Glosas a la memoria de los artistas de mi tierra

En el año 1983, el autor de estas líneas comenzó a escribir unas notas necrológicas de artistas de su tierra que iban falleciendo, a quienes había conocido más directamente y con cuyo trato se había enriquecido personalmente, las cuales se engloban ahora bajo el título genérico de Glosas a la memoria de los artistas de mi tierra. Estas notas fueron viendo la luz a lo largo de las décadas siguientes, por lo que su referencia periodística se incluye bajo el título de cada una de ellas. El autor desvela la espiritualidad que subyace bajo sus obras de arte destinadas a permanecer en el tiempo para dar testimonio del aliento que las inspiró.

 

Se nos ha ido el pintor Raimundo Lanas Bravo

(Diario de Navarra, 21 de octubre de 1983)

Pamplona, 1977. De izda a dcha.: Fermín Oscáriz “Chirolas”, Manuel Turrillas, el padre Valeriano Ordóñez, Carmen Bravo (Vda. de Raimundo Lanas), Raimundo Lanas Bravo, su esposa Magdalena Murio, y Serafín Ramírez

Me dio un vuelco el corazón cuando supe la noticia de su muerte. Su corazón había dejado de latir tras la emoción de la muerte del jabalí al que había disparado, el viernes último.

Tuvo que ser terrible para sus compañeros de partida. Nadie se lo esperaba. ¡Pero cómo podían imaginarlo, estando de cacería, con ánimo de relajar las tensiones diarias!

Poco antes de su funeral, casi a la misma hora de su muerte. Murillo descansaba en la melancolía y el silenció. Caía a ratos una ligera llovizna, el cielo estaba encapotado. Al comienzo de la tarde fueron llegando quienes más le querían.

La iglesia, un templo gótico como los de antes, sin restaurar, con un poético jardincillo de entrada, flanqueado de estelas discoideas, acogió las oraciones de sus familiares y amigos.

Pocas veces me he sentido tan consolado del dolor y la angustia por las palabras del sacerdote ante una muerte que se ha presentado en principio cruel. Había desaparecido un hombre “de los buenos”, de esos que solo con su presencia en sociedad son un ejemplo vivo de sensatez, de bien, de sólidos principios morales. Una persona de las insustituibles, de las que hoy precisamos tanto. Pero Dios, como dijo el sacerdote en la homilía de su despedida, que permitió la muerte y resurrección de su Hijo Jesucristo para la salvación de todos los hombres, no podía menospreciar el ofrecimiento del alma de Raimundo. Porque creo, Raimundo, que tú, sin saberlo, has sido tan bueno y has muerto tan pronto, para colaborar a su tarea redentora. Para servir de detonante en nuestra vida cómodamente inconsciente, de diosecillos, además inconformistas.

Nadie fue capaz de entonar una jota en ningún momento de tu adiós, porque las gargantas de los allí presentes no hubieran servido más que para llorar.

En el cementerio, cuando le daban tierra a Raimundo, pensaba en la forma tan sencilla con que se vive y se muere en los pueblos. El funeral ante el cadáver, la marcha con él en andas hasta el camposanto, con el sonido de las campanas a lo lejos, la sepultura de tierra…, y, sobre todo, la cercanía de quienes te han querido y te recordarán para siempre.

Raimundo Lanas ha vuelto así a la tierra que ha amado, al paisaje recio de la Ribera que plasmaba en sus lienzos, en los ratos libres de su ajetreada profesión. Vino precisamente de Barcelona para estar más cerca de los suyos y por nostalgia de su tierra. Ha sido uno más entre los navarros de vena artística, de no mediar las circunstancias de la vida.

Duerme tranquilo, Raimundo, porque tú, además de ser tan bueno, has cantado a Navarra con los pinceles y has sido de este modo fiel a la tradición de tu admirado padre, que lo hizo con voz de ruiseñor.

Ahora que me duele el corazón y me quitas el sueño, me alegro de haberte conocido a través de tus exposiciones de la CAN. La sinceridad que ponías en tus lienzos y en el trato, la franqueza de tu amistad, quedarán vivos en el recuerdo, que siento emocionado.

Descansa en paz y acuérdate de los tuyos y de nosotros, que te necesitamos.

José María Ascunce entre el recuerdo y la admiración

(Presentación del catálogo José María Ascunce (1923-1991). Muestra antológica. Pamplona, Museo de Navarra, 1994).

Ascunce_webEl fallecimiento de José María Ascunce en septiembre de 1991 trajo, como sucede en estos casos, la sensación de una pérdida irreparable. Había desaparecido, además de un hombre bueno, el profesor afable, el pintor sacrificado y uno de nuestros más sentimentales paisajistas. José Antonio Larrambebere le había definido años atrás como “el pintor de alma fuerte que siente y ama la tierra”.

Sin embargo, cuando una persona desaparece físicamente permanece de manera aún más viva en el recuerdo. Es ocasión en que, muchas veces a destiempo, nos planteamos si hemos sido realmente justos con ella y qué podemos hacer para que su testimonio permanezca vivo.

La Institución Príncipe de Viana ha querido dedicar un recuerdo a quien fuera pintor serio y discreto, organizando una Exposición Antológica de su obra en el Museo de Navarra, con la colaboración técnica de sus hijos Amaya y José Miguel y los textos de los críticos que más asiduamente se ocuparon de su figura. Deseamos contribuir así al redescubrimiento de Ascunce, sobre todo entre los más jóvenes, que lo desconocen porque casi todas las últimas exposiciones individuales de nuestro pintor tuvieron lugar en la década 1960-1970.

Para valorar su trayectoria, conviene destacar aquellos aspectos que definen mejor su estilo personal.

Su obra pictórica, como sucedió con los nacidos antes de 1940, estuvo condicionada por una tradición figurativa muy arraigada entre nosotros. Él mismo fue discípulo de Ciga, del que tomaría, con toda seguridad, la técnica precisa para saber definir con el dibujo la estructura del espacio pictórico, la composición de los elementos y el buen sentido que debe orientar el uso del color.

Bajo esta óptica figurativa, dentro de las tendencias dominantes en la segunda mitad del Siglo XX, la pintura de Ascunce se asemeja a la de Lasterra por el empleo de firmes estructuras, dotadas de empastes generosos, con que representa poblaciones y tierras severas en su realismo unas veces y temperamentalmente expresionistas otras. La pintura de Ascunce amplía así, de forma mixturada, la veta expresionista de la Pintura Navarra, que en Buldáin y Manterola se torna surrealista, en Martín-Caro y Eslava abstracta, y en Echauri deviene hiperrealista.

José María Ascunce fue, además de pintor, maestro. Su actividad se desarrolló en Corella, junto al escultor Rafael Huerta, y, en Pamplona, en la Escuela de artes y Oficios (desde 1969 de artes Aplicadas), donde en colaboración con Salvador Beúnza e Isabel Baquedano, formaría a los integrantes de la llamada por Moreno Galván “Escuela de Pamplona”, a la que, con la referencia de Morrás se orientará a partir de entonces a la representación de escenas realistas con ánimo crítico.

Estas son, pues, las constantes de José Mará Ascunce: ser engarce entre generaciones, ser definidor de un paisajismo acorde al propio sentimiento y ser educador de jóvenes pintores, respetuosos e independientes del maestro, dinamizadores de la cultura artística navarra más reciente.

Con la presente Exposición Antológica queremos rendir homenaje de admiración al pintor desaparecido, presente en nuestro recuerdo para siempre.

José López Furió y la imaginería religiosa en Navarra

(Diario de Navarra, Pamplona, 20 de enero de 2.000, p. 23)

Mientras la comitiva se dirigía al cementerio de Labiano pensaba por dentro : la muerte de un artista no es una muerte más sino una victoria sobre la materia, porque José López Furió ha dejado tras de sí una obra perdurable en tres dimensiones. El dolor de su marcha se compensa con la presencia consoladora de una obra transcendente. Imágenes que nos acercan a los Santos, a la Virgen, en definitiva, a Dios.

Se acababa de jubilar como profesor de dibujo del Colegio del Redín, en 1994, cuando pude conversar con él largamente una mañana de primavera en su piso de la Avda. de Zaragoza. Hablamos de sus orígenes, de su llegada al Instituto Laboral de Alsasua y, luego, de su entrada al Colegio San Miguel de Aralar de Pamplona, cuando empezó a compatibilizar la docencia con la escultura en su taller de la calle Dormitalería.

Había nacido el 7 de agosto de1930, en el pueblecito valenciano de Benimaclet. Mi maestro -me decía- fue mi padre, José López Catalá, hijo a su vez de un hortelano. Un imaginero que dominaba la talla de la madera, pero que tras la guerra del 36 se hizo marmolista. Mientras, pude estudiar Bellas Artes en la Academia de San Carlos.

Sobre 1960 llegó a Alsasua y en los siete años que estuvo aquí talló las tres imágenes de su parroquia -el Corazón de Jesús, La Milagrosa y San José- que le servirían de carta de presentación. Tres sacerdotes con sensibilidad, Cipriano Lezaun, Carmelo Velasco, entonces rector del Seminario, y José María Imízcoz, influyeron para que recibiera los primeros encargos de la Diócesis. Su madurez artística pronto llegaría con el apoyo de otras personalidades, como José María Zunzunegui, profesor del Seminario de Vitoria, y el industrial de Legazpia Patricio Echeverría, realizando de esta manera incursiones profesionales en Guipúzcoa.

Es admirable que siendo un artista de «fin de semana», ocupado con las clases y la familia, López Furió pudiera tallar a lo largo de su vida trescientas estatuas, doscientas de ellas para las iglesias navarras. Ello le obligaba a estudios biográficos previos de los Santos, para conocer su carácter y trasladar sus rasgos psicológicos a las manos de la efigie, porque ellas dicen todo sobre una persona, recuerdo que éstas eran sus palabras.

José López Furió. Virgen del Ofrecimiento (1984) (fragmento). Iglesia del Corazón de Jesús, Pamplona

Entre sus obras más apreciadas se encontraban la Virgen Milagrosa de Alsasua, la Piedad de la Hermandad de Voluntarios de la Cruz, los pasos procesionales de Cáseda, el San José Obrero de las M.M. Josefinas del barrio pamplonés de La Magdalena, el San Francisco Javier del pabellón nuevo del Seminario Conciliar, el Sagrado Corazón de Jesús del Convento del mismo nombre de la calle Media Luna, el Salvador de Ibañeta, y la Inmaculada de los P.P. Reparadores de Puente la Reina. También realizó tallas de imágenes desaparecidas (para el Monasterio de Leire y Santa María de Eunate) y reproducciones emotivas, como una del Santo Cristo de Javier, que se entregó al Santo Padre con motivo de su visita al santuario en 1982, y otras copias para iglesias de fuera de Navarra, incluso de España (Francia, Venezuela, Ecuador…). Valenciano de nacimiento y espíritu, aunque enamorado de su tierra de adopción, no desatendería las parroquias levantinas, de las que tenemos un magnífico ejemplo en Cullera.

Su escultura religiosa describe una iconografía presidida por la Virgen con el Niño y los Crucificados, pero que incluye Inmaculadas, Sagradas Familias y Santos, en particular San Francisco Javier, sin haber desdeñado pasos procesionales, ni Vía Crucis, ni relieves o dioramas. Muchas de estas obras tuvieron como policromadores a Agustín Guillén y su hijo. En su concepto, la imagen religiosa debía transmitir una unción necesaria. Así se explican la pureza, la bondad y la espiritualidad, que son las cualidades que emanan de su estatuaria.

Desde el punto de vista estilístico, López Furió fue una especie de neofigurativo, porque sin renunciar a la esencia volumétrica del Románico o del Gótico, sin desechar el ritmo del Barroco ni olvidar esquemas compositivos de los grandes maestros, asumía la síntesis formal de los creadores modernos. Dentro del clasicismo mi escultura está simplificada y estilizada, en todo caso busco innovar y no repetirme, afirmaba.

Furió se identificaba con José Capuz, un valenciano parecido a él en su evolución del barroquismo a la abstracción. También le gustaba el conquense Luis Marco Pérez, por haber llegado a un realismo exacerbado casi expresionista, tendencia presente en la escultura profana de nuestro escultor, con la que inauguraría la pamplonesa Sala de Arte de Conde de Rodezno en 1968. De los escultores universales, su preferencia se dirigía a a Rodin, por su genial inspiración.

Cuando desaparecen las personas, hacemos sin querer un balance de ellas. Para mí, López Furió no sólo ha sido un continuador de la imaginería religiosa en un siglo casi por completo ajeno a la espiritualidad en el arte. También ha enriquecido el aporte de otras figuras navarras, como Fructuoso Orduna, Ramón Arcaya, Aureo Rebolé, José Ulibarrena y Juan Miguel Echeverría, interesados en el asunto religioso como él. Pero sobre todo, él, que se consideraba un apóstol del arte, seguirá invitando con sus figuras a la plegaria emocionada en muchas iglesias de nuestra Navarra.

Recuerdo de un clásico contemporáneo. Javier Iriarte Beroiz, escultor

Javier Iriarte. Koré (2000)

El 9 de octubre de 2002 participé en Pamplona junto a Javier Iriarte Beroiz, que pocos meses después fallecería en plena juventud dejando una obra escultórica de inspiración clasicista y resabios entre fantásticos y surrealistas, en un ciclo organizado por el Ateneo Navarro y la delegación navarra de la Sociedad Española de Estudios Clásicos. Con tal motivo tuve el gusto de presentarlo al público asistente y con aquellas notas, tomadas para la ocasión, he confeccionado hoy -26 de marzo de 2017- estas breves líneas, con el fin de reverdecer el recuerdo de un artista cuya carrera quedó truncada cuando se abría ante él un horizonte lleno de promesas.

Las Vanguardias surgidas en aquello intensos años de 1905 a 1939, de tan influyente repercusión en el Arte Moderno, llevaron a una ruptura con el pasado, con sus valores y sus gustos.

Una ruptura con el arte oficial imperante. Un arte pseudo-realista, porque ya no era expresión de la verdad, sino que la cubría con un velo de agradable estética.

Esta ruptura provocó el desarraigo de los artistas y, a su vez, generó en ellos una actitud agresivamente crítica que les llevó a rechazar la gran herencia figurativa de Europa. Y así se organizaron “movimientos de la rebelión” –en palabras de Mario De Micheli- como el expresionismo, el cubismo, el futurismo, el dadaísmo, el surrealismo y el arte abstracto, que, por su búsqueda de un arte puro lo alejó de la naturaleza, consumándose así el espíritu revolucionario de las Vanguardias.

¿Qué ocurrió con la herencia del clasicismo?.

El mundo clásico quedó, en un principio, postergado. Se tomó el arte arcaico más bárbaro: el de las civilizaciones preclásicas (frente al arte clásico influyente desde el Renacimiento). Pero pronto se dio una reacción en los grandes maestros del Arte Moderno con Picasso, que defendió una vuelta al orden clásico ya poco antes de 1920; con la Escuela Metafísica Italiana (Carrá, Chirico), que enlazaron con la iconografía clásica por medio de la ensoñación; con Aristide Maillol, que en realidad nunca había abandonado la ideal belleza clásica a la que aspiraban sus desnudos femeninos; con el Noucentisme catalán (Joaquín Torres García, Ramón Clará), que fundieron mediterraneísmo con clasicismo; con Henry Moore, cuyos personajes recostados derivaban del arte etrusco y su técnica de “paños mojados” se inspiraba en Fidias; con ciertas obras de Matisse, y hasta de Dalí, que se hicieron eco de ese lejano mundo clásico que mantenía aún vivas sus características de sentido profano, sensualidad y proporción de las formas, composición, equilibrio, belleza ideal y moral.

El Clasicismo llega hasta nuestros días, si bien revisado, adaptado a las nuevas necesidades, pero vive. Ahí están las creaciones posmodernas españolas, la escultura del polaco Igor Mitoraj, y la de Javier Iriarte.

Pero no nos engañemos.

En la escultura de Javier Iriarte, las proporciones de la ideal belleza clásica llevadas al desnudo son manera de plantear otras cuestiones, sin renunciar para ello a la admiración que Javier siente por el mundo antiguo de Grecia.

¿Se queda el arte de Javier Iriarte en una presentación agradable de la figura humana, tanto más sorprendente por cuanto hoy son pocos los artistas que se atreven a ser decididamente figurativos?

Yo creo que no. Para mí, Iriarte plantea el gran problema de la incomunicación en una sociedad avanzada –la nuestra Occidental- que ha conquistado la belleza mediante los cosméticos y el culto al cuerpo; que domina las comunicaciones por tierra-mar -y aire; pero que no ha logrado sacar al ser humano del anonimato de la masa social. El tema está muy presente en el arte contemporáneo, desde la pintura de Bacon y Hopper, a la escultura de Segal, a la fotografía de Robert Franck, al cine de Bergman y de Antonioni.

Y hay más preocupaciones en su escultura que, sin duda, el mismo Iriarte nos va desvelar.

El tema de su conferencia –Clasicismo contemporáneo: una biografía- versa sobre la actualización de la herencia clásica en una obra –la suya- que se afirma sobre este pasado desde una óptica y sentimiento existenciales.

Javier Iriarte es Licenciado en Bellas Artes por la Universidad de Barcelona y, sin referentes familiares, confiesa que su interés por el arte surgió admirando las creaciones plásticas de su entorno, quizás el retablo romanista de Artieda, el pueblo al que acude de niño.

Ha realizado estudios de arte clásico en Italia y Londres, y vive desde hace años en Grecia, en contacto con ese ambiente impregnado de antiguas civilizaciones.

Ha seguido los cursos sobre cerámica impartidos por Ángel Garraza, y quizás esto ha podido influir en su interés por la materia modelable.

¡Ah!, y no ha conocido a dos navarros que desde distintos puntos de vista se han interesado por el viejo mundo clásico: el escultor Alfredo Sada y el escritor-traductor Ramón Irigoyen.

Javier Iriarte ha disfrutado de las Ayudas a la Creación Plástica del Gobierno de Navarra (recibida en 1996 para ampliar estudios en Atenas) y, por su juventud, aún tendrá muchas cosas que decirnos, pero ya lleva sobre sí una corta –aunque intensa- trayectoria como escultor, razón por la que hoy está entre nosotros para hablarnos de su experiencia.

Ha muerto un cantor de la vida, el pintor Juan Larramendi

(La Verdad, Semanario de la Iglesia Diocesana en Navarra, núm. 3591, Pamplona, 21 de octubre de 2005, p. 6)

El pasado 12 de octubre nos dejó definitivamente Juan Larramendi Arburúa, el paisajista de Bera, que vivió sus últimos años apegado al curso del Bidasoa, pues los muros de su casa casi eran lamidos por este río creador de sensaciones perpetuas, que aviva el recoleto país fronterizo del norte de Navarra.

A Juan Larramendi la inclinación por el paisaje le venía por temperamento heredado de su padre, el poeta Ignacio de Larramendi y del Puerto, un artesano alpargatero capaz, sin embargo, de escribir emotivos versos sobre la naturaleza y los hombres bidasotarras, lo que le mereció ser admitido como miembro correspondiente de la Academia de la Lengua Vasca. Le ayudaron a descubrir su vocación de pintor el regalo de una caja de acuarelas, recibida de un tío escolapio, el apoyo de Ricardo Baroja, que le aconsejó ante el primer dibujo -“¡Quémalo, pero sigue pintando!”- y la crítica laudatoria de Eladio Esparza, ante la exposición del pintor en ciernes en los salones de la diputación Foral, en 1945, que admiró en él su ardiente entusiasmo y magníficas aptitudes naturales.

Juan Larramendi. Otoño en Betelu (Navarra) (h. 1990)

Tras su paso por París y contacto con el pintor cubista Soubervie, rechaza el vanguardismo retórico y la idolatría geométrica de moda para, desengañado, embarcarse hacia América. En Venezuela transcurren bastantes años de su vida, conoce a la que se convertirá en su esposa, Gumersinda Díez Santamaría, que le daría un hijo, Juan Ignacio, también pintor de grandes cualidades, y vive la experiencia de retirarse a la selva para crear en plena naturaleza. Expondrá sus cuadros entre los indios makiritares, en una choza, a la que acudían aquellos como vinieron al mundo.

Para él, la mayor experiencia de América fue la luz solar del trópico, que le conmovió de manera apasionada y siempre se entreverá en su posterior paisajismo, cuando ya vuelto a la tierra que le vio nacer, pintará aquellos manzanos retorcidos a lo Van Gogh y esos resplandores de luz fortuita entre los chopos que orillan el Bidasoa.

En Bera dará expresión plena a su temperamento naturalista, que se ingenuiza ante el paisaje con un sensible sentimiento del color, con una especie de religiosidad campestre o de panteísmo franciscano que le consuela de una soledad, sin embargo buscada en el silencio de cada día, lo que no pudo ocultarle de sus paisanos ni de los críticos más sensibles, que siempre creyeron en él, frente a otros muchos que le ignoraron.

Juan fue un hombre de buen corazón que nos ha entregado a los demás una visión positiva de la vida a través de fragmentos de naturaleza incontaminada, de un colorismo tan luminosos como estimulante de buenos sentimientos. En sus cuadros se descubre el aliento divino de los campos húmedos del Bidasoa. Nuestra mirada de espectadores abotargados por los mensajes icónicos de hoy descansa en ellos, y, amorosamente, es guiada por sus pinceles hacia lo más alto, desde donde el espíritu del Creador se proyecta hasta en lo más desapercibido.

Mientras tu descansas en los brazos misericordiosos de dios y pintas paisajes celestiales, mucho más conmovedores que los terráqueos, nosotros seguiremos hallando la paz entre tus remansos.

Alfredo Díaz de Cerio, In Memoriam

(La Verdad, Semanario Diocesano de la Iglesia en Navarra, núm. 3693, Pamplona, 8 de febrero de 2008, pp. 20-21)

En un día soleado, frío, del mes de enero, ha pasado a la Casa del Padre Alfredo Díaz de Cerio Martínez de Espronceda, el amigo, el ser profundo, inquieto, ansioso por saber, por indagar y por alcanzar el más allá de la verdad oculta. Una persona polifacética en el pleno sentido de la palabra, que a su labor de pintor unió la de escultor cerámico y aún la de versátil manipulador de los materiales más diversos en pos de logros inesperados, que sorprendieran, pero nunca terminaran de satisfacerle, para alimentar así su permanente sed de búsqueda.

Había nacido en Mendavia en 1941, pero su inclinación por la pintura no se le despertaría hasta 1962. Las necesidades de la vida le llevaron a Suiza y Alemania para trabajar allí entre 1966 y 1974. Su paso por Centroeuropa le dejaría, artísticamente, muy marcado, ya que se impregnaría del expresionismo (Kandinsky, Kokoschka) y de la fuerza vital de Durero. En viajes puntuales conoció en directo la pintura de Vermeer de Delft y de Van Gogh. El padre benedictino Kunibert fue quien le hizo recapacitar sobre su inquietud artística y quien le organizó las primeras exposiciones, que tuvieron lugar en el Ayuntamiento de la ciudad alemana de Brilon Stadt. Kunibert fue el primero en advertir en él la fuerza de su mundo interior, que, en lo sucesivo, se manifestará primordialmente en dos direcciones: los versos y la potencia expresiva del color.

Alfredo Díaz de Cerio Martínez de Espronceda. Crucificado (2007)

En 1974, tras unos meses de colaboración con el escultor zaragozano Orensanz, Alfredo se interesó por la estructura, el hueco y la flexión de las formas, realizando sus primeros modelados zoomórficos en barro. Instalado con su familia en Pamplona desde 1976, se centrará en la que será una densa y coherente profesión artística, compartida con una actividad poética que le permitirá alcanzar decenas de premios literarios (entre ellos los “Luis Rosales” y “Vicente Aleixandre”). En realidad, se puede decir que la mezcla de sentimiento, razonamiento y experimentación que alienta bajo su labor poética tiene el mismo tono existencial de su pintura y viceversa.

Como pintor, sus obras se han coloreado sucesivamente por el fuerte postimpresionismo y el cubo-surrealismo a lo Ernst y Klee; por el surrealismo de carácter orgánico al modo visionario de Dalí y Tanguy; por el metafisicismo a la italiana; por el expresionismo abstracto con significado mistérico-religioso plasmado en una pintura en bajorrelieve; y por el realismo, que no despreció, y representó con una intensidad admirable.

En una vida tan llena -tiene en su haber más de cincuenta exposiciones individuales y otras tantas colectivas fuera y dentro de España-, Alfredo reservó en su obra un lugar íntimo para sus “Ángeles” y “Crucificados”.

El signo de la cruz fue una de sus iconografías preferidas y que trató con las más diversas técnicas y estilos, siendo el concepto expresionista el más utilizado para fijar el gesto de Cristo en el retorcimiento de su cuerpo por el dolor del suplicio, si bien otras de sus versiones resultan más poéticas. Ya en 1968 realizó el que podría ser el primero de ellos, al que desde entonces se han sumado varias decenas, generalmente en pequeño formato, por ser más interesante para fijar lo esencial –que para él era el espíritu- hasta más recientemente en que acababa de pintar una serie de Cristos levitando sobre horizontes difusos. La cruz ha tenido equivalente presencia en su creación literaria, de manera explícita –pues escribió un Via Crucis poético en 1969- o por medio de invocaciones a Dios que traducen su búsqueda del Absoluto.

Nuestro admirado amigo disfrutará de la Eternidad después de haber multiplicado con creces esos talentos que Dios le dio, y de los que nos ha dejado espléndidas muestras, aunque lo importante es que prueban el temple de su espíritu abnegado, su entrega insobornable al arte y modelo de vida, cuyo recuerdo no se borrará.

Un recuerdo al pintor de las Bardenas. José María Monguilot

(La Verdad, Semanario de la Iglesia Diocesana en Navarra, núm. 3864, Pamplona, 27 de enero de 2012, p. 45)

Cerca ya de cumplir los cien años, ha muerto en su Tudela natal, casi desapercibido, José María Monguilot Navascués, el pintor de las Bardenas y de las ermitas que salpican nuestro paisaje.

De personalidad franca y natural, sentía la naturaleza de la misma manera. Confesaba en cierta ocasión que hubo de abandonar en plena Bardena sus bártulos de pintor para acudir al entierro de un amigo, encontrándolos tal como los había dejado, en pleno campo, cuando regresó a las pocas horas. Nunca se cansaba de pintar y lo hacía fuera del horario de su comercio, en festivos, y el ejercicio pictórico le espabilaba. Alguien que se preocupaba por su salud le preguntó si no se cansaba, a lo que él respondió: Que me cuide Dios, El me ha hecho, pues ya se encargará de cuidarme.

José María Monguilot. Bardenas (1979)

Cariñoso y entrañable amigo, tenía el gesto de invitar a sus exposiciones con tarjetas que personalizaba al dorso con sus delicadas acuarelas. Un género éste, el de la acuarela, al que se enfrentó con 80 años, después de décadas como recio pintor de espátula con óleo, lo que da idea de su adaptable espíritu de superación.

Nacido en Tudela en 1915, su formación autodidacta vino favorecida por el ambiente familiar creado por su abuelo, el pintor Manuel Navascués Mateo, de Corella, y por su cuñado, tras su matrimonio con María Abeti, el artista tudelano Vidal Abeti Belloso.

Comenzó a pintar siendo niño guiado por su madre. Reafirmó su afición a la pintura asistiendo a las clases nocturnas del Centro Castel Ruiz. Su primera exposición, de las cerca de un centenar que realizara, la celebró en Pamplona en 1953, y a lo largo de ellas fue definiendo su estilo impresionista “dentro de una realidad”, como él explicaba, para que no cupieran dudas acerca de su sometimiento a las características de la naturaleza.

Como buen ribero, el campo de su gusto fue el paisaje abrupto, bravío y abierto, el de “las tierras sedientas de árboles desnudos, de los rincones urbanos inmutables en el transcurso del tiempo, de las Bardenas con sus increíbles cabezos, planas y barrancos, que ofrecen colorido y luminosidad cambiantes casi cada hora”, en sensible observación de ese otro entrañado ribero que fue su amigo Alfredo Floristán.

Se puede decir que el peregrinaje de Monguilot por esta vida no fue en manera alguna anodino. Fue un recorrido apasionante por la virginal naturaleza que amaba, y a la que nos enseñó a admirar como reflejo de la presencia de Dios.

Fray Xavier de Eulate, sacerdote y pintor místico

(La Verdad, Semanario Diocesano de la Iglesia en Navarra, núm. 3874, Pamplona, 13 de abril de 2012, p. 50)

Nos ha dejado para entrar en la Casa del Padre Fray Xavier de Eulate, un sencillo fraile franciscano que a su vida retirada de oración unió una sorprendente entrega a la pintura. Originario de Navarra, aunque nacido en San Sebastián, en 1919, fray Xavier de Eulate, en el siglo Javier María Álvarez Casi, estudió Bellas Artes en la Real Academia de San Fernando (Madrid), después de haberse dado a conocer en la exposición de artistas noveles de la Diputación Provincial de Guipúzcoa en 1949, tras la que dio un giro a su vida para entrar en la orden de San Francisco de Asís. Amplió sus conocimientos plásticos con Daniel Vázquez Díaz y con Jorge Oteiza, que ya en 1954 le definió como “un gran valor nuevo”. Después de residir en Italia, Francia y Cuba, país del que saldría expulsado tras la revolución castrista junto con sus compañeros de regla, fue destinado en 1962 al convento de los PP. Franciscanos de Olite, donde realizaría prácticamente toda su obra pictórica en paralelo a su misión sacerdotal.

El Padre Xavier de Eulate abraza a Jorge Oteiza

El afán experimentador de Fray Xavier de Eulate no le encasilló en una tendencia concreta, sino al contrario, fue capaz de pintar sencillas naturalezas, llenas de candor, al estilo de Darío de Regoyos, y fuertes paisajes imaginativos sobre tabla de madera que sometía a recortes e intensas coloraciones. Quizás la amistad con Basiano le empujó a ser tan adaptable como nuestro pintor murchantino lo era a los diferentes paisajes de nuestra tierra. El contacto con la pintura de pequeñas sensaciones cromáticas de Daniel Vázquez Díaz, le sugirió el camino de la abstracción que le condujo hacia la plástica de campos de color al estilo del ruso-norteamericano Mark Rothko. En ese tránsito estilístico no le fue ajena la complicidad artística de Oteiza, con quien le unió una gran amistad, después de haber colaborado con él entre 1950 y 1954 en la decoración interior de la Basílica de Arantzazu, de la localidad guipuzcoana de Oñate, en concreto con el diseño de sus vidrieras, en las que alcanzó la abstracción casi plena en la representación de los símbolos cristianos. De esta habilidad suya para trabajar el gran formato y materias opuestas con técnicas diferentes, nos queda el ejemplo elocuente de la Iglesia de San Francisco del barrio pamplonés de Iturrama, con sus murales sobre cemento, sus pinturas de gran formato y el impresionante Cristo escultórico de su ábside, que descuelga uno de sus brazos para ofrecerse a nosotros.

El Padre Xavier es considerado a nivel histórico como el primer pintor abstracto de Navarra, donde ha residido los últimos cincuenta años de su vida. Pero no redujo su indagación plástica al mero juego especulativo de las formas, como tantos pintores de nuestra época cansados de una figuración reiterativa, sino que aquellas, en sus más sutiles gamas de color, le ayudaron a expresar la necesidad de infinitud, de paz y encuentro luminoso que todo ser humano precisa llegado el momento de encontrarse con Dios

Domingo Iturgaiz

(La Verdad, Semanario Diocesano de la Iglesia en Navarra, núm. 3998, Pamplona, 27 de marzo de 2015, pp. 16-17. Sección Obituari)

Su marcha al Paraíso ha sido discreta, pero no ha pasado desapercibida a la mirada de Dios, que se sirvió de su persona en esta vida para acrecentar la cultura espiritual con tres elementos de rara conjunción -pluma, piedra y vidrio- con intención creativa guiada por su fe cristiana. A los numerosos hombres de ciencia, derecho, filosofía y teología de esta congregación que hunde sus raíces en el siglo XIII y cuenta con numerosos santos en la Historia de la Iglesia, se une a partir de ahora el apellido de este padre dominico que acrecienta su pasado glorioso con su sorprendente aportación

Conocido historiador del arte cristiano (nos ha dejado numerosos estudios iconográficos ligados a la Orden de los Predicadores), profesor de arqueología e historia del arte, fundador y animador del grupo de artistas Fra Angélico, también ha quedado perenne su huella en templos españoles y americanos.

Descubrió su inclinación artística pintando a la acuarela «aquél viejo castaño descuartizado de hojas doradas», que contemplaba subrepticiamente tras las ventanas en las clases de filosofía del noviciado en Caldas de Besaya.

Su encuentro con el arquitecto dominico Francisco Coello de Portugal, autor del santuario leonés de la Virgen del Camino, para cuyo Seminario Mayor y Menor realizó un retablo-mosaico de 96 m2. le confirmó en su vocación artística, donde se apreciaban deudas con el Beato Angélico (dibujo, emotividad religiosa, composición…) conjugadas con inquietudes surgidas por influencia de José María de Labra, pintor de voluntad mural, tan sabedor del oficio como preocupado por la misión social del arte.

Domingo Iturgaiz. Icono del Corazón de Jesús (1984). Pamplona, Iglesia del mismo nombre

En la década de 1950 el padre dominico José Manuel de Aguilar, fundador del Movimiento de Arte Sacro, le interesó por las revistas de arte extranjeras. Carlos Muñoz de Pablos le acercó a la especialidad de la vidriera. Realizó su primera exposición en la galería madrileña Biosca, éxito rotundo de público y crítica. Escribieron sobre su obra los más prestigiosos críticos, que destacaron su esfuerzo por abrir nuevos cauces al mosaico clásico, dotándole de un vigor plástico afirmado en la dinámica composición y en un colorido sobrio conseguido con exóticos materiales (tubo de bronce, vidrio plano, desperdicios de cantería, mármol laminado), que dieron a sus mosaicos “un tono expresionista de raíz románica”.

Los encargos de mosaicos se sucedieron en la década siguiente: Crucificados de la Parroquia de Nuestra Señora de la Fuencisla (Madrid) y de la Capilla del Centro de Espiritualidad de la Compañía de Jesús en Loyola, y Anunciación de la Capilla del Convento de la Anunciata de las Dominicas de Monte Mario (Roma). En los años 60 emprendió la realización de vidrieras de gran superficie, algunas de comprometida traza (Iglesias de Nuestra Señora del Rosario de El Salvador y la Episcopal de Venice en Florida). Trasladado su taller de Madrid a Villava, ejecutó vitrales para las parroquias pamplonesas de Santa Vicenta María, Corpus Christi, Corazón de Jesús, y para la de San Miguel Arcángel de Noain, y, fuera de la diócesis, para la Saint Dominic Church de Miami y Convento de Santo Domingo de Caleruega, Burgos.

Al final de su vida renació su interés por el mosaico ahora mediante el bodegón, paisaje y retrato que llevó a domicilios particulares, sirviéndose entonces ya no de teselas convencionales sino de cantos rodados por el mar, cuyas sorprendentes propiedades lumínicas y cromáticas, al asociarse en taracea dinámicamente compuestos o truncados, muestran la sugerente expresión y extraordinaria vivacidad impresionista de que fue capaz. «La simbiosis de la piedra-materia con el espíritu-forma tiene para mí como resultado final la comunicación visual de una vida renovada», escribió en Ars Sacra.

Iturgaiz supo perpetuar con aliento cristiano los efectos de esa difícil combinación de arquitectura con albañilería, pintura y decoración mural, que se alcanzan a través del mosaico y la vidriera, dándoles aire de modernidad en una época pródiga en arte sin trascendencia.

Un recuerdo para Gerardo Sacristán

(Diario de Navarra, Pamplona, 26 de mayo de 2015, p. 80 (Diario 2); Diario de Noticias, Pamplona, 28 de mayo de 2015, p. 68)

Aún está vivo el recuerdo de aquella memorable exposición «Pamplona Año 7», comisariada por el historiador Pedro Lozano Uriz, que se ofreció en la Sala de Armas de la Ciudadela hace ocho años, referida a ese mágico año de 1907 a modo de eje en torno al cual giraron pintores navarros en similares circunstancias a las de Sacristán en cuanto a las confluencias artísticas, políticas y sociales en que se desenvolvieron sus vidas, y que reunió obras de Leocadio Muro Urriza, Julio Briñol, Crispín Martínez, Eugenio Menaya, Gerardo Lizarraga,  Emilio Sánchez Cayuela «Gutxi», Pedro Lozano de Sotés y Francis Bartolozzi, pléyade de artistas cuyos referentes directos hay que buscarlos en las aulas de Javier Ciga, Enrique Zubiri y Millán Mendía, así como en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado de Madrid donde surgieron lazos de amistad que estrecharon sus relaciones.

Tuvieron en común una formación sólida, clásica, que no les inmunizó del todo ante las modernas influencias que se anunciaron en París, como denotarán sus oscilantes proyecciones artísticas. Realismo de base con connotaciones cubistas, art-déco, expresionistas, surrealistas… entre las mayoritarias. Inquietudes que plasmaron, como ya era propio de las vanguardias, en distintas especialidades y con diversas técnicas, no solo el acostumbrado óleo sobre lienzo, sino el cartel, el mural, la ilustración gráfica o el diseño. Relaciones mutuas que quedaron desbaratadas por el conflicto bélico de 1936-39, cesura importante en sus vidas y trayectorias artísticas personales. Conflicto que explica las infravaloraciones históricas de que fueron objeto sus obras, fruto de prejuicios y escasas informaciones debido a la dispersión de algunos de sus miembros, así como por su intermitente carrera en medio de las dificultades económicas de la posguerra, que impuso en todos ellos una actividad versátil necesaria para sobrevivir, con resoluciones plásticas necesariamente comprensibles, lejos de las inquietudes internacionales de su juventud.

Uno de sus miembros, Gerardo Sacristán, de cuyo fallecimiento se cumplieron el año pasado cincuenta años, es pieza clave que explica por qué renace la pintura navarra en la segunda mitad del siglo XX estrechamente relacionada con su papel de profesor en el Instituto Ximénez de Rada a partir de 1942, y, desde 1951, de Dibujo Artístico y Pintura en la Escuela de Artes y Oficios de Pamplona, que fueron años «muy oscuros culturalmente», en expresión de su hija Elina. Pero su presencia docente, lo dice uno de sus alumnos aventajados, José Antonio Eslava, fue «como abrir de pronto las ventanas al mediodía» por su lucidez mental, su precisión técnica, su conocimiento de la historia del arte, incluso de la más reciente, sin menosprecio de la escuela clásica española, en fin por su didactismo basado en la libertad y el respeto al alumno, que explican la floración de la llamada Escuela de Pamplona, cuyos miembros (Isabel Baquedano, Xabier Morrás, Juan José Aquerreta, Pedro Salaberri, Pello Osés, Luis Garrido…) son hoy pintores de sobra reconocidos. Falleció en Pamplona, se puede decir que prematuramente, a sus 57 años, dejando incompleta una labor que podría haberse alargado varias décadas, pero habiendo dejado tras de sí la semilla fecunda que ha posibilitado esta eclosión pictórica en toda su variedad e intensidad.

Nos recuerda Elina Sacristán que su padre fue «el pintor del dibujo, de la luz y del color», juicio desde luego acertado pero que aún podría completarse aludiendo a su dominio del volumen en el espacio bien recortado puesto al servicio de la variedad temática y la sabia composición de los objetos y de la figura humana representada, que tan cercana resulta por la humana naturalidad con que supo verla.

Debemos agradecer a la Comunidad de La Rioja, que le vio nacer,  la concesión de ayudas institucionales que posibilitaron su formación tanto en Madrid como en París, de manera que al llegar a Pamplona ya era un artista hecho, capaz de desplegar  en nuestra ciudad todo su potencial creativo. El próximo día 28, el Palacio del Condestable ofrece una exposición centrada en su memoria y es de agradecer que a través de sus cuadros y tras los cambios experimentados en las pasadas décadas, podamos comprender, sin desenfoques interesados, los méritos de su generación y rendir a estos pintores el homenaje que en justicia se merecen.

La promesa de la escultura navarra: Ramón Arcaya

Pamplona, 2 de febrero de 2018.

Se cumplieron el 31 de enero de 2018 los 75 años del fallecimiento del escultor Ramón Arcaya Iñiguiz, nacido en 1895, a quien el escritor Manuel Iribarren consideró la mayor posibilidad de artista plástico que ha tenido Navarra en un sentido artículo que publicó la revista Pregón en diciembre de 1948. Hacía cinco que se había producido su óbito, tiempo suficiente para hacer un balance objetivo de su peregrinaje por este mundo que acabó a sus 47 años.

Nació en el seno de una familia de artesanos e ingresó aún siendo niño en la Escuela Municipal de Artes y Oficios de Pamplona. Recibió una pensión de la Diputación Foral de Navarra para ampliar sus estudios en Bellas Artes en la Escuela de San Fernando, de Madrid, en la que recibió, el curso de 1917, el único premio de fin de curso en la especialidad de escultura, en reñida oposición con sus compañeros. Fue su profesor de modelado el prestigioso escultor Miguel Blay, maestro, entre otros, de Julio Antonio y del guipuzcoano Julio Beovide, autor del impresionante Cristo crucificado del Valle de los Caídos. La formación se completaba con el ejercicio del dibujo en el Casón del Buen Retiro, sede entonces del Museo de Reproducciones, al que los alumnos acudían provistos de un gran tablero que alquilaban allí mismo.

“Arcaya era un tímido”, recordará el pintor de las suaves cercanías de Irún Gaspar Montes Iturrioz, su compañero en aquellos lances. “Tenía una buena figura, era de estatura alta y siempre llevaba la boina que le caía muy bien. En las calles de Madrid le tomaban por un pelotari… era muy pamplonica”. En la carta que me envió el 13 de septiembre de 1988, continuaba Gaspar: “Le admirábamos porque era de los mejores. Dibujaba muy bien. Un día que estaba yo haciendo un retrato al gran futbolista Patricio Arabolaza, él le hizo un dibujo que tituló “Patricius”.

Zaragüeta fotógrafos. Monumento a los Muertos. Vida y Muerte, de Ramón Arcaya, 1922 (Foto: Museo de Navarra)

Pudo contrastar, y acrecentar, sus conocimientos viajando por Europa, Francia e Italia en particular. En París, y en la Academia de la Grand Chaumière, trabajó como modelista bajo el influjo “desconcertante” de Émile-Antoine Bourdelle, expresión de Manuel Iribarren que denota cierta incomprensión hacia el que fue aprendiz con el escultor Jules Dalou y admirador de Auguste Rodin, el impulsor de la escultura moderna. Bourdelle no quiso derivar su obra hacia el clasicismo sentimental de moda a lo Falguière y se decantó hacia un estilo “monumental”, en palabras de Harold Osborne, al que debió gran parte de su fama, y que huía de una imitación servil de la naturaleza para interpretarla con su propia personalidad. En el conjunto escultórico más importante de Arcaya, “Vida y muerte”, hoy a la puerta del cementerio de San José de Pamplona y antes como referente del osario en el interior de la necrópolis, tal como muestra la fotografía de Zaragüeta, se concitan en piedra ambas influencias, Bourdelle y Rodin, en la presencia del desnudo sintetizado y consistente de sus figuras.

De vuelta a Pamplona, el Arcaya que conoció Gaspar “no quería ser un héroe del arte, tenía miedo a la bohemia pobre, y se contentó con poner un taller de escayolista”. No obstante, le reclamaron para sí tanto el constructor, y mecenas navarro, Félix Huarte, que le encargaría un busto del Rey Carlos III el Noble para el famoso hostal de “las Pocholas” en el Paseo pamplonés de Sarasate, como el prestigioso y buen conocedor de las tendencias internacionales el arquitecto Víctor Eúsa, que le asoció para ornamentar con sus esculturas edificios tan emblemáticos como el de La Vasco Navarra, para el que modeló una gran Minerva, hoy desaparecida, la Casa de Misericordia, el Seminario Conciliar y los Colegios del Servicio Doméstico y de Escolapios. Por suscripción popular hizo el San Francisco de Asís con el lobo de Gubio para la plaza del mismo nombre, y los Padres Capuchinos le encargaron la imagen del Santo para la fachada de su convento en la Avenida de Carlos III, estatuas éstas que denotan un italianismo en sus formas resumidas y estilizadas. En los relieves de las andas del Paso del Santo Sepulcro, de la Hermandad de la Pasión del Señor, Arcaya pudo demostrar su atracción por resoluciones más modernas como el art-déco e incluso cierta inclinación prerrafaelista en las figuras del Paso de la Entrada de Jesús en Jerusalén, obras éstas que hizo entre las décadas 1920-1940.

Arcaya tuvo un triste final. Tal vez porque se exigía mucho a sí mismo y buscaba ansiosamente su propia personalidad o por culpa del modernismo con su desorientación fatal -en opinión de Iribarren- o bien por la insatisfacción de regentar un negocio que no estaba a la altura de sus ambiciones artísticas y pudo sentirse fracasado, el caso es que el escultor que prometía se vino abajo progresivamente. Un día destruyó con su martillo las obras de su taller. Y hoy lo que nos queda de él son sus trabajos monumentales, a los que hay que sumar varios panteones familiares.

No pasó de promesa. Su carácter le pudo limitar y el ambiente de la época, poco dado a reconocer socialmente a sus artistas, hizo el resto.

José Félix Erice Echaide, funcionario de la Institución Príncipe de Viana

(Diario de Navarra, 8 de abril de 2018)

José Félix Erice Echaide en su estudio-taller el 22 de marzo de 2018

Nos dejó inesperadamente el 27 de marzo José Félix Erice Echaide, ejemplar y competente  funcionario de la Institución Príncipe de Viana durante 45 años, en los que tuvo el orgullo -siempre manifestado por él- de haber sido delineante colaborador de los arquitectos José Yárnoz Larrosa, de su hijo José Yárnoz Orcoyen, del actual jefe-arquitecto Javier Sancho Domingo y aún de Víctor Eúsa Razquin con anterioridad a su ingreso en el órgano cultural de la entonces Diputación Foral de Navarra en 1946.

Como tal intervino en los proyectos arquitectónicos de conservación, reconstrucción, restauración y mantenimiento de los edificios más nobles de nuestro patrimonio: el Palacio Real de Olite; los Monasterios de Leire, Iranzu, Irache, de la Oliva en Carcastillo y de Santo Domingo de Estella; las Catedrales de Pamplona y de Tudela; el Castillo de Javier; las Iglesias de Santa María y Santiago de Sangüesa; la Ermitas de Nuestra Señora de Eunate y del Santo Cristo de Cataláin en Garínoain; y los templos del Crucifijo de Puente la Reina, de San Pedro de Echano-Olóriz, de la Asunción de Olleta, de San Jorge de Azuelo, de San Saturnino de Artajona con su cerco, de Santa María de Ujué, de Arce y de Los Arcos, y el de la Purificación de Gazólaz, por no alargar en exceso la mención de las muchas obras en las que intervino, la misma Cámara de Comptos que fue sede de la Institución y en la que trabajó hasta su jubilación.

Hijo de un empleado de la fábrica de calzados López, de Pamplona, aquella donde según recordaba se fabricaron las botas del ejército alemán, ingresó a sus 14 años en la escuela profesional electro-mecánica de Constantino Manzana junto a la Plaza de la Cruz. Pronto Constantino le confió las llaves del taller, al observar el cuidado con que colgaba su chaqueta al llegar a clase y cómo diseñaba rejas ante sus compañeros de mayor edad. En los dos cursos que realizó siempre obtuvo sobresaliente en prácticas de taller y dibujo geométrico e industrial. De allí pasó a la Escuela Municipal de Artes y Oficios, donde obtuvo dos medallas de plata, siendo sus profesores Perfecto Sola, Enrique Álava y Leocadio Muro Urriza, bajo cuya dirección artística participó como dibujante (letra gótica miniada y ornamentación) en el Libro de Oro que la Diputación Foral de Navarra obsequió  a S. S. el Papa Pío XII, con ocasión de la proclamación del Año Santo de 1950.

Tras su jubilación, su habilidad técnica, precisión y paciencia puestas al servicio de la arquitectura las derivó hacia sus personales aficiones, el arreglo de relojes antiguos y de cuantos pequeños artefactos pudieran necesitarlo, con el ánimo de favorecer a quien se lo pidiera, en especial sus amigos. Mantuvo siempre su inquietud por el trabajo bien hecho, aquel que le enaltecía y al que había colaborado con verdadera profesionalidad en la Institución Príncipe de Viana, de ahí que se mantuviera preocupado por la integridad del arte navarro. Descanse en la Paz de Dios, José Félix Erice Echaide.

Exigencia y perfeccionismo en Gregorio Paton

Pamplona, 8 de enero de 2020.

Gregorio Paton en 1992

Falleció en Pamplona el 13 de diciembre de 2019 con la discreción que le caracterizaba. Llevaba jubilado desde 1996 y el tiempo lo dedicaba a sus aficiones favoritas, alguna de las cuales, como el dibujo, había sido su profesión. Compartió a partir de entonces deporte de montañismo, fotografía, viajes, dibujo y pintura con la atención a su familia. Estuvo casado con Margarita Benítez Uralde con la que tuvo dos hijos, Carolina y Enrique.

Gregorio José Paton Fernández nació en Madrid el 7 de abril de 1928, aunque residió en Pamplona desde 1965. Le gustaba decir que era un “madrileño navarro”.

En su juventud quiso ser ciclista y de suyo probó suerte corriendo la Vuelta a los Puertos una prueba clásica de un día y de extrema dureza que se disputaba en la Sierra de Guadarrama, en Madrid, en la que hacia 1950 rivalizaban los famosos corredores Bernardo Ruiz y Julián Berrendero. Practicó también el atletismo pero la afición deportiva que perduró en él fue el montañismo que alimentará su futura dedicación a la cartografía como delineante al servicio de la Administración Pública, tanto como su amor a la naturaleza y a la fotografía a campo abierto. Su afición al montañismo le llevó a practicarlo en macizos no sólo en la Península Ibérica sino en los Alpes y en el Huangshan chino. Se asoció al Club Deportivo Navarra y, ya de mayor, al Aitonak. Una semana al año la pasaba en la montaña. Si en la naturaleza educó su sensibilidad, se puede decir que el deporte agrandó su espíritu de superación. Especialmente le  atrajeron los parajes agrestes, los despoblados, las masas forestales y las vistas grandiosas que es posible apreciar desde la cima de las montañas, aunque supo advertir belleza en campos terrosos e interiores olvidados.

En 1958 intentó ingresar en el Ayuntamiento de Madrid como delineante de sus servicios técnicos y un año después logró conquistar una plaza de delineante del Servicio de Vías Pecuarias de la Dirección General de Ganadería del Ministerio de Agricultura. Transferido al Gobierno de Navarra, al reorganizarse el Estado en autonomías, fue delineante de los Departamentos de Agricultura y de Obras Públicas, donde sus tareas principales fueron el levantamiento de mapas orográficos y delineación de proyectos.

Gregorio Paton. Pinos en la montaña (1998)

Su formación como dibujante técnico la obtuvo tras cuatro años en la Escuela de Proyectistas de Madrid, a los que sumó tres años en la Escuela de Artes y Oficios Artísticos de Madrid y un año en el Círculo de Bellas Artes de la capital. Además dibujó reproducciones de barcos históricos del Museo de Marina a los que sumó dibujo comercial y para escaparates. Como el dibujo es indisociable de la pintura, en ésta profundizó de diversas maneras buscando la excelencia: en Vitoria recibió clases en el estudio del pintor Obdulio López de Uralde (1896-1957), más conocido por el diseño del popular Celedón que por sus admirables dotes de dibujante-proyectista para los arquitectos Joaquín Otamendi y Secundino Zuazo; amplió los conocimientos de su especialidad durante cinco años en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos de Pamplona y su incansable ambición artística siguió alimentándose en los Cursillos de Paisaje de los Festivales de Navarra de 1984, 1985 y 1987, con asistencia a las clases del pintor grabador Jesús Lasterra, el cual admiró en su alumno “emoción, belleza y pulcritud en la técnica”[1].

Yo le conocí en 1982 cuando ejercía de gerente de publicaciones de la Institución Príncipe de Viana y tuve la satisfacción de encargarle los dibujos de los encabezamientos para los capítulos del Bestiario esculpido de Navarra, libro escrito por Ignacio Malaxecheverría, y debo confesar que quedé maravillado de su destreza en el dibujo figurativo y no solo técnico, como era más bien conocido. Quizás fuesen esas sus primeras ilustraciones para las artes gráficas, a las que fue añadiendo en lustros posteriores levantamiento de planos para ediciones del Pirineo Occidental. Valles de Belagua, Larra y Zuriza; Valles de Baztán-Bidasoa; Orhi-Velate; Refugios de montaña; Euskalherría y Pirineos; Dhaulagiri; Jannu; y Gran Atlas de Navarra, mientras impartía clases de perspectiva y dibujo de arquitectura, que se prolongaron con las de dibujo y pintura para Aulas Tercera Edad de Pamplona.

Conociendo su manera de ser creo que hasta las ocho exposiciones individuales que he registrado le debieron de costar hacerlas ya que no era partidario de llamar demasiado la atención y pienso que se encontraba más cómodo participando en las colectivas, de las que intervino en  dieciocho[2].

Gregorio Paton. Antigua Capilla Universitaria, hoy Museo de Navarra (1996)

Su inclinación al dibujo artístico y a la pintura le compensaban del frío tecnicismo de su trabajo sobre planos. Era la manera de fundir su sensibilidad creativa, latente bajo el dibujo lineal, con la admirada naturaleza, y así dar salida a una cierta sensualidad que podemos apreciar en su paleta y en sus personales recreaciones de los alzados de fachadas en monumentos o simples comercios que tanto le atrajeron, dentro y fuera de España, en los que no se limitaba a la pura objetividad de las formas para ennoblecerlas con tintes de color. En pintura admiraba la plasticidad y frescura de la paleta de Sorolla y las rutilancias de Fortuny, aunque creo que estas no las practicó en realidad aunque le manifestaran hasta donde se podía llegar con los destellos de la luz y el peligro de caer en un amaneramiento que siempre rehuyó. Los juegos lineales del Modernismo le hechizaban y así lo demuestran sus dibujos de fachadas de casas de Aveiro (Portugal), Murano (Italia) y de Pamplona. En su ciudad de adopción hizo algunos dibujos asombrosos por su ejecución, delicado cromatismo y suave luz rasante en las portadas del Café Iruña, la vieja Farmacia de los hermanos Ondarra todavía existente en la calle Mercaderes y el Museo de Navarra (entrada e iglesia aneja, que forman parte de sus fondos actualmente). Antes de realizarlos tomaba apuntes y medía sus proporciones, luego -si podía- se ocultaba de las vistas realizando el dibujo escondido en el portal de enfrente, centrándose en lo suyo. Como proyectista acostumbrado a desglosar estructuras, en algunos otros dibujos (recuerdo los que hiciera en Roma), trata por separado bóvedas, linternas, podios y adornos, introduciendo en la hoja de papel elementos arbitrarios como un brazo o una letra que nos lo acercan al lenguaje moderno. Figurativo por encima de todo, admirador de los grandes estilos del pasado, en pintura no renunciaba a un cierto grado de abstracción. La soltura del pincel se lo permitía, así también de alguna manera exploraba lo que para él eran nuevas fórmulas. Con un “Paisaje con pueblo”, desde este planteamiento, obtuvo el Premio de Pintura Bilaketa de Aoiz (Navarra, 1992).

Demostró ser muy adaptable a los diferentes asuntos: paisaje (y dentro de éste desde el terroso de Castilla al verde del valle navarro de Baztán y desde el rural y urbano a la marina), interiores, rincones pueblerinos y retrato,  lo que demuestra en él gran valentía, desafío y ambición. Lo posibilitaba su formación continua a la que nunca renegó y su dedicación a la enseñanza, que -por encima de la educación de terceros- sirve para el personal perfeccionamiento. Tenía condiciones para ello: pulcritud exacta en el acabado, ceñido grafismo y delicado sentido del color, introversión para desde su soledad captar los motivos magistralmente, versatilidad en las técnicas (lápices, ceras, aguadas de acuarela, óleo), enfrentamiento al directo sin temor, agudeza visual para apreciar belleza y dignidad en una simple puerta de corral…

A pesar de estar tan dotado, sin embargo, Gregorio Paton, no hizo alarde de ello. Fue discreto ante todo, pasó por esta vida como uno más. Pero ni su categoría humana ni artística han pasado desapercibidas a los espíritus sensibles.

Foto de la portada: Leopoldo Ferrán. Sin título (1996). Jardín interior del Crematorio de Pamplona

Notas

 

[1] Gregorio Paton. Catálogo de su exposición en la sala Conde Rodezno de la Caja de Ahorros Municipal de Pamplona, del 30 de octubre al 13 de noviembre de 1985. Presentación de Jesús Lasterra.

[2] Exposiciones individuales:

1985     Pamplona. Sala Conde de Rodezno de la Caja de Ahorros Municipal. Ceras.

1992     Pamplona. Sala de Cultura de la Caja de Ahorros de Navarra. Óleos y ceras.

1995     Estella (Navarra). Sala de Arte del Banco Atlántico. Óleos.

Pamplona. Cervecería Internacional.

1996     Mancomunidad de Colegios Profesionales de Navarra.

Vitoria. Fundación Caja Vital Kutxa.

1998     Pamplona. Polvorín de la Ciudadela.

2002     Pamplona. Galería Molmar.

Participación en exposiciones colectivas:

1957     Vitoria. Galería de Arte Apellániz. (Compartida con la pintora Vera Uralde)

1962     Madrid. IV Certamen Artístico S. C. P. “Ministerio de Agricultura”. Obtiene el Segundo Premio de Dibujo.

1963     Madrid. V Certamen Artístico S. C. P. “Ministerio de Agricultura”. Obtiene el Segundo Premio de Dibujo.

1984     Sangüesa (Navarra). Casa de Cultura “Valle Santoro”.

1985     Tudela (Navarra). Casa de Cultura Castel Ruiz.

1987     Tafalla (Navarra). Casa de Cultura “Garcés de los Fayos” (Compartida con Francisca Zuriguel). Óleos y ceras.

Pamplona. Mancomunidad de la Comarca de Pamplona. “Pintura navarra en torno al río: exposición conmemorativa de la         inauguración de la sede de General Chinchilla, 7. Febrero, 1987”.

1989     Pamplona. Casa de la Juventud.

Pamplona. Sala de Exposiciones de Promoción Ciudadana del Ayuntamiento. Ciudades del Camino, Pamplona. A través del        Camino. Acuarelas

1992     Aoiz (Navarra). XV Certamen de Pintura “Bilaketa”. Obtiene el Primer Premio de Pintura con “Paisaje con pueblo” (81x 65 cm.)

1994     Pamplona. Exposición Aula de Pintura.

1995     Burlada (Navarra). Sala de Cultura.

1996     Pamplona. Casa de la Juventud.

1997     Pamplona. Aula de Pintura. ¿Pintores por el Tercer Mundo?

Pamplona. 20 Años del Certamen de Bilaketa. Sala de Cultura de la Universidad Pública de Navarra.

2001   Pamplona. II Bienal Deporte y Arte del Instituto Navarro de Deporte y Juventud. Obtiene el Segundo Premio en la categoría de “Montañeros”.

2002   Ujué (Navarra). Salón de plenos municipal, dentro de los actos conmemorativos del cincuenta aniversario de la Coronación canónica de Santa María la Real de Ujué.

2003   Pamplona. III Concurso de Pintura para Personas Mayores del Gobierno de Navarra. Obtiene el Segundo Premio con “Estanco de Chapitela”.