Las cofradías religiosas de adultos en Vasconia

Cofradías, hermandades y gremios han sido distintas formas organizativas, cuya actividad en el ámbito que estudiamos creó desde la Edad Media al siglo pasado una trama asociativa entrañada en la vida cotidiana de nuestras gentes. Aunque con formas y objetivos distintos, coincidieron en un principio inicial, que en palabras de Lojendio [1] fueron su “condición mutua y cooperativa”, siendo el espíritu cristiano dominante su  cemento unificador.

Delimitación conceptual

Se trata de entes muy relacionados entre sí, en ocasiones difíciles de analizar por separado. Explica Gurbindo [2]  que las cofradías eran en su origen hermandades o compañías con fines gremiales que agrupaban a miembros de una misma clase social o profesión. Las de fundamento religioso surgen más tarde en torno a una advocación de Cristo, de la Virgen o de un santo, un momento de la Pasión o una reliquia, con fines piadosos, religiosos o asistenciales. La principal razón de ser de estas corporaciones es la de procurar un buen morir a sus asociados, para lo cual estos satisfacían unas cuotas o limosnas a cambio de recibir un buen trato cristiano una vez hubieran fallecido. Desde el siglo XV –y de manera más intensa a partir del XVI tras la celebración del Concilio de Trento ante la expansión del protestantismo– estas instituciones adquieren un carácter mucho más espiritual y devocional.

En cualquier caso, las tres formas de asociacionismo tuvieron mucho que ver con el mantenimiento, uso y dotación de las diversas iglesias y ermitas, pues estaban instituidas en algún centro religioso y adscritas al mismo. En ellos hacían sus juntas y en sus dependencias celebraban sus comidas anuales el día del santo patrón al que estaban dedicadas. Poseían sus propias capillas y retablos, y hasta podían disponer de sepulturas para sus miembros [3]. Estos no era necesario que vivieran en comunidad, ni que hicieren votos especiales. En los actos oficiales llevaban su distintivo, y tenían sus capellanes para celebrar misas en días por ellas señalados. Se regían por unas constituciones que regulaban los derechos y obligaciones de sus miembros. Sin embargo, cada entidad tenía sus propios matices: la cofradía el devocional, la hermandad el interés común o en ciertos casos la defensa de la justicia (la Hermandad de Álava en 1463), y el gremio el celo corporativo [4].

Aunque vamos a centrarnos en la consideración de la cofradía religiosa, vale la pena, para evitar malos entendidos, aludir a lo que en Bizkaia (en adelante B) se considera kofradía, cuyo sentido dista de lo que tradicionalmente, en otros territorios como Navarra (N), Gipuzkoa (G) y parte de Álava (A), se entiende por tal.

En Bizkaia (Duranguesado, Valle de Arratia, Gernikesado) cofradía sería equivalente a concejo o ledanía, o también barriada (auzo), entidades propietarias de bienes comunales administrados por los propios vecinos conforme a normas consuetudinarias, con independencia de las establecidas por el municipio, en algún caso formuladas por escrito mediante ordenanzas y su  proyección administrativa (con órganos de representación, sistema de elección, cargos ejecutivos, capacidad para emitir decretos, existencia de libro de actas y de cuentas, etc.) Cada casa vecinal tiene el derecho de “foguera” (fogerea, foberea o sue) relativo al usufructo y administración de los bienes comunales, entre ellos el de la ermita, considerada también como bien comunal,  donde  procede a reunirse la cofradía en asamblea o batzarra, en la que se eligen los cargos de sus representantes: basazain (lo que en castellano sería alcalde montazguero o montañero) y mayordomo, con mandato de un año ejercido rotatoriamente por las casas componentes de la cofradía. Es un tipo de cofradía rural que en Tierra Llana de Bizkaia recibe el nombre de anteiglesia, pues la reunión o batzarra se producía ante las puertas de la iglesia, bajo su soportal, por no haber en épocas pasadas casas concejiles, y cuando las anteiglesias alcanzaron el derecho a participar en las Juntas de Merindad o en las Juntas Generales del Señorío de Bizkaia, las cofradías fueron quedando reducidas a un marco consuetudinario y fosilizadas en su evolución histórica [5]. Actualmente, la población rural no tiene la dependencia que tuvo el conjunto que conformaba la vecindad. La normativa que establecían y los servicios que prestaban estas asociaciones consuetudinarias han sido gradualmente sustituidas por aquellas que provienen de la administración pública cada vez más omnipresente, y tan solo donde existen bienes comunales las cofradías mantienen su vigencia, y de las restantes sólo quedan los aspectos festivos y religiosos que por supuesto siguen aglutinando a la comunidad vecinal [6].

Cofradía, pues, tiene en parte del ámbito estudiado sus peculiaridades, pues, a mayor abundamiento, en Zeanuri (B) se considera como tal la asociación formada por vecinos propietarios; en Iurreta (B), a ella pertenecen todos los cabezas de familia con vecindad en el barrio; en la Cuadrilla de Campezo y Montaña alavesa la ermita como referente, además de ser centro religioso y simbólico, lo es también social y administrativo [7]. Y en Gipuzkoa cofradías de pescadores o de ganaderos o labradores responden más a necesidades económicas que devocionales, aunque celebren en las ermitas la festividad de sus santos patronos. En tal sentido son más hermandades (ermandadea) que cofradías, si bien algunas llevan como titular el nombre de una advocación religiosa [8].

Navarra

Las cofradías religiosas aparecen documentadas en Navarra desde el siglo XI. Después del Concilio ecuménico de Trento (1545-1563) y en el ambiente de la contrarreforma protestante que afirma la fe en los dogmas fundamentales de la Iglesia Católica, las cofradías arraigan entre la feligresía, y en los dos siglos posteriores se empeñan en su voluntad de crear cristianos de vanguardia.

Gregorio Silanes [9] aprovecha el censo de 1771 de todas las organizaciones religiosas de España, decretado por el contador del Consejo de Castilla, Manuel Navarro, para confirmar que, según él,  existían 19.024 asociaciones de este tipo en la Corona de Castilla, de las cuales 1.166 en Navarra, en función de lo cual, con sólo el 2,22% de la población de toda España, podría presumir de tener el 4,15% de todas las cofradías del país.

En el siglo XVIII, coincidente con el reinado de Carlos III,  Arias de Saavedra y López Muñoz [10] destacan dentro de la tipología de estas cofradías, un dominio de las de Cristo, María y los santos, advirtiéndose la peculiaridad de una menor importancia de las cofradías sacramentales. Por la especial configuración del habitat navarro, la mayoría de ellas se encontraban en el ámbito rural y ubicadas en iglesias parroquiales. El número de las establecidas en conventos era relativamente menor, pero en consonancia con la implantación que las órdenes mendicantes tenían en este territorio a fines del siglo XVIII. Sin embargo, era tal su arraigo que las directrices gubernamentales surgidas de la Ilustración no pudieron siquiera suprimir aquellas en situación irregular (por ejemplo las carentes de aprobación), ni tampoco las desamortizaciones de sus bienes, como la de Godoy, en el reinado siguiente de Carlos IV, y la de Mendizábal en 1855, que afectaron sobremanera a las hospitalarias, mejor dotadas que las rurales, consiguieron vencer su resistencia, de manera que las cofradías en Navarra conservaron su estructura heredada del Antiguo Régimen.

En su discurrir temporal, las cofradías sirvieron de vehículo para que el pueblo fuera el verdadero protagonista de la vida de la Iglesia, transformándose de sujeto pasivo en agente revitalizador de la comunidad. A ello colaboró la sociedad corporativa y gremialista en que se apoyaban, donde el programa espiritual del cristianismo se configuraba como un eje referencial estable. Se situaban “entre lo público y lo privado, lo espiritual y lo terrenal, la familia y la comunidad local”. De ahí que su carácter ambivalente suscitara cierta preocupación en los ámbitos del poder. Sobre todo molestaban sus sistemas de autogobierno, que les permitían, si era preciso, una enorme capacidad de movilización sociopolítica frente a los poderes inmediatos. De ahí que fueran observadas con cierta desconfianza por el poder político y religioso [11].

En su estructura interna, el funcionamiento era impulsado por determinados cargos encargados de gestionar diferentes áreas (tanto de gobierno como asistenciales), que eran renovados anualmente en fechas como la Pascua de Resurrección, la Cruz de mayo o en otras específicas del santoral local. A su cabeza estaban el abad o el prior seglar o ambos de forma colegiada. Después de su elección se disponían los mayordomos que velaban por el buen desenvolvimiento de la cofradía en lo tocante a las cuentas y la organización de los diferentes actos programados.

Su base fundacional estaba fundamentada en la práctica de la caridad mutua de forma vertical por la devoción a la divinidad y de manera horizontal por el “amor al prójimo”, por medio de la asistencia a los pobres, enfermos y moribundos, el acompañamiento a los entierros o también el atenuar tensiones vecinales, como perdonar injurias o poner paz entre enemigos, es decir, las cofradías, que se situaban a un nivel intermedio entre la iglesia y la sociedad, velaban por el correcto comportamiento de sus miembros, en realidad la mayoría de la población, en pos de una mejor y más correcta coexistencia dentro del conjunto de la comunidad [12].

Esta solidaridad se manifestaba más abiertamente en los casos de enfermedad y fallecimiento de alguno de sus miembros, no sólo mediante el acompañamiento y la plegaria sino en el último viaje. De hecho, algunas cofradías volcaron su labor casi en exclusiva en el acompañamiento a los que se acercaba “su hora” y a todo tipo de servicios fúnebres. Podemos poner el ejemplo de las del Rosario, que hacían hincapié en el cuidado de enfermos y moribundos, y las cofradías de Ánimas que tuvieron gran difusión desde el siglo XVII. En todas ellas, los hermanos solían hacer de anderos en la conducción del cadáver de otros cofrades. Era habitual que los cofrades acudieran con las capas o distintivos, así como con las banderas propias del grupo. Las mujeres allegadas acompañaban a la caja mortuoria sujetando cintas que pendían desde ella. Si se daba el caso de que el cofrade muriera en la indigencia las constituciones de estas hermandades solían señalar que se ayudara a la familia para que tuviera un entierro digno. Por otro lado, si los cofrades estaban bien posicionados no dejaban de disponer mandas en sus testamentos para beneficiar económicamente a la hermandad [13].

Una mención especial merecen aquellos grupos cofrades que dentro de su labor social, espiritual y vinculada con la muerte prestaban acompañamiento y asistencia a los reos condenados a la pena capital. En ocasiones designaban a un mayordomo para que estuviera presente tanto en la celda del reo en sus últimas horas como en el ajusticiamiento final. La Hermandad de la Paz y la Caridad de Pamplona (limitada a una veintena de miembros hasta 2007) aún tiene por lema “Ten valor y confía en Dios”, el cual no era sino el consejo que daban sus miembros como apoyo espiritual a los presos condenados a muerte que acompañaban al subir al cadalso. De hecho, todavía en 1957 esta hermandad acompañó al patíbulo por última vez en su historia a dos hermanos parricidas. Desde su fundación en 1628 no dejó de tener presente esta función primigenia dentro de su finalidad como institución secular: estar con el reo “en capilla” durante las tres jornadas previas a su ajusticiamiento, ayudarle a subir al cadalso y hacerse cargo de su cuerpo ya muerto.

El número de miembros de las cofradías podía oscilar, así por ejemplo en la Cofradía del Santo Ángel, en Pamplona, en 1710, el número de cofrades era de 160, y en todo caso eran las constituciones de cada una de ellas las que marcaban su numerus clausus y la asamblea de hermanos donde se decidía el número de “entráticos” (aspirantes a ingreso); en otros casos las altas cuotas exigidas para entrar en ellas ya limitaba su número. En Artajona, a todo nuevo hermano en la Cofradía de la Vera Cruz de la localidad se le exigía prestar juramento a las ordenanzas y prometer un compromiso de obediencia a las autoridades de la hermandad. Muchas de estas agrupaciones señalaban en sus estatutos la exigencia de pureza de sangre como requisito imprescindible de entrada. A la par, se obligaba al solicitante a ser presentado por algún hermano y pagar el “entrático” (cuota de entrada) según su condición de acceso: cofrade de disciplina o cofrade de luz. Es decir, si se flagelaría en las procesiones o sólo participaría como hachero en las mismas. Además, la participación en todos los actos era obligatoria siendo penadas las faltas con multas “bajo amenaza de expulsión” [14].

Esto de las disciplinas marcaba el carácter de las Cofradías de la Vera Cruz: en la homónima de Viana, en la procesión del Jueves Santo, los que no podían disciplinarse llevaban insignias de la Pasión o cruces a cuestas para provocar a la gente a devoción, al dolor de los pecados, como memoria de la Pasión de Cristo. Solían disciplinarse, al terminar la procesión, en la iglesia de San Pedro mientras se cantaba el Miserere. A continuación tomaban una frugal cena, que consistía en lechuga, migas de pan, vino para bebida y para postre frutos secos, panecillos de dulce y miel. Las mujeres cofradesas tenían prohibido tanto el disciplinarse como el asistir a la cena [15].

Recoge Iribarren [16] las penitencias que seguían los cofrades tudelanos de la parecida Cofradía de la Flagelación. En su caso los cofrades tenían en los lunes y viernes no feriados media hora de oración mental y ejercicio de disciplina durante diez minutos, desnudos de medio cuerpo arriba y a oscuras. En Viernes Santo se reunían. Comían pan en común y bebían agua en una misma jarra de barro. Las de Cascante y Corella representaban la Pasión y en determinada festividad se confesaban en voz alta ante los demás. En las reuniones de la Veracruz de Viana ningún cofrade podía hablar si no sostenía en sus manos el crucifijo que le entregaba el abad.

Existe algún caso de cofradía “supracomunal”, como la de San Gregorio Ostiense de Sorlada, aglutinadora de miembros procedentes de localidades de los valles de la Berrueza, Valdega y la villa de Los Arcos, y, en un radio de acción secundario, los valles y zonas circundantes visitados por la Santa Cabeza, incluso gentes provenientes de puntos más alejados [17]. Es el caso también de la Cofradía de Santa María Magdalena de Enériz, Úcar y Adiós, que radicaba en la parroquia de la primera de ellas, fundada en época medieval por la Reina Doña Urraca de Navarra, como asimismo la Cofradía de Eunate, para los vecinos de Enériz y Muruzábal [18].

Otra de ellas, más bien “supraparroquial”, era la integrada por los sacerdotes de Mélida, Santacara, Murillo el Fruto y Carcastillo (N), llamada de Nuestra Señora de Enériz de la Ribera, también conocida como “La Figuera”, fundada en 1535, con la peculiaridad de que admitió en 1577 a un vecino seglar de cada uno de los pueblos mencionados, que a su ingreso debía aportar dos robadas de tierra de regadío y demostrar “limpieza de sangre” ya exigida a los sacerdotes para su consagración como tales, sin que el conjunto de miembros excediera de trece.  Juan Manuel Garde especula sobre las razones que impulsaron a sus fundadores a crear esta cofradía clerical, quizás el deseo de tratar sobre la marcha de sus parroquias o la colaboración litúrgica y asistencia espiritual mutua [19]. En las ciudades navarras (Pamplona, Estella, Tafalla…) fueron frecuentes las cofradías formadas exclusivamente por clérigos, pero era mucho más raro encontrarlas en el medio rural, aunque existían (por ejemplo la Hermandad de Sacerdotes de Guesálaz bajo la advocación de San Pedro ad Víncula creada en 1627 a ejemplo de la del Valle de Yerri casi cuarenta años más antigua) [20]. En 1705, en esta villa de Mélida (N), varios sacerdotes impulsan la creación de la Cofradía de San Francisco Javier, al que se tenía gran devoción, coincidiendo sus capítulas con la de Santiago, también existente en la localidad, pero que exigía a sus cofrades comprar un costoso hábito de peregrino y sus cuotas doblaban a los miembros de la de San Francisco Javier, de extracto más humilde, con la particularidad de que además admitía en ella a mujeres. Las cofradías en honor a San Francisco Javier se extendieron por Navarra en los siglos XVII y XVIII (Uztárroz, Caparroso, Isaba, Estella, Lesaka, Aoiz, Javier, Huarte-Pamplona, Sangüesa, Puente a Reina, Falces…) [21].

Era tal la “utilidad” social de las cofradías que en poblaciones rurales de no excesiva población podían existir varias cofradías al mismo tiempo (incluso con análogas ordenanzas como las de San Pedro y Santa Eufemia, y de Santa María del Castellar, de Villafranca que cabría calificarlas de “gemelas”), por lo que prácticamente la mayoría del vecindario -hombres y mujeres- estaba asociado a ellas [22].

Así ocurría en San Martín de Unx con las Cofradías de Santa Ana (patrona del pueblo durante largo tiempo), del Santo Rosario, de Santiago y de la Vera Cruz, cuya consideración nos va a servir para revisar la ramificación de otras cofradías del viejo reino:

– La Cofradía de Santa Ana (1654 – 1910) limitaba el número de cofrades a 16 seglares y 8 eclesiásticos, cuyos fines eran servir a Dios y a Santa Ana, mirando por la paz y la concordia de los hermanos. Limitaba su acceso  a los que procedían de casas principales y honradas de más calidad, de buena vida y costumbres, sin que en ella pudieran admitirse personas de oficios bajos. Era por tanto una cofradía “estamental” según la definición de Silanes, más parecida a las “gremiales”, cerradas a las de su clase u oficio.

– La Cofradía del Santo Rosario (siglo XVII-1934) tenía mayor arraigo. En 1778 pertenecían a ella 259 hermanos y en 1910 todavía formaba parte de ella la práctica totalidad del vecindario. Se proponía propagar el rezo del Santo Rosario en familia y el conseguir las muchas indulgencias concedidas. Como cabe suponer, su fiesta principal era la de Ntra. Señora del Rosario (7 de octubre). En otro pueblo navarro, Zubieta, se crea esta cofradía en 1676, en el altar dedicado a la Asunción de María ante el que habrían de hacerse las estaciones para ganar las indulgencias, y al capellán, que era el rector de la parroquia, le correspondía recibir a los cofrades, bendecir rosarios, explicar sus misterios, y anunciar las indulgencias.

– La Cofradía de Santiago (fundada antes de 1784-¿1821?) exigía como condición para pertenecer a ella ser menor en edad de 40 años y haber visitado en peregrinación la sepultura del apóstol Santiago en Compostela, pero para extenderla más y facilitar el disfrute de las indulgencias concedidas a mayor número de personas se “abrió la mano” aceptando  a quienes no hubieran visitado su sepultura y pudieran pagar una mayor cuota (16 r/f frente a los 4 de los anteriores). Se admitía a los eclesiásticos y se les equiparaba en cuota a los hermanos que habían peregrinado a Santiago. En 1784 eran 64 los cofrades.

– La Cofradía de la Vera Cruz (1603-1899) se centraba en honrar la Pasión y Muerte de Jesús, su participación en la procesión del Jueves Santo (que iba desde la  Parroquia de San Martín a la iglesia de Santa María), el cuidado de los cofrades enfermos, las misas de funeral de sus miembros, su entierro, aniversarios de “cabodeaño”, Día de Ánimas y misa por sus difuntos todos los segundos lunes de mes; disponían de hábito para las procesiones y manteo para los entierros; eran los encargados de portar los pasos de la Soledad y del Santo Cristo de la Flagelación. Sus capítulas castigaban a los blasfemos y a quienes consintiesen oír las blasfemias sin denunciarlas. Hasta 1892, en que comienzan sus miembros a pagar una cuota, ésta se aportaba en especie. Su situación financiera llegó en tiempos a ser boyante, de tal modo que pudo sostener económicamente al Ayuntamiento de la villa por las contribuciones que se veía obligado a pagar al ejército francés de la ocupación (1812). Sus Ordenanzas no diferían en esencia de las de otras cofradías homónimas, como la de Artajona (más antigua de 1572), Sangüesa, Villafranca, las de Tierra Estella y demás, si bien era menos rigurosa en cuanto a las disciplinas de los penitentes participantes en la procesión del Jueves Santo y más austera si cabe en cuanto a su presentación y sin el Via Crucis posterior a ésta. En la procesión de Cabredo y El Busto, acompañaban como figurantes en el papel de Jesucristo con la cruz a cuestas y del Cirineo, que añadían un sayón en Genevilla. La de Artajona, además de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz (14 de setiembre), celebraban su Invención (el 3 de mayo).

Es muy curioso, por compartir la originalidad de las viejas hermandades militares, el funcionamiento de la Cofradía de la Vera Cruz de Cintruénigo, analizada por Julio Caro Baroja [23].

Era esta villa, fronteriza con Castilla y Aragón, lugar amenazado por las hostilidades de moros y vecinos, por lo que el 16 de abril de 1587, a la vista de la pérdida de los papeles de su vieja constitución, los supervivientes de la hermandad de la Santa Cruz decidieron reorganizarse, en forma militar todavía, estableciendo que hubiera un alcalde, un alférez y dos mayorales, anualmente renovados; que salieran procesionalmente armados la fiesta de la Cruz, con escopeta propia; que cumplieran con ciertos ritos religiosos, asistiendo a misa y a la bendición de los campos; que comieran juntos el mismo día de la Cruz e hicieran luego acción de gracias; que llevaran -en fin- cuentas escrupulosas de los gastos e ingresos, etcétera. Estas capitulaciones fueron confirmadas en 1720, lo cual demuestra que seguían vigentes. Ahora bien, en 1971, cerca de cuatrocientos años después de “renovadas”, la cofradía seguía funcionando.

Antaño, el pertenecer a ella, el ser uno de sus treinta y tres miembros, era cosa muy solicitada y esperada. La admisión requería muchos movimientos por parte del pretendiente, pero avanzado el siglo XX difícilmente se cubren las plazas, y de treinta y tres no suele haber arriba de veintitantas cubiertas. Se han dado bajas, cosa que antes eran insólitas, pues sólo la muerte de un cofrade permitía el ingreso de otro.

Los actos que tenían lugar en esa fecha la tarde del víspera del día de la Cruz, consistían, en esencia, en una ida de la casa del teniente de la cofradía a la del capitán. Ese año el teniente vivía en la casa número 60 de la calle del Arrabal. Fueron llegando a ella los cofrades poco a poco, por separado. Llevaban en la mano un sable, cada uno diferente, y un sombrero calañés heredado de los antepasados, con su escarapela a un lado, blanca, azul y roja, con una crucecita al medio. Los sables, son sables del Ejército de origen diverso, aunque no falta alguno de aire moruno. El traje, un traje corriente este día de la víspera, y el de fiesta el día de la Cruz.

A eso de las cuatro y media de la tarde están todos los cofrades reunidos en el portal de la casa del teniente. El teniente les obsequia con avellanas y vino en porrón. Después los cofrades, en dos filas, inician un largo rito itinerante que se anuncia con cohetes. El tamborilero, un joven, hijo de otro que también lo fue, les marca el paso que han de llevar. Van nueve por banda, con el abanderado y el tambor delante. El sargento en medio. La bandera es grande, blanca. Dentro o inscrita en un rectángulo azul lleva una cruz aspada como de San Andrés, en rojo tirando a amoratado. El sargento lleva en la mano una especie de pica adornada con florones y cintas. En esta disposición y con un público no muy abundante fue la cofradía por distintas calles a aquella en que está la casa del capitán de ese año, situada en el número 36 de la calle del General Primo de Rivera, que es la antigua calle Larga. Junto a la puerta de entrada y ante la ventana, se alza, alto y delgado, el “mayo”. Sabido es el papel fundamental que tiene éste en las fiestas de primeros del mes y cómo se ha asociado, también con frecuencia, a la de la Cruz. El mayo de Cintruénigo está sujeto a una especie de macetón de madera recubierto por una bandera española. Uno de los privilegios que tiene la cofradía, como en otras partes los tienen las mocedades, es el de que cada año puede escoger y cortar un árbol de los que son propiedad municipal, para colocarlo ante la casa del capitán saliente, como emblema de su autoridad.

Lleva éste, además del calañés, una banda cruzada sobre el pecho, con la bandera española también y en la mano una vara que en la parte superior tiene una reliquia del Lignum Crucis de plata, de la que cuelgan unas cintillas. De la casa del capitán van formados a la parroquia de San Juan Bautista, a vísperas. Son las cinco y media cuando se celebran. Después de ellas, con el cura presidiendo, vuelven a casa del capitán y allí se bendicen las aceitunas y alimentos que han de tomarse en comunidad al siguiente día.

La cofradía, siempre formada, recorría luego los extramuros. Salía de la casa del capitán a eso de las seis menos diez, después de saludar. La primera parte del recorrido lo hacía ese año por la calle de la Diezma, a salir a la carretera de Madrid, donde, sin duda, en otro tiempo estaba una de las puertas de las murallas de Cintruénigo. Pasó luego por la calle de las Brigadas de Navarra, la del 18 de julio, las de Ligues y General Mola. Al pasar por determinados puntos, como una fachada en la que hay una urna con la Virgen del Rosario, hacía un saludo; también los hombres, a su paso, se quitaban la boina con bastante reverencia. Otro saludo de la cofradía se hace siempre ante la iglesia. El final del trayecto era cerca de la ermita de San Martín, después de haber llevado a cabo una verdadera circunvalación del pueblo, rememorando la época en que tenía cuatro portales. Esta ceremonia de víspera dura unas dos horas. Al día siguiente se da a todo más solemnidad: los cofrades van de casa del capitán a la iglesia, formados y mejor vestidos. Aparece incluso alguno más. Al sonido de las campanas llegan a la iglesia a eso de las diez y celebran una procesión. En ella, el tambor, las autoridades y el abanderado van delante; después cuatro monaguillos, seis cofrades por banda, cuatro llevando las andas donde se alza el Cristo, rodeado de largos cirios; dos cofrades van de guardia. Detrás mujeres, chicos y algún hombre viejo. Cuando la procesión vuelve a la iglesia, se anuncia con nuevo repique la misa mayor.

Los cofrades se ponen en los bancos centrales del templo en lugar de preferencia, como cercando al altar. En medio el capitán, el teniente, el sargento, el abanderado y los mayordomos. Detrás el público. El párroco pronuncia el sermón de las Exaltación de la Cruz, comentando un texto de San Pablo y refiriéndose al origen de la fiesta, a la invención de Santa Elena. Hay unos cantos conmemorativos que saben y cantan los cofrades. El sermón es templado. Recuerda la época en que la cofradía tenía como objeto principal la defensa de la tierra frente a los enemigos. Pero se para más en considerar las virtudes de sencillez, fortaleza y hermandad, tales como se pueden practicar en el mundo actual, bajo el signo de la Cruz. Hay una petición de oraciones por los cofrades vivos y muertos y después viene la adoración del Lignum Crucis, en que también los cofrades tienen preferencia sobre los otros fieles, y el cambio de mandos. El teniente pasa a capitán y recibe las insignias de éste (es decir, la banda y la vara); a su vez, el sargento pasa a teniente, y el abanderado a sargento. El paso se hace de una vez, con bastante rapidez.

Terminada la ceremonia, la cofradía va a casa del capitán saliente y allí celebra una comida en común. Se caracteriza porque no se comen más que alubias blancas guisadas con aceite y aceitunas verdes (recogidas por el capitán ocho días antes), amén de pan y vino. Es una especie de ágape o banquete de caridad. Más lo era antes, porque había pobres a los que se les repartían platos y comían después de los cofrades o a la vez. Estos antes comían en olla o “totera” de barro negro con cucharas de palo, de boj de Castilnuevo según recuerda alguno. Las soperas también eran de barro.

En 1971, cuando el antropólogo fue testigo de estos hechos, los hermanos o cofrades podían ser menores de veinticinco años y solteros. Ahora habrá de tres a cuatro que lo son, aunque parece que la juventud no se interesa mucho por la vida de la cofradía. El capitán sigue siendo el depositario de un cofre con los libros, entre los cuales está la copia de los estatutos ya utilizada. Las propiedades de la cofradía aún existen en parte, al parecer. Cumplen los cofrades con los deberes piadosos, como son los de que cuatro de ellos lleven la caja del recién muerto y dos los cirios, o la de velar a los hermanos que lo necesitasen.

Otras dos poblaciones hay en Navarra donde la presencia de cofradías en el ámbito rural es significativa, o ha sido en sus propuestas originarias: Obanos [24] y Viana [25].

Las Cofradías que existieron en Obanos fueron, en orden de antigüedad, las de la Concepción de Nuestra Señora (primera de la que se tiene noticia en el siglo XVI), la de San Martín, de la Vera Cruz, del Rosario, de San Sebastián y de San José. Ya desaparecieron todas a excepción de las de la Vera Cruz y San Sebastián, aunque con actividad muy reducida. Sus constituciones no son, en esencia, muy diferentes a las existentes en otros lugares, pero tienen su estilo propio.

La Cofradía de la Vera Cruz de Obanos (que inicia su andadura en 1807) tenía su lugar de reunión en la ermita de San Salvador bajo la presidencia del abad de la villa. Para ingresar en ella era necesario haber recibido la Primera Comunión, estar inscrito en el libro propio y pagar un real de plata fuerte en moneda navarra, pudiendo exigírseles más a los que pasaren la edad de 45 años. Figuraban como obligaciones las de: asistir al acto solemne de la consagración de la Santa Cruz y contribuir anualmente con un cuartal de trigo y nueve pintas de mosto. Al fallecimiento del hermano, la Cofradía le hacía la «función del entierro«. Los actos de la Cofradía preveían un Miserere en todos los viernes de Cuaresma, en que se cantaba ante el altar del Cristo de la parroquia; un Vía Crucis en el cuarto domingo de Cuaresma; las procesiones de Jueves y Viernes Santos y las accidentales de rogativas públicas, además de en la función de San Isidro Labrador, al que nombraron su segundo patrón. Entre los actos ordinarios están el Vía Crucis del día 3 de mayo, Santa Cruz, y del 14 de septiembre, Exaltación de la Santa Cruz, con procesión incluida, repique de campanas, lectura de las cruces por el Abad, canto del Miserere en los intermedios y sacrificio de la Misa en el altar de la Cofradía llamado del Cristo (aunque en tal día antes se subía a la Basílica de Nuestra Señora de Arnotegui) Había 6 hermanos y otras tantas hermanas («enfermeros») para cuidar de los cofrades que se hallaren en cama, para cuidarles o visitarles por turno y atender a sus necesidades, incluso las económicas a cargo de los fondos de la Cofradía. Como nadie hay perfecto, y tampoco lo era esta cofradía obanesa, en 1814 «distrajo» 2.100 reales fuertes de las arcas para comprar dos novillos «para la corrida». Suponemos que se correrían estando ensogados. Aunque al año siguiente los venden a Mañeru y, por consiguiente, al menos en parte se habrían recuperado los gastos, pero lo cierto es que el Obispo de Pamplona, don Joaquín Xavier de Uriz, les llamó al orden seriamente y les previno de «que en lo sucesivo no se admitiraía partida alguna de esta naturaleza».

La de San Sebastián se llamó en origen Cofradía de San Martín, fundada en aquella ermita ya desaparecida, pero en 1843 cambia su nombre por Cofradía de San Sebastián y San Martín, por lo que cabe pensar que acogió a los cofrades de aquella desaparecida. Desde 1860 ya es sólo Cofradía de San Sebastián. La formaban 27 hermanos, número limitado a los parientes de sus miembros. Se mencionan como obligaciones asistir a las misas del Santo Patrono los días de los S.S. Reyes, San Sebastián y San Martín, asimismo al entierro y funerales por los hermanos fallecidos. La figura factotum de la cofradía era el colector o mayordomo, cargo renovado anualmente y que debía desempeñar el primer cofrade tras su ingreso: encendía las lámparas, distribuía las velas, avisaba a los hermanos, encargaba las misas, custodiaba los enseres, apañaba las andas del santo patrono, portaba la bandera en las procesiones del Corpus, su octava, San Juan, Soterraña y San Guillermo, llevaba las cuentas, cobraba las cuotas y preparaba la comida, por cierto tan cuantiosa que llaman a los miembros de ella “triposos” o “triperos”.

A propósito de esto, debe indicarse que la jornada en que las cofradías celebraban a su santo patrono se convertía en “día de fiesta” y nada era mejor que celebrarlo en torno a la mesa, saliéndose de la rutina y austeridad habituales en las jornadas de siglos pasados. Así lo remarca Isidoro Ursúa en su estudio de las cofradías de Guesálaz y Salinas de Oro (N), quien destaca su sentido de confraternización. Sí, en efecto, se servían en ellas viandas extraordinarias, al menos para muchos de los participantes, como eran el carnero, las aves, el pescado…, sin que faltaran los garbanzos, arvejas, habas, así como la abundancia de pan y vino, pero todos pagaban su consumición “a escote”, incluido el capellán, que, además, debía aportar por su cuenta la compostura de todas esas comidas, es decir, poniendo el pan, el vino, los garbanzos, las cebollas, la pimienta y el aceite [26].

Una intensa labor de predicación por todo Valdizarbe del dominico puentesino fray Vicente Bernedo en torno a 1590 lleva  a la fundación de la Cofradía de Nuestra Señora del Rosario en Obanos. A ella pertenecían la mayoría de los feligreses, con la particularidad de que se inscribían niños y niñas después de hacer su Primera Comunión, pues no había discriminación de sexos en  su pertenencia a las cofradías del lugar. Se centraba su culto en el amor a la Madre de Dios del Rosario.

Nos hemos referido también a Viana, donde durante siglos estas agrupaciones con fines piadosos y caritativos tuvieron gran importancia en la vida religiosa y social de la ciudad, tal como nos transmite Juan Cruz Labeaga. Excepto la de San Pedro, compuesta exclusivamente por clérigos, en todas las demás había eclesiásticos y seglares. Características especiales tenía la de Nuestra Señora de las Antorchas o de los hidalgos, pues su regla excluía a los descendientes de judíos tanto por padre como por madre y sólo admitía cristianos viejos de buena fama y honradez.

Sus juntas estaban fuertemente jerarquizadas y según la terminología al uso en abades, priores, mayordomos, diputados, cursores o vedores y hermanos de cuota y de vela. Para entrar en ellas había que pagar una limosna, algunas tenían, como Nuestra Señora de Cuevas y la de Las Antorchas, un número de cofrades fijos que ampliaban según las circunstancias, y la de Santa Ana imponía una multa al cofrade que se salía.

Cada una de ellas tenía sus fines específicos: honrar a los difuntos, el culto a determinado santo, la promoción de una concreta devoción, etc. La celebración de la fiesta del titular daba motivo a muchos actos piadosos y a otros de carácter profano como bailes, lanzamiento de cohetes y hogueras. Tampoco la gastronomía, a veces muy especializada, les era ajena. La de Nuestra Señora de las Antorchas celebraba al año cuatro comidas de hermandad en las fiestas principales y una por cada cofrade difunto. De gran tipismo es hasta hoy la cena de la Veracruz o Nuestra Señora de la Soledad el día de Jueves Santo después de la procesión.

Los cofrades, además de las cuotas, tenían obligaciones específicas de determinados rezos, asistencia a cultos, frecuencia de sacramentos, encargos de misas y obras caritativas hacia los hermanos pobres o enfermos. Su funcionamiento puede seguirse a través de sus libros de actas y administración, con revisiones periódicas por parte de los Obispos. En ellos suele ir inserta La Regla. Además de las cuotas obligatorias otra fuente de ingresos eran las colectas públicas de dinero, trigo, aceite, etc.

Algunas de ellas eran mayoritariamente gremiales; la de San José agrupaba a los carpinteros y escultores e incluso arquitectos, la de Santa Ana a los bordadores y sastres, la de los Santos Crispín y Crispiniano a los zapateros. La de San Pedro se componía exclusivamente de clérigos y la de Nuestra Señora de las Antorchas de gente noble. La de San Agustín o de la Correa fue fundada por religiosos Agustinos, la del Rosario por los Predicadores o Dominicos y la de la Orden Tercera por los Franciscanos.

Existía una verdadera obsesión por adquirir indulgencias, y cada cofradía rivalizaba con las demás para la obtención de Jubileos de indulgencias que se ganaban en ciertas fiestas con determinadas condiciones. Cada Parroquia y el Convento tienen sus propias cofradías, ello explica su abundancia, y están radicadas en una determinada capilla del templo; a veces disponían de su propio retablo o simplemente de su imagen titular. He aquí una lista de ellas:

  • En la parroquia de Santa María: las cofradías de Santa Lucía, Nuestra Señora de las Antorchas (que rendía culta a la Inmaculada Concepción), Nuestra Señora de Nieva (abogada de las cosechas), Santa Ana, San Agustín o de la Correa, San José, Santos Gervasio y Protasio, San Román y San Juan Bautista, Nuestra Señora del Destierro (en referencia a la Huida a Egipto), Santa Catalina, Nuestra Señora del Rosario, San Nicasio y San Isidro.
  • En la de San Pedro: cofradías de Nuestra Señora de Cuevas (población absorbida por Viana), Nuestra Señora de la Soledad o Veracruz (ambas todavía existentes, esta última réplicas en poblaciones cercanas como Armañanzas, Torres del Río, Bargota, Aras y Moreda), Santísimo Sacramento, Nuestra Señora del Rosario, San Roque, Santos Crispín y Crispiniano, Almas del Purgatorio o Ánimas, San Pedro, y San Miguel.
  • En el Convento de San Francisco: cofradías de la Orden Tercera de San Francisco y San Antonio de Padua.

La mayoría de los vecinos pertenecían a alguna cofradía y muchos de ellos a varias a la vez, según sus preferencias. Para pertenecer a ellas no había límite jurisdiccional de Parroquias. Lo que sí está claro, según los testamentos, es el gran aprecio que sentían hacia ellas, pues en muchísimas últimas voluntades les dejan bienes y limosnas para promover el culto. Con frecuencia los devotos más pudientes determinaban que acompañen su cuerpo los cofrades de una determinada cofradía.

Tenemos noticias de que ya en el siglo XIV existía la cofradía de Nuestra Señora de Cuevas y en el siglo XV la de Santa Catalina. A lo largo del siglo XVI surgen otras como las de San Roque y San Sebastián, santos relacionados con la peste, y la de Nuestra Señora de las Antorchas en honor de la Inmaculada Concepción. Otras se instituyeron en el siglo XVII, que juntamente con el XVIII fueron los siglos de oro de las cofradías vianesas.

Ya nos hemos referido a algunas cofradías dedicadas a los santos. Ahora quisiéramos resaltar este aspecto con particular alusión a las de Pamplona. La divinidad era a veces algo demasiado abstracto y lejano para el pueblo religioso, explica Gregorio Silanes [27], de modo que el pueblo prefería el trato con la Virgen y con los santos, que desempeñaban el papel de mediadores y de abogados entre él y su Dios. El Concilio de Trento admitió el culto a los santos como mediadores entre Dios y los hombres, y esto motivó un crecimiento notable de las cofradías bajo su advocación. Éste es el caso de las de San Antonio de Padua, abogado en todas las necesidades, en especial de las pérdidas. La cofradía pamplonesa de San Antonio de Padua la fundaron en 1691 en el convento de San Francisco 160 cofrades, incluidas mujeres y de su popularidad son prueba los 1500 hermanos que tenía en 1725. Esta cofradía tuvo amplia difusión en Navarra, pues las hubo en la misma época en Lodosa, Sangüesa, Aibar, Falces, Unzué, Olóriz, Echagüe, Amunarrizqueta, Corella… Las de Tudela y Cascante aparecen asociadas al gremio de los sastres. También la hubo fuera de Navarra: la de Tolosa (1635) admite como cofrades extraordinarios a los escribanos, “Aunque no hubieran pertenecido en vida a esta cofradía” [28]. Sus impulsores, en todo caso, fueron los franciscanos.

Hubo también otras cofradías de fuerte arraigo en Pamplona.

La de San Miguel (1674) [29] se fundó en la parroquia de San Saturnino, estableciéndose ante el altar de Santo Tomás o el de la Trinidad, confiando al Arcángel San Miguel su protección y guarda de la fe en la ciudad. Era una exigencia para pertenecer a ella llevar el nombre de Miguel y su numero era de 72 miembros, en consonancia con la cantidad de apóstoles que Jesús envió a predicar. Solamente podían pertenecer a esta cofradía las mujeres de los hermanos pertenecientes a ella, sin pagar entrático, pero sí el medio real de limosna al mes como sus maridos.

La establecida en honor a la Virgen del Pilar (1679) [30] se fundará en el convento de San Agustín, en la capilla de Santa Bárbara, disponiendo de cuatro sepulturas para el entierro de sus cofrades. Pertenecerían a ella los mismos 72 varones de la anterior, más cien mujeres. Cultivaba la devoción a la Virgen María con la celebración de misas en todas las festividades de Nuestra Señora a lo largo del año con especial atención a su día el 12 de octubre, y atendía las actividades caritativo-asistenciales inherentes a toda cofradía. En las décadas de 1670-80 se observa el surgimiento en Navarra de cofradías del Pilar, paralelamente a lo que ocurría en otros lugares de España. En 1672 se funda la de Sangüesa, relacionada con el gremio de los tejedores, en 1688 aparece en Tafalla también asociada a los tejedores de lienzo de la ciudad, y en el siglo XVIII se encuentran por lo menos en Falces, Arróniz y Lerín.

A raíz del censo del conde de Aranda en 1771, se supo que había en Navarra 37 cofradías dedicadas a las Ánimas del Purgatorio, motivadas en origen por la difusión de las pestes bubónicas de la época y el deseo de librar mediante la oración a las almas no purificadas  del Purgatorio, la más importante de ellas era la que radicaba en la iglesia del Santo Hospital de Nuestra Señora de Misericordia (1647), en Pamplona. Esta era de carácter “general”, según la identifica Silanes [31], de la que podía formar parte toda persona a partir de su uso de razón, fuera hombre o mujer, por motivo devocional. Un tipo de cofradía impulsada por la Iglesia tras el Concilio de Trento (en 1744 tenía ocho mil hermanos) para afirmarse ante la Iglesia Luterana que negaba la validez de las indulgencias y la existencia del Purgatorio. Insistían sus constituciones sobre la práctica asidua de los hermanos en la confesión y comunión, así como el rezo del Rosario para interceder a Dios por las almas del Purgatorio. En Iturmendi (N) la Cofradía veneraba a la Virgen del Carmen, protectora de los marineros, devoción que aportaron los arrieros en su trasiego comercial desde la costa hasta la meseta castellana a través de la sierra de Urbasa. En otros lugares, como Lanz y Viana, la denominaron “cofradía de las almas”.

Hubo en Pamplona, además de en Tudela, una importante Cofradía del Santísimo Sacramento [32], la primera creada bajo el episcopado de Arnaldo de Barbazán (1318-1355) y la segunda en la primera mitad del siglo XV. En 1489 aparecerá mencionada por vez primera la de Estella. Insisten las ordenanzas de la de Tudela en la importancia que tiene el amor a Dios y al prójimo. El amor a Dios se manifestará a través de la práctica de determinadas oraciones en común, ritos o sacramentos, mientras que el amor al prójimo puede llevarse a cabo mediante el ejercicio de la caridad. Era de suma importancia la asistencia de todos los hermanos a la procesión que el día de Corpus Christi se hacía por las calles tudelanas. En ese momento los cofrades debían ir todos en el cortejo, cada uno con una antorcha de cuatro libras de cera delante del Señor. Para entrar a formar parte de la institución se exigía que el pretendiente fuera honesto. Una constitución establece que si algún hermano sufriese pobreza material, “o sel cayere casa o sel quemare por ocasión, o quisiere ir en peregrinación a Roma o Jerusalén o a otro santuario, todos los demás deberían ayudarle materialmente”. Fueron promovidas por los cistercienses en el siglo XIII, a raíz del milagro de Bolsena, ocurrido en 1264 mientras un presbítero alemán incrédulo celebraba la Santa Misa. Al tiempo de consagrar la sagrada forma se produjo el milagro: la hostia consagrada manó sangre manchando el corporal. Es a partir de entonces cuando el papa Urbano IV la extiende a toda la Iglesia universal mediante la bula Transiturus.

 Las cofradías de agricultores se extendieron por Vasconia, como las de mareantes en los puertos de mar. La de San Lamberto, fundada en la parroquia de San Lorenzo, de Pamplona, contaba en 1672 con más de 1300 miembros. Era un tipo de cofradía “laica” en el sentido de que no contaba con confirmación eclesiástica y la jurisdicción eclesiástica sólo intervenía en aquello que le concernía directamente, como las celebraciones litúrgicas. Hasta 1771 había en Pamplona tres cofradías de labradores que admitían a los hombres, sus mujeres y a mujeres aisladamente. Eran la Cofradía de Languinobrari o del Hospital o de Nuestra Señora de la O, en cuya basílica en jurisdicción de la parroquial de San Lorenzo radicaba. Era de carácter “benéfico-asistencial” al atender a los enfermos de aquel centro, mientras las demás eran “gremiales”, exclusivamente para labradores. Una de ellas era la citada de San Lamberto, muy ligada a la de Nuestra Señora de Montserrat con sede en el Convento de Santa Eulalia de la orden mercedaria. Esta lo era de carácter más gremial y tanto regulaba el uso de la caza en las propiedades de sus cofrades como dirigía rogativas para defenderse del mal tiempo, y además les proporcionaba a los agricultores semilla para la siembra. En zonas de Vasconia de actividad compartida de la agricultura con la ganadería, las cofradías del trabajador campesino funcionaban como asociaciones mutuas de seguro para cubrir riesgos de incendio, malas cosechas y daños en el ganado (son modelos de este género: la de san Miguel de Alzusta, en Ceánuri; la de Terrama de Endañeta, en Zumaya; la de San Isidro Labrador y Santa María la Cabeza, de Álava; la de Goiburu, de Andoain etc.) [33]. Volviendo a las de Pamplona, las cofradías mencionadas y por extensión las gremiales de la ciudad,  salían corporativamente en las procesiones de San Fermín y del Corpus con sus estandartes y velas encendidas. Tuvieron dos devociones particulares: a la Virgen María (los de la de Montserrat celebraban especialmente la Inmaculada Concepción, la Anunciación, la Asunción y la Presentación de Jesús en el Templo o Candelaria además de su patrona la Virgen de Montserrat el 8 de septiembre) y a la Santa Cruz (celebrando especialmente la Invención y la Exaltación), y en la de San Lamberto, San Fermín. La de Monteserrat se ayudaba para sus gastos con la fabricación y venta de anisetes, aguardientes y mistelas [34].

Araba y tierras de Iparralde

Las de Áraba son cofradías mayoritariamente religiosas.

En la Cuadrilla de Campezo y Montaña Alavesa destacan aquellas que han sido estudiadas por Ocio Vallejo y González de Salazar [35]:

– Bernedo (Ayuntamiento del mismo nombre). Hay noticias desde principios del siglo XVII de la Cofradía de la Asunción de Nuestra Señora de Okon, radicada en su ermita. También aparecen en ella cofrades de pueblos que no son del patronato de esta ermita. Su romería es el 15 de agosto. Tiene cofrades de lo corporal o de mesa y cofrades de lo espiritual. En la comida del día de la Asunción los primeros pagaban a escote los gastos de la comida, utensilios y arreglo de la sala de juntas y de la ermita; los segundos contribuían con trigo al mantenimiento del culto a la Virgen y sufragios de los cofrades difuntos. Hoy día la cofradía cuenta con más cofrades en la ciudad que en los diez pueblos que la mantienen.

– Markinez (Concejo de Bernedo). Sus cofradías son las de Beolarra, en la ermita de su nombre, “muy antigua”, dedicada a Nuestra Señora (La Virgen de Septiembre), a la que pertenecían “todas las casas del pueblo”, que celebraban todas las festividades relacionadas con la Virgen y que aún perdura; la de la Vera Cruz, con la particularidad de que prestaba a la familia del cofrade difunto el hábito marrón para amortajarle con la condición de devolverlo al día siguiente y la costumbre de vestir a los personajes de la Pasión que salían en procesión Jueves y Viernes Santos;  y la del Corpus Christi o del Santísimo Sacramento o también llamada “Cofradía de los Nobles Ballesteros”, en la ermita de San Juan, pues se exigía que sus componentes fueran “nobles caballeros hijosdalgo” y tuvieran limpieza de sangre, con número cerrado de 22 cofrades. Su día central, obviamente, era el del Corpus, en cuya misa y procesión posterior los cofrades acompañaban al Santísimo (en el pasado vestidos de traje con banda cruzada al pecho y ballesta adornada con flores) Casi todos los vecinos eran cofrades de una u otra para garantizarse así los cuidados en caso de enfermedad.

– Toloño (Ayuntamiento de Peñacerrada) En la ermita de Nuestra Señora de los Ángeles de Toloño se fundó la Hermandad de los Ballesteros en jurisdicción del Duque de Híjar. Dirigida por un abad y compuesta por 50 ballesteros hijosdalgos de Peñacerrada. Su misión era perseguir a los ladrones y servir de guardia al Duque.

– Villaverde (Ayuntamiento de Lagrán) En la ermita del Santo Cristo se reunía la Cofradía de la Vera Cruz, su particularidad era que los jóvenes al casarse entraban en ella y cada año un cofrade se encargaba de cuidar la ermita y de encender la lámpara en ella.

– Faido/Faidu (Ayuntamiento de Peñacerrada) La ermita de Nuestra Señora de la Peña albergó dos cofradías, una bajo el nombre de esta advocación y otra, la Cofradía de las Letanías, integrada sólo por curas, pero no por el de Faido, sino por los de las localidades de Mesanza, Samiano, Torre, Argote y San Martín de Galvarín, que contaban con su permiso para utilizarla. Esta Cofradía traía el agua bendita de San Gregorio Ostiense desde Sorlada (N), con la que bendecían los campos. Se mantenía con los réditos de sus tierras y celebraban especialmente el Corpus y San Juan.

– San Vicente de Arana/Done Bikendi Harana (Ayuntamiento del Valle de Arana) En la ermita de Santa Teodosia radica la Cofradía de su nombre (siglo XVII), que actualmente cuenta con 400 cofrades, que acuden a esta sanadora de los males del reúma. La festividad de la santa es el 2 de abril, y la fiesta de la cofradía se celebra el primer domingo de septiembre.

– Gauna. En la ermita de San Vítor nació la Cofradía de su nombre. Un documento notarial fechado en Alegría el 23 de abril de 1758 dice que «se había renovado la Cofradía que antiguamente se hallaba fundada en dha. Ermita con el título del Santo». La cofradía se restaura en 1758 y vuelve a renovarse siglo y medio más tarde, en el año 1897, con la modificación de unir en ella las devociones de San Isidro y San Vítor siguiendo así hasta nuestros días. Su festividad se celebra el 12 de Junio. Antiguamente también se subía a ella los días de San Marcos y de San Juan Bautista. La actual cofradía ha señalado también el día de Ntra. Señora de la Consolación, además del primer lunes de septiembre, en fiesta de acción de gracias y de sufragio por los cofrades difuntos. Se suele filtrar agua por el cráneo del santo para bendecir los campos y curar las enfermedades de la cabeza. La devoción por San Vítor se extiende por toda la tierra alavesa, asimismo por Gipuzkoa, Bizkaia, Navarra y La Rioja [36].

En tierras del norte de Vasconia, situadas en el actual departamento francés de Pirineos Atlánticos, las cofradías religiosas resistieron los embates de la Revolución de 1789  y su derivada Ley del 18 de agosto de 1792, relativa a la supresión de congregaciones (confréries) seculares y hermandades, merced a ser, como las califica Isabelle Croizier, “bastión tradicional de la Iglesia” [37]. Charon-Bordas [38] recoge, en el inventario de las mismas, continuas peticiones de los obispos franceses solicitando de las prefecturas autorización para restaurar las cofradías antiguamente numerosas en Francia, por las obras de caridad que ejercen y en reclamación de propiedades expropiadas, permiso para procesionar etc. Philippe Veyrin [39] nos dice sobre su existencia en la década de 1940, que “… se unen en grupos, más o menos grandes, para expresar su devoción a este o aquel santo en particular. Estas hermandades [sinónimo de cofradías] son siempre muy numerosas. Urrugne (L) tiene siete, con una población de 3.000 habitantes. Junto a las que agrupan a los artesanos del mismo oficio, recuerdo de las antiguas corporaciones, otras puramente agrícolas son a semejanza de pequeñas mutualidades de seguros contra las enfermedades y la muerte del ganado. Pero tampoco faltan hermandades cuyo propósito es únicamente espiritual, aunque una gran comida en común generalmente cierra los ejercicios piadosos de los asociados el día de su reunión anual. Cuando un miembro muere, la hermandad tiene una misa para el resto de su alma y los supervivientes se imponen en gran número el deber de asistir. Antiguamente, la presencia en el entierro era incluso obligatoria”.

Barandiarán aporta datos referidos a Sara (Labourd) en la década de 1940 [40]. En un manuscrito titulado “Frairies” (Hermandades), que está en posesión de Pierre Dop, se mencionan las rentas que gozaban al menos hasta el año 1816 diversas hermandades religiosas de Sara entre las que figuraba la de San Eloy con rentas sobre “Larruchain” y “Errotaldeborda” desde 1784 sobre la primera y 1778 para la segunda. Los herreros de la época consideraban a San Eloy como su patrón aunque no lo festejaran con manifestaciones públicas. Existía, incluso, una hermandad de San Blas. Esta hermandad encargaba una misa en la iglesia parroquial. En tiempos pasados tenía una finalidad económica para con sus miembros: la de ayudar económicamente en casos de muerte imprevista de un ganado. A comienzos del siglo XX había perdido ese carácter de asociación de ayuda mutua, pero existía en el siglo XVIII según el manuscrito ya citado.

Las cofradías de mareantes en el litoral cantábrico vasco

Luis María de Lojendio se ha ocupado de esta especial hermandad al tratar de los aspectos sociales en la vida vasca [41]. Si en la calma de la vida agrícola, los daños de más entidad que se puede prever son pérdidas en la casa o en el ganado, o una mala cosecha, en cambio en la vida de pescadores y marineros el riesgo envuelve a la persona. Como el oficio de la gente de mar está hecho de riesgo y de aventura, los vínculos de la relación colectiva son más espirituales a la vez que más humanos, por ello los mareantes prestaban un especial apoyo a la ancianidad o la desgracia. En la vida económica, la cooperación no era como en las hermandades posterior al daño. Se torna por decirlo así activa y adopta las formas modernas de las cooperativas de consumo y de producción. Se practicaba la compra colectiva de productos como el cebo de gueldo importado (hecho de camarones y otros pequeños crustáceos), cordeles e instrumentos. Había artefactos de uso común. La venta del pescado fué objeto de reglamentación rigurosa en bolsas de contratación regidas por la cofradía y sus mayordomos: hubo también “ventadores” o vendedores, atalayeros y en la cúspide su alcalde de mar (que era su jurisdicción ordinaria) y el vicario parroquial a cargo de la dirección espiritual. Se llegó al establecimiento de verdaderas industrias colectivas antaño aplicadas a la utilización de los productos de la ballena y posteriormente limitadas a las operaciones al escabeche y a la salazón. Además, se atendían primordialmente las condiciones de trabajo: se vedaban zonas a la pesca, se disponían reglas concretas para el atonaje, se castigaba a los inductores a huelga o a motín.., las cofradías se estructuraban jerárquicamente y se regulaban mediante ordenanzas (como las Cofradías de San Pedro de Bermeo en B.,  Santiago de Bilbao y Santa Catalina de San Sebastián), que estuvieron vigentes desde el siglo XIII hasta el último cuarto del siglo XIX. Pero, en lo que nos interesa, que es el aspecto religioso, las cofradías de mareantes ofrecían un modelo de organización cristiana del trabajo, pues el principio cristiano de dignidad del trabajo estaba vinculado al oficio del mar. Este espíritu cristiano se manifestaba en todo momento, como nos explica Erkoreka Gervasio [42] al recordarnos que en las ordenanzas de la Cofradía de Mareantes de Portugalete (B) se decía que antes de salir a navegar “…lleven oída misa y el consuelo espiritual”. Además se manifestaba al exterior en otras ocasiones como la defunción de sus miembros y la celebración religiosa de su santo patrono en iglesias parroquiales. Patrono que, en las cofradías de pescadores, el preponderante por su condición de pescador era el apóstol San Pedro (así en Hondarribia, Deba, Mutriku, Lekeitio) Las que adoptan nombres de otros santos (Santa María de Itziar y Santiago de Bilbao) sobresalen en actividades marítimas vinculadas al transporte de mercancías y comercio de mercaderías.

Evolución en el tiempo de las cofradías religiosas

El declive de las cofradías se agudiza a partir de 1950. Sin embargo, los estudiosos anotan varias causas que se alejan en el tiempo. Así Labeaga [43], para el caso de  Viana, que gozó de gran número de ellas, retrotrae su crisis al siglo XIX con la Francesada y las Guerras Civiles, su derivado empobrecimiento general de la población, y las leyes desamortizadoras de ese siglo que llevó a la desaparición de muchas de ellas, privadas de sus recursos.  Añade, como otra de las causas, la reforma religiosa “excesivamente tajante promovida por el progresismo clerical” a raíz de Concilio Vaticano II, que trajo una devaluación de este tipo de asociacionismo religioso (en Viana, N., con más de veinte cofradías sólo sobrevivieron dos: Nuestra Señora de Cuevas y Nuestra Señora de la Soledad o Veracruz)

Arrinda [44] aporta otros factores disgregadores como el régimen liberal, que al amparo de la supresión de los fueros, potencia la institución de la propiedad privada y destruye por su base las cofradías agrarias, pese a lo cual Gipuzkoa y Bizkaia lograron mantener hasta 1936 más de 700 agrupaciones de este tipo. El modo de producción capitalista dislocó la primitiva estructura de las Cofradías -patrono y cofrades- y, en el caso de las de mareantes, introdujo la figura del armador y convirtió a los cofrades en meros asalariados. El golpe de gracia lo asestaron los numerosos intermediarios que se introdujeron en el proceso de la venta y distribución del pescado. Como pálida reminiscencia de ellas -anota Garmendia [45]- “nos llegan la rotulación de unas calles y algunas cofradías reducidas a simples organizaciones religiosas”.

De otro parecer es Homobono. Explica que su actual “función profana posibilita la adscripción a la cofradía de indiferentes e incluso agnósticos desde el punto de vista religioso. La cofradía, grupo tradicional para el ritual festivo, organiza la romería del santuario o, al menos, los actos nucleares de la misma; a veces los litúrgicos de mayor significación, y siempre la comida de los cofrades, que vehicula la expresión de sociabilidad inherente a todo acto comensalístico”.  De aquel esplendor asociativo religioso queda en zonas vascófonas de Bizkaia y Gipuzkoa tal recuerdo de la “identificación entre vecindario, advocación patronal y cofradía, que las fiestas locales reciben el nombre de kofraixao kofradie eguna”. Mediante su participación en ellas , remarca Jimeno Aranguren, “muchos emigrados expresan esa voluntad de integración simbólica en la communitas de origen” [46].

Pese a su decadencia, las que han sobrevivido se adaptan a las circunstancias sociológico-religiosas de nuestro tiempo. Dos ejemplos: Las Cofradías de San Antón de Urdiain y de Bakaiku (N), que antaño aglutinaban a arrieros, hoy desaparecidos, en la actualidad reúnen a transportistas y vecinos en general, manteniendo sus ordenanzas antiguas, incluso auxiliando económicamente a las familias de los cofrades fallecidos siguiendo así la propia tradición; la Hermandad de la Madre de Dios de las Nieves de Otxagabia (N) ha despertado de su letargo de décadas y ahora restaura su ermita del monte Irati con el fin de retornar a su vitalidad cuando se creara en 1954.

No todo se había perdido. La acción social católica de la Iglesia impulsada por la encíclica Rerum Novarum (1891) del Papa León XIII renovó el espíritu fraterno-asociativo que las presidió durante siglos por medio de entidades de aliento cristiano, tales como las Mutualidades Católico-Agrarias preocupadas por el apoyo a la clase trabajadora del campo expuesta a múltiples contingencias como la enfermedad, el accidente, la mortalidad del ganado, el incendio de las casas o las cosechas, así como la previsión del futuro del campesinado y artesanado mediante sociedades de socorros mutuos, centros obreros de formación y cajas para la concesión de créditos dignos. En esta reactivación tuvieron fuerte protagonismo los Círculos Católicos (de los que en Navarra había veinte en 1916) y las Cajas Rurales para canalizar los dineros sobrantes de unos hacia las necesidades de otros (en 1912 eran 155 las existentes en Navarra) tal como rezaba el lema que las presidía: “Todos para cada uno y cada uno para todos” [47]. Siguieron las cooperativas (muchas de las cuales se ponen bajo la advocación de Cristo, de la Virgen o de un santo como las antiguas cofradías), que facilitaban fertilizantes y semillas a los labradores más débiles a precios razonables, los sindicatos [48], las escuelas de niños y adultos, y las semanas sociales. Victoriano Flamarique, párroco de Olite y uno de los promotores de esta acción social de la Iglesia lo explica así: “La Iglesia salvó al pueblo cuando lo explotaban los señores feudales, por medio de las Cofradías, que se convirtieron más tarde en gremios de oficios y de industrias. Y con ellos llegó a ser grande, libre y rico por algunos siglos ¿Ha vuelto el pueblo a verse explotado y oprimido? Vuelva la Iglesia a empuñar la palanca de la agremiación y acerque el pueblo a su regazo… alejado de la Iglesia, caerá irremisiblemente en brazos del socialismo donde encontrará su ruina temporal y su eterna desdicha” [49].

Entre las cooperativas de consumo, ofreciendo bienes de primera necesidad, de signo católico, merecen destacarse en Bizkaia, la de San Vicente de Paul de Bilbao, nacida en 1896, así como la Cooperativa Obrera León XIII de La Arboleda (B). En Gipuzkoa, antes de 1916, se fundaron cooperativas de consumo católicas en Aretxabaleta, Eibar, Arrasate y Tolosa. También las hubo de iniciativa socialista (La Hormiga de Ortuella, B., 1888) y nacionalista (las hubo principalmente en Bizkaia: Bilbao, Durango, Algorta, Barakaldo, San Salvador del Valle…) Las cooperativas industriales se desarrollaron fundamentalmente en Bizkaia y Gipuzkoa (Grupo Cooperativo Mondragón) en la segunda mitad del siglo XX.

Otras formas de asociacionismo religioso seglar

 Cofradías penitenciales

Existen cofradías que en algún momento determinado de la historia perdieron su cometido tradicional socio-religioso centrado en obras de caridad, oración y penitencia para centrarse en la misión religiosa de guardar y venerar una determinada imagen, así como para mostrarla en desfiles procesionales que hacen posible escenificar en público las diversas estampas de la Semana Santa. Con frecuencia parten de la iglesia en que aquella se conserva.

Son las llamadas cofradías o hermandades penitenciales, diferentes de aquellas que pueden catalogarse de sacramentales (que cultivan la adoración al Santísimo Sacramento), de gloria (que fomentan el culto a alguna advocación mariana) y patronales (cuyo titular ostenta el patronazgo de la ciudad en la que se erige)

En la villa de Bilbao existen en la actualidad diez: las cofradías de la Santa Vera Cruz (Parroquia de los Santos Juanes); de la Pasión (Parroquia de San Vicente Mártir de Abando); de Nuestra Señora de La Merced (Parroquia de San Nicolás de Bari); Real Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno (Parroquia de San Francisco de Asís); Penitencial del Apóstol Santiago (Parroquia de San José de la Montaña); de la Madre de Dios de las Escuelas Pías (Parroquia de Nuestra Señora del Pilar); de la Santa Eucaristía (Colegio de Nuestra Señora de Begoña de PP. Jesuitas); de San Valentín de Berrio Otxoa; Real Hermandad de los Cruzados Eucarísticos; y Hermandad Penitencial de Nuestra Señora de Begoña.

En San Sebastián la práctica religiosa ha descendido notablemente y ello se manifiesta en las procesiones, que hoy se limitan a las del Santísimo Cristo Crucificado (el Miércoles Santo), de Nuestro Señor del Huerto y Santísima Virgen de los Dolores (el Jueves Santo) y de Nuestro Padre Jesús Nazareno (el Viernes Santo), sostenidas por cofradías no tan numerosas como en Bilbao.

Las cofradías de Vitoria son La Cruz Enarbolada y el Descendimiento, Nuestra Señora de la Soledad en la Vera Cruz, Nuestra Señora de los Dolores, Nuestro Señor con la Cruz a Cuestas y la Santa Espina de Berrosteguieta.

En Pamplona, el 18 de enero de 1887 se fundieron en una sola -la Hermandad de la Pasión del Señor- las que antiguamente existían: Cofradías del Santo Sepulcro, del Santo Cristo Alzado y de la Oración del Huerto.

Terciarios Franciscanos

La  Orden Franciscana Seglar, antes llamada Tercera Orden de San Francisco o Venerable Orden Tercera, está conformada por laicos consagrados con una regla, por lo que poseen una forma de vida particular orientada al Evangelio como norma de vida, para vivirlo con sinceridad y fidelidad, y dar de él el testimonio que les exige su vocación. Su formación se centra en reuniones periódicas para el estudio personal y comunitario del Evangelio. La Tercera Orden nació del empeño de San Francisco de Asís por abrir nuevas rutas para los hombres y las mujeres que querían “hacer penitencia” (vivir su conversión sincera, entregados a Cristo como modelo de vida) movidos por su predicación y ejemplo de vida [50]. Pablo VI aprobó la última Reforma de la Regla con la bula Seraphicus Patriarcha de 1978, con la cual la llama Orden Franciscana Seglar. En el ámbito que estudiamos, hay grupos de terciarios que se mantienen en contacto con las fraternidades capuchinas de Pamplona, Bilbao y San Sebastián.

Adoración Nocturna

Es una asociación de creyentes que, reunidos en grupos, se turnan velando en las horas de la noche para adorar a Jesucristo, Dios y Hombre verdadero presente en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, agradeciéndole su presencia en ella y en reparación de las ofensas recibidas. El Papa León XIII la elevaría a Archicofradía. En España se fundó en 1874 y se ramificó formando Consejos Diocesanos, en principio de hombres, luego abiertos a mujeres, ligados a las parroquias. Su imp Albertlantación en Vasconia supera el siglo: las secciones más antiguas son las de Bilbao (1904), Pamplona (1907), Fitero (N) (1909), Zarautz (G) (1912) y Artajona (N) (1917), pero está presente en todas las capitales vascas con subsecciones numerosas en cada uno de los territorios, pese a su descenso de las últimas décadas. En Pau, diócesis de Bayona, fue ardiente propagador de ella Joannes Méthol en las postrimerías del siglo XIX.

La Adoración Nocturna en San Sebastián, que supera los cien años de existencia, sigue el siguiente método de oración, que, en esencia, es el que mantienen otras secciones. Sus dos componentes básicos son la oración litúrgica comunitaria, que vincula a la Iglesia, y la oración personal en silencio, centrada en la contemplación eucarística. Las vigilias ordinarias, ante el Santísimo expuesto en el altar, en que cada adorador participa una vez al mes -suele ser el primer viernes- tienen el siguiente esquema:

  • Reunión previa.
  • Recepción de asistentes.
  • Preparación de la celebración litúrgica. Distribución de tareas.
  • Avisos e información de interés. Intenciones mensuales del Papa.
  • Tema de reflexión.
  • Posibilidad de recibir el sacramento de la Confesión.
  • Rezo de vísperas y celebración de la Eucaristía.
  • Exposición del Santísimo y oración de presentación de adoradores.
  • Rezo del Santo Rosario.
  • Turnos de vela.
  • Oficio de lectura.
  • Momento de silencio para la oración personal.
  • Rezo de Laudes.
  • Bendición y Reserva.

A partir de 2007 fue implantándose la Adoración Eucarística Perpetua, es decir, sin solución de continuidad a lo largo de todo el año, en capillas hoy existentes en las cinco capitales vascas.

Apostolado de la Oración

El Apostolado de la Oración tuvo su origen en el noviciado de la Compañía de Jesús en Vals, diócesis de Le Puy (Francia), en la fiesta de San Francisco Javier de 1844. El padre espiritual, Francisco Gautrelet, explicó a los jóvenes que en él se preparaban cómo podrían participar en obras de apostolado que otros compañeros realizaban en misiones, ofreciendo a Dios cada día con fines apostólicos ese mismo estudio, unido a todas las demás acciones, oraciones y sufrimientos de cada día. Otro jesuita francés, el padre Henri Ramiére, dio impulso y estructura a esta iniciativa centrada en la propagación de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, especialmente, a través de la Adoración Reparadora y la Misa y Comunión de los Primeros Viernes de Mes. Su medio de difusión entre las familias cristianas es todavía hoy la revista Mensajero. El Apostolado de la Oración para los niños fue creado setenta años después por iniciativa de otro jesuita, el Padre Albert Bressières, y se denominó Cruzada Eucarística, que multiplicó sus miembros en los colegios de la Compañía de Jesús, de donde, en la adolescencia, podían pasar a inscribirse en la Congregación Mariana dirigida por la Compañía, con el apoyo formativo de los Centros Marianos – Luises, verdaderos focos de irradiación de la fe entre los jóvenes.

En la extensión de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús por la Vasconia euskeldun tuvieron mucho que ver los sacerdotes jesuitas guipuzcoanos padres Agustín de Cardaveraz (1708-1770) y Sebastián de Mendiburu (1703-1782), el primero con sus libros de piedad Jesusen Biotz maitearen debozioa (La devoción al querido Corazón de Jesús) y Jesusen amore-nekeei dagozten zenbait otoitz-gai (Vidas de algunos vascos devotos al amor de Jesús), y el segundo como propagador de su devoción como misionero diocesano de Navarra, a partir de 1743, fundando muchísimas congregaciones del Sagrado Corazón por los pueblos de Arbizu, Uharte-Arakil, Eguillor, Beasoain, Urrotz, Nuin, Etxaleku, Ororbia, Ibero, Gaintza, Errea, Ongoz y otras muchas en los años siguientes. Las congregaciones se ordenaban en coros (grupos) de hombres y de mujeres, y otra de jóvenes, y la agregación era numerosísima. Por ejemplo, en Lantz (N), el 16 de junio de 1889 se consagraron al Corazón de Jesús, tras la misión recibida, todas las familias del pueblo durante la Santa Misa, y renovaron su compromiso en 1945 con ocasión de celebrarse el Centenario del Apostolado de la Oración.

En cuanto a Cardaveraz, recorrió como misionero toda Gipuzkoa, la mayor parte de Bizkaia, una gran parte de Navarra y el norte de Araba. Y sobre las congregaciones, la primera que fundó fue la de Elorrio en 1738. A ésta le siguieron otras muchas: Berriz, Amorebieta, Markina, Lezo, Arbazegi, Ataun, Abaltzisketa, Munditibar, Arribe, Tolosa, Salvatierra de Araba, Hondarribia, Legazpia…

En 1925 el jesuita padre Ramón Orlandis fundó como sección derivada del Apostolado de la Oración, y activa del Apostolado en Vasconia, la Schola Cordis Iesu. Una consecuencia de toda esta actividad misionera fue la erección en numerosas localidades del monumentos al Sagrado Corazón de Jesús. Su festividad, el viernes siguiente al Corpus Christi, se celebraba con gran  solemnidad por medio de procesiones, iluminaciones en las calles, decoración de balcones con colgaduras y renovación de promesas al Corazón de Jesús de los niños, en un día parcialmente festivo para los trabajadores.

Este movimiento asociativo decayó después  del Concilio Vaticano II, aunque resurge en las diócesis de Bilbao y Vitoria.

Acción Católica

En la segunda década del siglo XX la asociación se desarrolla bajo el impulso del Papa Pío XI,  caracterizándose por su dedicación a labores apostólicas, piadosas y formativas, principalmente entre la juventud. La Acción Católica se convirtió en las décadas de 1940-60 “en uno de los pocos espacios de reunión y esparcimiento de la población que fueron tolerados por el Estado, de manera más o menos estable e independiente”, por su dependencia de la jerarquía eclesiástica en tanto fuera apolítica. Buscaba “agrupar a los jóvenes en torno a un ambiente familiar, deportivo y cristiano y con una función principalmente recreativa pero dentro del ámbito eclesial” [51]. De este modo es como surgieron, en Navarra, las concentraciones juveniles de Urbasa en plena Guerra Civil, bajo la dirección del consiliario diocesano Santos Beguiristáin Eguílaz, “donde alternaron partidos de futbol y pelota con conferencias apostólicas que buscaron obtener serios compromisos de vida cristiana” [52], así como, en Pamplona, la fundación de la sociedad deportiva Oberena (1940), que incluyó peña festiva, grupo de danzas, equipo de fútbol, secciones de montañismo, pelota etc.

Las organizaciones obreras de postguerra tuvieron sus inicios en los movimientos apostólicos de la Acción Católica, especialmente en la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) y en la Juventud Obrera Católica (JOC), junto con sus correspondientes ramas femeninas (HOACF y JOCF).

La HOAC surgió en 1947 como resultado de una iniciativa promovida por la jerarquía eclesiástica. Su ideología partía de la doctrina social católica expuesta por León XIII en la encíclica Rerum Novarum. Se definía como una organización obrera, militante y apostólica. El estudio de la doctrina social de la Iglesia y de las conclusiones del Concilio Vaticano II llevaron a sus militantes -incluida la Juventud Obrera Católica (JOC)- al compromiso temporal y a la lucha por las libertades. El semanario , libre de la censura gubernativa como publicación eclesiástica interna durante los años 1946-51, hacía de aglutinante. Bajo el ideal del compromiso temporal algunos de sus militantes se lanzaron a formar sindicatos (Unión Sindical Obrera-USO, Acción Sindical de los Trabajadores-AST), aprovechando la facilidad de contactos y material que ofrecían los movimientos apostólicos para desarrollar las nuevas organizaciones.

Vanguardia Obrera (VO), surgida en 1953, era una organización compuesta por jóvenes de 18 a 25 años (la sección de adultos nació cuatro años después), que pretendía la realización del ideal cristiano en el mundo del trabajo. Participaban en el mismo miembros de las Congregaciones Marianas Obreras, también organización apostólica de la Iglesia formada por varones especialmente trabajadores, y orientadas por un sacerdote consiliario. Tenían como misión principal el suscitar y formar militantes que participasen en la promoción integral y evangelización del mundo obrero.

Dada la situación política de España antes de la década de 1960, los movimientos apostólicos hicieron una labor de subsidiaridad, y fueron escuela de militantes obreros que posteriormente pasaron a organizaciones de oposición sindical y política, sintiéndose atraídos algunos de sus miembros hacia concepciones marxistas incluso de mayor radicalidad [53].

En la actualidad la Acción Católica, como movimiento que impulsa a los seglares a ser fermento dentro de la sociedad y se preocupa por el desarrollo integral de los más necesitados, está presente en las diócesis de Bayona, Bilbao, Pamplona y Vitoria. En Bilbao, la Juventud Estudiante Católica (JEC / EGIA) se ha especializado en la acción católica en los ambientes estudiantiles.

Otras iniciativas socio-religiosas en ascenso

En las últimas décadas se registran en Vasconia distintas iniciativas promotoras de una renacida espiritualidad, en comunidades de base centradas en la devoción al Espíritu Santo (Renovación Carismática en las diócesis de Bayona, Bilbao y San Sebastián), a la Virgen María (Medalla Milagrosa  y María Auxiliadora en Bilbao, Juventudes Marianas Vicencianas en Bayona, Bilbao, Ordizia y Vitoria) y a Jesucristo (Asociación de Fieles “Jesús Solidario” en Bilbao); otras buscan el crecimiento de la fe personal en el diálogo con las Iglesias (Focolares de la Unidad-Obra de María en Bayona, Bilbao, San Sebastián) y en el apostolado (Neo-Catecumenales o “Kikos” en Bilbao, Pamplona, San Sebastián y Vitoria; Vida Ascendente-Bizian Gora en Bilbao y Vitoria; Legión de María y Cursillos de Cristiandad en Bilbao, Pamplona…; Talleres de Oración y Vida, Comunidades de Vida Cristiana y Fe y Justicia, Grupo Loiola, Fraternidades Marianistas, ACIT-Institución Teresiana, etc. tienden al mismo fin buscando su proyección en la vida profesional) La misión de ayuda al necesitado sostenida durante siglos por las cofradías tienen su prolongación actual en otras asociaciones cristianas como Adsis (Bilbao, San Sebastián, Vitoria), centradas en la juventud en situación de vulnerabilidad; o las Conferencias de San Vicente de Paúl, Mater Misericordiae y Apostolado del Mar en Bilbao, que atienden a subvenir múltiples necesidades, sin que se descuiden las formativas en la infancia y adolescencia como es el caso del Movimiento Scout Católico (Euskalerriko Eskautak Bizkaia, Araba…, Scouts et Guides de France, Scouts Unitaires de France etc.)

La serora, figura asociada al influjo de las cofradías

Hemos visto cómo las cofradías del ámbito rural tenían su sede en las ermitas, donde se reunían anualmente para la aprobación de sus cuentas y nombramiento de sus cargos, y de cuya conservación se ocupaban. Uno de estos cargos era el mayordomo, al que en ciertos casos, le correspondía la elección y el nombramiento de la serora (así se ha podido comprobar en la documentación del santuario de Ntra. Señora de la Antigua de Orduña, B.) [54] En ocasiones, las mismas seroras pertenecían a ellas como miembros de pleno derecho [55]. Y hemos de ver cómo sufragaban con su dote los costos de mantenimiento de los pequeños templos rurales y santuarios en comunión con la Iglesia y las Cofradías.

La serora era una piadosa mujer que con aprobación del obispo actuaba como adjunta al sacerdote en ciertas actividades rituales de la vida eclesiástica, en un espacio intermedio entre lo laico y lo religioso, bajo una especial condición socio económica que les permitía administrar sus bienes. Consta su existencia documental desde principios del siglo XIV (por ejemplo en la catedral de Bayona), aunque su fuerte arraigo supone una antigüedad superior, y se ha mantenido inalterable hasta el siglo XVIII, aunque en la actualidad pervive desprovista de algunas de sus características históricas. Esta figura recibe distintos nombres: beata, freila o breira, benoîte, benedicta benita, reclusa, hospitalera, etc., aunque su denominación más aceptada es la de serora (general) y andere-serora en Iparralde.

Su implantación se generalizó en Vasconia, de preferencia en la mitad norte, aunque se ha demostrado su existencia en localidades de la Ribera del Ebro como Valtierra y Villafranca (N) [56]. En algunos puntos, como la jurisdicción de Bergara, Sorondo ha registrado hasta cincuenta templos servidos por seroras, lo que refuerza el hecho de su fuerte implantación [57].

Sobre el origen de la denominación “serora” hay diferentes opiniones. Corominas y Pascual afirman en su Diccionario Crítico Etimológico que deriva del catalán sor, hermana carnal, y ésta del latín soror. En su origen se usa serora como sinónimo de monja o hermana religiosa, pero Larramendi en su Corografía y descripción de Guipúzcoa matiza las diferencias entre una y otra, al afirmar que “las seroras no son religiosas ni propiamente eclesiásticas, sino que son seculares y legas, porque ni perciben la imposición de las manos, ni consagración” [58]. Arantxa Arriet [59] destaca su parecido con las  beguinas belgas por su carácter laical, célibe, pero con ausencia de votos públicos y perpetuos, libertad de movimientos, actividades en favor de la comunidad y el mantenimiento de la propiedad privada de bienes económicos. Pero, sobre todo, les une el espíritu que animaba tanto a las beatas beguinas como a las seroras: hacer de puente entre una Iglesia jerárquica y oficial, intelectualmente cultivada, y el pueblo llano [60]. Buscando las raíces de tal institución, Pierre de Lancre, Manuel Larramendi y Wenworth Webster relacionan su figura históricamente con las diaconisas de la primitiva Iglesia [61], y Bernoville con las vestales de la antigua Roma, en cuanto que la virginidad era requisito esencial para entrar al servicio del templo, aunque en el caso de la serora la virginidad se supeditaba a la moralidad de vida [62]. Además, para entrar a serora se le exigía tener el beneplácito del obispo, ser doncella o viuda y contar con más de 40 años de edad, aunque esta condición no siempre se le exigía, principalmente cuando el templo al que serviría era de patronazgo privado (es el caso de María Beltrán de Loyola, hija natural de Beltrán Yáñez de Loyola, padre de Íñigo de Loyola futuro fundador de la Compañía de Jesús, que se hizo freira o serora de la Ermita de San Juan de Yzmendi, en la villa de Azpeitia, perteneciente a la Casa de Loyola) No estaba bien visto -era más bien motivo de escándalo- que abandonase su compromiso para casarse, aunque la citada María Beltrán lo hiciese en 1516 con Domingo de Arruayo [63]. Las había que valiéndose del dinero ganado en su función de seroras, y siendo ya económicamente autosuficientes, abandonaban el compromiso que habían aceptado.

Producida la vacante de una seroría, correspondía al patronato de la ermita (fuera eclesial, concejil, propiedad de casa solariega o mixta) elegir una sustituta entre las candidatas, caso de haberlas, que a cambio ofrecían su dote, aunque se prefería a una natural del lugar por ser persona de integridad moral conocida. Cubiertos los trámites, se establecía ante escribano el oportuno contrato: en él se reflejaba la dote entregada o el nombre de su fiador (cuando la aspirante carecía de dote propia) [64] En muchos casos se inventariaban los objetos de la ermita que pasaban a su custodia, así como las tierras y los dineros tanto prestados como adeudados. La cantidad aportada como dote, que ha sido variable según las épocas, induce a Pilar Peñaranda a pensar que la mujer que entraba como serora en una comunidad había de disfrutar de una posición social media, como mínimo. Se tendía a admitir como seroras a las candidatas que habían prometido una mayor dote, para que ésta pudiera ayudar a conservar o mejorar la iglesia, la ermita o la casa seroril (serora-etxea) adjunta donde viviría en adelante [65]. No era ésta la situación de las seroras del Valle de Baztán (N), como se deduce de la investigación del Visitador General de la Diócesis en 1626, ya que vivían humildemente de las limosnas y aportaciones voluntarias de trigo de los vecinos [66].

Antxon Aguirre nos explica los pasos siguientes [67]. Días después, la nueva serora asumía el cargo con toda solemnidad. Ante patronos y escribano se leía el acuerdo de adjudicación, tras lo cual todos penetraban en el interior de la ermita. Si había alguien dentro, la serora lo sacaba de la mano delicadamente, y procedía a cerrar y abrir puertas y ventanas, tocar la campana, y otra vez fuera abría y cerraba los portillos de los terrenos, arrancaba un manojo del cultivo o tomaba un pedazo de tierra en la mano, cortaba una rama de un árbol… Con todo, se simbolizaba la toma de posesión de la serora.

Al contemplar las funciones que le eran propias, Aguirre distingue dos tipos de prestaciones de la serora, fuera en la iglesia o en la ermita.

La serora de la iglesia se encargaba de las labores rutinarias del templo: tocar la campana (si no había sacristán ni campanero) al amanecer, al mediodía y al anochecer, cuando alguien entraba en agonía y cuando moría; la limpieza y mantenimiento del decoro, tanto de muebles y ornamentos como de la ropa litúrgica; fabricaba las formas a consagrar; servía a los fieles en todo lo que estos requiriesen, como disponer y vender la cera para encender sobre las fuesas (yarlekus); también ponía la tela negra y los hachones en el yarleku de la familia en que se hubiera producido un óbito y lo retiraba al concluir el periodo de luto; acompañaba y señalaba al sacerdote tras la misa sobre qué tumba tenía que rezar el responso (añade Peñaranda que en la Baja Navarra encarnaba la función de ser “guardiana y gestora del cementerio”; y Arriet que su función comenzaba con los toques de campana, “a duelo” y “a muerte”, para continuar con la preparación del cuerpo o “aliñar” los cadáveres, la dirección del duelo de las mujeres y la procesión funeraria portando el cesto de las ofrendas funerarias) [68]; la serora desataba los lazos de pies y manos a los cadáveres y les cubría el rostro con un lienzo antes de darles sepultura. A cambio de esto percibía una cantidad, variable según lugares y épocas, más una parte de las ofrendas de pan que hacían los fieles en las misas de difuntos y de días festivos, más otra de las primicias de rigor (trigo, maíz, lino, lana, corderos…)

Añade Mª Amor Beguiristáin que en Bera (N) debió de ser frecuente que la serora, al frente del cortejo fúnebre, llevara en un cesto una pierna de carnero, si el funeral era de primera, una de cordero, si era de segunda, y un bacalao, si era de tercera. En Urzainki llegó a ponerse sobre la celeja, paño negro o blanco, una jarrita vacía. Celeja y jarrita llegaron a significar, respectivamente, pan y vino [69]. Esto de las clases sociales también lo recoge Arantza Arriet en Lekeitio (B), donde el número de las seroras que participaban en el duelo variaba según aquellas: los funerales se dividían entre los “de a ocho” (zortzikoa, cuatro seroras con dos velas cada una), “de a cuatro” (laukoa, de dos seroras con cuatro velas) o “de una” (batekoa, una serora con una vela). Citando a José Miguel de Barandiarán, explica el nulo papel que los hombres tenían en este proceso, limitándose a asistir a los oficios religiosos: “de hecho, el vínculo entre la familia y la iglesia lo establece la “etxekoandre” (señora de la casa) a través de la sepultura familiar, por lo que, realmente, ella es la que guía la vida religiosa a nivel familiar. Y la serora, dentro de este contexto, ejerce, de alguna manera, de “sacerdotisa” de las etxekoandres” [70].

Por su parte, la serora de la ermita hacía de campanera en los mismos casos, y también cuando había fuego o vislumbraba negros nubarrones que amenazaban pedrisco en perjuicio de los cultivos, ya que se creía que el toque de campana de la ermita los ahuyentaba; hacía la limpieza y vendía estampas, cintas, medallas del santo o santa de su advocación; en aquellas ermitas donde se efectuaban ritos de protección o de cura, tomaba a los niños en sus brazos para posarlos encima del altar, rodearlo o subirlos a besar al Santo o la Virgen [71]. Vivía de las limosnas de los devotos, de lo que recaudaba con la venta de escapularios y de los beneficios de las postulaciones por los pueblos de la zona. Si la ermita tenía tierras, de su arriendo, y si dinero, de los réditos que produjese. Súmese a esto que las huertas, frutales y animales domésticos le proporcionaban algunos alimentos de primera necesidad.

Gurutzi Arregui hace una sistematización de las creencias y ritos en torno a las ermitas que da idea de la importancia que dichos templos pudieron tener entre la población por la fama de sus santos titulares como intercesores ante Dios para la protección de los campos, de los animales domésticos, la seguridad en el mar y la salud de las personas. Las oficiantes de estos rituales eran las seroras y les proporcionaban una gran cantidad de limosnas. Afirma Arregi: “el papel que las seroras pudieran tener en la ayuda a los que iban a rezar (por los motivos que fueren) y en la celebración de las misas en ermitas y santuarios nos es desconocido, pero se puede conjeturar que fuera más allá de la simple asistencia. Y es que, aún en tiempos cercanos, y refiriéndonos ya a datos recogidos de la etnografía, no es difícil constatar que se realizasen rituales sin participación de cura o párroco alguno, siendo la propia serora la oficiante. Esto se constata, precisamente, allí donde religión y medicina confluyen, en los rituales de curación” [72].

La serora también se ocupaba, en sus ratos libres, de la confección de ropas que luego vendía a particulares, lo que constituía una importante fuente de ingresos principalmente para las que prestaban su servicio en ciudades, llegando de este modo a realizar empréstitos, adquirir posesiones rústicas e inmobiliarias, alquilar viviendas, realizar legados a favor de sus sobrinos (para financiarles estudios eclesiásticos, dotar a las casaderas, sostener la casa matriz, etc.), en suma, desarrollaban unas relaciones sociales con personas de las altas esferas y oficios manuales, con lo que ganaron gran respeto social (esto es notorio en poblaciones del Alto Deba como Arrasate-Mondragón y Bergara). Y lo que es más importante, significaba que las mujeres que optaban al serorato lograban una independencia que las libraba o bien del matrimonio o del convento, salidas casi obligadas para la mujer entre los siglos XVI y XVII -los de mayor esplendor de esta ocupación femenina- logrando así tomar sus propias decisiones integradas en la vida pública [73].

Duvert y Bernoville han escrito de su protagonismo en bautizos, funerales y bodas en la circunscripción de Iparralde, con especial vigencia en la Baja Navarra.

Duvert [74]  recoge el sugerente testimonio de una costumbre, situada en la zona bajo-navarra de Arberatze-Zilhekoa, en el que la serora se encargaba del primer bautismo: bautizaba al niño o niña con el agua bendita de la casa (pues todas las casas tenían una aguabenditera), dándole el nombre del santo o santa correspondiente al día, para que posteriormente, entre 8 y 10 días más tarde, recibiese el bautizo oficial en la iglesia, donde se le da ya el nombre definitivo (o se confirma el anterior) En este caso específico la serora era también comadrona, compartiendo este oficio con otra señora, encargándose la primera de las casas de Arberatze, y la segunda de las de Zilhekoa (Sillègue) A pesar de que las labores de comadrona no formaban parte del oficio de las seroras, no parece aventurado suponer que el primer bautizo en manos de la serora fuera una práctica habitual, puesto que ya en las constituciones sinodales de Calahorra de 1555, ante las habituales muertes prematuras de los neonatos, se preocupaban de que las parteras fueran instruidas en la administración del sacramento del bautismo, que sólo debían llevar a cabo en caso de peligro de muerte.

“En las bodas de postín-consigna Bernoville en 1946 [75]- la andere-serora recibe ante la puerta principal la llegada del cortejo (en las bodas más modestas lo hace en el interior), sosteniendo con sus manos la bandeja de cobre con las alianzas de los novios. Cuando el cortejo entra, ella va a la cabeza. En el momento de la bendición nupcial, acerca los anillos a los novios y cuando estos, en el transcurso de la misa, suben los escalones del altar mayor, también los sube con ellos. En todo el transcurso permanece de pie al lado de ellos como una sombra. El rito más curioso que debe seguir en las bodas, el que marca más claramente el carácter místico de su función, es la colocación de un manto de seda blanco sobre el velo blanco, de la esposa arrodillada. Este súper velo simboliza la virginidad, aún intacta”.

Para las seroras tenía gran importancia la fama que en la consideración popular tuviera la ermita: sus capacidades curativas, sus poderes contra las tormentas, la devoción que por una u otra causa levantase ente la feligresía. Tampoco era desdeñable la ubicación geográfica: si estaba en camino transitado, si era centro de culto principal para una o para varias poblaciones, etc. En resumen, todo influía en la economía del templo y por ende en la particular prosperidad de la serora [76]. También por lo común, se atribuía a la serora una tumba en la iglesia parroquial, como corrobora Webster en la parroquia de Sara (Labourd), donde sobre la lauda de una fuesa aparece la inscripción ORAI DEN SERORAREN /  ETA IZANEN DIRENEN / JAR LEKUA / ETA HOBIA (Este es el asiento y la tumba de la serora actual y de todas las que le sucedan en lo futuro)  [77].

Había también seroras en labores de asistencia en hospitales y la enseñanza. Cuando habían llevado a cabo las labores habituales de las seroras en su templo, algunas se encargaban del cuidado y curación de enfermos, peregrinos y huérfanos, recibiendo por ello los correspondientes emolumentos. Otras, a cambio de alimentos o de alguna remuneración dada por los padres, enseñaban a leer y a escribir a sus hijos e hijas, y les impartían el catecismo. Cuando las ermitas estaban situadas en lugares privilegiados por su altura, como en atalayas desde las que se podía divisar la llegada de barcos, las seroras hacían labor de vigilancia al servicio de la seguridad pública.

La declinación de la seroría como tal  institución se iniciaría con el Real Decreto de 9 de noviembre de 1747, al disponer que ermitaños y seroras tendrían que vestir como seglares -pues hasta entonces usaban hábitos religiosos [78]-, al tiempo que todos sin excepción presentarían ante las autoridades en el plazo de un mes los oportunos títulos y licencias para desempeñar el cargo. Esto se justificaba porque, al decir de la Administración, había gente que se disfrazaba con esos hábitos para delinquir.

Era la antesala de su supresión, pues el 13 de octubre 1769, el Conde de Aranda, ministro de Carlos III, disolvió por decreto las serorías para nombrar sacristanes legos en su lugar, quienes heredarían los bienes y ganancias de que disfrutaban sus predecesoras. Sin embargo, según Larrañaga, esta orden no se cumplió a rajatabla, pues en Bergara, Antzuola, Oñati y la comarca del Alto Deba, permanecieron en muchas ermitas, al estar estas en zona rural, por la fuerza de la costumbre [79]. El oficio de serora lo suplantaría la esposa del ermitaño o del sacristán, principalmente éste último sería su mayor oponente, porque se le autorizaría a tocar los objetos sagrados (discutido en el caso de las seroras) El sacristán, en algunos casos, pudo disponer de una ayudante femenina (difunturia), que funcionaba discretamente como una serora, mientras que a la que lo había sido le corresponderían tareas de limpieza.

Hay otras razones que también explican su declive, como el recelo que levantaba su creciente poderío económico e influencia social; la reforma del eremitorio navarro emprendida por Juan de Undiano, a partir de 1584, les prohibió su estancia en despoblado; tras el informe negativo sobre ellas presentado al rey de Navarra Enrique IV por Pedro de Lancre, comisionado al efecto en 1609, se las obligó a transformarse en beatas de clausura; la creciente urbanización e influencias exteriores proclives a restaurar funciones que se consideraron propias del varón; y las reformas de los templos que llevaron a la desaparición de los yarlekus mermaron significativamente sus funciones rituales en torno a la muerte, abandonadas por los cambios litúrgicos del Concilio Vaticano II. Para el siglo XX las seroras tal como habían existido se pueden considerar desaparecidas y aquellas tareas asumibles por los seglares (administrativas, organizativas, etc.) se han impuesto como un servicio prestado a los sacerdotes. No obstante quedan todavía huellas de aquella institución: así por ejemplo, al cuidado de la ermita de Ntra. Señora de Muskilda (Ochagavía N) hay en la actualidad una “serora” que parcialmente se ocupa de las que fueron algunas de sus tareas (custodia de la llave de entrada, limpieza, calendario de los cultos etc.) y muchos humilladeros (santutxus) perviven en Vasconia gracias a los cuidados de las etxekoandres de los caseríos próximos.  Escribe Gurutzi Arregi: “La memoria de su antigua existencia no se ha perdido totalmente y todavía es frecuente denominar con el nombre de serora a la mujer encargada del cuidado o de los menesteres religiosos en la ermita o en la Iglesia“ [80].

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Imagen de la portada: Cofrades de San Sebastián portan la figura de su patrono en la villa de Obanos (Navarra)

Esta investigación forma parte de la redacción del Calendario tradicional festivo y religiosidad popular para el Atlas etnográfico de Vasconia, en preparación por el grupo Etniker de Euskalerria.

Notas

[1] LOJENDIO (1935: 447)

[2] GURBINDO (2016: 40, 245-246)

[3] ARRIET (2011); ARREGI AZPEITIA (1984, 1987, 1999)

[4] Bartolomé se refiere a lo que es común en las tres formas de asociacionismo: sus fines piadosos, la asistencia a procesiones, la práctica de actos penitenciales, la asistencia a los pobres, la oración por los cofrades difuntos, y los vínculos comunes en el trato y respeto sociales (bálsamo ante posibles disputas) BARTOLOMÉ (1997: 890-893)

[5] MANTEROLA (1990: 178, 181-188)

[6] ARREGI (1980: 628-632; 1999: 205)

[7] OCIO VALLEJO-GONZÁLEZ SALAZAR (2019: 30)

[8] Así, en Bizkaia, San Iñasio Ermandadea (Lemona), San Roque (Durango), San Antonio (Elorrio), San Isidro (Zeanuri), etc. Las cofradías de oficios en el País Vasco, ligadas al corporativismo gremial desde la Edad Media al Siglo XIX, se llenan de un importante contenido socio—religioso. Sus ordenanzas suelen hacer mención especial a la situación económica de sus cofrades y al culto a sus propios muertos, siendo evidente en este sentido su preocupación por el más allá” (GARCÍA FERNÁNDEZ, 1997: 39-40) Las Cofradías de plateros y metalistas de San Eloy establecen, además, la asistencia de sus miembros a las procesiones del Corpus y a su Octava, así como a la de la víspera y festividad de San Eloy (Pamplona, Tolosa…) (MIGUÉLIZ VALCARLOS, 2017: 441-449). En los gremios de artesanos de Bilbao, Tolosa, Gernika, Bergara y tantas poblaciones vascas, “el principio cristiano de dignidad del trabajo y del trabajador aparece en el Gremio como realidad viva y tangible, como cosa práctica; vinculado al oficio…Y la unión establecida en el Gremio bajo la protección de algún Santo, patrono, se aplicaba también al mejoramiento económico y alivio de los males que pudieran alcanzar a los trabajadores agremiados” (LOJENDIO, 1935; GARCÍA FERNÁNDEZ, 2007).

[9] SILANES SUSAETA (2006)

[10] ARIAS DE SAAVEDRA-LÓPEZ MUÑOZ (1998: 689-690)

[11] ORDUNA PORTÚS (2015: 63-65)

[12] MARIEZKURRENA ITURMENDI (1999: 394)

[13] ORDUNA PORTÚS (2015: 76)

[14] ORDUNA PORTÚS (2015: 73-74)

[15] LABEAGA MENDIOLA (1990: 681)

[16] IRIBARREN (1940: 166)

[17] JIMENO ARANGUREN (2004: 189-208)

[18] LÓPEZ VELASCO (2005: 289-291)

[19] GARDE GARDE (2015: 111-121)

[20] URSÚA IRIGOYEN (2010: 31)

[21] GARDE GARDE (2015: 151-171)

[22] LACARRA DUCAY (1975: 141-164)

[23] CARO BAROJA (1972: 1047-1078)

[24] BEGUIRISTÁIN GÚRPIDE -ZUBIAUR CARREÑO (1990: 469-473)

[25] LABEAGA MENDIOLA (1990: 674-682)

[26] URSUA IRIGOYEN (2020:27-28)

[27] SILANES SUSAETA (1996: 115-128, en particular 115-116)

[28] GARMENDIA LARRAÑAGA (1991: 113-114)

[29] BALEZTENA (1991: 153-162)

[30] SILANES SUSAETA (2000: 201-214)

[31] SILANES SUSAETA (1999: 611-650)

[32] SILANES SUSAETA (1998: 53-58)

[33] LOJENDIO (1935: 447-462); ARRINDA (1978: 182-184)

[34] SILANES SUSAETA (1999: 611-650)

[35] OCIO VALLEJO-GONZÁLEZ SALAZAR (2019)

[36] Romería de San Vítor de Gauna – Álava. Enlace: http://www.salvatierra-agurain.es/ermita-y-romeria-de-san-vitor.html

[37] CROIZIER VARILLON (2012: Introducción)

[38] CHARON-BORDAS (1969)

[39] VEYRIN (1943: 376)

[40] BARANDIARAN (1947: 47-57)

[41] LOJENDIO (1935: 447-462 y ss.)

[42] ERKOREKA GERVASIO (1993: 83)

[43] LABEAGA MENDIOLA (1990: 674-682)

[44] ARRINDA (1978: 184)

[45] GARMENDIA LARRAÑAGA (1979: 270)

[46] HOMOBONO (2006: 54); JIMENO ARANGUREN (2004: 189-208)

[47] YOLDI (1916: 526)

[48] Para 1912 funcionaban en Navarra 65 entidades sindicales que abarcaban 297 pueblos y sumaban 34.245 socios (EQUIZA: 1996: 64) La Federación de Sindicatos Agrícolas de Vizcaya se constituyó en 1916, agrupando a 26 sindicatos. La Federación Católica Agraria de Gipuzkoa se funda en 1906 y en 1931 agrupaba a 37 sindicatos agrícolas, sumando 4.346 socios. En el caso de la federación alavesa se constituyó en 1919. En 1924 contaba con 43 sindicatos y 4228 socios (BORJA, 2020)

[49] Conferencia de D. Victoriano Flamarique en la VI Semana Social de España, celebrada en Pamplona (29.VI-6 VII. 1912) (EQUIZA 1996:83)

[50] El nombre de tercera se refiere al orden cronológico de fundación (Primera Orden, de Hermanos Menores; Segunda Orden, de Clarisas; y Tercera Orden, de laicos consagrados).

[51] PIÉROLA NARVARTE (2002: 289-299)

[52] BONETA SENOSIAIN (1981: 108-114)

[53] IRIARTE ARESO (1995: 54-56, 310)

[54] ARREGI (1999: 169)

[55] GARMENDIA LARRAÑAGA (2008:12)

[56] PEÑARANDA GARCÍA (2002)

[57] SORONDO (1982-1983: 210)

[58] COROMINAS-PASCUAL (1980-1991); LARRAMENDI (1754: 128-129)

[59] ARRIET AZPIROZ (2011)

[60] Las beguinas surgen en Lieja (Bélgica) en el siglo XII. No tenían casa-madre, como así tampoco una regla común, ni una orden general; vivían cerca de los hospitales o de las iglesias donde establecían sus viviendas en sencillas habitaciones donde podían orar y hacer trabajos manuales. Cada comunidad o beguinaje, estaba completa en sí misma, y organizaba su propia forma de vida con el propósito de orar y servir como Cristo en su pobreza. Eran solteras o viudas, vivían solas o en comunidad, llevaban una vida de piedad en la que alternaban la oración, la caridad y el trabajo manual. Aunque se comprometían a una vida de castidad, no pronunciaban votos perpetuos, podían volver a su vida anterior si lo deseasen. Esto las diferenciaba de las monjas e incluso de las terceras de las ordenes mendicantes de las que sólo se podía salir para ingresar en un monasterio. Intentaron popularizar la teología y la espiritualidad escribiendo sus obras en las distintas lenguas vernáculas. Se considera que las beguinas, junto con los trovadores, fundaron la lengua literaria flamenca, francesa y alemana. En el siglos XVI la desconfianza en las beguinas creció, pues fue frecuente que se unieran a la Reforma. En el siglo XVIII se tomaron más medidas para refrenar a las beguinas. Sin embargo, aún había beguinas en Bélgica el siglo pasado (ARRIET AZPÍROZ, 2011).

[61] LANCRE (1612); LARRAMENDI (1754); WEBSTER (1905);

[62] BERNOVILLE (1946: 104-107)

[63] Se defendía que la edad avanzada evitaba algunos de los peligros que aportaba el vivir en lugares solitarios. Se daba por descontado que las jóvenes no podían afrontar estas situaciones con las mismas garantías que las mayores. Cuando se trataba de ermitas situadas en despoblado, se prefería dos seroras a una para defenderse mejor de robos y desperfectos, o bien un ermitaño varón. Si la primera serora era mayor o delicada de salud se le proporcionaba una coadjutora como ayudante (en Iparralde a esta serora adjunta se la denominaba brayine, braine o braguine; su salario fijo a mediados del siglo XVI de 12 libras por año corría a cargo de la benita, También disfrutaba de algunos emolumentos. Era la encargada de llevar el agua para las pilas de agua bendita, la cesta grande de ceremonia en los entierros, donde desempeñaba también otras funciones y barría los claustros.) AZPIAZU (1995); AGUIRRE SORONDO (1995)

[64] El contrato de la serora era teóricamente revocable, pero si cumplía dignamente su cometido en la práctica era inamovible (BERNOVILLE (1946: 104-107)

[65] PEÑARANDA GARCÍA (2002: 300); según de Webster, la dote ascendía de 40 a 80 ducados en Hegoalde y de 150 a 500 libras en Iparralde durante los siglos XVII y XVIII, y, en ocasiones la dote se aportaba en bienes, cosa bastante común en aquel tiempo (WEBSTER, 1905)

[66] ZUDAIRE (1978)

[67] AGUIRRE SORONDO (1995: 105-111)

[68] PEÑARANDA GARCÍA (2002: 303); ARRIET AZPIROZ (2011)

[69] BEGUIRISTAIN GÚRPIDE (1990: 191) en el Valle de Roncal (N) llamaban celeja a un paño blanco, bordado con encajes, que extendían en el suelo de la iglesia en los funerales, y sobre el cual colocaban el cestillo, llamado zaria, donde llevaban las ceras enroscadas que alumbraban durante la misa (IRIBARREN, 1997: 113)

[70] “Cuando la etxekoandre no puede asistir a su jarleku, en días en que debe practicarse en él algún acto de los mencionados, es representada por una mujer, la serora, que, por oficio, desempeña en la iglesia esta función. La señora de la casa se conduce, pues, como ministro de un culto – culto doméstico – y la andere-serora es la representante parroquial de ese ministro o ministros de la religión doméstica, es decir, de las etxekoandre o señoras de todas las casas de la parroquia” (BARANDIARAN, (1950, reed. 1973, III, 484).

[71] ELORZA (2007: 653-668)

[72] ARREGUI AZPEITIA (1999: 291-384)

[73] LARRAÑAGA ARREGUI (2015)

[74] DUVERT (1998-1999: 119-127)

[75] BERNOVILLE (1946: 104-107)

[76] PEÑARANDA GARCÍA (2002: 303)

[77] WEBSTER (1905: 13)

[78] En la parroquia de la Asunción de Santa María de Tolosa vestían saya blanca y manto negro en 1569 (que parece era el más utilizado, aunque Peñaranda añade los que además usaban en Navarra, que eran el hábito de las Dominicas Franciscanas, del Carmen o de San Bernardo) (GARMENDIA LARRAÑAGA 2008; PEÑARANDA GARCÍA, 2002)

[79] LARRAÑAGA ARREGUI (2015: 431)

[80] ARREGI (1999: 174-175