En la vertiente sur de Vasconia, mucho más seca, salvo en las zonas de regadío, el abono orgánico era mucho más escaso y se procedía a extender las cenizas resultantes de la quema y de la limpieza de los “orillos” de las piezas de labor y de los matorrales. En los valles pirenaicos y prepirenaicos de Navarra, en la Zona Media y Ribera de Navarra se hacían «hornigueros» en las piezas (“karrakak” en el norte de esta comunidad; “fornigueros” en Fustiñana, N.), amontonando leña de coscojo que luego cubrían con tierra, prendiendo fuego al interior. El túmulo iba consumiéndose lentamente hasta el final. Después, se extendían las cenizas por el campo, como abono. El trabajo era pesado y laborioso, pues, como dice Ménsua, cada robada necesitaba al menos 100 hornigueros. Se solían encender por la mañana, después de las diez, cuando el sol ya había calentado un poco la tierra. Durante el día se iban vigilando, con el fin de ir tapando los agujeros producidos por la cremación. La época mejor para realizar esta operación era durante los meses de julio, agosto y principios de septiembre; pero para los huertos se hacía durante la última quincena de abril y primera de mayo. Antes de sembrar, se esparcía la tierra quemada por el campo o huerto por medio de una pala. Este abono podía durar dos o tres años. Pasado el cual la pieza entraba en el sistema de rotación anual [2]. Más primitivo era otro sistema que consistía en quemar haces de leña, solamente, sin cubrirlos de tierra, antes de sembrar el campo, como se practicaba en Ustárroz (Roncal N.) [3], y del que tenemos alguna noticia en el Baztán del siglo XVIII [4].

Pero, hasta principios del siglo XX, el estiércol, fiemo, ciemo o basura [5], era el abono más corriente y el más preciado: “¡Después de Dios el ciemo!» se decía en las Améscoas (N.), y en el Valle de Carranza (B.), “La basura no es Dios, / pero hace milagros. / Trabájame bien, / trabájame mal, /échame abono / y yo te daré pan” [6]. Por una parte, estaba el producido por los animales de trabajo -bueyes, asnos, caballos, mulos-, formado por la mezcla de sus deyecciones con la paja que les servía de cama; la fermentación se completaba en los estercoleros o “femarales”, bien situados en el corral de la casa, en las afueras del pueblo, en las eras o, sobre todo, en las orillas de los caminos. En las tierras navarras de Baztán y Estella el estiércol -mezclado con el helecho que servía de cama al ganado y que entraba a formar parte del abono- se acumulaba en las bordas que recogían al ganado durante el invierno. En Dohozti (I.) al estercolero donde acumulaban las deyecciones de los animales de casa y las basuras que la vida doméstica generaba llamaban “samatsa”, las cuales eran recogidas en un montón en abril y a principios de mayo esparcidas en los campos preparados para la siembra del maíz, y, en septiembre, en las destinadas al cultivo del nabo (no era costumbre abonar previamente los campos para la siembra del trigo). También muchos agricultores abonaban con estiércol los herbazales. Esta costumbre, vigente hasta la década de 1940, fue desapareciendo por la implantación de los abonos minerales adquiridos en Bayona (I.).

Pero el abono obtenido por este procedimiento era, naturalmente, escaso. Y tampoco bastaba el aprovechamiento de las basuras de la casa o de las calles. Había, por tanto que aumentar el número de los animales, y cada agricultor procuró poseer, aparte del ganado que necesitaba para las labores, ovejas y cabras. En la Ribera de Navarra esto se resolvió en parte al ser una zona de pastoreo invernal. Los ganados roncaleses y salacencos pastaban  todos los años, a partir de San Miguel de septiembre, en la Bardena, y en las corralizas arrendadas (por los municipios o por los particulares) [7]. Este era el sistema más primitivo del aprovechamiento del estiércol como abono de los campos: el del redeo de los rebaños durante las noches de primavera y otoño [8]. El terreno que había sido redeado, se pasaba inmediatamente con el arado, a fin de utilizar los excrementos líquidos, que perderían buena parte de su virtud fertilizante si se dejaran expuestos a la acción directa de los agentes atmosféricos.

En otras zonas, como el Baztán, en las épocas de expansión de la superficie cultivada -y la consiguiente disminución de la superficie de pasto- era necesario buscar otros fertilizantes que resolvieran la escasez del estiércol. Dado que las tierras bajas del Baztán eran arcillosas y con necesidad periódica de cal, obtenían esta de las calizas de los montes del sur del valle, un abono tradicional no exclusivo de la Navarra del noroeste.

En el caso de que la tierra no hubiera sido abonada directamente por el ganado, lo primero que había que hacer era llevar a ella el estiércol. En Navarra los aperos de transporte más característicos eran las espuertas (“esportizos”, “biskerordi”). Eran dos cuévanos unidos entre sí por la parte superior, con un fondo movible, en forma de tapadera, para descargar el estiércol. También se solían usar las llamadas “cajetas” o cajas largas y estrechas, en forma de artesa, con el fondo movible, y que también se usaba para el transporte de tierra y de arena. Para cargar el estiércol en las espuertas o en las cajetas el apero utilizado era el horquillo u horcón, un instrumento en forma de gran tenedor con mango de madera y púas metálicas. Si se abonaban huertas, el apero era el arpa, que actuaba como una azada, pero con la hoja dividida en tres anchos dientes. De todas formas, en muchos casos, estos aperos se iban arrinconando por el carro, muy usado en todo el territorio, pero sustituido en las zonas montañosas por las narrias (“lerak”) más adaptables a los desniveles del terreno [9].

Actualmente y sobre todo en el área de cultivo cerealista, el abonado químico a base de sulfato amónico, superfosfato y nitrato amónico se ha impuesto de forma clara en la fertilización y rendimiento de las tierras, pero se sigue pensando que el mejor abono es el de estiércol. Veamos que opina sobre el abono natural un agricultor de Obanos (N.):

“Cuanto más pequeño es el animal más fuerte es. Como abono de primera es el de oveja. Primero hay que amontonar, se le echa nitrógeno sólido para que se caliente, y se moja. Se le da vuelta, antes se daba vuelta con el sarde, hoy con la pala del tractor, se le da vuelta una o dos veces, así se calienta y fermenta. Se va cociendo, a eso se le llama “curar el fiemo”. Se convierte en un abono riquísimo, para huertas y sitios puntuales, si se quiere hacer una plantación de vid, por ejemplo. Se obtiene el estiércol de los corrales de ovejas… El pastor echa paja a las ovejas… de manera que al año se acumula un metro y medio de estiércol. Al agricultor le dan ese estiércol gratis, sólo por sacarlo. Para que sea bueno ese estiércol, que esté bien curado, se tarda dos años… hasta que se ponga negrico, si no “está crudo”. Se le echa un poco de nitrógeno y agua y para la primavera está listo. Es bueno abonar con tierra vegetal buena, de terraza de río y estiércol” (Javier Beguiristain, 2003).

Riego

Donde se carecía de pluviosidad, ríos, torrenteras o embalses suficientes para mantener el nivel de humedad deseado para que fructificaran las especies había que recurrir al riego artificial de los campos. Éste se hallaba establecido desde tiempos muy antiguos.

En el Pirineo la documentación nos habla de rudimentarios canales para la irrigación artificial de los prados y huertos en los flancos inferiores de las riberas de los valles pirenaicos. Para el aprovechamiento de estos riegos había establecidas pequeñas sociedades vecinales reguladoras y de socorros mutuos, que se turnaban el agua por horas y equitativamente, según la tierra que tenía que regar cada vecino, como en el caso de la Mejana de Tudela (N.). El agua, una vez tomada del regacho o barranco por rudimentarios embalses, era conducida por rústicos canales a lo largo de los flancos del valle, hacia las tierras de labor, generalmente prados y huertos, donde se regaba directamente con el agua canalizada, o bien se embalsaba, cuando la corriente o fuente era de escaso caudal, para luego disponer de más cantidad, según usos regulados por cofradías y hermandades. El riego se efectuaba por el sistema de inundación y se controlaba con las “espuertas” (compuertas), que también reciben el nombre de “aguadero” (en Sartaguda, N.) y el de “alcanduz” (en Lodosa, N.).

En la Ribera tudelana (N.) fueron los árabes los que desarrollaron esta técnica, siendo innumerables los documentos que nos hablan de ello desde el siglo XII [10]. A lo largo de la historia fueron surgiendo multitud de proyectos para ampliar, mejorar o crear nuevos regadíos, y también fueron múltiples las disputas entre los pueblos por el aprovechamiento de las aguas, en el Cidacos desde Tafalla a Caparroso, en el Aragón de Carcastillo a Caparroso, en el Ebro de Marcilla a Tudela, pero sobre todo entre los pueblos situados a la vega de los ríos Queiles y Alhama. Esto obligó a sucesivos pactos y negociaciones para el aprovechamiento. Así el reparto de las aguas del Queiles -afectaba a los pueblos de Malón, Barillas, Monteagudo, Tulebras, Cascante, Urzante- se hacía -y se hace- por meses, divididos en tres períodos: Almoceda, el comprendido entre el 22 y 26 de cada mes, a partir de la salida del sol; Alhema, desde el 26 y por espacio de ocho días naturales, excepto los meses de abril y mayo, que eran siete; y el Entremés, desde que concluye la Alhema hasta que comienza la Almoceda. Por su parte el agua del Alhama, por sentencia de 1370, se repartía por aguadas: los primeros cinco días de cada mes, con sus noches, para Cintruénigo, Corella los diez siguientes y Alfaro los 15 ó 16 últimos [11]. En la merindad de Estella (N.), el regadío sólo era importante en las villas más meridionales, como en Lerín, Cárcar, Andosilla, Mendavia, Lodosa, Sartaguda, San Adrián y Azagra, mientras que en el resto se limitaban a huertos de escasa extensión alienados a lo largo de ríos, regachos y barrancos [12].

En las huertas de la Mejana tudelana, el riego se hace de acuerdo a una planificación prevista. Las parcelas más alejadas del río Ebro tienen preferencia para regar. El agricultor también tiene en cuenta si hay algún regante aguas arriba que esté utilizando el canal de riego, por ello un vigilante se ocupa de ordenar que los lunes a partir del mes de mayo, y en los tres meses siguientes, sólo se utilicen las aguas principales del Ebro y tengan preferencia los canales más próximos a él, después el riego ya es libre con la salvedad antedicha. Para llevar este control se ponen candados en las tajaderas de los canales para impedir riegos ilegales. Es el sistema antiguo sólo trastocado por la existencia de un motor que sube el agua a la red de canales, mientras antes lo hacía una noria. El riego suele ser por encharcamiento a través de los surcos o canalillos abiertos en la tierra para posibilitar la entrada del agua. En verano, por la fuerte evaporación que impone el sol, solo puede regarse o a primera hora de la mañana o al atardecer.

Donde el agua corriente escaseaba, se abrían pozos en los huertos y se pozaba o subía el agua, ya con cubos, tirando de una cuerda, o elevándola con aparatos rudimentarios. En Jaurrieta (N.), por ejemplo, había pozos sin brocal, con un rústico bastidor de madera para sostener la polea, con la cual pozan el agua a cubos, que luego vierten en un depósito habilitado junto al pozo, desde donde regaban el huerto [13]. En la Ribera de Navarra se aprovechaban las aguas de las fuentes -Fuentes de Juan Díaz, de Sendic, de Siete Ojos…-, abriendo pozos para captar el nivel freático existente bajo los depósitos cuaternarios, conduciéndola a los campos desde los ríos en comportas, odres, pellejos o cántaros… [14]. Y allá donde los arroyos estaban próximos a los terrenos de cultivo, los agricultores conducían el agua (“la enganchaban” según expresión del valle navarro de Guesálaz) hacia ellos mediante canales realizados con lajas de piedra para evitar que se filtre o deteriore el terreno (en Sara, I., ”urbide”), donde el paso del agua se regulaba con “espuertas” o “aguaderos” (Sartaguda, N.) y “alcanduces” (Lodosa, N.) o se servían de regaderas o cubos y, modernamente, por tubos de riego y sistemas sofisticados de goteo facilitados por infraestructuras hidráulicas poderosas (Canal de Navarra).

En las poblaciones de Álava donde se realizó la concentración parcelaria (Salvatierra-Agurain) que obligó a desplazar las huertas desde las orillas del río a las antiguas eras contiguas a las casas (parcelas cercadas o “larrein”) se lleva el riego desde aquellas.

Más interesante es el sistema de elevar el agua por medio de una especie de cigüeñal o “mayo” (Elizondo, N.), compuesto de un barrote horcado, donde se hallaba sujeta con un pequeño eje una pértiga provista de una cuerda, en uno de cuyos extremos se colocaba el cubo, y en otro una piedra circular para hacer de contrapesos y así elevar el agua automáticamente [15].

Siempre ha preocupado al agricultor la mayor o menor cantidad de lluvia, o lo que es lo mismo el riego natural. Esto se traducía en dichos producto de la observación. Así, en el Valle de Carranza (B.), nos hacen ver que esto tiene importancia en la compatibilidad o incompatibilidad entre cultivos. Para que haya avellanas –afirman- debe llover abundantemente lo que en tiempo pasados, cuando se sembraba trigo, se traducía en una cosecha pobre ya que la humedad lo estropeaba. Teniendo en cuenta que el grano se almacenaba en arcas o arcones para protegerlo de los roedores, se escuchaba: “Año de avellanas, las arcas vanas”. Por la misma razón expuesta, los años de lluvias copiosas crece generosamente el pasto, pero por el contrario los productos hortícolas resultan perjudicados: “Año de hierba, año de mierda”. A pesar de que el cultivo del trigo desapareció hace muchas décadas de este valle vizcaíno aún se recuerda algún refrán relacionado con él: “Dijo Juan el verdadero, enero para nevar y agosto para trillar”.

Rotación de cultivos

En terrenos poco fértiles o áridos, el descanso de las tierras mediante barbecho durante un año es necesario si se pretende no agotar las tierras y que se recuperen. Consistía en dejar labrada la tierra, pero sin sembradura, para que se airease durante ese periodo de tiempo, cultivarla después durante un año y al siguiente repetir el barbecho, y así sucesivamente. Era el sistema de año y vez, que  no impedía por eso el sistema de rotación de cultivos, que busca optimizar los recursos naturales del suelo y el cambio del tipo de cultivo en el mismo terreno cada nueva campaña. Su objetivo principal es que el suelo se mantenga enriquecido o que se empobrezca lo menos posible evitando que se agote.

Sus beneficios son grandes: evita que el suelo se empobrezca, ya que cada tipo de planta aporta nuevos componentes al terreno que lo van enriqueciendo; que las plagas y enfermedades que atacan a cada especie no se prolonguen en el tiempo, exterminándose por si solas al finalizar el turno de rotación y, en consecuencia, el menor uso de insecticidas o herbicidas así como de abonos, lo que supone un ahorro para el agricultor en costes y esfuerzos.

La Vasconia oceánica

En las tierras situadas en la mitad norte de Vasconia ha predominado históricamente una agricultura de subsistencia en torno a la casa de labor como unidad de producción, autoabastecimiento y consumo amparada por un régimen de abundantes lluvias y el paisaje montaraz y boscoso. Tal casa de labor recibe varias denominaciones: “etxalde” (si está cerca del pueblo), “etxondo” (si aún está más cercana al pueblo) y “baserri” (si se encuentra alejada de él). Este complejo productivo –genéricamente “el caserío”- junto a las instalaciones de habitación humana y animal, y los espacios para hacer sidra, almacenaje o reparaciones del utillaje, incorpora otro espacio, que es el agrícola, dedicado tradicionalmente al cultivo de la patata y del maíz, que se siembra combinado con las alubias, el nabo, la remolacha o el trébol, y quizás también de algún otro cereal: los antiguos cultivos del mijo, centeno y lino han desaparecido prácticamente, y el trigo ha visto muy reducida su extensión en casi toda la vertiente atlántica. Al maizal se suma la huerta, donde se siembran berzas, habas.. y otras verduras que suponen un creciente soporte alimenticio [16].

En el ámbito vizcaíno, las tierras dedicadas al cultivo estuvieron ubicadas tradicionalmente dentro de las llamadas “llosas”. Se trataba de espacios cerrados con un vallado que circundaba el perímetro del conjunto de pequeñas parcelas pertenecientes a los vecinos de un barrio. Dentro de ellas la superficie de cada parcela, que recibía el nombre de “pieza”, solía ser reducida como consecuencia de las repetidas particiones hereditarias. Se trataba de terreno de propiedad, las llamadas “heredades” o bienes raíces obtenidas por legado familiar. En las mismas se sembraban cultivos destinados a la alimentación animal o también trigo, maíz y patatas.

Entre las “llosas” y las casas se veían trozos de tierra de dimensiones más reducidas en los que se cultivaban hortalizas destinadas al abastecimiento de la familia. Por lo común estaban cercadas individualmente para que no entrase el ganado. Recibían el nombre de “huertas”.

Cercanos a las casas se encontraban otros terrenos de menores dimensiones aún, cerrados de pared y de propiedad privada denominados “huertos”, también destinados al cultivo de hortalizas.

Otras características del medio han sido el policultivo intensivo y el déficit de granos que obligaban al caserío a depender de la importación de cereales desde tierras más bajas y secas, que son las situadas en el dominio del Ebro.

En los pueblos guipuzcoanos, al cultivo del maíz y de la alubia, en la primavera, seguía al siguiente año la siembra del trigo, que se recogía sobre julio, y luego se sembraba el nabo sobre agosto y se comenzaba a recoger a partir de diciembre (Elgoibar). En Berastegui, el cultivo de maíz comparte terreno con la alubia roja, pero recogida su cosecha se siembra nabos, que se destinan a ser alimento de vacas y ganado caballar, troceados, y bien cocidos y sazonados con salvado o remoyuelo para alimento y engorde del puerco. El aprovechamiento del suelo en Hondarribia responde a ciclos más o menos regulares, como por ejemplo es dos años como pastizal (alfalfa), un año como maizal, de tres a cinco de nuevo como pastizal, dos como patatal, uno como maizal etc., para de este modo regenerar el terreno. El cambio de cultivo debía ir precedido del volteo de la tierra.

El padre Larramendi, en 1882, certificaba que en Gipuzkoa rara o ninguna era la tierra que sucesivamente no diese dos frutos al año: trigo y lino, maíz y nabo; y el trigo y maíz “con grandísima lozanía” [17].

Segado el trigo, en Bizkaia (Amorebieta, Bedarona…) se sembraba en la misma pieza nabo y después de éste, maíz. Luego otra vez trigo y así sucesivamente hasta cuando en la década de 1960 prácticamente desaparece el cultivo del trigo. En Motriko (G.), sin embargo, la alternancia era inversa: tras cosechar el trigo se sembraba en parte maíz para dar los tallos en verde al ganado, y en el resto del rastrojo, mucho más extenso, se sembraban nabos a mediados de agosto para alimento del ganado vacuno y de cerda, cosecha básica para mantener el equilibrio agropecuario del caserío; con ello se ahorraban maíz como pienso y alimento de las personas. Las hojas del nabo se segaban en noviembre e incluso las raíces o cabezas, pero éstas podían durar todo el invierno hasta abril. Esta práctica se registra en el siglo XVIII [18].

En el Valle de Carranza (Encartaciones, B.) se sembraban calabazas en las orillas de los maizales (no en el interior para evitar que derribasen las plantas del maíz). En este valle de las Encartaciones se tendía al aprovechamiento máximo de la tierra solapando los cultivos, es decir, que para cuando uno de ellos se agotaba el siguiente en el turno ya se estaba cosechando: así cuando se acababan los nabos había vallico, para cuando se acababa este último ya se disponía de hierba verde, a la vez que a las vacas se les daba de ella, se segaba también hierba con intención de secarla para el invierno; como solía haber más terreno que vacas, cuando se terminaba la hierba verde ya había crecido retoño o nueva hierba fresca en las primeras campas que se hubiesen segado; tras el retoño se les daba la pajilla o maíz sin completar la maduración; después el maíz, que se cosechaba progresivamente, primero la “pajapunta” o parte superior de la planta, después las hojas, y tras quitarle las panojas o mazorcas, los palitroques; y para cuando se agotaba el maíz ya se podía extraer la nabiza (hoja tierna del nabo) y más tarde los nabos, cerrando así el ciclo estacional. En Gautegiz-Arteaga (Gernikaldea, B.), en marzo o abril, en los terrenos donde se han recogido la hierba francesa, “frantzesa” y los nabos, se pasa la grada, “arietu”, y a continuación se apilan las hierbas, “arabatue”, que ha recogido este instrumento para quemarlas. Luego se ara (“goldatu”) la tierra y en abril-mayo se siembra el maíz, “artoa”. Es conocido el refrán que reza que el maíz debe estar sembrado para la festividad de san Marcos (25 de abril), “San Markos artoak ereindde balegoz”.

Del 10 al 15 de julio en los campos de maíz, cuando la planta ya está crecida se hace una siembra de trébol (“faboxa”), que no se cortará hasta el momento en que aquél u otra planta anual haya de sembrarse de nuevo. Después, hasta la época de la recolección (noviembre), se deja el campo sin labor. A veces el trébol no se siembra y en cuanto se recoge el maíz se echa el trigo a voleo o en hoyos otra vez.

En Bedarona (B.) la rotación era algo distinta, un tanto asistemática pero tendente a enriquecer los suelos. Si un año en las heredades se sembraba trigo en una pieza de cultivo y alfalfa en la contigua, al año siguiente se invertían los cultivos pudiendo introducirse hierba, que, dependiendo de la clase, podía tenerse un año (si era de las clases llamadas “pagatxa”, “txillara” y “ailurba”) o más. La alfalfa se tenía tres o cuatro años en el mismo terreno. Los terrenos se cultivaban todos los años, no descansaban nunca.

En Gernikaldea (B.), el nabo se siembra a finales de agosto, por San Bartolomé (día 24), en la huerta donde se ha recogido la patata, pero en la heredad o tierra de labrantío alejada de la casa se pone puerro en agosto en la misma parcela donde antes hubo patata y se siembra trigo donde se había recolectado maíz, o nabo donde se había puesto trigo. En la temporada siguiente sembraban maíz y alubia y una vez cosechados se ponía también nabo. Ocasionalmente, y para que la tierra descansara, algunas heredades se dejaban como prado durante unos años (“landa itxi urte batzuk”). Se consideraba que era bueno cambiar de cultivo, incluso a la patata le conviene cambiar de tierra.

En el Duranguesado, localidad de Abadiño, el orden de rotación podía ser: patata / nabo / patata, remolacha o maíz; maíz / trigo / nabo; maíz /”allorba” (hierba); o maíz / haba. En Amorebieta, en la huerta donde se sembraba el nabo, que se recogía poco antes de la Navidad, después se labraba y se sembraban maíz y alubia. Luego se sembraba la patata hacia San Blas (“San Blas bueltan”). Donde se sembraba maíz, a continuación se ponía trigo. El maíz se sembraba a finales de abril. Solían decir: “San Jordi goixegi, San Markos, ereinye balekos” para indicar la fecha excesivamente temprana y la fecha tope para la que debía de estar sembrado. Se recogía en octubre. Era costumbre decir: “Santa Teresa eskero, etxure txarra deuko artoak soloan”. En esa misma huerta se sembraba en noviembre el trigo. Y el corte y la trilla eran entre San Juan y el Carmen (entre el 24 de junio y el 16 de julio). No se rotaba en la huerta donde se sembraba la remolacha hacia el 1 de mayo.

En Iparralde (Dohozti, Heleta, Liginaga, Sara, Uhart-Mixe …), en las piezas de labrantío denominadas “landa” (no en todas sino en aquellas que en invierno han estado ocupadas por el nabo), según encuestas realizadas por José Miguel de Barandiarán  en la década de 1940, se sembraba el maíz (“arto”) junto con las judías (“illar”) durante la primavera y se recogían en otoño, y a continuación se preparaba la tierra para la siembra del trigo (“ogi”) y de las habas (“baba”). A continuación, por agosto, el nabo (“arbi”). En noviembre la arveja (“zalka”), y en marzo el trébol (“trefla”), dejando para septiembre el trébol encarnado (“pauxa”, “paluxa”), que en invierno había de servir de alimento a las vacas. Tras el nabo se sembraba el maíz, y así sucesivamente, aunque algunos agricultores preferían dejar el terreno que había sido maizal en barbecho hasta la primavera siguiente. El trigo (“ogi”) se sembraba durante el otoño en las tierras en que se acababa de recoger la cosecha de maíz, en ocasiones conjuntamente con simiente de hierba en líneas muy espaciadas. En algunas casas (pocas) dejaban en barbecho durante el invierno las tierras donde se había recolectado el maíz para cargarlas de nuevo con el mismo cereal en la primavera siguiente [19]. Otros la tenían ocupada con nabo o con trébol (“ferrua”, “trefle”) encarnado que por agosto, al amontonar la tierra junto a la planta, habían sembrado. En noviembre se sembraba la arveja (“zalka”). Atendiendo a los cultivos, las diversas parcelas de terreno se designan con los nombres de “artolekia” o “artoalhor” (el sitio o pieza del maíz), “ogilekia” u “ogialhor” (el sitio o pieza del trigo), “arbilekia” (el sitio del nabo), “pomdetera-herria” (el rincón o el sitio de las patatas), etc.

De este modo, el suelo se regeneraba por la sucesión de las distintas plantas cada una con un consumo particular de sustancias químicas y por un mayor abonado de las tierras. Así, el policultivo proporcionaba una mayor seguridad en la alimentación secuenciando las cosechas y una diversidad alimenticia. Otra de sus ventajas era que permitía la utilización constante de las heredades obteniendo un mayor rendimiento de la superficie agrícola. El monocultivo exigía más cantidad de terreno y proporcionaba más momentos de paro entre las distintas labores agrícolas, sin embargo el policultivo permitía el pleno empleo de la mano de obra y era más seguro contra las calamidades agrícolas.

Enríquez y Gogeascoechea [20] se muestran críticos ante este tipo de explotación  frecuente e intensa que no dejaba descansar la tierra, ocupada siempre con las sementeras de trigo y maíz, repartidas alternativamente en dos hojas o partes, y demás cultivos complementarios. El policultivo esquilma mucho el terreno y exige una producción abundante de abonos. Las materias fecales del ganado constituían una pequeña parte de las sustancias fertilizantes, la mayor parte obtenidas de los montes, como la hoja, el helecho cortado en noviembre-diciembre y la árgoma en mayo-junio para cama de ganado, apiñando el estiércol en la puerta de la cuadra. Según ellos, esta práctica era funesta para el arbolado, pues impedía la repoblación natural y privaba al monte de la fertilidad de sus desperdicios, empobreciendo el suelo al quitar la capa vegetal rica en mantillo, y ya en el siglo XIX se apuntaba la posibilidad de reducir algo el cultivo de cereal y extender el forrajero, para obtener una mayor rentabilidad al suelo. Además la falta de herbicidas hacía que las malas hierbas menguaran la productividad por unidad de superficie sembrada, y aumentaran las tareas agrícolas con la necesidad de realizar varias escardas, ya que el propio estiércol llevaba incorporado un gran número de semillas, que al germinar y crecer, llenaban los campos de hierbas.

En definitiva, la explotación agraria exigía un duro trabajo de todos sus componentes, absorbiendo en la práctica toda la fuerza laboral disponible del caserío, y aún así el esfuerzo realizado se traducía en una escasa productividad por persona. La explotación agraria tradicional tenía unas dificultades de funcionamiento que se subsanaban en base al trabajo continuo y de gran número de personas. No se valoraba en aquel entonces el trabajo, el valor de la hora de trabajo, a los labradores les era suficiente con subsistir [21].

La extensión de las tierras cultivadas por un caserío, al cuidado de una familia, podían variar. En la parte oceánica de Navarra, así como en Gipuzkoa, Bizkaia y Labourd las explotaciones habituales solían ser de 4 a 6 hectáreas, mientras que en Soule-Zuberoa (I) lo habitual era que oscilaran entre las 3 y las 5, aunque en ciertos casos podían llegar a las 50 hectáreas. Para la medición de los campos en Dohozti (I) se servían de una cadena de 10 m. (”xena”).

El mundo agrario, en la Vasconia preindustrial, era polifacético, según las comarcas del país, las tierras de los valles, o de la montaña, las costeras o las del interior.

La Vasconia de influencia mediterránea

En la gran área cerealista –Llanada y Rioja Alavesa, Navarra Media y Ribera del Ebro-  de influencia mediterránea, con veranos secos, el cultivo tradicional se ha hecho por el procedimiento de “año y vez”, al ser las tierras mayormente de secano, para que no se agotasen y pudieran descansar. Es decir, un año se cultivaba la pieza y al siguiente se dejaba en barbecho y así sucesivamente. Cuando las tierras no eran de buena calidad se seguía la alternancia de cultivo de trigo – barbecho – avena – barbecho, y otra vez trigo. El abonado, en tales casos, se realizaba los años en que se cultivaba el trigo.

Álava

En Álava, la rotación anual de cultivos en las heredades es una práctica que aún se mantiene en alguna localidad, como Abecia, debido a la escasez de tierras, pues es difícil dejar terrenos en barbecho para su recuperación. En su lugar, utilizan la rotación con el objetivo de evitar sembrar en el mismo lugar idéntico cultivo de forma repetida. A esta práctica se suele denominar “tresañar”, porque los cultivos se repiten cada tres años, según la fórmula primer año maíz, segundo leguminosas (habas, ricas, arvejas, alholva) y tercero trigo, siempre considerando las propiedades de cada cultivo, pues los hay que “queman” la tierra (el trigo) más que otros que la hacen “descansar” (la avena o la cebada), así como el “hondón” (calidad o propiedades que tiene la tierra después de cada cultivo). El “hondón” de cebada es malo para el trigo mientras que el de patata y maíz es bueno para el cereal. La patata sirve además para “limpiar” la tierra ya que exige que se labre muy fuerte el terreno (en primavera y verano). Un cultivo útil para dar “buen hondón” es el haba. Incluso hay quien la siembra únicamente a fin de preparar la tierra para el cultivo posterior, ya que luego ni se molestan en recolectarla.

Los agricultores también tienen muy en cuenta el tempero de la tierra, debe estar “al temple” para trabajar en ella, es decir, ni blanda ni seca sino en su punto adecuado.

Estas consideraciones también se contemplan en las huertas al objeto de evitar repetir cultivos en el mismo lugar. Habitualmente lo que se siembra en una parte de la huerta se intercambia, al año siguiente, por lo sembrado en otra. Se tiene en cuenta la época del año para decidir que es lo que se debe cultivar en cada momento y en cada lugar.

En general, el sistema rotativo se ha seguido en esta parte del territorio, pero ha ido declinando (Salvatierra-Agurain), debido también a que cultivos que antes se practicaban (garbanzos, lentejas, maíz, alubias) van desapareciendo del campo. Por otro lado, ha sido tal la sobre explotación facilitada por el uso de abonos químicos, que la Unión Europea ha debido forzar la existencia de barbechos para asegurar el descanso de la tierra. En Berganzo, hasta la década de 1950, se mantuvo el sistema de “año y vez” -primer año cereal, segundo “menuncia”, tercero barbecho- pero incluso en éste una parte u hoja se destinaba a cultivo de yeros, arvejas, alholvas (a esta mixtura se le llama menuncia) y hasta patatas, y la otra descansaba. En Bernedo rotaba el cereal con la patata o las menuncias. En Moreda alternaban cebada con trigo, o bien trigo con barbecho para luego repetir trigo, y en tierras aledañas al río, con riego garantizado, cereal con plantas forrajeras (alfalfa, arvejana…), y cebada con alfalfa. En esta población del Valle del Ebro aún se mantiene, aunque con tendencia  desaparecer, el policultivo o asociación de olivos con vides u olivos con cereal. Al arrancar una viña vieja, ésta se desinfecta y se deja unos años descansar, bien en yeco o bien sembrándola de cereal. Luego se vuelve a plantar de viña. En el enclave de Treviño la rotación se mantuvo hasta la década de 1970, según la sucesión de cultivos tempranos con tardíos, pero hoy sólo se sigue en las huertas, alternando cultivo con barbecho.

En Apodaca, Pipaón y el enclave burgalés del Condado de Treviño, el criterio para rotar se basaba en la diferenciación de los cultivos en tempranos y tardíos. Tempranos como el cereal, llamado así porque se sembraba cuando comienza el calendario agrícola, en otoño. Tardíos como las patatas, habas, remolacha, alubia, garbanzo, lentejas, maíz, etc., porque se sembraban entre mayo y junio,  de forma que cada año se alternaban temprano con tardío. Esto tenía la ventaja, para cuando se sembraba trigo, de que al levantarse la veda al ganado para pastar podía hacerlo en las rastrojeras de este cereal sin que pudiera pasarse a las fincas del tardío, con lo que se evitaban daños a terceros. Se seguía también la rotación de patata seguida de remolacha o, en Ribera Alta, donde había habido patata o remolacha al año siguiente se ponía trigo, y donde trigo se sembraba cebada o avena, donde minucia, alholva o leguminosas se ponía trigo, y en las tierras roturadas se iba alternando trigo, cebada y avena; al barbecho se confiaban fincas ruines o delgadas, cada cuatro o cinco años. En Salvatierra-Agurain, la rotación preferida era la de habas – yero – patatas – trigo. Hoy día, tras realizarse las concentraciones parcelarias, el cereal predomina en el campo (“siembran cereal sobre cereal”), la rotación va desapareciendo (Apodaca) y va borrándose la toponimia histórica.

En la zona media de Navarra los campos explotados por una familia solían tener alrededor de 15 hectáreas. De 10 a 15 tenían también la generalidad de las explotaciones rurales alavesas. Éstas de un modo teórico se dividían en tres partes. La primera destinada a cereales: trigo, cebada, avena. La segunda, a forrajes, patatas y remolachas. La tercera, a leguminosas. Las habas, por ejemplo, se cultivaron siempre en tal cantidad en Álava que a los pobladores de la llanada de Vitoria se les denominaba tradicionalmente “babazorros”. En la práctica las tres hojas debían ajustarse a la calidad de las tierras, que también suelen dividirse en tres clases: superiores, medianas y peores.

Navarra

En los pueblos del montuoso valle de Améscoa el sistema se adaptaba a sus necesidades, bastaba el cultivo a dos manos u hojas. En una, que suponía la mitad del terreno, sembraban trigo, cebada y una parcela de lino (la casi totalidad de la hoja la ocupaba el trigo). En el mismo año la otra hoja se dedicaba a forraje, mestos, patatas, y maíz principalmente. Al año siguiente se hacían los mismos cultivos pero viceversa, donde estuvo el trigo se sembraban las patatas  y mestos, y donde estuvo el mesto y la patata se sembraba trigo.

En la vertiente meridional de la sierra de Erreniega o del Perdón, en la villa de Obanos (N.), informa Jesús Eguilaz: “La explotación de las tierras labradas se ha hecho, tradicionalmente “a dos manos”, es decir “año y vez”, se cultiva un año y al siguiente se deja descansar, en barbecho. Si se trata de tierras buenas en vez de descansar, se alternaba el cultivo, un año de cereal y al siguiente leguminosas o patata, maíz o remolacha porque se nitrogenaba la tierra, eso decían. Ahora se alterna con guisante proteaginoso (enriquecido con proteínas para el ganado). Pero además, se solía dividir una pieza grande, de unas 35-40 robadas, (la robada en Navarra equivale a 898 m2 aunque por comodidad se redondea a 900 m2), “en dos suertes”, de tal manera que un año cultivaban una parte dejando descansar la otra y al año siguiente, al revés. La razón es que cuando hay pedrisco, nunca afecta a todo el término municipal, sólo a algunas zonas. De este modo aseguraban la cosecha ya que si apedreaba en una zona sólo perdían la suerte que se había cultivado pero recogían grano en los campos de otras zonas del término. En este caso no hay rotación”.

Es decir, se alternaba: un año cebada, otro trigo, algún otro año barbecho. Antes cada propietario regulaba el orden de la rotación, no había superfosfatos, como hoy. Ahora las rotaciones las regula la Política Agrícola Común de la Unión Europea.

En los valles intermedios de Guesálaz y de Yerri (N.), por participar del clima submediterráneo aunque con enclaves mediterráneos (solanas) e incluso atlánticas (sierras superiores), el proceso de siembra seguía igualmente la rotación de “año y vez” y la mitad del terreno era destinado a forrajes y cereal, y la otra mitad al trigo. Primero se sembraba el trigo, la cebada o la avena y luego cultivos menos duros para el suelo, como podían ser el yero, las habas o las patatas (la primera plantación de patatas se hacía a finales de julio y la segunda entre octubre y noviembre). Si se creía conveniente se podía dejar una parcela en barbecho para que descansara el sustrato, aunque actualmente ya no se practica este sistema de reposo. En cualquier caso, las tierras eran abonadas. En un principio con el “fiemo” (estiércol) de los animales de casa (en Yerri el de las vacas era denominado “cazurria”, en Abárzuza en general “anchirria” y en Muez al de oveja, que se consideraba el mejor, “alchirria”), y para su distribución se mezclaba con hierba.

Más al SE., en San Martín de Unx (N.), cuando el suelo daba muestras de agotamiento por persistencia de un solo cultivo, se decía que estaba «cansado»; y cuando, tras el cambio de ese cultivo por otro el suelo se recuperaba y enriquecía, se decía que estaba «engordando». En los huertos, el cultivo rotativo puede hacerse en dos «correas» o líneas, poniendo en un lado patatas y en el otro hortalizas, e intercambiando los cultivos según parecer del agricultor. Se utilizan las leguminosas (en particular la veza) para «engordar» el suelo. En las piezas, aunque se sigue el sistema de «correas» de, por ejemplo, habas/forraje, trigo/cebada, o cebada/avena, modernamente se prefiere sólo dedicar la pieza a un sólo cultivo, pero ir sustituyendo éste por otro cada año. Así se intercalan hasta variedades de un mismo tipo de cereal: cebada «guiñón» / cebada «pané» (de ciclo largo) / y cebada «cervecera» (llamada de «dos carreras» por tener dos espigas cada tallo y ser de ciclo corto). Esto no pasa con el trigo, que «cansa» enormemente la tierra: para el tercer año de permanencia ya ha salido la «ballueca», hierba mala que perjudica mucho la producción. Esta «ballueca» o avena loca, es muy difícil de matar, por lo que entonces conviene rotar de cultivo e intercalar después del trigo, cebada, cebada de otra clase, otra vez trigo, y así sucesivamente, cambiando de abonos. Dicen que el espárrago «engorda» mucho la tierra y que las viñas que se roturan son muy ricas, estando especialmente indicadas para el cultivo de trigo.

En la Ribera de Navarra, el cultivo del trigo era bianual, es decir, se sembraba cada dos años, año y vez, debido al factor limitante del agua, y así de esta forma se conseguía una recuperación del terreno para la obtención de cosechas regulares. Durante el año en que el campo quedaba en barbecho, descanso, no se abandonaban las tareas agrícolas. A una primer labor de labrar el terreno en invierno para eliminar las malas hierbas y restos del cultivo anterior, que buscaba también ahuecar la tierra para que se airease, seguía una segunda pasada del arado en primavera, que se llamaba “mantornar” (Fitero), con la que se pretendía eliminar de nuevo malas hierbas y mantener mullido el terreno.

En la vega del Ebro la variedad de productos, la riqueza de la tierra y la posibilidad de riego les permitían a los labradores rotaciones anuales. Se preocupaban más de los productos que fueran a estar mejor valorados a la hora de cosechar y de las condiciones climatológicas que del trabajo y esfuerzos a realizar. Alternaban cereales con legumbres, o con hortalizas bien situadas en el mercado o con remolacha azucarera cuando estaba solicitada y bien pagada.

Para las siembras o plantaciones los agricultores solían consultar el calendario zaragozano y se fiaban de la experiencia de los viejos labradores que habían acertado, durante años, en la elección de cultivos y en las condiciones climatológicas adecuadas. Otros labradores se habían hecho su propio calendario con sus comprobaciones personales. El refranero popular era otra fuente de información que se transmitía de padres a hijos. Esta información recogida en Valtierra (N.) coincide con la obtenida en otra ciudad riberana, Viana (N.), donde, nos confirman que contaba mucho la experiencia del propio agricultor y el conocimiento de la tierra. Si la calidad de la tierra de una pieza era desigual, se acostumbraba a sembrar en ella distintos cereales: en la hondonada trigo, en la zona media cebada y en la “cabezada”, la parte más alta y pobre, avena. Cada uno ya sabía cuál era la mejor tierra para determinado cultivo. Así, por ejemplo, si un año en la huerta se dedicada un “corro” a patatas y otro a verdura, al año siguiente se intercambiaban estos cultivos. La experiencia le decía al agricultor que no había que plantar los pimientos en la misma tierra dos o tres años seguidos, pues las plantas se perdían. Las patatas aguantaban más, pues se podían sembrar en la misma tierra tres o cuatro años seguidos. Dicen los labradores que después de la cosecha de ajos, recogidos por San Fermín, se crían buenas alubias. En la huerta “es bueno cambiar, a poder ser todos los años”.

Antes de la generalización de los abonos químicos se practicaba en las piezas de cereal el sistema de “año y vez”, dejándolas a continuación “barbechas”, para que descansase la tierra. Con el uso de los abonos se pudo sembrar todos los años, aunque echando mucha cantidad de “mineral” y observando la alternancia anual de trigo con cebada al siguiente. Igualmente, cambiaban el tipo de abono, pues si siempre se abonaba con el mismo, “la tierra no hacía nada”.

En la Bardena, más que rotaciones de cultivos, preferían dejar en barbecho las tierras, después de labrarlas, para favorecer su recuperación.

De todas formas el barbecho tenía inconvenientes: la mitad de la tierra quedaba improductiva, por lo que era necesario disponer de grandes espacios, además de que el campesino vivía constantemente amenazado por la ruina de una mala cosecha.

En la merindad de Estella, las tierras blancas (para cereales) se cultivaban también según el régimen bienal de año y vez. En las zonas donde la época de aridez era inferior a un mes no existía el barbecho, sino que se cultivaban leguminosas. En el resto imperaba lo que se llamaba el «barbecho blanco».

El sistema de “año y vez” se dio incluso en un valle de clima oceánico como el de Baztán, al menos según referencias del siglo XVII, con barbecho máximo de un año, aunque también se procuraban regímenes más intensivos de explotación del suelo, gracias a la mayor humedad existente. Así al menos lo revelan algunas fuentes, que hablan de un ciclo de cuatro años: un año trigo y centeno, dos de mijo y uno de barbecho, además de otras múltiples variantes [22]. Algunas formas intensivas de cultivo también las registra Julio Caro Baroja en el valle de Ezcabarte, fundadas en un sistema de rotación de cultivos que duraba seis años [23]:

  • Tierras superiores: año 1, trigo; 2, habas, maíz, patatas; 3, trigo, avena; 4, habas, maíz, patatas; 5, trigo y avena; 6, garbanzo, maíz, patatas.
  • Tierras medianas: año 1, trigo; 2, girón, aiscol, alholva; 3, trigo y avena; 4, veza, girón, aiscol y alholva; 5, trigo y avena; 6, veza y aiscol.
  • Tierras peores: año 1, trigo; 2, barbecho; 3, trigo y avena; 4, barbecho; 5, avena; 6, barbecho.

Mensua [24] y Bielza de Ory [25] distinguen dos grandes grupos en los sistemas de cultivo tradicionales de la Navarra Media. Uno sería el policultivo con base cerealista y otro el policultivo con base vitícola:

  • Policultivo con base cerealista: el sistema dominante era el llamado «cultivo a dos manos». Los términos concejiles se dividían en dos porciones aproximadamente iguales; en una de ellas se sembraba el trigo, mientras que la otra descansaba. Era en definitiva una rotación bienal, de año y vez. Pero a diferencia de la Ribera tudelana, todos los vecinos tenían la obligación de seguir este sistema, al dividir todo el término municipal en dos hojas, pues al quedar una parte como rastrojo, este se utilizaba como pasto para el ganado, que a su vez proporcionaba el abono animal necesario, Sólo algunas porciones quedaban para el cultivo de menuciales o menuceles [26], normalmente leguminosas. Esta costumbre se daba sobre todo en los municipios de la zona norte de ambas comarcas.
  • Policultivo con base vitícola: el paisaje cambia, con un predominio de las vides en proporción al cereal, ya que si bien la tierra de labor ocupaba una mayor extensión, los rendimientos del viñedo por unidad de cultivo eran mayores. De tal forma que una hectárea de viñedo podía equivaler a cinco de cereal. En donde la vid domina -dejamos a un lado las zonas de transición-, si bien se mantiene el régimen de año y vez, no se practicó el sistema de dos manos, de manera que no se guardaba ningún orden alternativo ni riguroso. Cada labrador sembraba con plena libertad cuando quería y donde quería, al igual que sucedía en los secanos ribereños.

El policultivo, ligado al hecho económico de la autarquía que se supeditaba a las necesidades familiares, los imperativos del suelo y del clima, y exigía labores agrícolas sujetas al calendario [27], experimentará entre 1940 y 1990 una quiebra por razones de simplificación frente a la complejidad, reducción del espacio agrícola por mera rentabilidad (se abandonan campos situados en pendientes), especialización de los cultivos, intercambio comercial frente al autoabastecimiento, mecanización del trabajo, y concentración parcelaria. El personal entregado a la labor del campo sufre una merma estimable motivada por el éxodo hacia los núcleos urbanos [28].

Pero durante siglos, la preocupación principal del agricultor fue la de producir un poco de todo para subvenir a las más elementales necesidades humanas, alimento y vestido. Más que producir para comerciar, el campesino producía para vivir. De ahí que en la zona media del país y en el valle del Ebro la agricultura estuviese fundamentada en la trilogía de vid, olivo y cereales -secano-, más algunos hortícolas y frutales -regadío-, además de dedicar parte de la tierra al cultivo del cáñamo y lino. No es extraño que las exigencias del Fuero de Navarra para adquirir vecindad en el reino fueran la de ser propietario de una casa, de tierras de secano, de viñas, si las había en el término, de un huerto y de una era [29]. Lo cual no quiere decir que los pueblos vivieran en un círculo económico cerrado, pues vino, aceite y trigo se vendían fuera del reino en los años de buenas cosechas [30]. Este policultivo se reflejaba en cada población en una distribución geográfica más o menos constante, centrada en el ager: en torno al núcleo de la población, huertas linares, llamados en su conjunto “corseras”; viñedos y olivares mezclados en los parajes más accidentados de la cuenca prepirenaica; más alejada la “tierra blanca” destinada a cereales y leguminosas, hasta llegar al límite con el “monte” (bosque o matorral) [31].

En las zonas frías, como en Oroz-Betelu (N), las tierras se cultivaban con arreglo a una rotación de seis años, de suerte que las superiores se dejaban libres (“liecas”) los años cuarto, quinto y sexto, así como las medianas, y en las malas se cogían cosechas de cereales y girón o “bisalto” (guisante) en todos menos los dos últimos.

Según el geógrafo Alfredo Floristán [32] la expresión “año y vez” alude a que, sobre la misma pieza de labor, un año hay siembra de cereales y recolección, y al año siguiente la tierra queda en reposo o barbecho, el cual es trabajado para absorber las precipitaciones, en las épocas lluviosas, y para evitar que el agua ascienda por capilaridad hasta la superficie y se evapore, en las épocas secas. El procedimiento se ha practicado con cierta libertad, puesto que no siempre era un año y vez sino varios años seguidos de cultivo de cebada y luego trigo (“a la paja, paja” en la expresión interesada del agricultor), y así sucesivamente, intercalando de cuando en cuando un año de barbecho. Este sistema de cereal-cereal sustituyó poco a poco, a partir de la década de 1960, al sistema alternante de cereal-leguminosa (alholva, veza, yero, haba), propio de zonas húmedas, que se abandonó ante la mecanización del campo y el éxodo rural.

El sistema de “año y vez”, explica el eminente geógrafo,  era un sistema propio de la Navarra meridional -antes de la difusión de los abonos químicos, del tractor y de los modernos arados ocupaba mayores extensiones- donde se ha conservado, sea por razones climáticas (lluvias escasas y con gran variabilidad interanual e intermensual), sea por imperativo ganadero como ocurre en las Bardenas, donde está prohibido el cultivo continuo de cereales sin barbecho intercalado, para no empobrecer las tierras.

Desde el momento en que la moderna maquinaria agrícola, y, en particular el tractor, ha permitido hacer labores más profundas, mejor aprovechadas y al “tempero” (el campo en sazón), los abonos químicos han sido más capaces de devolver al suelo las sustancias nutritivas que las plantas le robaron, y en consecuencia el barbecho se ha ido haciendo menos necesario. En muchos casos ha desaparecido y en otros ha quedado muy limitado; el sistema dejó de ser de año y vez, ya que al cereal cultivado un año le siguió al año siguiente otro cereal o una leguminosa. El año y vez persiste solamente en las partes más áridas y de peores suelos y especialmente allí donde es mantenido por imperativos ganaderos, como es el caso de las Bardenas Reales (N.).

Sistemas parecidos se ponían ya en práctica hace siglo y medio, y probablemente mucho antes.

Imagen de la portada: Una parcela labrada en barbecho. Zona media de Navarra (Fuente: navarra.com)

Notas

[1] CARO BAROJA, Julio. Los vascos. Madrid, Istmo, 1971, p. 140.

[2] MÉNSUA FERNÁNDEZ, Salvador, La Navarra Media-Oriental. Estudio Geográfico, Zaragoza. Institución Príncipe de Viana, 1960, p. 111.

[3] VIOLANT Y SIMORRA, R., El Pirineo español. Vida, usos, costumbres, creencias y tradiciones de una cultura milenaria que desaparece, Madrid, Plus Ultra, 1949, p. 439.

[4] ARIZKUN CELA, Alejandro, Economía y sociedad en un Valle pirenaico del Antiguo Régimen. Baztán 1600-1841, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1988, p. 217.

[5] El término basura hace referencia en este caso al propio estiércol aunque tradicionalmente también se ha llamado así al mantillo que se extraía en las zonas de arbolado y de monte bajo y que se utilizaba como cama para el ganado. De la mezcla de ésta y los excrementos de los animales estabulados se obtenía el abono, también llamado basura.

[6] Teresa Cerro Callejo, de Ahedo (B.).

[7] FLORISTÁN SAMANES, Alfredo, La Ribera tudelana de Navarra, Zaragoza, Institución Príncipe de Viana, Instituto Juan Sebastián Elcano, 1951, p. 110.

[8] VIOLANT Y SIMORRA, R., El Pirineo español. Vida, usos, costumbres, creencias y tradiciones de una cultura milenaria que desaparece, Madrid, Plus Ultra, 1949, pág. 439.

[9] La “lera” es una especie de trineo usado en prados de gran pendiente para el transporte de yerba u otras cosas. La más primitiva, usada en el País Vasco, era de forma triangular aunque también las había cuadrangulares. La usada en Bera (N.), según información de Julio Caro Baroja, tenía dimensiones de 270 x 120 cm. más la vara de enganche. Otras veces se trata de dos maderas paralelas unidas por travesaños. Este medio de arrastre se ha usado no solamente en la costa cantábrica sino también en Gran Bretaña, los Vosgos, las islas Madeira, Hawai y Filipinas, lo que da idea de la amplitud de su uso. Según Caro Baroja también se usaron en terrenos montañosos del País Vasco losas de piedra arenisca provistas de un agujero para el enganche de las cadenas a la yunta, a modo de narrias. Sobre el carro vasco véase CARO BAROJA, Julio. La vida rural en Vera de Bidasoa. Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1944, págs. 44-47; e IDEM. Los vascos. Madrid, Istmo, 1971. Cap. 10, págs. 153-155.

[10] FLORISTÁN SAMANES, Alfredo, La Ribera tudelana de Navarra, Zaragoza, Institución Príncipe de Viana, Instituto Juan Sebastián Elcano, 1951, pág. 116.

[11] FLORISTÁN SAMANES, Alfredo, La Ribera tudelana, cit. págs.119-120.

[12] FLORISTÁN IMÍZCOZ, Alfredo. La Merindad de Estella en la Edad Moderna: los hombres y la tierra, Pamplona, Institución Príncipe de Viana, 1982, págs. 190-192.

[13] VIOLANT Y SIMORRA, R., El Pirineo español. Vida, usos, costumbres, creencias y tradiciones de una cultura milenaria que desaparece, Madrid, Plus Ultra, 1949, págs. 447-448.

[14] FLORISTÁN SAMANES, Alfredo, La Ribera tudelana, cit. pág.116.

[15] VIOLANT Y SIMORRA, R., El Pirineo español…, cit. pág. 448.

[16] Uno de los informantes de Hondarribia (G.) nos descubrió su técnica para sobrevivir en situaciones de crisis. Así, cuando en un año sobraba mucho de un género en su casa sembraban de ese producto todo lo que podían. Y ocurría que al sobrar un producto, la mayoría de los vecinos dejaban de cultivar aquello y al año siguiente se producía escasez y se vendía a buen precio lo que el año anterior había sobrado.

[17] LARRAMENDI, Manuel de. Corografía o descripción general de la muy noble y muy leal provincia de Guipúzcoa. Barcelona, Imprenta J. Subirana, 1882, p. 61 del facsímil de la Ed. Amigos del Libro Vasco, Bilbao, 1950).

[18] ANES, G.: «Tradición rural y cambio en la España del siglo XVIII» en La economía española al final del Antiguo Régimen. Tomo I : Agricultura, págs. XVII-XLV. Madrid, Alianza Universidad, 1982. Cit. por ENRÍQUEZ FERNÁNDEZ, José Carlos – GOGEASCOECHEA ARRIEN, Arantza. “Agricultura tradicional en la vertiente norte del País Vasco: prácticas productivas y organización ecológica familiar”, Lurralde: Investigación Espacial, núm. 18 (1995), págs. 245-256. URL: http://www.ingeba.org/lurralde/lurranet/lur18/enriq18/18enriq.htm

[19] Estas “landas” o tierras labrantías suelen estar próximas a sus respectivas casas. Reciben diversos nombres particulares. Así, atendiendo a sus cultivos, se denominan “ogilanda (trigal), “artolanda” (maizal), “arbilanda” (campo de nabo), aunque en ocasiones “landa” se sustituye por “lurra” (tierra: “ogi-lurra”, “arbi-lurra”; “patata-lurra”, patatal); “pauxa-lurra”, campo de trébol; etc. Por su situación, se designan con nombres como “gaineko-landa” (heredad de arriba) y “behereko-landa” (heredad de abajo). Véase BARANDIARAN, José Miguel de. “Notas sueltas para un estudio de la vida popular en Heleta” [1937], en Anuario de Eusko-Folklore, XXXIV (1987), págs. 65-77; IDEM. “Bosquejo etnográfico de Sara, (II)”, Anuario de Eusko-Folklore, XVIII (1961), págs. 107-180.

[20] ENRÍQUEZ FERNÁNDEZ, José Carlos – GOGEASCOECHEA ARRIEN, Arantza. “Agricultura tradicional en la vertiente norte del País Vasco: prácticas productivas y organización ecológica familiar”, cit. págs. 245-256.

[21] Enríquez y Gogeascoechea, del Instituto Vasco de Estudios Rurales, explican cuáles eran los roles de cada miembro de la familia que habitaba el caserío y cuyo trabajo colaborativo facilitaba la supervivencia de todos: el hombre se dedicaba con mayor regularidad a las tareas agropecuarias, representando a la casería ante la comunidad; los más jóvenes a la huerta, la compra y venta en las ferias o mercados semanales de la comarca; las mujeres en el hogar, al cuidado de los animales domésticos y maizales; los ancianos, supervisando los mil quehaceres menores del corral y a transmitir los valores culturales a sus descendientes. Véase ENRÍQUEZ FERNÁNDEZ, José Carlos – GOGEASCOECHEA ARRIEN, Arantza. “Agricultura tradicional en la vertiente norte del País Vasco: prácticas productivas y organización ecológica familiar”, cit. págs. 245-256.

[22] ARIZKUN CELA, Alejandro, Economía y sociedad en un Valle pirenaico del Antiguo Régimen. Baztán 1600-1841, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1988, págs. 213-215.

[23] CARO BAROJA, Julio. Los vascos. Madrid, Istmo, 971, pág. 141.

[24] MÉNSUA FERNÁNDEZ, Salvador, La Navarra Media-Oriental. Estudio Geográfico, Zaragoza. Institución Príncipe de Viana, 1960, págs. 110-112.

[25] BIELZA DE ORY, Vicente, Tierra Estella. Estudio geográfico, Pamplona, Editorial Aranzadi, 1972, pág. 233.

[26] Plantas y legumbres que se siembran en la hoja blanca del barbecho: girón (yero); aiscol (arveja o almorta); guisón (arvejuela) y veza. En Álava se les llama “menuncias”.

[27] Véase a modo de ejemplo el caso de Tierra Estella (N.) (FLORISTÁN IMÍZCOZ, Alfredo, La Merindad de Estella en la Edad Moderna: los hombres y la tierra, cit., p. 194).

[28] En el mismo periodo, las principales transformaciones agrícolas en tierras bajo influencia climática mediterránea se centran en una ampliación del espacio cultivado para hacer más rentable la mecanización; en los terrenos de secano un considerable aumento del rendimiento, gracias a las mejoras técnicas; una ampliación del área dedicada a la cebada; la reducción de la superficie que se dejaba en barbecho, y la introducción de nuevas plantas, como la colza, el girasol, la soja y el espárrago, en especial este último. Además se produce un retroceso en la vid y el olivo, y una ampliación del regadío gracias a las obras de perfeccionamiento de canales (Lodosa, Bardenas). Sus terrenos lo ocupan los cereales y sobre todo, a partir de la década de 1960, la remolacha, la alfalfa, el maíz, junto con cultivos forrajeros, hortícolas y fruteros.

[29] Fuero General de Navarra (ed. de Pablo Ilarregui y Segundo Lapuerta). Pamplona, Imprenta Provincial, 1969, segunda parte, cap. 20. Y BIELZA DE ORY, Vicente, Tierra Estella. Estudio geográfico, Pamplona: Editorial Aranzadi, 1972, págs. 22-28.

[30] FLORISTÁN SAMANES, Alfredo, La Ribera tudelana de Navarra. Cit., pág. 165.

[31] FLORISTÁN IMÍZCOZ, Alfredo, La Merindad de Estella en la Edad Moderna: los hombres y la tierra. Cit., pág. 188; ZABALZA, Ana, et al., Navarra 1500-1850 (Trayectoria de una sociedad olvidada), Pamplona, Ediciones y Libros, S.A., 1994, pág. 75; TORRES LUNA, Mª  Pilar, La Navarra húmeda del Noreste. Estudio geográfico de la ganadería, Madrid: CSIC, 1971, pág. 36.

[32] FLORISTÁN SAMAMES, Alfredo. “Año y vez”. Gran Enciclopedia Navarra. Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1990. Tomo I, págs. 342-343.