Plantar el «mayo» en Navarra y su entorno geográfico

Según Julio Caro Baroja, el retorno de la vida vegetal, tras la llegada de la primavera, después de los meses de invierno, ha tenido en la península ibérica varias representaciones con una airosa repartición geográfica: el árbol de mayo; las enramadas de mayo; el pelele o monigote, asociado con frecuencia al árbol; el niño joven recubierto de follaje o metido en un armazón especial; y los “mayos“ y las “mayas“ que celebran un matrimonio simbólico[1].

En anterior ocasión me ocupé del caso de las “mayas”[2] en el ámbito cultural de Vasconia. Ahora mi interés se dirige a la plantación del árbol “mayo” en Navarra y zonas próximas, en un deseo de reflejar la explosividad de la naturaleza en la nueva estación, que despierta en las gentes un sentimiento de alegría y de temor ante la inestabilidad de un tiempo climático que amenaza las cosechas. Eso es lo que ha significado en la vida tradicional de nuestros pueblos, aunque, como opina Gabriel Imbuluzqueta[3], el fenómeno “plantar el mayo” forma parte en nuestros días de un folklorismo creciente, que si algún aspecto positivo de él perdura, es la concordia social común a todo el ritual del proceso de su instalación, desde la elección del árbol, su transporte al lugar, su erección y la fiesta participativa consiguiente.

Preámbulo

Son muchos los autores que, a la hora de definir el “mayo”, se retrotraen al Tesoro de la lengua castellana o española de Covarrubias[4] que, en 1611, haciéndose eco de la ya entonces costumbre generalizada de “plantar el mayo”, decía de él, en términos más actuales, ser la operación de poner en la plaza los mozos, o en otra parte, un “olmo desmochado con sola la cima, el primer día de mayo, y por usarse aquel día se llamó mayo”.

El árbol de mayo o La cucaña (1816-18) de Francisco de Goya. Alta Nationalgalerie (Berlín)

El árbol de mayo o La cucaña (1816-18) de Francisco de Goya. Alta Nationalgalerie (Berlín)

Trayéndolo a nuestros días, el mayo (por sernos ya familiar le suprimiremos en adelante el entrecomillado) es un árbol (chopo por lo general por su airoso porte, pero también puede ser haya, pino, fresno o también el mencionado olmo) de unos 20 m de altura o más, que, una vez despojado de las ramas y pelado, es trasladado al pueblo y plantado en la plaza para presidir desde allí la vida de la localidad. Al árbol se le respeta su copa a modo de penacho (aunque se le pueden añadir ramas de otro) y en ella se colocan distintos objetos que, como veremos, llevarán diferente intención, pue si bien predomina en él la función mágica como protector contra nublados, en bastantes pueblos, sobre todo en La Rioja y en Castilla, predomina su uso como cucaña[5] para la diversión festiva de los lugareños y a tal palo también acostumbran a llamarlo “mayo”. La guerra civil primero y la despoblación del medio rural después trajo el olvido de esta tradición de poner el mayo, aunque en las últimas décadas se observa su recuperación.

Su sentido primigenio -casi olvidado- hunde sus raíces en un pasado remoto, como parte de las populares fiestas mayales, común a muchos países de Europa, que exaltaban la primavera. Civilizaciones prerromanas como la celta se destacaban por la importancia reconocida a los cambios estacionales, ligados, en el caso de la primavera, al despertar de la fertilidad de la naturaleza, a la trashumancia del ganado, a un tiempo prometedor en que se adoraban los fenómenos naturales solicitando el amparo de los dioses. Actitudes que mantuvieron en la Antigüedad fenicios, griegos y romanos. Y un símbolo que lo representaba era el árbol, que recibió distintas calificaciones como “árbol de la alegría”, “árbol del amor” o “árbol de mayo”, pues en la noche del 30 de abril al 1 de mayo es cuando esta antigua tradición requería que se trajese un árbol del bosque y se le colocase en el centro de la población, se lo decorase con flores, guirnaldas y cintas, para manifestar la resurrección del mundo vegetal con la función de estimular las fuerzas reproductivas de la tierra.

De aquella dendolatría, opina Caro Baroja[6], quedan vestigios en nuestro país en las fiestas de mayo y de san Juan, pues mayo en la mentalidad de nuestro pueblo es concebido como el mes del esplendor de la vegetación, el mes de las fiestas y el mes amoroso por excelencia y la plantación del “mayo” es una de las más significativas operaciones que lo revela, “un emblema fundamental”[7].

El cristianismo no destruyó aquellos elementos paganos, sino que “conservó las viejas formas, insuflándoles un nuevo espíritu”, explica Barandiarán[8]. Asimiló aquello que consideró positivo y, así, en relación con la Fiesta de Mayo, surgieron celebraciones como la Cruz de Mayo[9], reemplazando el tótem sagrado por el símbolo cristiano. Algunos autores, al decir de Dueso, señalan que “no sería descabellado imaginar que en todos los montes donde hoy vemos una cruz, en su día hubiera un árbol, cumpliendo parecida finalidad”[10].

José María Jimeno Jurío[11] abunda en esta opinión y señala que la costumbre de subir una cruz a la torre de la iglesia, sustituyendo al árbol, durante todo el verano protegiendo al pueblo y a sus vecinos ha sido una práctica muy común en Navarra (es el caso de Los Arcos), sobre un peñasco (Valle de Imotz), directamente en la sierra para indicar a los pastores el tiempo de subir el ganado a pastar (Urbasa) o en las campas próximas al pueblo donde pudiera ser visible (Zudaire) previamente bendecidas. La veneración que se hacía de los árboles en el mes de mayo, se puede trasladar a otra costumbre como era la bendición de cruces de espino el día 3 de mayo para luego colocarlas en los campos o sobre las puertas de las viviendas y para espantar a los malos espíritus. Muchas de estas cruces se bendecían el Domingo de Ramos.

La plantación del mayo es algo que se hace, en la península ibérica cristianizada, en Navarra en particular y espacios geográficos cercanos, el último día de abril para que apareciese ya instalado el primero de mayo, en todo caso antes del día 3, Invención de la Santa Cruz (o “fiesta del árbol de la Cruz”), pero no siempre ha sido o es así pues también se coloca con motivo de otras festividades, la Ascensión de la Virgen, san Juan, san Isidro, santa Águeda o el patrón del pueblo, pues en sí su erección conlleva alegría, fiesta y celebración (con procesiones, danzas, músicas, cantos  y refecciones) y se retira el 31 de mayo o transcurrida la fiesta de san Juan. Del ritual de su alzado es común que se hagan cargo los jóvenes, antes especialmente quienes entraban a quintas el mismo año (los “quintos”), aunque hoy participan también chicas, chicos y niños (portando en su traslado a hombros la parte más ligera del tronco).

La tarea del plantado del mayo comienza con el izado del tronco, al grito de “¡Atentos! ¡Oooohp!” (Iturmendi) o “Arriba Mayo, tente tieso que yo me caigo” (Larraona). Es una tarea paciente y tensa en la que son muchos los vecinos que han de arrimar el hombro, tanto empujando el tronco hacia arriba, con la ayuda de distintos apoyos, evitando su balanceo, gracias a unas cuerdas que tiran en distintas direcciones, como golpeando la base del árbol para que vaya encajando en el agujero en el que ha de quedar sujeto con distintas cuñas. Es una operación que congrega en los pueblos a todos los habitantes disponibles y curiosos, incluso turistas atraídos por la fama de este “espectáculo”.

Derribado el mayo, de él se hacen partes para leña o se vende a una carpintería para, con el beneficio, darse, por lo general, los mozos, una merienda. Aunque hay situaciones diferentes, pues “cada pueblo tiene sus elementos y características propias que lo hacen singular”[12].

Navarra

Jimeno Jurío nos explica que el mayo, la maiatza o donilatxa en lengua vasca, fue uno de los símbolos populares, más conocidos y cuidados del reino hasta tiempos muy recientes, sobre todo entre los jóvenes.

Tenemos noticia de su colocación en pueblos montañeses como Igantzi, Bera, Etulain, Ostiz y Loza, en ocasiones haciendo de él una interpretación libre, como en este último pueblecito de la Cendea de Iza[13], en que por las fiestas de san Martín pusieron un año una mesa en medio de la plaza, y, en ella, un cántaro de vino que hacía de “mayo” en las danzas (1758), “detalle anecdótico, evocador de las fiestas de Dionisios, que celebraban con un jarro de vino y una rama verde, según Plutarco”[14].

Sigue explicando el etnógrafo. Un proceso criminal, incoado en 1610 por incidentes acaecidos en Asiain en torno al mayo, permite saber que la costumbre de ponerlo era tradicional en muchos lugares de la Cuenca pamplonesa. Encargados de ello eran los mozos, siempre en el mismo punto y para regocijo del lugar; mozos y mozas danzaban todos los días festivos del mes en torno a él al ritmo del juglar. El Concejo de Burlada obsequiaba con vino a los vecinos el día que ponían el mayo, o “el día que levantaron los dos mayos” (1725), uno a cargo de los mozos y otro de los casados, probablemente, como en 1674, acostumbraban hacer los de Zizur Mayor. En Echauri era el sacristán quien debía dar a los mozos con tal motivo un robo de pan y dos cántaros de vino, “de las dos cargas que cobraba al año por tocar las campanas, limpiar la iglesia y lavar su ropa, ayudar a misa, hacer hostias y tañer a nublado”.

Por entonces lo colocaban en todos los pueblos de la Ulzama. Don Pedro Aguado, obispo de Pamplona, visitó en mayo de 1715 las parroquias del valle. Algún soplón le dijo que “hay la mala costumbre de que, el primer día de mayo y día de Santa Cruz, ambos festivos, van los mozos y mozas fuera de sus lugares, a los montes pinares con el pretexto de traer al lugar la “maya”, quedándose sin misa, por lo que prohibió a mozos y mozas ir esos días al monte por las “mayas”, pudiéndolo hacer en día laborable. Prohibió igualmente “poner la “maya” y danzar en torno a ella en el cimiterio contiguo a la iglesia”. La disposición, por tanto, no iba contra la costumbre de poner el árbol, ni siquiera contra las salidas de mozos y mozas juntos al monte, sino por otros motivos explícitos.

Eran los mozos y sus mayordomos los organizadores del festejo; a veces los cofrades (Mués, Cintruénigo), los novios enamorados (San Adrián), o los quintos en ediciones modernas (Aibar, Ribera). Aunque la predominante para plantarlo fue la víspera del 1 de mayo, por la noche, en otros casos se derivó su colocación a la víspera de las fiestas patronales del 8 de mayo (Ucar), del día 15 (Berrioplano, Barillas), a la Pascua de Pentecostés (Cabanillas, Cortes), al Corpus Christi (Viana, Aras, Fontellas, Murchante) y a la víspera de San Juan. Además, no siempre era uno sino incluso dos los que se plantaban (cada uno en las sendas puertas del templo como en Cortes) o se unían formando arco (Igantzi). Y su retirada es variable, por ejemplo, en Mirafuentes, el 14 de septiembre, día de la Exaltación de la Santa Cruz, con la recogida de cosechas ya finalizada; y en Larraona continúa erguido hasta el día de Jueves Santo del año siguiente.

El chopo era la especie preferida por su esbelto tronco, aunque los de Atondo colocaban una gran rama de haya en un paraje dominante, al que subían el día de Santa Cruz para conjurar, llamado “la peña del mayo”.

Escogido un buen ejemplar, no importaba quien fuera el dueño ni que se quejara por ello (que no era lo frecuente), era trasladado a hombros hasta un lugar céntrico del pueblo y más concretamente la plaza junto a la iglesia, en que se ponderaba que el mayo superara en altura a su campanario. Sin embargo, en algunos casos los mozos elegían plantarlo frente a las casas de las muchachas más agraciadas (Cendea de Olza, Imoz, Lesaka, Igantzi, Etulain, Villafranca, San Adrián, Sangüesa…)

Unos lo pelaban y vestían con cintas, pañuelos, letreros, “gallos” y espadas de madera y, a veces cencerros. En las dos Améscoas lo ponían con las enseñas mirando a la “mano” de los sembrados, pues se estimaba que dichos objetos tenían un claro significado mágico-protector; a veces permanece en pie de Cruz a Cruz, es decir, durante la época anual en que tañían las campanas en todas las parroquias el “tente nublo” contra las tronadas, de ahí que fuera tratado con respeto y reverencia, llevando a mal su “profanación”.

En Vera de Bidasoa, y hasta finalizar el siglo XIX, colocaban en la plaza del Ayuntamiento sobre un árbol la figura de un hombre. Colgando de la rama aparecían berzas y hortalizas, y bajo el tronco, una barca de las que utilizan en el río Bidasoa, hasta retirarlos el día siguiente de San Juan.

En Sangüesa los vecinos ponen en la copa flores y un cencerro para anunciar el mal tiempo, con su tintineo, y así proteger cosechas y ganado. En el día de las Ascensión (fecha variable del mes de mayo), era también costumbre del Ayuntamiento costear el chopo de un mayo que se erigía ante la iglesia de San Salvador.

Por tierras meridionales del valle del Ebro el mayo, con el tronco pelado y embadurnado con sebo se prestaba a ser cucaña mostrando en la copa un trofeo (pollo, gallina, pato, fruta, golosinas) a los mozos valientes que se prestaran a alcanzarlos trepando por él.

Mientras en muchos pueblos iba desapareciendo, en otros se mantuvo la costumbre de erigirlo. En Asiain hasta 1930; en Allín, la Berrueza, y Basaburua hasta la década de 1970. Nunca se ha interrumpido en villas como Aibar, Barasoain, Carcastillo y Sartaguda. En las décadas 1980-1990 se observa que los jóvenes restauran la tradición de ponerlo, como en Tierra Estella (Améscoa, Murieta) y en la Ribera (Barillas, Cintruénigo, Villafranca, Cabanillas), así como en pueblos de la Sakana (Iturmendi, Etxarri Aranatz, Bakaiku). “Esta y otras recuperaciones de festejos tradicionales responden a una búsqueda de la propia identidad en el pasado, sustituida por unas relaciones sociales más distantes”, afirma Jimeno Jurío. También, hay que decirlo, en el pasado, había quienes cometían abusos con la excusa de la fiesta del mayo, organizando juergas que molestaban al vecindario, y denunciaban las Cortes del Reino en el siglo XVIII[15]. En los siglos del Barroco, basta recordarlo, la fiesta del mayo estaba muy arraigada. Un ejemplo es la ciudad de Viana en que lo colocaban en la Plaza de los Fueros “por el día del Santo Sacramento” (Corpus Christi). Eran los fusteros los encargados de “labrarlo y ponerlo” y en alguna ocasión se precisa que el mayo era un guindo o cerezo[16].

Veamos ahora algunos casos destacables de la plantación del mayo en Navarra.

La fiesta de los mayos de Tierra Estella

En Mirafuentes

El etnógrafo David Mariezkurrena[17] describe con detalle la plantación del mayo en este pueblo del valle de la Berrueza, en Tierra de Estella, donde se ha recuperado del pasado esta tradición.

El mayo de Mirafuentes ha estado siempre asociado a la festividad de la Invención de la Cruz, día 3 de mayo, fecha en la que los labradores guardaban fiesta para acudir a la correspondiente ceremonia religiosa y disfrutar de la subida del mayo, pero en los últimos veinte años la despoblación ha obligado a desplazar la Fiesta del Mayo al sábado más cercano al 3 de ese mes, para posibilitar una mayor afluencia de descendientes del pueblo.

Alzado del mayo en Mirafuentes. Foto: Diario de Noticias, 7 mayo 2011.

Alzado del mayo en Mirafuentes. Foto: Diario de Noticias, 7 mayo 2011.

Los encargados de colocar el mayo fueron durante muchos años los miembros de la Cofradía de la Veracruz, lo que equivalía a la práctica totalidad de los hombres de Mirafuentes. Para ellos era jornada festiva, en la que, tras la misa, el rosario y la junta anual en el pórtico de la iglesia, finalizada con una merienda, se iba a buscar el mayo en la chopera del pueblo. Se elegía el chopo más hermoso, de una altura hoy infrecuente. Con sumo cuidado el chopo era tirado, con la ayuda de cuerdas y mucho esfuerzo para que no sufriera ningún daño, especialmente en su punta. Después era llevado a hombros por todos los cofrades hasta el lugar donde iba a ser colocado.

El emplazamiento tradicional del mayo fue la Plaza de Arriba. Pero cuando este lugar se cementó, pasó a levantarse en un terreno próximo a la iglesia. Esta fue su última localización hasta que la tradición se perdió por la falta de cofrades encargados de ello hacia 1964.

Ya en el pueblo, había que cortarle al mayo las puntas sobrantes y pelarlo, respetando tal como se hace hoy en día la copa con sus hojas. El izado del mayo, a las voces de ¡Arriba Mayo! ¡Arriba Mayo! con la ayuda de una escalera y de unas sogas, se convertía en todo un espectáculo de esfuerzo y habilidad que era aplaudido por el resto del pueblo. Ya instalado, se llegaban a intercambiar apuestas para ver si algún mozo era capaz de llegar a tocar la bandera de su cúspide. La tarea de trepar por él no era fácil, ya que el árbol acababa de ser despojado de su corteza y estaba empapado en sabia fresca, haciendo resbalar a quien intentara escalarlo.

Hacia 1992 surgió la idea de recuperar la tradición del mayo, que ha llegado a reunir 200 personas, cuatro veces los empadronados en Mirafuentes, que, tras plantarlo, lo celebran en torno a la mesa, y a partir de ahora la responsabilidad de su elevación recae en la totalidad de vecinos.

Los símbolos que ostenta clavados en su tronco, recibidos de la tradición, son una cruz, una bandera, una espada y un sol. El significado de la cruz es la religión; el de la bandera la idea de patria (antes era la enseña nacional que se ha sustituido por una blanca símbolo de la paz); la espada representa el ejército y el sol es sinónimo de las fuerzas de la naturaleza.

Se le añadía, además, una campanilla en la parte más alta, cuyo tintineo avisaba a los labradores si movía el aire para iniciar entonces el aventado de la parva (separar el grano de la paja en las eras). Aunque hoy nadie avienta la mies, se mantiene esta costumbre.

El 14 de septiembre, festividad de la Exaltación de la Santa Cruz (comúnmente la Cruz de septiembre) se retiraba el mayo. Los cofrades de la Veracruz repetían de nuevo su costumbre (santa misa, rosario, nueva junta y merienda) para “sacar” el árbol de su emplazamiento (no cortarlo como se hace en la actualidad) y ponerlo a pública subasta a beneficio de la cofradía. Generalmente se empleaba como material de construcción, pues su madera expuesta a la intemperie durante cuatro meses resultaba resistente y de calidad. Así lo destacaba el vecino Abel Leza ante el entrevistador: “Del mayo se aprovecha todo, la parte baja servía para cadena, lo siguiente para suela y la punta o copa para cabrios”[18].

El Judas-Mayo de Murieta

En esta población de la misma merindad o Tierra de Estella se celebra en primavera un acontecimiento festivo producto de una simbiosis del mayo con el Judas, personaje bíblico, el apóstol que traicionó a Jesús entregándole al Sanedrín y a una muerte injusta en la cruz. De este personaje se ha adueñado el folklore, no sólo navarro, sino también alavés y riojano, con ánimo revanchista, como explican Jimeno Jurío y Mariezkurrena[19]. En el folklore navarro, dicen, hay dos Judas. Un Judas-ladrón, pariente próximo del carnavalesco Miel Otxin anuetarra y del Aitaundi-txarko roncalés, concebido como un gigantón mal hecho. Es el Judas de Espronceda, quemado en la plaza, tras un juicio sumarísimo, y es el Judas de Lerín. Pero hay otro Judas, el traidor, imagen del apóstol que vendió a Cristo, fruto de pasados antisemitismos y de odios al de Iscariote, incubados en el clima de la Semana Santa. Es el Judas de muchísimos pueblos de la Navarra meridional. Ambos se parecen en su aspecto externo, de muñeco de paja y guiñapos, paseado a lomos de un borrico por sus calles mientras es insultado. Este monigote es sometido a juicio e inculpado de las fechorías acaecidas en la localidad durante el último año, su fin ritual es el de ser condenado a morir en la hoguera[20].

Murieta, 2 de mayo de 2023. Foto: Navarra.com

Murieta, 2 de mayo de 2023. Foto: Navarra.com

Pues bien, la celebración del Judas-Mayo de Murieta tiene dos tiempos: el primero la selección del árbol a propósito, su transporte e instalación; el segundo la confección del muñeco al que llamarán Judas. Ambos terminarán en un tercero fruto de la simbiosis final.

El etnógrafo José Ángel Chasco se desplazó al lugar para conocer la fiesta del mayo en 2019 y nos aporta una detallada descripción de ella[21].

Detalle del Judas de Murieta. Foto: Navarra.com

Detalle del Judas de Murieta. Foto: Navarra.com

Buscan el mayo dentro de una frondosa chopera existente junto al río Ega en dirección Abáigar. Un buen ejemplar largo y recto es cortado y descortezado la víspera dejando la arboleda más entre aclarada de árboles. La chiquillería y gente adulta los transportan a hombros hasta el frontón municipal.

Mientras tanto, en sus inmediaciones, el pelele del Judas lo confeccionan de forma muy animada los niños introduciendo puñados de paja dentro de un enorme buzo azul depositado en el suelo del frontón municipal junto al templo parroquial de San Esteban. Sus extremidades, manos y pies, son atadas con cuerdas para que no se salga la paja. De cabeza le colocan un balón forrado con una tela blanca, que es hábilmente pintada con el rostro humano por una niña. Confeccionado el muñeco, Judas queda solo y en silencio tumbado en el suelo del frontón, esperando ser suspendido del mayo.

Llegan al frontón con el mayo y las personas mayores se ayudan entre sí para depositar el culo (tocón) del árbol en el suelo e introducirlo por un agujero que hay expresamente hecho en el rincón del frontis con su pared izquierda. En la punta más delgada del árbol clavan una madera en forma de cruz a modo de estructura donde suspender el monigote de Judas, sobrepasando casi el doble de altura que el frontón  mismo y así durante todo el mes de mayo. Finalizado éste proceden a derribar el mayo. Lo hacen simplemente soltando la abrazadera que lo sujeta al frontis o paredón del frontón y el árbol con Judas se desploma contra el suelo. Luego proceden a desclavar a Judas de la punta del mayo. Lo colocan sobre una plancha de hierro y le prenden fuego ante la expectación y las risas del numeroso público congregado en el entorno. En el Judas se han personificado los males acaecidos en el pueblo que, tras la incineración del muñeco, quedan, como si dijéramos, olvidados. Hubo antes de 2001 la iniciativa de poner al Judas el nombre de un personaje conocido u odiado, pero el Ayuntamiento lo prohibió en beneficio de la armonía vecinal.

Después termina la fiesta con la participación de todos los asistentes en un aperitivo ofrecido por el Ayuntamiento, que se conoce con el nombre de escudilla.

El mayo en las Améscoas

Al etnógrafo Luciano Lapuente[22] debemos la descripción de esta muestra del patrimonio inmaterial que es el mayo, hoy día en proceso de recuperación y ya recuperado en algunos pueblos como Larraona, San Martín y Zudaire.

En las Améscoas -escribió en 1972- el objeto mágico por excelencia para proteger la cosecha contra las tormentas y la mala nube, fue el “mayo”. El mayo era una haya lo más esbelta posible, (una chara), que, cortada de hondón, libre de ramas y bien arreglada, se plantaba en el pueblo, bien tiesa y cerca de la iglesia. Ya este árbol tendría en sí una virtud mágica, pero para darle más eficacia, colocaban en él un gallo hecho de tabla, al que agujereaban con un berbiquí para incrustarle las plumas y al que plantaban en la cabeza una cresta de tela encarnada. El gallo debía colocarse mirando hacia el término sembrado de trigo “para que guardara la cosecha”. En Larraona, además del gallo, ponían en el mayo un trozo de vela del tenebrario de la iglesia con dos ramitos de olivo bendecidos el Domingo de Ramos y un poco más abajo un velo blanco con cintas, cruces y cascabeles. (A las velas que habían ardido en el tenebrario mientras los maitines de la Semana Santa, se les atribuía una virtud especial para ahuyentar el pedrisco). En Artaza las repartían los monaguillos por la casa el día de Sábado Santo y las guardaban para encenderlas durante los nublados. El cura de Larraona recogía la que había ocupado la parte central del tenebrario y la conservaba para dársela a los mozos “para el mayo”.

El mayo de Zudaire (Améscoa). 2022. Foto: Iñaki Gaztelu

El mayo de Zudaire (Améscoa). 2022. Foto: Iñaki Gaztelu

En Améscoa-Baja hacía tiempo que habían perdido la fe en las virtudes mágicas del mayo, solo se conservaba la costumbre de ponerlo como puro folklore. No así en Larraona donde se dio la casualidad de que en el año que dejó de ponerse, cayó una pedregada y los más crédulos pusieron el grito en el cielo: “¡Ha sido por no poner el mayo!”. Entonces tomó cartas en el asunto el Concejo y acordó: “Todo hombre que en el día señalado se encuentre en el campo de peñas abajo y del río hacia el pueblo, y al toque de campana no acuda a levantar el mayo tiene que pagar dos pesetas de multa”. Los “mantenedores” de la fiesta eran los mozos, a ellos entregaba el cura la vela del tenebrario y para ellos era el producto de la venta de la madera, una vez que el mayo había terminado su cometido.

En San Martín de Améscoa, en cambio, era cosa de niños. Entre ellos sorteaban en la escuela el cargo de “mayordomo del mayo” cuya familia era la encargada de cortar y acarrear el árbol hasta el pueblo. Los niños lo arreglaban, y el primer domingo de mayo, después de la misa mayor, con el buen humor que proporcionan unos tragos de vino a cargo del Concejo, entre chicos y grandes levantaban el mayo. Esta práctica dejó de celebrarse en el año 1931 y se recuperó en 2006.

La tradición del mayo en la Sakana

La comarca de Sakana, también conocida como Barranca, está situada al Noroeste de Navarra en la muga con Álava y Gipuzkoa.

Son treinta los pueblos que conforman esta comarca administrativa dividida en cuatro zonas históricas -Burunda, Aranatz, Ergoiena y Arakil- y en ella la tradición del mayo ha estado presente en Etxarri Aranatz, Ziordia, Bakaiku, Arbizu, Ihabar, Urdiain, Huarte-Arakil, Hiriberri e Iturmendi[23]. Precisamente a este pueblo voy a referirme. En él se recuperó esta costumbre, que se había interrumpido durante dos décadas, en 1977.

El mayo de Iturmendi

En Iturmendi, famoso también por haber organizado en el pasado un concurso de repique de campanas, el árbol escogido para la fiesta no es el chopo sino el haya, correspondiente a su clima húmedo y relieve montuoso. Es trasladado desde el término de Aitzondo, en la muga entre los valles de Basaburua y Larraun, a la Plaza Arrako Beltza de la localidad, ya configurada en su centro con un orificio apto para el encaje del tronco. Se elige un airoso ejemplar de unos 20 m de altura y cerca de 1500 k de peso. Tras derribarlo, podar sus ramas y descortezarlo, el árbol es arrastrado hasta el pueblo por tractores y se le ata en la punta una enramada de pino de unos 5 metros, anteriormente de fresno, que hoy se la corona con la ikurriña y la blanca del arrano beltza.

Plantado del “mayo” en Iturmendi. Foto: Eduardo Buxens para Diario de Navarra (01.05.2026)

Plantado del “mayo” en Iturmendi. Foto: Eduardo Buxens para Diario de Navarra (01.05.2026)

El izado tiene lugar el 1 de mayo a media tarde, fiesta de guardar con este motivo y poco antes de las fiestas pequeñas en honor a san Miguel en fin de semana sobre el 8 del mes y antaño venía a coincidir con la subida a la sierra de Aralar del ganado para su pasturaje de verano, donde permanece hasta finales de setiembre

Los encargados de los preparativos son los quintos de ese año, aunque al final terminan por colaborar medio centenar de hombres y son muchos más los asistentes al acto. El anuncio del trasplante simbólico del majestuoso árbol se propagaba por las casas a toque de corneta, como si de una novedad se tratase, indicada para conocimiento del vecindario por “orden del señor alcalde”[24].

Con apoyo de escaleras, horquillas a propósito, sogas y la fuerza humana imprimida, el árbol se encaja en el hueco de 1,5 m en una maniobra de impulsos coordinados y graduales. Cada movimiento va precedido de la voz de quien ejerce la dirección de la operación (se han sucedido en esta tarea Julio López de Zubiría, Ignacio Arbizu y Delfín Goicoechea) con un “¡Oooop arriba!” ligeramente prolongado, respondido con golpe de maza sobre la base del tronco. Ya erguido, se le asegura con cuñas. Tras 50 minutos de trabajo, a veces incluso bajo la inoportuna lluvia propia de la estación, lo celebran a su término los asistentes con aplausos, danzas del lugar y un aperitivo popular o auzate a base queso, jamón, chorizo y buen vino.

El mayo o maiatza se mantendrá en su sitio durante todo el mes.

El mayo en territorios próximos

Álava

Según descripción de López de Guereñu en la década de 1960[25], en algunos pueblos de la montaña alavesa encontramos, dentro del caserío, un elevado y esbelto tronco, generalmente de haya, que recibe la denominación de “el mayo”. Su colocación es original. En Roitegi lo ejecutan de la siguiente manera, según noticias facilitadas por el párroco de Apellanitz, Pedro Pérez de Arenaza. De madrugada, el día 2 de mayo, víspera de la Cruz, dos vecinos del pueblo -antes iban todos de vereda[26]– equipados con las herramientas necesarias, se dirigen al bosque de haya en busca del jaro (roble pequeño) más alto, más recto y más limpio de ramas posible. Poco más tarde sale otro vecino que arrea su pareja de bueyes, con una resistente cadena trenzada al yugo. Unos silbidos característicos, que indican llamada, son contestados por los primeros, y, al poco rato, tenemos a los tres hombres juntos, discutiendo sobre las cualidades del árbol ya derribado, comparándolo con el de los años anteriores. Cortadas las ramas y raspada con esmero la corteza hasta dejar al descubierto la madera, amarran a la extremidad más gruesa la cadena que, arrastrada por los bueyes, lleva el tronco al lugar donde ha de ser colocado. Este lugar es escogido preferentemente próximo a la iglesia, pues se tiene en gran estima por los encargados de estas labores, que el mayo sobrepase en altura a la veleta de la torre.

Amanece el día 3, día de la Cruz (Invención de la Santa Cruz), y todos los vecinos, también de vereda, se encargan de colocar el mayo. Al efecto, hecho el agujero de un metro, aproximadamente, de profundidad, entrelazan los más hábiles, de una manera original y muy ingeniosa, tres o cuatro latas (palos delgados y largos) para que les sirvan de andamio y grúa al mismo tiempo. Todo está preparado, hay que ponerlo tieso. Es el momento más trascendental. Al espectáculo acude el pueblo en masa, que ríe alegre y constantemente al «¡eup!» que precede a cada esfuerzo, al ver las posturas y maneras pueriles de algunos ancianos que ponen a contribución en la obra sus fuerzas ya mermadas.

El mayo, ya en postura vertical y sujeto fuertemente al suelo, sirve de candelero a una vela de las que alumbraron el tenebrario  de la iglesia por Semana Santa. (Este es un detalle cuyo olvido sería imperdonable y también lo describe Lapuente para el pueblo navarro de Larraona). Constituyen el remate final una cruz de madera, cuidadosamente orientada hacia el punto donde suelen venir los peores nublados y pedriscos, y a la que se ha sujetado una bandera blanca, símbolo de la paz.

En la siguiente década -1970-  el mayo lo ponían en Contrasta en forma similar. La gente guarda fiesta ese día; los jóvenes cantan y se divierten alrededor del árbol y hay premios para los primeros que logran alcanzar su altura extrema, untando de antemano la madera con jabón y sebo para hacer más dificultosa la escalada. Lo anterior traía aparejada su correspondiente colación, de forma que es claro que utilizaban el mayo como cucaña.

En el Valle de Arana y en otros lugares todavía colocan el árbol para la Cruz de Mayo, después del rosario, celebrando esta tarde una merienda a escote, y allí queda hasta la Cruz de Septiembre, en que lo venden los mozos y lo que sacan se lo gastan en vino.  En uno de los lugares de este valle, en San Vicente, rematan la copa del mayo con una cruz blanca de madera,  en una hendidura del tronco insertan una cruz de cera virgen de las abejas (que los vecinos besan) y sujetos al mismo los corporales empleados en la misa del Jueves Santo[27], unas espadas cruzadas[28], añaden una veleta giratoria con el gallo en la punta[29], incluida la bendición del sacerdote antes del alzado y posteriormente celebran la danza de las cintas, que el tronco lleva  simbolizando las siete cuadrillas de las comarcas alavesas, con merienda final[30]. El 14 de setiembre se retira y se emplea su madera como leña.

Para magnificar esta festividad, los mozos de Moreda talaban un chopo, recto y alto, de las orillas de los ríos Zampeo y Ren, y lo plantaban en el cementerio antiguo de la iglesia parroquial, en donde permanecía por espacio de un mes. El mayo servía para proteger al pueblo y sus campos de los malos temporales y desgracias que pudieran venir de cara a la recolección de los frutos y granos del mes de junio y posteriormente. Esta práctica está documentada ya en el siglo XVII.

La víspera de las fiestas patronales, lo mismo en Ibarra que en todos los barrios del valle de Aramayona, la cuadrilla de mozos sale al monte hacia las once de la noche a tirar un chopo (esto antiguamente, ahora, por lo general, suele ser un pino alto y hermoso). Lo despellejan, dejando solo la punta intacta con sus ramas, sobre estas colocan cebollas o algunas otras verduras, todas ellas robadas a esas horas intempestivas. Después bajan con el árbol a la plaza y lo colocan en la mitad de ella, y allí permanece hasta que acaban las fiestas, que lo vuelven a tirar otra noche hacia la misma hora. El árbol lo venden y con el dinero sacado se hace una pequeña merienda o pagan gastos. Esta costumbre de alegrar las fiestas con el mayo se extiende a los pueblos de Araia, San Román de San Millán/Durruma, Trespuentes y Zalduondo.

Viticultores de la Rioja alavesa levantando el "mayo", en Villabuena-Eskuernaga, contra el pedrisco. Foto: J.A. Chasco. Blog Rioja Alavesa

Viticultores de la Rioja alavesa levantando el «mayo», en Villabuena-Eskuernaga, contra el pedrisco. Foto: J.A. Chasco. Blog Rioja Alavesa

En otras fechas importantes también se recurre al mayo: por san Isidro en Villabuena de Álava/Eskuernaga; por san Juan en Legutio y Salvatierra/Agurain, y en Peñacerrada y Lapuebla de Arganzón (enclave de Treviño), lo celebran degustando chocolate[31]; por san Pedro en Markina, Sarria y Ziorraga; por Corpus Christi en Moraza y Pipaón.

Como sucedía en la sierra de Urbasa (límite de Etxarri-Aranatz), en que los pastores elevaban su mayo al pastorear su ganado en primavera-verano, también esta costumbre ha permanecido en la sierra de Toloño, en los términos de Peña Larga o Peña del Agujero.

Los viticultores plantaban su propio mayo para la protección de sus vides del pedrisco (Villabuena-Eskuernaga).

Aragón

La tradición de los mayos del sur de Aragón coincide en sus formas con las de Castilla y León y Castilla-La Mancha, donde al acto de plantar el árbol llaman “la puesta del mayo”, “colgar los mayos”, “plantar el mayo” o incluso “pingar el mayo” (en Navares de las Cuevas, Segovia y en Blacha y Tórtoles de la Sierra abulense) y lo suelen realizar los más jóvenes del pueblo. Desde la década de 1980 se recuperó su celebración en Albarracín, y a principios del siglo XXI se continúa su recuperación en muchas poblaciones de la sierra del mismo nombre.

Mayo de Guadalaviar. Foto: Museo de la Trashumancia (Guadalaviar)

Mayo de Guadalaviar. Foto: Museo de la Trashumancia (Guadalaviar)

Son varios los pueblos de la serranía de Teruel y de su provincia que celebran el canto del mayo o de los mayos. Miguel Arnaudas, (1869-1936), compositor y folclorista aragonés, en su Cancionero de la Provincia de Teruel, hace una descripción detallada de los actos y costumbres que se realizaban en dos de los pueblos de esa serranía turolense, Jabaloyas y Torres de Albarracín. No obstante, son más los pueblos que guardaron la tradición de los mayos. Con el alza del turismo en la serranía y la muestra de costumbres y tradiciones, se hicieron más conocidos los de Albarracín y se rescataron muchos de los ya olvidados en otras localidades como Aliaga, Noguera y Guadalaviar entre otros, e incluso se elaboraron otros más recientes como el de Teruel, siguiendo los mismos cánones que los antiguos.

Bizkaia

El Duranguesado, sureste de la provincia en límite con Gipuzkoa y Álava, es la parte del territorio vizcáino donde se registra la costumbre, todavía vigente, de plantar en la víspera de la fiesta en la campa próxima a las ermitas, un árbol que recibe el nombre de donhilatxa. Este término euskérico puede aludir de un modo contraído a “doniane-haretxa” (roble de San Juan). A este árbol de gran altura, desramado y pelado, le atan en su copa flores, plantas y hortalizas. Su colocación estaba a cargo de los jóvenes de la vecindad. En Durango, Zaldíbar y Abadiño se ponen mayos para hacer público que se celebran las fiestas, así como en la víspera de San Juan lo hacen de nuevo en Durango e Izurtza, y en la de san Pedro en Berriz o Apatamonasterio (valle de Atxondo).

Aunque el concepto de “mayo” es más amplio. Azkue preguntó en Zeánuri qué era el árbol de san Juan, a lo que contestaron que “cualquier rama que se corta y se fija en la puerta de la casa el día del santo y ya sea de haya, ya de encina, bien de cualquier otro árbol”[32]

Gipuzkoa

Las referencias más tempranas del uso del mayo en edad contemporánea las aporta Barandiarán[33] en 1934 al referirse al pueblo de Itziar, en el municipio de Deba. En la noche de la víspera de San Juan (24 de junio) es costumbre plantar un árbol delante de la ermita de Santa Catalina. Lo mismo hacen delante de la iglesia parroquial de Itziar en la noche anterior del domingo primero de julio (fiesta patronal de la Inmaculada Concepción trasladada a dicho día). Igualmente en el día de la Ascensión en el monte Arbil, donde existe una cruz a la que se hace una romería en ese día. Idéntica costumbre se observa delante de la ermita de Salbatore, sita sobre la gruta prehistórica de Urtiaga, el día 6 de agosto, fiesta de la Transfiguración del Señor.

El mayo de la víspera de san Juan en Olaberria, 2011

Mayo de la víspera de san Juan. Olaberria, 2011. Foto: Diario Vasco 25.06.2011

En tales casos el árbol suele ser substraído por los mozos de las tierras de algún vecino sin contar con éste. Esta operación es considerada como lícita o al menos tolerada “en aras al mantenimiento de la tradición ancestral”, tal como se pensaba en Beasain. El “San Juan, arbolea”, desramado y pelado, excepto unas pocas ramas de la punta, se plantaba junto al lugar en que se encendería la hoguera de San Juan junto al puente de Igartza y en caseríos próximos de Beasain[34].

No siempre se fía al mayo la función protectora contra las fuerzas de la naturaleza, sino que también sirve para la diversión pública como cucaña. En un informe de Cegama, debido a José Antonio de Gorrochátegui, que recoge caro Baroja[35], se dice que el día de San Juan “es costumbre levantar, en medio de la plaza, un chopo alto y bien liso, en cuya punta colocan pañuelos y botellas de licor colgados y una cuerda, cuyo extremo opuesto va a parar a la Casa Consistorial, desde la cual se pueden subir y bajar aquellos a discreción. El chopo es untado previamente con jabón y sebo: así se dificulta la subida, con todo hay quien trepa hasta arriba y alcanza los objetos que cuelgan de la punta. Lo mismo que en el barrio de Alzibar de Oiartzun. El día de san Pedro, hace cien años, a un árbol bien descortezado y enjabonado o ensebado, con su penacho de ramas, se le ponían una faja roja de seda, un manojo de rosquillas y un haz de claveles, que eran para el que trepando por el tronco las alcanzase[36]. Lo mismo sucedía en Arrasate-Mondragón, Elgeta, Olaberria y Zegama.

Lekuona[37] amplía la información referida a Oiartzun. Existía no hace muchos años (lo escribe en 1922) la costumbre de plantar el árbol de San Juan la víspera del santo por la noche. El árbol era el llamado lertxuna (variedad de chopo). Los encargados de ponerlo eran los mozos, y lo traían de donde mejor les pareciese, sin que nadie, ni el dueño del árbol, pudiese, a malas, oponerse. El primero se lo ponían a San Juan delante de su basílica. Después se dedicaban a plantarlos delante de las casas en donde hubiera alguna muchacha de su gusto, engalanándole al propio tiempo el balcón con ramas de cerezo con fruto, ramas de fresno[38], etc. A las poco agraciadas o antipáticas les colgaban de la ventana calabazas o les plantaban un cardo ante la puerta. Todo ello lo practicaban sin cantar ni alborotar, para que a la mañana siguiente la sorpresa fuese mayor.

Otra más es la función profiláctica, tal como lo entendían en Donosti-San Sebastián. La mañana de San Juan colocaban un fresno en la Plaza de la Constitución y por la tarde, tras su bendición, lo retiraban. Los asistentes se llevaban de recuerdo una rama u hoja. Era quemado al son de la marcha de San Juan[39]. En los caseríos de Oyarzun, observa Violant i Simorra[40] en la década 1940, para proteger la casa contra el rayo, se planta cerca de ella un laurel y se coloca en cada ventana un ramito de espino albar florido, bendecido el día de la Santa Cruz de Mayo en la procesión de rogativas al monte de Urcabe; también se coloca en la puerta del caserío una cruz hecha del tallo del mismo arbusto.

La Rioja

Para conocer el alcance de la fiesta de los mayos en esta región contamos con la encuesta que María Pilar Pascual Mayoral[41] realizó en 1980, en la que ya registró el retroceso que iba sufriendo esta tradición, encontrando diferencias entre la Rioja Alta y la Baja. Mientras que en la Alta se ha conservado mejor la tradición del árbol de mayo en la noche del 30 de abril al 1 de mayo (que ella llama “noche de Valpurgis”) hasta el segundo tercio del siglo XX y tenerlo todo el mes plantado, en la Baja ha habido una inflexión de la tradición y había sido substituido por usos cercanos a la celebración popular de la Pascua Florida.

Hay que recordar que la Rioja Alta es la más occidental del territorio y comprende los municipios situados junto a los cauces de los ríos Tirón, Oja y Najerilla, es decir, las comarcas de Haro, Santo Domingo de la Calzada, Ezcaray, Nájera y Anguiano, en tanto la Baja es la región más oriental con municipios regados por los ríos Cidacos, Linares, Añamaza y Alhama, son las comarcas de Alfaro, Arnedo, Calahorra y Cervera.

En la mayor parte de los casos el mayo no se ponía ya desde hacía más treinta años (entre sus causas la República, la guerra civil y la despoblación) y llega a coexistir con la cucaña, que da la impresión de ser un uso de antes o después de la guerra, traído por los veraneantes y confundido por los referentes con el mayo.

Plantado del mayo en Cenicero, 2016. Foto: J.R. Frías para La Rioja 8/5/2016.

Plantado del mayo en Cenicero, 2016. Foto: J.R. Frías para La Rioja 8/5/2016.

Concluye que en el extremo occidental de La Rioja la costumbre de plantar el mayo en la noche del tránsito abril a mayo, era práctica general, que poco a poco fue decayendo hasta haber desaparecido prácticamente en la actualidad. En su función de mayo lo menciona en las poblaciones de Cenicero, Tormantos, Leiva y San Millán de Nécora (en este caso asociado a un muñeco como persona). El procedimiento es el generalizado en la región: haya o chopo alto, desramado, descortezado (no siempre) y penacho de ramas en la cúspide, adornada ésta con naranjas, limones, flores, un jamón, un cencerro, un porrón, gallos, una bolsa con dinero, incluso la bandera de la Comunidad, un mes de tiempo expuesto en vía pública, retirada por los mozos (sus protagonistas antes llamados los “quintos”), venta de su madera y merienda con el producto obtenido. En la versión más definida de cucaña (Herramélluri, Treviana), añadían al árbol en su punta, una bacalada o dinero.

Ahora bien, como hemos visto en otros lugares, el mayo no siempre se ponía en la transición del mes de abril al mes de mayo, sino por el día del santo patrón del pueblo (de forma bastante generalizada), no buscando la protección contra las tempestades sino la exaltación de la fiesta y de la alegría consiguiente al despuntar la primavera: en Lardero por san Isidro, en Calahorra por los santos Emeterio y Celedonio, en Valdeperillo por san Antón, en Muro de Aguas por San Baudilio, etc. Las grandes festividades cristianas también obligaban a ponerlo, así por Corpus Christi (Aguilar del Río Alhama), Domingo de Resurrección (Aldealobos) y Pascua de Pentecostés (Inestrillas). Curiosamente también se plantaba el mayo con motivo de un casamiento (en Villarroya en la calle de los novios) o cuando uno del pueblo cantaba misa o acudía al pueblo una autoridad eclesiástica. Así ocurría en Arnedo (Rioja Baja). Arrancaban un árbol de la Alameda y le ponían arriba un pollo o un conejo. Se alzaba ante la casa del misacantano y si se trataba de un personaje del clero, ante la iglesia de Santo Tomás. Los chavales se subían a por el pollo o el conejo. Se tenía dos o tres días. El último mayo se lo pusieron a don Felipe Abad, hacia 1960. Lo mismo sucedió en Igea. El árbol lo ponían los padres del sacerdote. Cavaban un hoyo en la puerta y allí elevaban el árbol. Se quitaba aquel mismo día una vez terminada la celebración[42]. Tampoco eran siempre los mozos quienes se encargaban de su plantación (en Cervera del Río Alhama eran los cofrades de San Gil) y en Peciña los pastores, ni siempre con los beneficios obtenidos de la venta del árbol mayo se daban los ejecutores una merienda (en Herce iban “para el Cristo”), ni se podía considerar la fiesta del mayo únicamente una fiesta profana.  En Inestrillas lo ponían el día de la fiesta de la Virgen del Prado que cae en la Pascua de Pentecostés. Ese día por la mañana los jóvenes cantaban la aurora y a continuación rezaban el rosario. Luego iban a la ermita de la Virgen del Prado con caballerías, los novios con sus novias. A mediodía había música.

Algo llamativo en La Rioja, coincidente con prácticas alavesas y navarras, es el empleo del Judas en forma de pelele colgado de la punta del mayo, aunque sin constancia de que siempre se le incinerase. Son numerosos los pueblos que los utilizaron: Ojacastro (acompañado de flores), Castañares, Santa Coloma, Sorzano, Alberite, Lagunilla del Jubera, Los Molinos de Ocón, Corera… En Manjarrés, Gallinero de Cameros, El Rasillo y Leza del Río Leza no se le puede identificar con Judas, pues se trataba de un simple muñeco o muñeca (maya) elegidos para diversión. En todos los casos el pelele se confeccionaba rellenando un buzo con paja para lograr su aspecto, y si se trataba de una maya eran las chicas las que la dotaban de trenzas.

En algunas poblaciones se plantaban dos mayos, uno mayor que el otro, a los que llamaban “mayo” y “maya” (Berceo, Sorzano, Entrena, Tudelilla; en Pradejón uno el 30 de abril y el siguiente por Pascua de Resurrección). En Villaverde, mientras los chicos iban a cortar el mayo, las chicas hacían una muñeca maya de metro y medio de altura y preparaban chocolate con churros. La muñeca se ponía encima del mayo y los chicos intentaban cazar a la muñeca. Era muy difícil subir, pues el árbol medía 20 o 25 metros y estaba pelado.

Aunque, como se ha escrito, la tradición del mayo se ha perdido en bastantes casos, hay pueblos en que se han recuperado (por ejemplo, en Sotés y Calahorra).

Soria

En toda la amplitud de la región castellano-leonesa la tradición del mayo ha estado muy arraigada, aunque ha sufrido el efecto de la despoblación y la sangría de la guerra civil, como en la cercana Rioja, reduciéndose sus manifestaciones de manera drástica, sobre todo en la provincia de Soria. Un trabajo de Mario Martínez Laseca[43] así lo demuestra. En Renieblas y Los Villares se interrumpe su práctica en la década de 1930, en la década siguiente en Montejo de Tiermes y Tera, en la de 1950 en Talveila, Liceras, Matute de Almazán, Serón de Nagima, Noviercas, Almajano y Muriel Viejo, en la siguiente en Zayas de Torre, Castillejo de Robledo, Nepas, Cidones y Las Cuevas, y aún en la de 1970 en Deza y en Barca, en Duruelo y Covaleda en la de 1980. No obstante, también se aprecia un deseo de recuperar esta tradición favorecida por los ayuntamientos que facilitan gratuitamente el pino como sucede en San Leonardo de Yagüe a beneficio de los jóvenes, fijándolo frente a la iglesia parroquial.

Pingada del del mayo en Navaleno. Foto: es.wikipedia.org

Pingada del del mayo en Navaleno. Foto: es.wikipedia.org

Navaleno, es uno de los pueblos donde ha renacido la costumbre.

En este pueblo montañoso, rodeado de pinares, al límite de la provincia de Burgos, durante la víspera del día de la pingada, el 1 de mayo, los mozos van al monte a cortar, pelar y llevar un pino hacia el pueblo que previamente ha sido seleccionado por su altura y rectitud, subido en un eje con dos ruedas. En el día de la pingada, el pino se pinga o levanta usando varas de diferente tamaño, localmente denominadas tijeras, con las que se va ejerciendo presión y levantando el pino mientras se va templando el ángulo con una soga para que no se mueva hacia los lados y pueda caerse. Después de la pingada, los mozos preparan una caldereta en el sitio para festejar la celebración.

Esto es posible donde la emigración no ha devastado a la juventud, verdadero artífice del ritual, en el pasado a cargo de los mozos llamados a quintas. Ellos son quienes, en reuniones secretas, deliberan y sentencian el mejor ejemplar (ya que cuanto más alto sea el mayo más bizarría y valentía tienen los mozos del pueblo), siendo igualmente quienes desde el monte deberán trasladarlo a su nueva ubicación.

En Soria se ha mantenido la costumbre de untar con sebo o manteca su tronco, a fin de poder demostrar los jóvenes, sobre todo a las muchachas, su habilidad para trepar por él y así obtener el premio colocado en su vértice (frutas y embutidos en Deza, dinero en Cidones, incluso un perico en Las Cuevas de Soria), solamente en Almaluez sustituidos por un pelele a modo de Judas y en Vinuesa por una bandera. Alcanzar el premio del mayo hasta podría considerarse como un ritual de iniciación a la adultez por parte de los muchachos.

Es de destacar la pingada de mayos fuera de la estación primaveral. Martínez Laseca menciona los de Vinuesa y San Pedro Manrique.

Las fiestas en honor de la Virgen del Pino y San Roque en Vinuesa traen la pingada de dos mayos de unos 25 m de altura, uno en la plaza Mayor y otro frente a la ermita de la Soledad. Se realizan procesiones y ofrendas, como la de la Vela, y se hacen campeonatos de diferentes deportes, entre los que destaca la pelota a mano. Entre los actos que se realizan en estas fiestas destaca el de La Pinochada[44]. Junto al mayo totémico se propicia el encuentro, el canto y la danza de las parejas.

Otro tipo de mayo, que abandona el contexto primaveral para iniciar la nueva estación del verano, es el de la población serrana de San Pedro Manrique, que podemos considerar como un mayo de San Juan. Un chopo alargado que los varones sampedranos le darán nueva verticalidad en la plaza del Ayuntamiento.

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Imagen de la portada: Plantado del “Mayo” en Iturmendi. Foto: Eduardo Buxens para Diario de Navarra (01.05.2026) Artículo: Fotos del alzamiento del ‘Mayo’ en Iturmendi.

Notas

[1] J. CARO BAROJA, 1946, p. 423.

[2] F. J. ZUBIAUR, 2018.

[3] G. IMBULUZQUETA, 2004, pp. 198-199.

[4] S. COVARRUBIAS, 1611, p. 533.

[5] DRAE:  Palo largo, untado de jabón o de grasa, por el cual se ha de trepar, si se hinca verticalmente en el suelo, para coger como premio un objeto atado a su extremo.

[6] J. CARO BAROJA, 1979, caps. II-III.

[7] J. CARO BAROJA, 1971, pp. 309-311.

[8] J. M. BARANDIARAN AYERBE, 1972, p. 450.

[9] La Invención de la Santa Cruz, La Cruz de Mayo, Santa Cruz de Mayo o Fiesta de las Cruces es una de las fiestas dentro del rito romano para festejar el culto a la Cruz de Cristo.

[10] J. M. DUESO, 1994, V. p. 126.

[11] J.M. JIMENO JURÍO, 1987, pp. 21-27.

[12] J.M. DUESO, 1994, V, p. 126.

[13] A. G ONZÁLEZ PALENCIA-E. MELE, 1944, p. 81; J. CARO BAROJA, 1979, p. 33.

[14] J.M. IRIBARREN, 1946, pp. 143-145; J.M. JIMENO JURÍO, 1987, p. 22; 1990 A, pp. 47-49.

[15] J.M. IRIBARREN, 1946, pp. 143-145; F. ETXEBERRIA, 2021. Este último autor rescata de las actas municipales del pueblo de Ezkurra acuerdos como el adoptado “el día de Navidad de 1828” por “los señores alcalde, regidores y vecinos”. La resolución deja entrever preocupaciones en el vecindario que se repiten como una constante, salvando las diferencias de cada época, hasta la actualidad: “Hacía tiempo que se toleraban entre los jóvenes ciertos abusos como el cantar, relinchar y coplas a los novios las noches de víspera de bodas con el fin de obtener algunos reales o andar la víspera de San Juan de casa en casa recogiendo quesos o huevos y tortas el tercer día de las fiestas de agosto y aunque son regalos voluntarios, los vecinos se sienten avergonzados y obligados a dar lo que tienen para sí, porque los mozos entran en sus casas y son capaces de armar camorras incluso entre ellos y poner en la plaza el árbol llamado mayatza. Todo ello no produce más que gastos superfluos, peligros y sinsabores a los vecinos. Por ello se pedirá a los alcaldes que son nombrados anualmente, que no permitan a los mozos andar de noche, ni de día, cantando, relinchando y alborotando en las puertas de los novios la víspera de boda, cantándoles coplas, ni en carnavales vistiéndose de pelletas y cencerros en traje de mozorros, ni recogiendo regalos en las fiestas de agosto ni la víspera de San Juan”.

[16] J.C. LABEAGA, 1990, p. 713.

[17] D. MARIEZKURRENA, 2004, pp. 216-226.

[18] D. MARIEZHURRENA, 2007, pp. 121 y 138.  Cadena: Madero que se emplea en la construcción de las casas y que destaca por su mayor grosor y resistencia, por lo que se localiza en la parte baja de la construcción. Suela: Madero que se emplea en la construcción de una casa para sustentar los distintos pisos. Cabrio: Madero de construcción que se emplea como armazón para sustentar el tejado de una casa.

[19] J.M. JIMENO JURÍO, 1974, pp. 30-31; D. MARIEZKURRENA, 2003, 22, p. 129.

[20] La costumbre del poner el mayo se recuerda en otros pueblos de Valdega como Legaria y Ancín, incluso coincidiendo con la colocación de un monigote en su copa. Si el nombre más extendido es el de Judas (Los Arcos, Galbarra, Valle de Aguilar…) hemos encontrado otros como el Juan Lobo o el Moro (Torralba del Río), que fue un bandido. Todos ellos representan el mal en su estado más puro, el enemigo por excelencia, siempre combatido y siempre presente, por eso por lo menos una vez al año se le declara franca batalla, triunfando el pueblo y siendo tajantemente destruido el oponente mediante un fuego purificador para enfrentarse a todo mal que hunde su raíz en un pasado más o menos remoto, aunque el hecho en sí  lleve un tono festivo. D. MARIEZKURRENA, 2023, 22, p. 149.

[21] J. A. CHASCO, 2022, 92, pp. 162-166.

[22] L. LAPUENTE, 1972, pp. 162-163.

[23] R. CARASATORRE, 1993.

[24] N. GUTIÉRREZ, 2024, p. 23.

[25] G. LÓPEZ DE GUEREÑU, 1963-1964, pp.47-48; 1970, pp.155-157.

[26] Prestación personal o trabajo impuesto a los habitantes de un término municipal para la ejecución de obras públicas.

[27] El paño del Jueves Santo lo explica José Ángel Chasco de esta manera: “se trataba de un pequeño pañuelo cuadrado que había sido utilizado en los actos litúrgicos del Jueves Santo. Era conocido como el corporal del Jueves Santo y encerraba el significado de representar a la túnica que vistió Cristo en el sepulcro. Se colocaba al lado izquierdo. En el año 2017 han colocado en el mayo el corporal del Jueves Santo traído de Ullibarri de Arana”.

[28] Un poco más abajo unas aspas o espadas de madera cruzadas a modo de unas tijeras de madera con su apertura hacia arriba, es decir, mirando al cielo, simbolizando la cruz de San Andrés. La finalidad de estas espadas era la de neutralizar los efectos de las tormentas, rayos y piedras, ahuyentando a los nublados, tormentas y pedriscos; a la vez que representaban la simbología de “cortar la lengua” a aquellas personas que se excedieran en las críticas.

[29] Para poder observar el viento que sopla y saber si hay peligro de tormentas.

[30] El mayo se mantenía en pie hasta el 14 de septiembre cuando por la mañana los vecinos procedían a su derribo en medio de una fiesta de acción de gracias. El 2 de enero se subastaba y pujaban por él los artesanos dedicados a la fabricación de carros o molinos.

[31] ATLAS ETNOGRÁFICO DE VASCONIA, 2017, V, pp. 1041-1042.

[32] R.M. AZKUE, 1942, I, p. 304.

[33] J.M. BARANDIARAN AYERBE, 1934, p. 24.

[34] J. ZUFIAURRE, 1988, p. 467.

[35] J. CARO BAROJA, 1979), p 186.

[36] M. LEKUONA, 1922, pp. 32-33.

[37] Ídem e ibídem.

[38] Caro Baroja, citando a Blanco White (Letters from Spain by Don Leucadio Doblado. Londres, 1825, segunda edición de 1825, pág. 267), dice que en Logroño, y no parece el único lugar donde esta práctica se siguiera, los aldeanos declaraban sus amores colocando un vástago o arbolillo durante la noche de la víspera ante la puerta de sus pretendidas, árbol decorado con flores y que a veces se sustituye por un ramo.

[39] C. ORTIZ DEZARATE (2016), p. 1213.

[40] R. VIOLANT I SIMORRA, 1985, pp. 261-262.

[41] M.P. PASCUAL MAYORAL, 2006, pp. 203 y 251.

[42] El tema ha sido estudiado por Antonio Montesino González. “Rito, religión y símbolos. Plantar mayos misacantanos”. Zainak, 1999, nº 18, pp. 251-265.

[43] M. MARTÍNEZ LASECA, 1993.

[44] Se llama pinocho a la rama del pino. El día 16 de agosto en misa de 11 se bendicen los pinochos que son portados por las mujeres y niñas de la localidad que visten sus vestidos típicos, trajes de piñorras. A la salida de la iglesia se forman dos grupos de hombres que guardan rigurosa formación, armados de rodelas y espadas. Los hombres están divididos, atendiendo a su estado civil, en dos cofradías, la de Nuestra Señora del Pino para los casados y la de San Roque para los solteros. Las cofradías se enfrentan en una danza singular en la que van agarrados del brazo girando y golpeando con las espadas las rodelas del bando contrario. Después de tres encuentros la batalla es ganada por los casados. Seguidamente son las mujeres las que se enfrentan, casadas contra solteras con su pinocho. De este enfrentamiento también salen triunfantes las casadas. Las mujeres, todas juntas, arremeten contra todos los hombres (hayan o no participado en el acto y sean o no del lugar) cuando golpean al hombre con el pinocho deben decir «¡De hoy en un año!» a lo que el hombre debe contestar «¡Gracias!». La leyenda retrotrae a la victoria que los de Vinuesa libraron contra los vecinos de las poblaciones colindantes por la pertenencia de un pinar comunal donde apareció la imagen de una virgen, la virgen del Pino (es.wikipedia.org)