Un impulsor del belén a recordar: Nicolás Ardanaz

En la Pamplona de los años cincuenta se vivió la llegada del árbol de Navidad con intensidad. Unos se apuntaron enseguida a la nueva moda, que traía los ecos de la entonces lejana Europa desde las profundidades de Alsacia y las tierras escandinavas. Otros, como Nicolás Ardanaz, reconocieron enseguida lo extraño de esa costumbre, quizás entonces no bien conocida, que se relacionaba con el mundo protestante, con el Papá Noel y Santa Claus, pero ajena a nuestra tradición secular: el belén.

La llegada del abeto cuajado de regalos, reluciente de espumillón y luces, aparente y cautivador, produjo pronto una reacción a favor de nuestro Nacimiento y, entre los comercios de figuras para su montaje –Casa Lange de la calle Estafeta, el “santero” Martínez Erro de la Bajada de Javier y Casa Echarte frente a San Saturnino- la droguería de Nicolás Ardanaz, en la calle Mayor, se transformaba a fin de año en el establecimiento donde alternaban los productos de limpieza, el olor a química y plaguicida, con la exposición de figuras, portales, castillos y toda clase de complementos necesarios para recrear el misterio del Nacimiento del Niño Dios.

Para quienes no lo recuerden, Nicolás Ardanaz fue un caso especial de droguero y fotógrafo por afición –aunque esta afición le daría su merecida fama. Quiso ser pintor, y de suyo se le tiene entre los discípulos de Javier Ciga, aunque Nicolás trocase los pinceles por la cámara después de haber tomado lo esencial de su maestro: ambientes, temas y composiciones para traducir el paisaje y las interioridades de la Navarra tradicional, a la que él quería apasionadamente. Nicolás fue, además, y por encima de todo, montañero. Los años en que vivió, 1910-1982, le permitieron asistir, con el objetivo de su cámara bien abierto, a los trascendentales cambios que experimentaría Navarra. Las más de 12.000 imágenes por él tomadas, que conserva el principal de nuestros museos, nos muestran un paisaje límpido y unos tipos humanos tallados por el sol del campo y el cierzo de los montes, un prodigioso retablo de tipos humanos sorprendidos en sus tareas, costumbres y fiestas.

En su apoyo al belén convergían varios aspectos: su espíritu religioso católico, muy acendrado; la defensa de las tradiciones seculares, familiares y hogareñas; y su interés comercial, porque –nos dice su mujer Reshu- “cobraba hasta el aliento”.

Era, por montañero, también ecologista. Esto se hacía notar en que nunca vendió en su droguería ni acebo ni musgo, todo lo más corcho de alcornoque, para recrear covachas y montañas.

Traía las figuras de barro de Murcia, comunidad con una larga tradición de imagineros al estilo de Salzillo. En los últimos tiempos vendió figuras de plástico, “que eran muy bonitas” y traía de Barcelona, como el corcho, que lo comercializaban los catalanes para este menester. Para San Saturnino (29 de noviembre) ya tenía todo el material dispuesto (“Ya no vivía más que para los belenes, llegaba a casa a las once de la noche”) y en febrero-marzo se le presentaba su agente comercial para recibir los pedidos de la Navidad siguiente. La actividad comercial de los días previos a Navidad, desde San Francisco Javier, era grande en la Droguería Ardanaz y en la venta colaboraban todos los sobrinos.

Montaje del portal de Belén en su estudio y Nacimiento en la Sierra de Sarbil (1958) Museo de Navarra.

Caso curioso: en su propio domicilio de la pamplonesa calle de Pozoblanco Nicolás sólo ponía el Misterio del Nacimiento “porque no había críos como para montar el belén” (el matrimonio Ardanaz no tuvo hijos). Precisamente Nicolás sostenía que no era excusa la complejidad del montaje del belén para no ponerlo. “Un Misterio –decía- se puede poner en cualquier sitio, los hay de muchos tamaños”.

En una de las estancias, que reservaba para sus libros y estudio fotográfico, y que daba a un patio interior, montaba los belenes para luego fotografiarlos, colocando tras ellos fondos de cartulina, a veces decorándolos con estrellas, que iluminaba para destacarlos en el espacio, resaltando los perfiles. Sus tomas eran bajas y sus planos de conjunto. Los materiales básicos eran la madera, el corcho y la pintura, y en las composiciones se adivinaba al discípulo de Ciga. No quería que Reshu entrara en esta habitación, que nadie le tocase nada.

Nicolás no viajaba fuera de Navarra. Todo lo que sabía de otros lugares lo había aprendido en los libros, era un lector empedernido. Puede que su afición al montañismo, a la naturaleza, también hubiera estimulado su amor por el belén. En su colección fotográfica hay algunas imágenes con composiciones del Misterio en el propio campo, antepuestas a oquedades del terreno, pues llevaba las figuras consigo y recreaba la escena del Nacimiento al aire libre. Tenía en su colaborador Miguel Nagore y en la furgoneta DKV del reparto de la tienda, su ayuda para estas puestas en escena. Localizaba las estampas en el roquedo de la Sierra de Echauri. Alguna vez improvisó el Belén entre las columnas de un pórtico de una iglesia de pueblo. Y su cámara dejaba constancia de ello. Eran los años de 1958 a 1967.

En estas composiciones se trasluce el niño que en el fondo tal vez seguía siendo Nicolás, que parecía jugar con las figuras, emocionarse al imaginar que se animaban. Se ve también al amante de la naturaleza, de la vida y espíritu libres, al ser independiente. Y se descubre al artista pintor que un día quiso ser en la forma de agrupar los personajes y establecer los términos. Algunas de estas fotografías llegaron a publicarse en los periódicos y hoy son dignas de ver.

“Para Nicolás el belén era sagrado”, nos dice quien compartiera con él su vida. Y esto explica que se implicara en su difusión tan decididamente. La trastienda de Droguería Ardanaz fue en tiempos un curioso taller donde se afanaron hasta cinco operarios que fabricaron, a las órdenes de este singular artista, reconstrucciones perfectamente documentadas en los libros del arte del pesebre, en los atlas histórico-geográficos de Palestina y en las imágenes tomadas por fotógrafos aventureros. Las captó con su cámara como si se tratase de escenas y paisajes de verdad, pues para él así lo eran, y para hacerlas perdurar en el recuerdo tras su venta.

Informante: Resurrección Villanueva, Vda. de Nicolás Ardanaz