Baztán-Bidasoa, una escuela de paisajistas

Entre 1895 y 1919 se crean las bases de una futura escuela paisajística en el marco geográfico del río Baztán-Bidasoa, gracias a la coincidencia en este espacio de los pintores Regoyos, Berrueta, Salís y Vázquez Díaz, que viven en Irún el despertar del semanario «El Bidasoa», la creación de una Academia de Dibujo y un intercambio de experiencias, a las que no son ajenos los escritores, en las casas de Beraun y de Itzea, esta de los Baroja en Vera de Bidasoa.

El escenario de las relaciones, y sobre todo de la atención artística, es una comarca fronteriza entre Navarra, Guipúzcoa y Francia, con una corta extensión, pero con una belleza incontaminada. Un paisaje montañoso, frondoso, húmedo y suave, surcado por un río amable que va a parar al mar Cantábrico. Un mundo de reflejos y de serenidad que muy pronto admiraron los pintores por su vocación impresionista afrancesada. Aquél ambiente constituía una especie de Sena vasco, que no había pasado inadvertido a los novelistas Loti, Juaristi y Baroja, que al tiempo que los pintores también incorporan a los textos de sus obras las sensaciones frescas de ese rumoroso paisaje.

Muy pronto, la actividad cultural de la ciudad de Irún transciende a otros focos de este espacio, creando un mismo ambiente. Fuenterrabía, Vera de Bidasoa y Elizondo serán recorridos sin cesar por estos pintores del aire libre, al paso del tiempo. A partir de 1919 y hasta 1932 se va cohesionando un grupo por influjo de los pioneros: Bienabe Artía por el apoyo de Vázquez Díaz, Montes Iturrioz por el de Salís. Y a ese último va a deberse la potenciación del grupo en torno a su principal magisterio, hasta el punto de crearse una verdadera escuela paisajística, teniendo la Academia Municipal de Dibujo de Irún como centro.

¿Y en Navarra que sucede?. Navarra tiene su particular desarrollo, puesto que Ricardo Baroja, con la autoridad que le daba el ser uno de los mejores pintores, grabadores y novelistas de su época, influye en la personalidad de Bienabe Artía (que en 1977 se instala en Echalar) y de Juan Larramendi, el pintor de Vera. Es cierto que ambos han sido indiferentes a las relaciones de grupo, pero al igual que los pintores baztaneses (primero Echenique, después Apecechea, Ana Mari Marín, Ana Urmeneta, Jesús Montes, Arizmendi y otros más jóvenes), han permanecido largos años vinculados emotivamente a este singular paisaje, tema prioritario de sus representaciones ; comparten un espíritu común naturalista, que se traduce en una práctica pictórica al aire libre, absolutamente respetuosa con el natural ; deben al impresionismo francés muchas de sus cualidades, aunque el estilo sea depurado y más expresivo en las últimas promociones de artistas ; y desarrollan su quehacer en el contexto de una tradición cultural más liberal y afrancesada que en el resto de Navarra, que ha provocado el florecer artístico de otras especialidades (como la fotografía o la literatura ya mencionada), muy peculiares dentro del conjunto de nuestra Comunidad.

No obstante, la estructura rural y las exposiciones por separado de guipuzcoanos y navarros han dificultado las relaciones estables entre los pintores de uno y otro ámbito del curso del río. Si a ello se añade la presencia, en Elizondo, de otros pintores como Ciga, Echandi y Fidalgo y la distancia generacional entre Echenique y los pintores baztaneses actuales, pero que no ha impedido el conocimiento del trabajo artístico de aquellos, podemos calificar de «autónomos» o secundarios los focos de Vera y de Elizondo con respecto a la Escuela del Bidasoa con sede en Irún. La conciencia de esta situación ya se advierte en la existencia del colectivo «Artistas de Baztán», que con cierta cadencia de tiempo asoma a nuestras salas de exposiciones.

Pero al igual que una escuela pictórica no tiene por qué anular la personalidad individual de sus integrantes, tampoco, a mi parecer, las peculiaridades de uno o dos focos de un mismo fenómeno estético la contravienen. Al escribir, en 1990, el libro La Escuela del Bidasoa , ya advertí que los factores de desintegración de la misma podrían venir por el deterioro del medio ambiente, por las nuevas condiciones socio laborales de creación artística (la forzada emigración de los artistas ante nuevas circunstancias de trabajo en particular) y por el atractivo de otras expresiones artísticas en boga dentro del mundo contemporáneo.

Estar o no de acuerdo con la existencia de esta Escuela es cuestión, en el fondo, poco relevante. Lo significativo es constatar el atractivo de un río en la creación plástica de un género -el paisajístico- que no ha muerto, pese a la presión de la llamada «pintura moderna». Y que esta cuenca hidrográfica aún siga atrayendo a artistas de una forma que aparentemente no se explica tras un siglo de actividad. A no ser que existan unos puntos en común constantes y por encima de las características individuales.