Nicolás Ardanaz, fotógrafo

Nicolás Ardanaz Piqué, nació en Pamplona el 17 de mayo de 1910 y falleció en ella el 17 de noviembre de 1982. De joven pasó tres años de su vida en un internado religioso del pueblo bajo navarro de Hasparren, con el fin de mejorar su conocimiento de la lengua francesa, después de unos primeros estudios en el Colegio de los HH. Maristas de su ciudad natal. Su curiosidad por la cultura francesa se acendró en estos años, lo que se manifestará después en la lectura de revistas llegadas desde ese país, donde muy posiblemente crecería su interés por la fotografía, que ya practicaba desde niño por haberle regalado su padre una cámara fotográfica.

Fotografía compatible con la droguería

De regreso a Pamplona, su vida profesional se orientará a la gerencia del negocio familiar de la droguería sita en la calle Mayor número 4, que simultaneará con la actividad fotográfica practicada durante las horas libres, ya de forma sistemática, entre las décadas de 1930 a 1970, como complemento a su afición montañera.

Sus fotografías en blanco y negro y diapositivas a color conservadas por el Museo de Navarra, que él no solía revelar ni positivar, encomendando esta tarea a los estudios pamploneses de Galle y Zubieta-Retegui, y de Billy Koch en San Sebastián, superan la cifra de 12.000, y constituyen un fondo de alto valor cultural todavía por mostrar en su totalidad.

Navarrica, campos de Sarasa. Agosto de 1960 (Museo de Navarra)

Navarrica, campos de Sarasa. Agosto de 1960 (Museo de Navarra)

Todo ello es resultado de un fotógrafo no profesional al que despertó su potencial creativo la pintura, de la que recibió unas clases de iniciación del artista pamplonés Javier Ciga Echandi, lo que dejaría una huella en su futura obra fotográfica. En el estudio de este pintor aprendió a seleccionar el espacio a representar, a componer sus elementos dentro de él y a establecer la gradación de los planos en función de la luz existente, aunque después decidiese postergar los pinceles para –como si dijéramos- “pintar” con la cámara fotográfica tan pronto como sintió crecer su afición por el nuevo medio de representación. Ardanaz convirtió en suyos los géneros y temas de su maestro, como fueron el paisaje, el bodegón, el costumbrismo rural y urbano, y el retrato.

Dedicada su vida profesional a la droguería familiar, la formación estética y técnico-fotográfica de Nicolás Ardanaz fue por completo autodidacta. Tuvo mucho que ver en él la lectura de los libros y revistas que integraron su biblioteca y la contemplación de las imágenes que los ilustraban educaron su mirada.

En ella se encontraban libros sobre fotografía, arte, publicidad y diseño gráfico, literatura de evasión, revistas culturales y de información, y otros relacionados con la historia y etnografía de su terruño, que no sólo le facilitaron conocimientos técnicos, sino que alimentaron en él el interés por la Navarra de su tiempo en trance de mutación irreversible, de la que se decide a dejar constancia.

La conciencia de cambio

Ardanaz se sumó a la nómina de aquellos artistas con conciencia de cambio que fueron testigos del creciente progreso surgido de la reconstrucción del país una vez terminada la Guerra Civil. En el caso de Navarra, esta evolución hacia nuevos modos de vida, fue también advertida por los pintores Miguel Pérez Torres, Jesús Basiano, José María Ascunce, Jesús Lasterra y Pedro Lozano de Sotés, que se apresuraron a dejar testimonio representativo de una tierra en contacto con la modernidad que se resistía a abandonar un pasado casi inmutable, pasado que había dejado escenas patriarcales en los lienzos de Inocencio García Asarta y de Javier Ciga.

Navarra aparece en las imágenes del fotógrafo como una región apacible apegada a costumbres inmemoriales, con una belleza natural progresivamente modificada por la expansión urbana, dentro de una “estética provinciana fotografiada con convicción”, en expresión de Carlos Cánovas.

Un fotógrafo de exteriores

Paisaje, años 50 (Museo de Navarra)

Paisaje, años 50 (Museo de Navarra)

Si fuéramos a catalogar la obra fotográfica de Nicolás Ardanaz veríamos en ella un primer bloque dedicado a la pasada Guerra Civil, no sólo del frente de lucha en el que participa como enlace sino de la retaguardia en escenas pacíficas con carga humanista. En línea con su interés documentalista, capta también acontecimientos de carácter político, religioso y deportivo (desde el Congreso Eucarístico Diocesano de Pamplona en 1946 al Circuito de Pascuas visto en la Plaza del Castillo).

El interés por la figura le acerca al retrato al aire libre, y por separado, de niños, ancianos o gentes en sus labores en el momento de tomarse un respiro, con una marcada tendencia a definir tipos representativos del medio rural de la Montaña, Zona Media y Ribera del Ebro, hoy de apariencia bastante transformada. La preparación de las instantáneas es relativa, pues en ellas combina la sorpresa del disparo con la preparación de la escena, donde se evoca la pintura de estudio de su maestro Ciga. Es posible adivinar también, en los numerosos autorretratos que se prepara, un cierto narcisismo del autorretratado y un tono épico en los puntos de vista sobre todo cuando se contrapone a paisajes montañosos espectaculares en línea con los grandes paisajistas románticos.

Y es en el paisaje donde Ardanaz muestra más a las claras el amor por su tierra sea de la Cuenca de Pamplona, la Zona Media y el Pirineo, también, en menor medida, de los valles oceánicos navarros y de la Barranca-Burunda. Ciertas localizaciones están omnipresentes (sierras de San Donato, de Echauri, Andía y Leire, la Foz de Arbayún, las Dos Hermanas, o Montejurra). De estos paisajes nos muestra escarpados y lejanos montes, sus bosques (con redoblada presencia del árbol), ríos, caminos (bordeados por empalizadas perfectamente individualizadas), campos de cultivo, el invierno nevado y sus cielos (magníficos en su diversidad), mostrando inclinaciones romántico-impresionistas con lejanos ecos pictóricos (a lo Turner, Constable o Monet). Ligados a ellos, fotografía casas y pueblos, con su viejo aspecto, entorno de construcciones aledañas, huertas y leñeras, metas de helecho, aperos y carros aparcados en las inmediaciones, devenidos en símbolo del avance del progreso, ya que los vemos en uso, adaptados, abandonados, sustituidos por vehículos a motor y finalmente elemento decorativo en casas de nuevo aspecto.

Cómo ve el encierro el gallico viejo de san Saturnino, años 50 (Museo de Navarra)

Cómo ve el encierro el gallico viejo de san Saturnino, años 50 (Museo de Navarra)

Su amor a la ciudad natal de Pamplona lo patentiza de diversas formas, según un progresivo acercamiento que empieza por mirarla desde su extrarradio y en perspectiva, para centrarse en su paisaje urbano -calles, plazas, rincones y jardines- el río Arga con sus puentes, iglesias y monumentos –la Catedral es el más visitado por el fotógrafo- ritos religiosos, folklore, actividad deportiva, tráfico e industria incipientes, el crecimiento de sus barrios y, principalmente, sus fiestas, donde se aplica a fondo confundiéndose con el ambiente callejero para extraer de ellas instantáneas jugosas. En este conjunto temático están, a mi modo de ver, las imágenes más bellas y nostálgicas de Ardanaz, la Pamplona “de toda la vida”, hoy modernizada, quizás con personalidad diluida por transformaciones antaño impensables.

En la presentación de los trabajos predominan los del campo sobre otros temas como el comercio ligado al mercado público o ambulante, el carrico de la caramelera o la tienda familiar, el trabajo doméstico o la incipiente transformación de productos en la fábrica, lo que le permite presentar los distintos oficios y labores de recolección con la colaboración de los animales a su servicio uncidos al carro para el acarreo de la mies, en ocasiones por difíciles pendientes. Y, entre las bestias, la sufrida caballería, el buey (otrora muy utilizado), también los animales domésticos (gatos y perros en distintas situaciones) y otros en libertad vigilada (ovejas, cabras, cerdos y vacas), vistos en su medio.

La religiosidad popular es omnipresente en su fotografía, dada su ligadura al paisaje y a su acendrado espíritu religioso. Por ello son frecuentes las procesiones de aldea por Corpus Christi, las romerías a santuarios (Roncesvalles, Ujué, San Miguel de Aralar) y a ermitas (la Trinidad de Lumbier, Santa Felicia de Labiano, la Virgen de las Nieves en la selva de Irati), muchas de ellas tan minúsculas que el pueblo fiel debe arrodillarse al exterior para asistir a la celebración religiosa. Estas ocasiones son propicias para mostrar la confraternización posterior a las celebraciones religiosas.

Sus composiciones de objetos

Composición, años 60 (Museo de Navarra)

Composición, años 60 (Museo de Navarra)

Se podrá pensar que la temática de Ardanaz se limita a lo expuesto. Sin embargo, el fotógrafo fue un gran creador de composiciones con objetos de uso ordinario en los hogares navarros a finales de la década 1960: bodegones de cocina, naturalezas muertas, flores, agrupaciones de figuras y accesorios, asociaciones casuales de objetos (cuya bella disposición supo advertir), balcones, belenes en roquedos naturales, y encuadres significativos. Es una de las partes más sugerentes de nuestro autor y no menor en cuanto al número de evidencias. De nuevo reaparece en ellas el maestro Ciga, además es en ellas donde presenta mayor audacia en la selección del tema, la composición de los elementos, el ángulo de visión elegido y el efecto de calidad material mediante la diapositiva de color Kodak.

Una fotografía carente de tensiones sociales

La Navarra de este fotógrafo de exteriores, como un “cazador al acecho”, en la observación de Ramón Esparza, no ofrece tensiones sociales de ningún tipo, ni las dificultades propias de un país que trata de rehacerse después de una contienda. Nos muestra imágenes apacibles, serenas y estilísticamente sosegadas, sustentadas en un tratamiento de la luz y de la composición comprensibles.

Ciertamente, Nicolás Ardanaz no fue un fotógrafo “moderno” en el sentido que se da a la vanguardia artística para merecer tal atribución (aunque algunas de sus fotografías sorprenden por sus arriesgados puntos de vista). Sin embargo, el amplio reportaje de una Navarra sometida al paso del tiempo que nos legó, constituye un documento de gran valor donde poder reconocer la esencia de nuestra tierra.

Imagen de la portada: «Autorretrato de Nicolás Ardanaz dibujando», 1966 (Museo de Navarra)