Destino Melilla: Regulares 2 (Reemplazo de 1975)

Corrían los cursos de la carrera y la sombra de la mili se cernía sobre nosotros, los estudiantes universitarios. Sabíamos que debíamos hacerla -era obligatoria para los hombres en 1975-  y, en mi caso, solicité al Ejército hasta tres prórrogas anuales por estudios, que me las concedieron, pero ya en el penúltimo curso, antes de finalizar los estudios, pensé en solicitar mi ingreso en la IMEC (Instrucción Militar de la Escala de Complemento), una innovadora puesta al día de la anterior IPS (Instrucción Premilitar Superior), que era muy selectiva y, de suyo, para acceder a estas comúnmente llamadas milicias universitarias, había que superar exigentes pruebas físicas y psicotécnicas.

Durante el cuarto de carrera -Filosofía y Letras en mi caso- hube de prepararme para las primeras acudiendo con asiduidad al pabellón deportivo del entonces denominado Estadio Ruiz de Alda, hoy Larrabide, en mi ciudad de origen, Pamplona, donde la profesora que debía calificarme la asignatura de Educación Física (una sargentona de la Delegación Nacional de la Juventud), nos vigilaba mientras hacíamos la trepa de una soga suspendida, el salto de aparatos, altura, longitud y carrera.

Llegó el día y pude superar las pruebas físicas, y eso que al “entrar en caja[1]” al cumplir los 20 años me habían dado inútil temporal para el Servicio Militar por estrecho de pecho, pero repetido el examen años después se ve que mi pecho ya había desarrollado lo suficiente para ser considerado apto. Algunos jóvenes, por entonces, buscaban librarse alegando distintos motivos físicos para ser declarados inútiles y evitarse así lo inevitable, en el caso de la llamada “mili normal”, sujeta a sorteo anual, los quince meses de prestación en filas. Conocí alguno que, llevado por el miedo, consiguió ser considerado inútil, pero temporal…, de manera que debía repetir el examen anualmente, y en el Hospital Militar de Burgos, y así le cayeron varios años de retardo que para hacer la mili a destiempo era lo peor que podía ocurrir, viviendo en ese espacio de tiempo la angustia consiguiente.

La IMEC constaba de tres ciclos, el primero de instrucción[2] y el segundo de formación, se desarrollaban en los veranos tras los cursos cuarto y quinto de carrera, y de aprobarlos, el tercero, ya con el empleo obtenido en los exámenes -alférez o sargento- obligaba a seguir unas prácticas de seis meses en el acuartelamiento militar que te asignasen, éstas ya cobrando un sueldo y con los beneficios del rango. En mi Región Militar el primero de los ciclos de los asignados al Ejército de Tierra se desarrollaba en el Centro de Instrucción de Reclutas de Araca (Álava) y el segundo en la Academia Militar de Toledo, que era muy exigente.

Pues bien, superadas las pruebas físicas, llegaron las psicológicas, consistentes en responder una serie de cuestionarios que trataban de obtener la impresión definitiva en los mandos acerca del espíritu militar del aspirante. No estaba uno preparado para ellas pues las desconocíamos de antemano. Además, algunas preguntas eran capciosas y había que tratar de averiguar la respuesta acertada para un corrector militar de profesión. Por ejemplo aquélla de ¿qué es más importante para un soldado, aprender a mandar u obedecer? ¿Quién podía acertar esta cuestión?, porque en el Ejército se puede entender que obedecer a los superiores es lo principal, pero también habrá que saber mandar, cosa no fácil desde luego. El caso es que me suspendieron y, en consecuencia, no me aceptaron a la Instrucción Militar de la Escala de Complemento.

Pero no me quedé satisfecho. En la Universidad era corriente solicitar al profesor una aclaración a la nota adjudicada, de modo que, ni corto ni perezoso, quizás también algo ingenuamente, me marché a la Caja de Recluta para entrevistarme con el comandante Vázquez y solicitarle un comentario de mi examen, pues no consideraba acertada la nota.

La conversación que mantuve con él fue parecida a ésta:

“Mi comandante, quisiera saber en qué he podido fallar en mi examen psicotécnico, pues la impresión que tenía de él no era tan mala y esperaba aprobar.

Comandante: Las pruebas son calificadas por un cerebro electrónico y no cabe error alguno.

Pero…

Comandante: No cabe recurso alguno, la máquina es fría”.

Volví a mi casa y mientras estábamos sentados a la mesa durante la comida les conté a todos -padres y hermanos- el asunto éste de la “máquina fría”. Puede imaginarse la carcajada consiguiente, pues mi familia es muy dada a la chunga, y aún, al cabo de los años, se ríen de mí y de mis circunstancias de entonces con aquello de la “máquina era fría”.

El caso es que no debía ser tan fría, o al menos para ciertas situaciones “la calentaban”, pues sé de un colega que le suspendieron en la primera intentona, pero en la segunda, ya con novia hija de militar, se encontró con una máquina “caliente” mucho más provechosa.

Es más que probable que, en mi circunstancia, hubiera pesado el certificado de antecedentes familiares expedido por el Gobierno Civil que exigía el Ejército para incorporación a las milicias universitarias, puesto que en él se reconocía la adscripción política de mi padre con ficha policial como opositor al Régimen franquista por su filiación carlista.

De modo que, llegado el mes de noviembre de 1974, el menda, perteneciente por edad  al reemplazo de 1971, pero asimilado al del 75 por las referidas prórrogas de estudio para ser incorporado a filas a partir del 1 de enero en el primer llamamiento, fue sorteado como otros tantos mozos navarros, la inmensa mayoría cuatro años más jóvenes que yo.

Recuerdo aquel aciago domingo -16 de noviembre de 1974- en que mi padre me telefoneó para darme la noticia: el destino había sido África y, en concreto, Melilla. El periodo de instrucción de tres meses sería en el Centro de Instrucción de Reclutas nº 6 de Viator, en Almería.

Estaba en casa de mis futuros suegros y mi novia volvía de un viaje con su madre. En la misma escalera le di la noticia. ¡Menuda plancha! Llevábamos de novios dos años, como puede suponerse con un montón de sueños por realizar. Cuando ya solos pudimos consolarnos y meditar la situación, decidimos coger el 600 y marcharnos hasta Eunate para pedirle a la Virgen conformidad y resistencia ante una separación tan prolongada y lejana. El tiempo del Servicio pasó con los altibajos de moral esperables, pero fue vencido. Hoy, tras habernos casado y encontrado trabajo, somos una familia feliz de cinco hijos y ocho nietos.

La nostalgia y el deseo de testimoniar aquella situación, en época tan crítica para España, me impulsa a describir aquella experiencia vivida hace casi cinco décadas.

La correspondencia transformada en diario íntimo

Hoy apenas se escriben cartas personales, fiándolo todo al frío -si no irreflexivo- mensaje electrónico, pero entonces la tecnología informativa no estaba tan desarrollada y el medio para establecer una comunicación personal eran la carta, la llamada telefónica -mediante conferencia a larga distancia- y la visita. De las tres, la fundamental era la primera, pues los telefonemas -como dicen los hispanoamericanos- eran difícultosos en un acuartelamiento con miles de personas a setecientos kilómetros de Pamplona en el caso de Viator (Almería) y a más de mil de Melilla, con el mar de por medio. Los viajes, si uno tenía la suerte de que vinieran a verle, eran por completo excepcionales.

Por el contrario, la correspondencia privada convertida en diario íntimo en el caso de la carta enviada a un ser querido, ha ofrecido un grado de reflexión sobre el entorno y las circunstancias de quien la escribe, que le otorga ser información relevante. En una situación como el Servicio en filas, la relación  epistolar era un consuelo dentro de una situación de desarraigo sobrevenida por la obligatoriedad impuesta para ejercerlo por personas de distinta sensibilidad -no todas adaptables al medio castrense- y para un licenciado universitario los quince meses de mili constituían un paréntesis que dificultaba más tarde la readaptación a los estudios, la preparación de oposiciones y la búsqueda de trabajo. Por eso se extendía la opinión de que la mili “era tiempo perdido” y se hacía de mala gana. Esto mismo terminó por comprenderlo el Ministerio de Defensa cuando en 1996 inició el proceso de profesionalización de un Ejército que en 1975 superaba los 300.000 soldados de recluta forzosa, pero que los requerimientos de la OTAN obligarían a reducirlo hasta escasamente 80.000 en favor de su mayor preparación que le autorizaba a intervenir con eficacia en la defensa colectiva dentro de misiones multinacionales en operaciones de mantenimiento de la paz, y no exclusivamente como garantes del Régimen franquista y del control y defensa del territorio nacional. En 1988 fueron admitidas en las Academias Militares las primeras mujeres que se sumarían a los tres Ejércitos españoles (hasta 1978 estuvieron obligadas a realizar un Servicio Social Femenino) y en 2003 el proceso de profesionalización de las Fuerzas Armadas estaría concluido. La mili quedó como historia del siglo pasado.

Se han escrito algunos libros sobre la experiencia militar de soldados de reemplazo, como el de Robert Saladrigas 52 horas a través de la piel (1974); Antonio Muñoz Molina Ardor guerrero (1996);  o los más recientes de Melquíades Prieto Yo hice la mili de peluso a bisabuelo (2015) y Xavier Gassió Sáhara español, el último reemplazo (2020), tanto descriptivos como novelados. Son más frecuentes los libros que recogen correspondencia de artistas, soldados en guerra o emigrantes, pero del conjunto de los leídos me quedo con uno particularmente interesante para mí que es el basado en las cartas de Carmen Baroja y Nessi anotadas por Amparo Hurtado titulado Recuerdos de una mujer de la generación del 98 (1998). Es el testimonio de una mujer testigo de la época que le tocó vivir. Sin ser tan pretencioso, yo voy a tratar de contar mi experiencia militar, aunque sea a costa de desvelar mis sentimientos (porque toda reflexión personal supone un desnudamiento interior y más en éstas que podrían catalogarse como cartas de noviazgo dirigidas a la persona amada), basándome en la correspondencia con mi novia María (302 cartas) y con mis padres y hermanos (26 más), todas ellas escritas entre el 18 de enero de 1975 y el  3 de marzo de 1976.

La lectura, además de la correspondencia, era mi alimento anímico diario. Me insistía María en sus primeras cartas:

“Aunque sean dos páginas al día, pero no pases ni un día sin leer, cada día una hoja por lo menos”.

Me ayudaba a reencontrarme en un ambiente que me resultaba ajeno. Sí, ya imaginaba de antemano con lo que podría toparme al llegar al cuartel, pero la cruda realidad me hizo ver enseguida la conveniencia de leer y recibir noticias del exterior para no sentirme perdido dentro de una masa humana conducida por obligación, en la que sin embargo encontraría buenos compañeros y algunos excelentes amigos, que han perdurado hasta hoy. Por eso llevé conmigo algunos libros y pedí a mi padre que me suscribiera al Diario de Navarra para no sentirme tan desarraigado. La  carta recibida era como maná del desierto y el contestarla un acto creativo que me permitía mantener mi tono universitario. Asimismo, lo más importante para mí: mantener y acrecer mi amor hacia la futura madre de mis hijos, porque para ella este tiempo de separación también habría de ser una prueba a superar. Todo ello eran sentimientos interiores.

La coyuntura política que vivíamos en España

La mili me llegó en un año caracterizado por tres hechos fundamentales: las presiones de Marruecos para obligar a España a abandonar el Sáhara Occidental coincidentes  con  la muerte del Jefe del Estado, a lo que se añadía la reclamación de las hoy llamadas ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, y la recuperación de la Monarquía en la persona de Juan Carlos I, dentro de un delicado clima político en que se oponían los deseos de algunos por mantener el Franquismo, cuyo ocaso se avecinaba después de treinta y seis años, y los de otros que deseaban abrirse a una democracia parlamentaria, interesada en mirar a la Comunidad Económica Europea en medio de una crisis económica (el IPC del noviembre anterior había aumentado hasta el 15%), más de 600.000 personas en paro (un cuarto de ellas sin seguro de desempleo) y 10.000 trabajadores marroquíes en situación irregular, conflictos laborables en el norte (que irán extendiéndose conforme avance el año) y terrorismo cruzado entre ETA y el Batallón Vasco Español – los Guerrilleros de Cristo Rey y ATE (Antiterrorismo ETA) a los que se añadía el FRAP (Frente Revolucionario Antifascista y Patriótico) de carácter marxista. El Gobierno declarará el estado de excepción en Guipúzcoa y Vizcaya el 25 de abril. Se fiaba al incremento del turismo la mejora de la situación económica y ésta a su vez en la integración en la CEE, deseada por el 72% de los españoles.

El año precedente no había sido esperanzado a nivel internacional. Se presentaron grandes alternativas y cambios, hubo agitación, profundas tensiones y crisis. Como hitos fundamentales se sucedieron la guerra del petróleo (los norteamericanos advirtieron que atacarían los pozos si se reducía su producción, los árabes amenazaron entonces con volarlos y se temía que Rusia interviniera los yacimientos petrolíferos noruegos); Arafat, aclamado en la ONU, pidió la reunificación de Palestina y la formación de un estado judeo-palestino “sin segregación de razas, de religiones o de culturas” al tiempo que prometía una escalada militar contra Israel; el gaullismo murió con Pompidou; el general Antonio Spínola, en su libro Portugal y el futuro, expresaba la conveniencia de otorgar su independencia a las colonias portuguesas de ultramar, y así fue como comenzó la disolución del último imperio colonial  (Cabo Verde y Mozambique, más Angola en noviembre del 75); se interrumpió bruscamente la ostpolitikde apertura al Este del canciller federal alemán Billy Brandt, al descubrirse las maniobras contra ella de su secretario personal Günter Gillaume, en realidad un espía germano-oriental; el justicialismo argentino se quedó huérfano tras la muerte de Juan Domingo Perón; la caída de Makarios en Grecia provocó la invasión turca de Chipre y su retorno a la democracia, tras el desmoronamiento del régimen de los coroneles y elecciones democráticas que terminaron con la monarquía para dar paso a la república presidida por Karamanlis (los coroneles golpistas Papadopoulos, Pattakos y Makarezos serán condenados a muerte el 23 de agosto de 1975); el caso Watergate obligó a Nixon a dimitir de la Presidencia de los Estados Unidos; en Etiopía, un golpe militar derrocó a Haille Selassie, el último rey de reyes, tras cuarenta y cuatro años de reinado como Negus; proseguía el terrorismo protestante en el Ulster (Irlanda del Norte)…

Los datos que acerca del contexto histórico del tiempo servido en el Ejército ofrezco a continuación, son aquellos a los que tuve acceso mediante la prensa diaria recibida desde Pamplona, y en concreto del Diario de Navarra, y de alguna revista de opinión comprada por mi cuenta, ya que los reclutas y soldados de reemplazo no teníamos acceso a los informativos de televisión, aunque sí a las emisoras de radio en el tiempo libre que nos quedaba. El único periódico existente en la Plaza, en ese tiempo, era El Telegrama de Melilla, un periódico asabanado de cuatro escasas páginas con noticias apretadas que recordaba, por la escasez de sus huecos libres, a los boletines oficiales, y que, además, pertenecía a la prensa del Movimiento. Mi visión de la realidad, que discurría día tras día era, pues, en cierta forma, limitada a aquella fuente de información y a las cartas recibidas, pues el Ejército no nos informaba de nada. Luego me referiré a una experiencia habida en el campo de la información durante mi periodo de instrucción militar.

El nuevo año de 1975 se estrenaba tras seis meses de sequía que exigían una planificación agraria todavía pendiente, y el verano resultaría ser el más cálido de los últimos doscientos años en el continente europeo. Era el marco de una ebullición social en que, por un lado, los militares se manifestaban neutrales ante un cambio político que se suponía no muy lejano. Se encontraba el Gobierno, en el mes de enero, en plena negociación con Estados Unidos para el uso por ellos de las bases militares de Torrejón, Zaragoza, Morón y la gran base naval de Rota, a cambio de la modernización de las Fuerzas Armadas Españolas con los 1.222 millones de dólares que aportarían los norteamericanos por su alquiler (la firma del acuerdo se produjo el 24 de enero de 1976). Por otro, en el mundo del trabajo, de los profesionales, de los estudiantes y de los pequeños empresarios, se veían actitudes de cambio con el deseo de abrirse a una democracia aún no permitida sometida a una libertad de expresión vigilada, que penalizaba con multas y prisión a quienes, como periodistas, sacerdotes y políticos de la oposición, criticaran al Gobierno en sus artículos, homilías o manifestaciones públicas, que podían terminar en el acusatorio Tribunal de Orden Público o con el secuestro de publicaciones y la censura de los programas de radio. Era perentoria, para el presidente de la Conferencia Episcopal, cardenal Enrique y Tarancón, la separación de poderes entre Estado e Iglesia, cada uno dentro de los límites de su responsabilidad.

Ramón en el diario Pueblo (Madrid) Fuente: Diario de Navarra 12.12.1975

El presidente del Gobierno, Arias Navarro, en rueda de prensa televisada en febrero, expresó la necesidad de conciliar la estabilidad con la innovación, pero no sentía la necesidad de una reforma constitucional de las Leyes Fundamentales del Estado, basadas en los principios del Movimiento Nacional, porque aún podía sacárseles mayor contenido. En su criterio, el camino hacia la descentralización política eran las asociaciones políticas -no los partidos políticos ni la izquierda subversiva sometida a persecución-, y advertía que “el Gobierno disponía de medios disuasorios más que suficientes para aplastar cualquier intento de alteración de la vida del país”. “La juventud -opinaba- no necesita ampararse en la clandestinidad para la formulación de sus aspiraciones”. Se había convocado una jornada de lucha en las Universidades de Madrid, Valencia, Murcia y Barcelona, seguida de encierros de los estudiantes en las iglesias. El destierro era una de las medidas aplicadas a los cabecillas de la revuelta estudiantil.

Estas declaraciones obtuvieron respuesta en contrario del analista político Pedro Calvo Hernando, quien resaltaba que en ellas no había hablado del secuestro del diario ABC, de las mutiladas declaraciones del Conde de Barcelona, de la suspensión del Club de Amigos de la UNESCO, del cierre temporal de actividades de una docena de asociaciones madrileñas ni de otros muchos temas de más candente actualidad, como el reconocimiento del regionalismo con sus peculiaridades culturales o idiomáticas. A este respecto, mi padre José Ángel Zubiaur Alegre, en el artículo “El Estado y las regiones”, aparecido en el Diario de Navarra, el 25 de mayo, añadía: “llevamos en España más de un siglo desde que importamos el centralismo francés, en que se confunde la unidad con la uniformidad, el patriotismo con el absolutismo centralista; y el regionalismo con el secesionismo…. Se olvida que la expresión tradicional fue la de las Españas…”. Las Diputaciones vascas pidieron al Gobierno la recuperación de su régimen foral suprimido en 1937 y éste lo volvió a reconocer en noviembre, pero ahora eran varias las provincias que solicitaban al Gobierno un régimen administrativo especial como aquéllas. Navarra se inclinó por reclamar al Gobierno una reintegración foral plena.

En marzo, el Presidente Arias se vio obligado a realizar una remodelación parcial del Gobierno y accedieron al poder una serie de hombres -ninguna mujer- bien considerados en los ambientes políticos más modernos, adecuados al momento de cambio que se vivía en el país. Uno de los nombrados, Fernando Suárez González, Ministro de Trabajo y Vicepresidente tercero manifestó: “Comparto la necesidad que tenemos todos los españoles de una evolución sin sobresaltos”. Era la tesis defendida por países como Alemania y Estados Unidos, que iba más allá en su deseo de admitir a España en la OTAN. La remodelación empezaba a notarse con algunas medidas adoptadas por el Consejo de Ministros en el mes de mayo:  autorización de la huelga como último recurso, libertad de reunión en el ámbito sindical, incorporación de las lenguas nativas a la enseñanza general básica y futura ley de pensiones para los mutilados del bando republicano en la guerra civil. Ya se lograba contener el paro a mediados del año en una tasa del 2,18% (que si la comparamos con la existente en enero de 2020 era del 13%), aunque la inflación superaba el 140% anual.

Iba a más la contraofensiva terrorista. En Bilbao, el 13 de mayo, tres sacerdotes eran golpeados, incluso otro cuando estaba revestido para celebrar misa. Un artefacto estallaba en un bar de Durango y un establecimiento comercial de Bilbao era ametrallado, tras haber sido incendiado anteriormente. El 14 Guernica amaneció trágicamente: un teniente de la Guardia Civil, un miembro de ETA y un matrimonio, murieron en el curso de un tiroteo. Se atentó contra un guardia civil en Elorrio. Al día siguiente el Ayuntamiento de Bilbao, presidido por su alcaldesa Pilar Careaga de Lequerica, concedió por unanimidad la Medalla de Oro colectiva a la Guardia Civil, Policía Armada y Cuerpo General de Policía. El 17 explotaron dos bombas en Guernica. En los meses siguientes explotaron artefactos en Amorebieta, Segura… Hubo respuesta policial a estas acciones en el mes de julio con un muerto y varios heridos en el curso de una operación anti ETA en Madrid, y fueron detenidos dos importantes miembros de ETA tras un enfrentamiento con la policía en Barcelona, así como descubiertos varios pisos francos. Trece etarras fueron detenidos en San Sebastián. En Barcelona fue desarticulado un grupo terrorista del FRAP y detenciones y descubrimientos de pisos francos de la ETA en Galicia. En agosto fueron detenidos dos importantes miembros de ETA, uno de ellos, Pérez Beortegui, supuesto cerebro del comando que asesinó al Presidente del Gobierno Carrero Blanco dos años antes. Y un taxista fue acribillado a balazos en Usúrbil por miembros de la organización terrorista. Se sucedieron en las siguientes semanas y meses asesinatos en Valencia, Hernani, Oyarzun, Beasain, Villafranca de Ordizia, Madrid, causados indistintamente por ETA y el FRAP.

Mingote en ABC (Madrid) Fuente: Diario de Navarra 4.2.1976

Con el intento de controlar esta situación el Gobierno aprobaba el 22 de agosto un Decreto-ley sobre Terrorismo que sancionaba con enérgica severidad los delitos terroristas y singularmente los que se cometiesen contra los servidores del orden público, castigados con pena de muerte. Los primeros en serles aplicados el Decreto fueron José Antonio Garmendia y Ángel Otaegui, miembros de ETA,  condenados en Consejo de Guerra a pena de muerte. La sentencia consideraba probado que ambos intervinieron en el asesinato del cabo primero de la Guardia Civil Gregorio Posadas Zurrón. Les sucedieron otras tres penas de muerte para los miembros del FRAP Vladimiro Fernández Tovar y Manuel Antonio Blanco Chivite, acusados del asesinato del policía armado Lucio Rodríguez Martín. En setiembre sendos Consejos de Guerra sumarísimos condenaron a muerte a diez terroristas, con protestas antiespañolas en varios países europeos (Francia, Alemania, Suiza, el vecino Portugal…). La Comisión Permanente Episcopal pidió clemencia para los condenados: “la generosidad y magnanimidad son virtudes de los fuertes y no claudicaciones de los débiles”. Pidió clemencia para ellos a Franco el mismo Papa Pablo VI, pero las ejecuciones se iniciaron el 27 de setiembre en medio de protestas internacionales y el asalto por manifestantes a algunas embajadas españolas en el extranjero, incendiada la de Lisboa. El Gobierno español reaccionó retirando  a la representación diplomática en Portugal y el embajador francés en España regresó a su país. En un mensaje del Presidente Arias Navarro en TVE sostenía: “No nos intimida la posibilidad de aislamiento… ni las presiones exteriores nos desviarán de nuestro camino”. Hubo una gran manifestación patriótica de adhesión al Gobierno el 1 de octubre, en que Francisco Franco hizo su última aparición pública. Luego este tipo de manifestaciones patrióticas se extenderían por toda España. La oposición de izquierdas por su parte organizó una manifestación, no autorizada, en Madrid con 10.000 asistentes convocados por la Junta Democrática (comunista) y la Plataforma Democrática (de obediencia socialista), que tuvo amplia repercusión en la prensa extranjera. Esto hizo que fueran varios los países (salvo Francia y Alemania) que se opusieron a la entrada de España en la CEE. Exigían para su ingreso unas condiciones mínimas: amnistía, sufragio universal y partidos políticos. Cuatro atentados simultáneos en Madrid acabaron con la vida de tres policías armados y uno más quedó gravemente herido. El Cardenal Tarancón clamó con estas palabras: “¡En nombre de Dios, poned fin a la violencia!”. En su homilía de la catedral de Cuenca el obispo Guerra Campos contrapuso: “Estamos, como es notorio, ante una triste y dolorosa necesidad, el uso de la espada”.

Ante esta situación la Permanente del Episcopado se manifestó a favor de la reconciliación social y política, para repudiar toda violencia, defender la autonomía entre la comunidad política y la Iglesia, el trabajo justamente valorado y retribuido del trabajador, y plantear la necesidad de crear cauces políticos adecuados a la realidad social del país.

Por si fueran pocos los problemas, se añadieron protestas anti nucleares en Fraga, León y Zaragoza como una extensión de las de Francia (el 3 de mayo sufrió un atentado la de Fessheim y en agosto será la de Brennillis), ya que el Gobierno se proponía proyectar hasta treinta y dos centrales nucleares antes de 1980, por encima de las que ya tenían  Japón, Canadá, Suecia o Italia.

A la pregunta que se hacía el pueblo -¿Y después de Franco, qué?- respondía el Vicepresidente del Gobierno Fernando Suárez: “El país puede estar seguro de que el momento sucesorio será de total serenidad y de que consistirá ni más ni menos que en el cumplimiento estricto de las previsiones legales, garantizado por el poder político”. Mas para la parte franquista renuente al cambio su preocupación era la transformación de la sociedad manteniendo la paz sí, pero “dentro de un orden”… “la política hay que hacerla dentro del sistema” (afirmaba José Solís Ruiz, Secretario General del Movimiento, en ABC del 28 de junio) Esta preocupación era generalizada en la aristocracia económica, pues el Diario de Barcelona revelaba en junio que una gran parte de ella ya había colocado en el extranjero parte significativa de su fortuna. La fuga de capitales empujaba a la baja a la moneda española, que sería devaluada en febrero del 76. Se estimaba que el volumen de lo colocado en bancos suizos era varias veces superior al oro transportado a Rusia durante la guerra civil.

Según un informe sobre la fe religiosa de los jóvenes que recogía la publicación Iglesia de Sevilla, resultaba que el 90,4 por ciento de ellos creían en Dios, el 87,8 por ciento en Cristo y el 68,8 por ciento en la Iglesia. Pero estos datos no se compadecían del todo con  otro, según el cual diez millones de españoles acudían cada domingo a las iglesias, sobre el 35% de los que estaban obligados a ello (Instituto de Sociología Pastoral Aplicada de Barcelona) La tensión entre renovación y conservadurismo también se daba en el seno de la Iglesia resistente a aceptar la línea del Concilio Vaticano II, que defendía el Cardenal Vicente Enrique y Tarancón “pese a quien pese”. La Hermandad Sacerdotal Española (7.000 sacerdotes y religiosos) criticaba la pasividad de gran parte del Episcopado“ante los grandes desafueros de muchos de nuestros hermanos en el sacerdocio”. Y en febrero de 1976 se consumará la “consagración” de 19 nuevos “obispos” de la Orden de la Santa Faz del Palmar de Troya (Sevilla), considerada por la Iglesia Católica como cismática.

El Embajador de España en Londres, Manuel Fraga Iribarne, declaraba al diario Pueblo: “El país necesita seis reformas: fiscal, económica, política, religiosa, social y agraria. Hay que replantearlo todo”.

Para lograrlo y con la mirada puesta en una transición política que se intuía cercana, se constituyeron varias asociaciones o grupos de opinión, partidarios de una evolución sin traumas: Tácito, integrada por demócratas-cristianos, liberales y social-demócratas; Fedisa (Federación de Estudios Independientes) fundada por Manuel Fraga Iribarne; Sociedad de Estudios Libra del liberal Joaquín Garrigues Walker; y Reforma Social Española, cuyo presidente Cantarero del Castillo se lamentaba del tiempo perdido para iniciar la democratización del país, “que debía haberse iniciado en la década de 1960”. Pero trataba de frenar el aperturismo otra asociación política, el Frente Nacional Español, con el ex ministro Raimundo Fernández Cuesta a la cabeza.

El mes de setiembre fue pródigo en detenciones contra elementos subversivos de ETA (a lo largo del año serán 290), ORT, FRAP, Partido Marxista-Leninista, Partido del Trabajo, Frente de Liberación de Cataluña… Las redadas policiales estaban a la orden del día. Los atentados con muertes de un lado y de otro también: se sucedieron los de Oñate, Alto de Campazar, Zarauz, Barcelona… Los conflictos laborales iban en aumento. En diciembre eran 150.000 los trabajadores afectados -construcción, banca, telefónica, metal, automoción-, se atribuía a Comisiones Obreras su instigación. El METRO de Madrid quedó paralizado varios días y el Gobierno militarizó la RENFE y Correos. El “bunker” aprovechó la ocasión para resucitar el nacional-sindicalismo. Hubo tractorada en Zaragoza como protesta por las importaciones de maíz desde Estados Unidos. Se sucedieron paros laborales en Pamplona, Vitoria, Bilbao y Manresa. En San Sebastián el 3 de marzo hubo dos muertos y más de treinta heridos en un día violento. La huelga de panaderos en Madrid duró nueve días. El 3 de noviembre se conoció la terrible noticia de la muerte de 30 mineros y cinco más muy graves en la mina de lignito “La Consolación” de Fígols (Barcelona) por una explosión de grisú.

Informaba el Daily Telegraph que 400 comunistas españoles, de ambos sexos, eran entrenados militarmente en Manesti (Rumanía).

Se estrenó 1976 con el juicio contra ocho militares acusados de pertenecer a la UMD (Unión Militar Democrática) y presunto delito de proposición para la sedición: el comandante Otero, y los capitanes Valero, García Márquez, Ibarra, Reinlein, Fortes, Martín Consuegra y Ruiz Cillero. En enero, la revista Cambio 16 informaba de unas declaraciones del Ministro de la Marina concordantes con otras del Ministro del Ejército, según las cuales los militares debían respetar “cualquier acción política que tenga cabida en el orden Institucional, sin que sea lícito, en consecuencia, participar ni mostrar su preferencia por cualquiera de ellas”. La sentencia será firmada el 10 de marzo con su condena a penas entre 8 años y 2 años y seis meses. Su delito: la afiliación de los procesados a la Unión Militar Democrática, organización subversiva entre cuyos fines figuraba el cambio violento de las instituciones de la nación.

Arrasate liberado por ETA recibe el abrazo de su madre. Fuente: Diario de Navarra 20.2.1976

Fueron secuestrados por ETA en el primer trimestre del nuevo año los industriales José Luis Arrasate, hijo del dueño de Forjas de Bérriz (Vizcaya), liberado semanas después, y Ángel Berazadi, director de la fábrica “Sigma”, de Elgoibar, que apareció asesinado en la carretera de Elgoibar a Azcoitia el 4 de abril. La organización terrorista coaccionaba a varios industriales para que entregasen dinero (el llamado “impuesto revolucionario”) y siguieron los asesinatos: el alcalde de Galdácano Víctor Legorburu,  un mecánico por confusión -Julián Galarza- en Cizúrquil, Emilio Guezala, inspector de autobuses entre Lezo y Rentería, Manuel Albizu, taxista de Zumaya… Con todo y en medio de fuertes presiones continuaba el deseo aperturista del Gobierno reforzado por la Monarquía (los Reyes fueron recibidos en Cataluña con gran alborozo el 20 de febrero). Se decretó el uso de las lenguas nativas, se reconoció a la Real Academia de la Lengua Vasca y se permitirá en adelante la inscripción en el Registro Civil de nombres en cualquiera de las lenguas de la nación. El Gobierno Español ofreció pasaportes a 848 exiliados, de los que el 95% eran vascos.

Era, sin embargo, tiempo de grandes inquietudes, sobresaltos y congojas. En su análisis político publicado en la prensa española, Pedro Calvo Hernando afirmaba: “El país mira los sucesos entre atónito e incrédulo y se preguntan cómo es posible que nos estén sucediendo tantas cosas en tan corto espacio de tiempo. El Gobierno y el Régimen atraviesan una de sus más negras etapas, con los sucesos interiores y con el hostigamiento exterior. Habría que retroceder varios años para encontrar un posible parangón. Tal vez cinco años, cuando aquellos terribles días del proceso de Burgos. Las gentes se preguntan también qué tremendo pecado habremos cometido para merecernos esta especie de furia divina. Pero realmente yo no veo más “pecado” colectivo que las ansias generalizadas de encontrar unas fórmulas de convivencia normal y civilizada, en la que no tengan lugar ni la violencia, ni el odio, ni el aplastamiento de ninguno de los derechos fundamentales del hombre”.

En paralelo a la situación española, en mayo de 1975 se difundía una información relevante: terminaba la guerra de Vietnam, dejando tras de sí un millón de muertos, 30 años de lucha, y 160.000 millones de dólares de coste, con el fin de evitar “un derramamiento inútil de sangre” (según el Presidente Duong van Minh).

En ese mes llegó a Madrid en visita oficial el Presidente de los Estados Unidos Gerald Ford. Sin duda su presencia estaba relacionada con el acercamiento a España en el terreno estratégico-militar. En menos de veinte días, y en el mes de setiembre, sufrió dos atentados contra su vida, en Sacramento y San Francisco, que resultaron frustrados.

Portugal vivía días difíciles. En noviembre era detenido el general Otelo de Carvalho acusado de inspirar la revuelta militar, que, sin embargo, terminó con la rendición de todas las bases militares sublevadas. Era un golpe promovido por las fuerzas de extrema izquierda. Hubo estado de sitio parcial y toque de queda. Según el ex Presidente de la República, Antonio de Spínola, las fuerzas armadas de su propio país estaban sovietizadas por el Partido Comunista. La situación se recrudeció en agosto al desatarse la violencia anticomunista. Se formó un nuevo gobierno con ningún afiliado comunista entre sus miembros, a cuya cabeza estaría el primer ministro Vasco Gonçalves.  Dirigentes militares moderados dieron al presidente de Portugal, Francisco Da Costa Gomes, un plazo de una semana para que destituyera al primer ministro, Vasco Conzalves, respaldado por los comunistas o, de lo contrario, tendría que enfrentarse con un golpe de estado de las Fuerzas Armadas. Los incidentes anticomunistas se extendieron a las Azores. Existía un clima de guerra civil. Hubo una gigantesca concentración de portugueses en Fátima que estuvieron rezando por la paz durante trece horas.

En marzo de 1976 se produjo un golpe militar incruento en Argentina. Isabel Perón, Presidenta de la nación, fue derrocada, detenida y confinada en Bariloche. Un triunvirato militar se hizo cargo del poder con el objetivo de acabar con la subversión, restaurar el orden social y económico, a cuyo frente estarían los tenientes generales Jorge Videla (que sería Presidente), Orlando Agosti y Emilio Massera. Se informaba que “el general Videla era conocido por su integridad y sus virtudes castrenses y personales”. (Fueron acusados, y condenados, en 1985 por terrorismo de Estado) .

El 26 de junio fallecía en Roma el fundador del Opus Dei, Monseñor Escrivá de Balaguer.

En el ámbito cultural, en el período que se describe, pasaron a mejor vida la escritora Agatha Christie, famosa por sus novelas policíacas, y el también escritor y filósofo, además de cineasta, Pier Paolo Pasolini, asesinado en un descampado de las afueras de Ostia (Italia) por un joven de 17 años, Giuseppe Pelosi, fichado por la policía como ladrón de autos y ragazzo di vita, en circunstancias no aclaradas.

Una prueba del ansia democrática de los españoles es que se escribía sobre la devolución del Guernica de Picasso, condicionada su vuelta por el pintor al cese del régimen franquista y el restablecimiento de las libertades.

El óbito de Franco, la sucesión a la Jefatura del Estado y el abandono del Sahara  

El 21 de octubre una indisposición de Franco “por un proceso gripal” obligaba a suspender la audiencia militar prevista para ese día. Cinco días después se anunciaba que desde el 16 llevaba postrado en cama con dificultades respiratorias. Su enfermedad se irá complicando progresivamente: insuficiencia coronaria aguda, cuatro infartos sucesivos, uremia, hemorragias internas, traslado al Hospital de la Paz con operación consiguiente el 5 de noviembre, ascitis, nueva operación a la desesperada para cortar una hemorragia gastrointestinal, síntomas de tromboflebitis, fracaso renal, edema pulmonar, y tercera operación. En un momento de claridad mental se le oyó decir: “¡Dios mío qué duro es todo esto!”.  Se le mantuvo vivo con asistencia extra corporal. El 19 de noviembre se le administraron los santos óleos. Al día siguiente falleció a los 82 años de edad. El Príncipe Juan Carlos se había hecho interinamente cargo de la Jefatura del Estado apremiado por la situación del Sahara y fue promovido a Capitán General de los Ejércitos. Washington le manifestaba su respaldo con el objetivo del ingreso de España en la NATO y en el Mercado Común Europeo. Se decía en la prensa que el 86% de los españoles le eran favorables. Con motivo de su proclamación como Rey habrá un indulto general exceptuados los delitos por terrorismo, aunque para algunos el indulto se quedaba corto -y se pedirá amnistía- pero fueron liberados 3.537 reclusos, entre ellos personajes como el empresario Vilá Reyes (condenado por el caso Matesa), e izquierdistas como Camacho, Sartorius, Muñiz Zapico, Saborido, García Salve y Soto.

La muerte de Franco, aunque previsible, se producirá en unas fechas repletas de renovaciones de cargos del régimen -el cambio en la presidencia de las Cortes y del Consejo del Reino, la celebración de elecciones a procuradores en Cortes, la elección de los consejeros nacionales y elecciones locales- esto sin contar con la situación del Sahara, que, en palabras del Secretario de las Naciones Unidas, Kurt Waldheim, era “seria y explosiva”.

Referencia: miradahistoria.net.jmfernandezros

Analizaremos el caso del Sahara Occidental (que según el concepto vigente se asimilaba a una provincia española más con sus representantes en Cortes) y lo haré en el orden en que sucedieron los hechos.

En enero de 1975 el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya había sido requerido por la Asamblea General de las Naciones Unidas, a instancias de Marruecos, para decidir sobre el pasado histórico del Sahara español orientado a formar un criterio acerca del proceso de descolonización de su territorio y autodeterminación de sus habitantes, con los que España estaba de completo acuerdo a fin de transferir su soberanía conforme a las resoluciones que adoptara el máximo órgano internacional. Por su parte, el reino de Marruecos venía presionando a España por distintos cauces, conocedor de las inmensas riquezas del subsuelo sahariano y una supuesta bolsa de petróleo en el Océano Atlántico, más cerca de costas españolas que marroquíes (al este de la isla de Lanzarote), que decidió reservarse unilateralmente ampliando sus aguas jurisdiccionales a 70 millas, poniendo a España en un brete, pues de lo contrario, si España ampliase sus aguas, se entraría en un conflicto jurisdiccional. Según un informe confidencial de la ONU el Sahara era rico en titanio, vanadio, cobre y zinc. Contaba con las mayores reservas mundiales de fosfatos (1.700 millones de toneladas casi a ras de tierra).

Menudeaban las interceptaciones de barcos pesqueros españoles por patrulleras marroquíes en una actitud prepotente. En abril fueron los pesqueros Alborán, Noroeste y Liñeiros, que fueron rescatados por los buques de guerra destructorLángaray corbeta Nautilus, canjeados sin sanciones. Las aprehensiones de pesca y multas a los pesqueros españoles continuaron tanto en la vertiente mediterránea como atlántica. Un conocido catedrático de Derecho Internacional, Juan Antonio Garrido, las relacionaba con las pretensiones territoriales del rey de Marruecos, Hassán II, y de la situación sumamente frágil e inestable de su política interna y exterior. En efecto, Hassán había sufrido en 1971 en su palacio real un atentado contra su vida dirigido por  el jefe de su casa militar, general Medboh, de resultas del cual murieron el general Mizziam, varios ministros marroquíes, el embajador belga y dos ministros franceses. El intento de acabar con su vida volvió a repetirse el 16 de agosto de 1972, encargándose de ello un avión rebelde de las fuerzas aéreas marroquíes, que intentó derribar el aparato en que viajaba el monarca. Desde entonces el Movimiento 16 de Agosto buscaba, desde la clandestinidad, acabar con la monarquía en favor de una república.

El día 10 de abril, el Gobierno español, estando en el poder todavía Franco,  ratificaba su posición con respecto a las plazas de soberanía de Ceuta y Melilla, el peñón de Vélez de la Gomera, Alhucemas e islotes adyacentes e islas Chafarinas, posición mantenida por el representante español en Naciones Unidas en el sentido de defender la no negociabilidad de estos territorios, empleando la fuerza si fuese preciso.

En mayo, Argelia anunció al Tribunal Internacional de Justicia de La Haya que apoyaba plenamente la tesis -defendida por España- de la libre autodeterminación del pueblo del Sahara Occidental. La posición del gobierno argelino, expresada en la última reunión de la Liga Árabe, produjo extraordinaria exasperación en Rabat. El rey Hassán II -consciente de la difícil situación en que le había sumido su vecino oriental- declaró a la radio francesa que si España no abandonaba el Sahara, crearía un nuevo Vietnam. El representante español en las Naciones Unidas, Jaime de Piniés, afirmó en una carta al Secretario General de ese organismo, que “usar la fuerza para impedir la autodeterminación era incompatible con los propósitos de la ONU”.

El PUNS (Partido de la Unidad Nacional Saharaui) por boca de su secretario general señor Halijena declaró que “en caso de que las Naciones Unidas aprueben la autodeterminación del Sahara y se celebre el referéndum, nuestra opinión es que debería establecerse una especie de convenio o acuerdo mutuo con España o con la ONU y la Liga Árabe, para asegurar nuestra defensa respecto al exterior”. Por el contrario, el Frente Polisario (Frente Popular para la Liberación de Saguía el Hamra y Río de Oro), tenido por partido ilegal partidario de la lucha armada, consideraba a España “potencia colonial”, pedía la retirada de todas las fuerzas de países vecinos estacionadas cerca de la frontera, la liberación de los presos políticos y que el futuro referéndum sobre la independencia no se manipulase, y en todo caso se oponía rotundamente al entendimiento de España con Marruecos. Varias semanas después se supo que ambos partidos buscaban el acuerdo, aunque cabría pensar que la huida a Mauritania del tesorero del PUNS, Jalifa Buhemaa Mohamed, con 600.000 pts. del partido, no habría ayudado a la convergencia de posturas. El Polisario, conforme avanzaban las semanas, fue multiplicando sus acciones armadas contra el ejército marroquí, utilizando para ello la guerrilla, principalmente al norte del Sahara, entre Hausa y Matala. Por fin, el Polisario se convenció de que España era el único medio para llevarlos a la independencia y decidieron abandonar la clandestinidad, según se informaba el 11 de octubre.

Se produjo un grave incidente en el territorio del Sahara. Dos patrullas de tropas nómadas, mandadas por oficiales españoles, fueron atacadas y apresadas por bandas rebeldes con base en Marruecos. Manifestantes del Frente Polisario recorrieron las calles de El Aaiún con banderas y profiriendo gritos por la liberación del Sahara. Todos ellos coincidieron en sus declaraciones a los miembros de la misión de las Naciones Unidas, “que no querían ser anexionados a territorio marroquí” (14 de mayo)

Federico Gómez de Salazar entrevistado para el diario ABC (Madrid)

Dos días después fueron atacados con cohetes dos helicópteros españoles por fuerzas marroquíes. El Gobernador del territorio, general Federico Gómez de Salazar, reiteró que el ejército español estaba preparado para repeler cualquier agresión armada marroquí. Se constató que los terroristas marroquíes infiltrados en el Sahara español estaban dotados de material ofensivo ruso y chino, y que planeaban atentar contra El Aaiún, capital del territorio (como de facto sucedió el 16 de agosto contra un hostal). Ello se produjo mientras una misión oficial de las Naciones Unidas recorría el Sahara para conocer sobre el terreno la situación existente. Marruecos aprovechó el momento para replegar sus tropas destacadas en el norte y presentar a algunos pretendidos saharauis que se habrían exiliado a Marruecos para mostrar a España ante la ONU como una nación agresiva.

El 23 fueron expulsados de Marruecos los redactores de la agencia Europa Press y del diario Pueblo.

Un día después, el general gobernador del Sahara se refería al plan previsto, según el cual España saldría del Sahara en cuanto pudiera delegar en un gobierno independiente. “Seguramente -afirmaba- hacia noviembre las Naciones Unidas tomarán un acuerdo. Entonces, hacia abril o mayo [de 1976] se haría el referéndum en presencia de esa misma ONU como testigo, y de ello saldría una conclusión”.

Un memorándum dirigido por España a las Naciones Unidas planteaba la necesidad de una conferencia bajo su patrocinio donde interviniesen todos los partidos políticos del Sahara y sugería el despliegue en él de cascos azules, tratando de liberarse de responsabilidad en el caso de que la agitación aumentase o que las presiones marroquíes pudieran degenerar en un nuevo Vietnam, como sugirió Hassan II a un medio francés. En este caso serían los países que reivindican el Sahara (Marruecos, Argelia y Mauritania) o bien los cascos azules de la ONU los encargados de dilucidar las diferencias y encontrar una solución. Entre tanto se recibían noticias de que Marruecos continuaba su ofensiva, ahora de cara a la misión de las Naciones Unidas. En la visita de la comisión a Tan-Tan, en la frontera con el Sahara, habían sido movilizados cerca de 30.000 manifestantes identificados como supuestos refugiados procedentes del  Sahara español.

Proseguía Gómez de Salazar ante la pregunta de un periodista de si fue rentable la inversión que hizo España en el Sahara: “Nunca se pretendió que lo fuera, porque el propósito de España era desarrollar un país pobre, que vivía en un medio dificilísimo, y eso se ha logrado, pues en un territorio donde solo había un desierto y unas cuantas jaimas repartidas, buscando una lluvia que esporádicamente podía caer, y ahora hay cinco o seis ciudades de bastante importancia, con todos los adelantos modernos, gran cantidad de hospitales, escuelas e institutos, centros culturales y deportivos, carreteras, servicios de comunicaciones, edificios públicos y es una labor impresionante que nadie puede imaginar lo que supone aquí, porque no es lo mismo hacerlo en un lugar productivo que en un desierto tremendo”. Y, en cuanto a la empresa Fosfatos Bu Craa (dependiente del Instituto Nacional de Industria), respondía que solo recuperaría lo invertido pero no los bienes, pues su rentabilidad se esperaba alcanzar a partir de 1976, destacando la modélica obra de ingeniería que era la cinta transportadora del material desde el yacimiento al puerto marítimo más cercano con una extensión superior a los 100 km.

Se supo a finales de junio que los polisarios habían situado a los españoles apresados días antes detrás de una división mecanizada argelina para evitar su rescate. Una misión diplomática española había sido enviada a Argelia para tratar este asunto. El 27 de julio informaba la prensa de cartas enviadas por los prisioneros a sus familiares presuntamente desde territorio argelino. Al mismo tiempo, permanecía secuestrado por el Polisario desde hacía 78 días el industrial canario Antonio Martín. El 28 se informaba de la explosión de una mina anticarro en un lugar del Sahara cercano a la frontera con Marruecos, como consecuencia de la cual perdieron la vida un oficial, un suboficial y tres soldados, así como del atentado contra aviones militares españoles en vuelo de reconocimiento. Y el 5 de agosto Marruecos atacó el puesto de Hausa. Murió un cabo primero paracaidista (Joaquín Ibarz Catalán) y el enemigo tuvo dos bajas. Un niño saharaui quedó herido de cierta gravedad.

El 22 de agosto, en un discurso televisado Hassán II se comprometía a liberar el Sahara occidental “a cualquier precio”. Si fracasasen los medios diplomáticos el pueblo marroquí escogería el camino de la lucha armada. Cualquiera que fuese el resultado del Informe del Tribunal Internacional de La Haya, Marruecos recuperaría el territorio, lo más tarde, hacia finales de este año.

El 22 de setiembre fue capturado el soldado-médico español Sastre Papol y trasladado a Mauritania. Fue liberado el 21 de octubre junto al industrial canario Antonio Martín.

Movimientos de tropas marroquíes al este del Sahara habían aconsejado el desplazamiento de la totalidad del tercio de la Legión de Villa Císneros hacia Echera, cerca de El Aaiún, y se habían reforzado los puestos fronterizos con Marruecos (7 de octubre)

Se produjeron noticias importantes en el mes de octubre.

Varios prisioneros marroquíes fueron liberados en El Aaiún. Se trataba de una patrulla de 16 hombres que se internaron en territorio español llevando fusiles rusos. Las fuerzas marroquíes no habían mostrado agresividad alguna hacia nuestras fronteras desde hace varias semanas. Todo estaba en una extraña calma. Una tensa espera que podría romperse si se cumpliese la amenaza del Rey Hassan II (“el Sahara es cuestión de vida o muerte para Marruecos”) (día 15).

El 17 se dio a conocer el Dictamen del Tribunal Internacional de Justicia de La Haya, según el cual se consideraba confirmado que no existían lazos entre el Sahara, Marruecos y Mauritania en el momento de la colonización española; el territorio estaba entonces ocupado por tribus locales socialmente organizadas; y se concluía que la descolonización debía concluir la autodeterminación de la población saharaui.

Trayectorias de la Marcha Verde. Fuente: es.wikipedia.org

Marruecos no admitió esta resolución, y el Rey Hassan anunció una marcha sobre el Sahara desde el norte hacia el sur. La integrarían 350.000 personas (el 10% mujeres) desarmadas que intentarían penetrar en el territorio (se decía sin fundamento que al final superaría los 500.000 voluntarios). Había tropas armadas camufladas entre los manifestantes. En su alocución al país afirmó hablar en su calidad de Amil El Numinine, al que “estáis siempre sometidos en virtud del juramento de vasallaje”, y citó unos versos del Corán en los que se afirma que “aquellos que formulan un juramento de vasallaje no hacen más que jurar ante Dios, puesto que la mano de Dios está encima de la suya”. Continuó: “Si encontramos en el camino fuerzas que no sean españolas recurriremos a la autodefensa, y la responsabilidad será de España, pero si son españolas les saludaremos y les dejaremos disparar sobre nosotros si lo desean”. La idea era trasladar a voluntarios en trenes hasta Marraketch y desde allí transportarlos hasta Agadir y Tarfaya. Esto promovió la concentración de tropas marroquíes y argelinas en sus fronteras. Marruecos minó caminos y envió terroristas a El Aaiún. Un legionario resultó muerto y un capitán y varios miembros de su patrulla heridos a causa de una de estas minasen la zona fronteriza de Temboscal al NO de Daora,

Madrid buscó la concordia con Rabat usando la mediación oficiosa de la hija del general Mizziam (ex general del ejército español y primer mariscal del ejército alauita) para alcanzar un acuerdo entre España y Marruecos, mientras la confusión y la ansiedad crecía entre la población saharaui. Según una encuesta de The Times estaba en contra de las reclamaciones de Marruecos y Mauritania.

Fuente: Diario de Navarra 22.8.1975

La desde ahora llamada Marcha Verde (“marabunta” la llamaron los militares españoles) comenzaría el 27 de octubre. Se calculaba que tardaría quince días en llegar hasta El Aaiún (110 km de distancia desde la frontera del Sahara) Marruecos temía que el Polisario pudiera enfrentarse a los manifestantes. La medida de Hassan II se consideraba una maniobra destinada a que España negociase el norte del territorio donde habitaba la tribu Tekna, vasalla del rey de Marruecos.

En tales circunstancias, España hizo patente que declinaba toda responsabilidad de lo que pudiese ocurrir. El Embajador de España, Jaime de Piniés, entregó una carta al  Presidente del Consejo de Seguridad de la ONU, Olof Rydbeck, en la que le rogaba tuviese a bien convocar con carácter de urgencia el Consejo de Seguridad, para que adoptase las decisiones del caso y se disuadiese al Gobierno marroquí de llevar a cabo la invasión anunciada, que además de comprometer la paz y la seguridad internacionales, desconocía el derecho del pueblo saharaui a la autodeterminación y era contraria a los propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas. La intervención de la ONU también la solicitó el PUNS por mediación de su secretario general Dueh Sidha.

Los saharauis esperaban que España no permitiese la marcha pacífica. Se empezaba a hablar de una “contramarcha” saharaui. Hassan II había convencido al país de que tanto la comisión visitadora de la ONU como el Tribunal de La Haya habían dado plenamente la razón a Marruecos… y en todas las ciudades del reino alauita se produjeron manifestaciones al grito de “¡Ceuta, Melilla, el Sahara marroquí!”. Ante la probabilidad de que la Marcha entrase en terreno español se barajaban varios hipótesis a nivel militar, desde permitir su paso fiándolo a los estragos que harían los 40º de temperatura en los 80 km. del recorrido por el desierto hasta El Aaiún; sembrar la zona de campos minados, lo que finalmente se hizo en la frontera con Marruecos; y recurrir a medios de tipo policial antidisturbios que disgregasen a los invasores y les desmoralizasen obligándoles a retornar. Se temía que tras los manifestantes pacíficos fuera el Ejército de Marruecos. Según los portavoces del Polisario, Hassan II recurría a esta forma de presión porque le consideraban desesperado, sin crédito alguno frente a la Liga Árabe, a la OUA y a la ONU, y con el fin de impedir que la oposición terminase con su estatus al ver burladas sus esperanzas de expansión territorial.

Se sucedieron distintas iniciativas en el marco de la tensión creciente en los días siguientes al 20 de octubre: reunión de la Junta de Defensa Nacional con asistencia del Presidente Arias y del gobernador del Sahara con los jefes de las unidades militares;  dos entrevistas del Ministro Secretario General del Movimiento, José Solís Ruiz, con Hassan II en Rabat; la ONU se apresuró a convocar una conferencia  cuatripartita España-Marruecos-Argelia-Mauritania para resolver el conflicto existente; Ahmed Laraki, Ministro de Asuntos Exteriores marroquí, se entrevistó en Madrid con su homólogo español Pedro Cortina Mauri, y además con el Presidente del Gobierno Arias Navarro. El 25 se envió a las Cortes un proyecto de ley sobre descolonización del Sahara español. Se pudo leer en la prensa del 6 de noviembre que en enero pasado don Juan de Borbón se había entrevistado con Hassán II acompañado del embajador español en Rabat y que había enviado un informe de lo tratado al Príncipe Juan Carlos.

La Marcha Verde en una instantánea publicada por el diario El Alcázar (Madrid)

El 27 Marruecos prohíbió a los periodistas el acceso a la Marcha Verde a 250 km. de Tarfaya. Hassán II afirmó ante una cadena de televisión estadounidense que tomaría el té en El Aaiún antes de fin de año. El Polisario se manifiestaba en las calles de El Aaiún gritando contra Marruecos y Mauritania, con el apoyo de 8.000 personas.

Estando el general Franco en la recta final de su vida se ordenó el 29 iniciar la evacuación militar del Sahara. El 30  de octubre tropas marroquíes entraron por Farsía, Hausa y Echediría sin encontrar resistencia de los soldados españoles. Sólo la intentaron parar patrullas del Frente Polisario.

En la misma fecha se anunciaba el posible acuerdo tripartito sobre el Sahara, que de momento detuvo la Marcha Verde. El hacinamiento y la enfermedad hacían estragos entre la multitud, que avanzaba a un ritmo de 6 km diarios por el desierto, mal avituallada y sin buen cobijo para pernoctar. Se informaba que los organizadores de la marcha dispondrían de monos y enjambres de abejas con que atravesar terreno minado y confundir a la tropa española. Según el acuerdo se diseñaron tres zonas de influencia para España, Marruecos y Mauritania. A España le correspondería la región atlántica del territorio con El Aaiún y Villa Cisneros; a Marruecos el territorio a lo largo del paralelo 23’40, con Tah, Mahbes, Edcheiria y Hausa; a Mauritania Tifariti, Tisla y Agüenit. Argelia estaría buscando un pasillo atlántico. En esa solución se incluiría también el referéndum para que la población saharaui eligiese su destino. Según The Times, si esto se plasmase en realidad, la permanencia española, al menos a nivel militar y de funcionamiento de servicios indispensables manejados por civiles, se prolongaría hasta el primer semestre de 1976.

El 2 de noviembre, el Príncipe Juan Carlos visitó inesperadamente El Aaiún para contrarrestar el fuerte malestar del Ejército ante la situación creada, y declaró: “España mantendrá sus compromisos y tratará de mantener la paz… Deseamos proteger los legítimos derechos de la población saharaui, ya que nuestra misión en el mundo y nuestra historia lo exigen”.

Recuperó su avance la Marcha Verde el día 6, penetrando 10 km  por la frontera de Tah y, más al este, por el curso seco del río Agbaro, pero sin el rey de Marruecos a la cabeza, que se había excusado ante el posible descontrol de su avance sin perder antes el honor y acaso el trono según la prensa extranjera (Le Figaro, Dally Telegraph). “No se permitirá a los marroquíes cruzar la frontera militar (delimitada por campos de minas) ni un solo metro”, afirmaba el general Gómez de Salazar. E insistía: “Se defenderá por la fuerza la inviolabilidad del territorio saharaui”.

En apoyo de las tropas españolas del Sahara trece barcos de guerra atracaron el 8 en el puerto de Las Palmas. Entre ellos, dos lanzamisiles y dos transportes. Coincidía con que las fuerzas marroquíes estaban penetrando en el tercio este del Sahara desde hacía una semana -que era zona de vacío militar español- donde se estaban topando con el Frente Polisario, formado por unos 3.000 hombres, que las había interceptado en Hausa, Edchedeiria, El-Farsia y Asbes, usando para ello armamento argelino.

¿Cómo era posible que un ejército extranjero y otro clandestino combatiesen dentro del territorio de una provincia española? La respuesta a esta situación la dio el capitán general de Canarias Cuadra Medina al afirmar rotundamente que en aquellos momentos el Sahara español era el comprendido dentro de la llamada “frontera militar”-entre un 10 y un 20% del territorio- y que el resto era cuenta de los saharauis. El resto “no nos incumbe” dijo el general. Ello se compadecía con la afirmación en las Cortes de que el Sahara invadido por Marruecos y disputado por el Frente Polisario “no era plenamente una provincia española”, algo que se contradecía con lo sostenido en contrario en las Cortes por el Ministro de la Presidencia, Carro Martínez.

El Consejo de Seguridad de la ONU hizo un llamamiento al rey Hassán para que pusiera fin inmediato a la penetración en territorio español, al tiempo que España pedía al Consejo de Seguridad una condena sin ambages de la acción de Marruecos, que no se dio por aludido. En Argelia se reforzó militarmente la frontera. El periódico argelino El Moudjahid daba como inevitable el enfrentamiento. Se apuntó una solución dialogada entre la ONU y España, que pasaría porque España y Argelia aceptasen que fueran los jefes de tribus los que decidiesen el destino del territorio. En la prensa italiana se hablaba de un acuerdo Madrid-Rabat para que la marcha quedase en “demostración”. También intervinieron como mediadores en el conflicto Francia y Túnez.

Cincuenta procuradores, propusieron en las Cortes el 5 de noviembre una declaración de indignidad para un procurador del Sahara pasado a Marruecos -El Jatri Uld Yumani, presidente de la Yemaa (Asamblea de Notables que regulaba las relaciones entre las tribus saharauis)- que hacía dos días se había pasado desde Las Palmas a Marruecos y rendido acatamiento al rey Hassán II, haciendo unas declaraciones en que pedía a los saharauis que también le rindieran pleitesía.

Se organizó la evacuación civil del Sahara a la que se dio el nombre de Operación Golondrina, cuyo coste se estimaba en 1.000 millones de pesetas, que, además, encontraba resistencia en quienes debían irse, así como en los que vivvían de la pesca, pero se vieron obligados a hacerlo bajo pena de multa de 50.000 pts. Tras el abandono de las casas por los civiles los saharauis entraron a saquearlas.

El 11 de noviembre la Marcha Verde se retiró. Algunos marroquíes descontentos con la orden de repliegue  dada por Hassán avanzaron hacia las líneas españolas pero fueron rechazados sin utilizar las armas. Se atribuía el logro a la inflexibilidad del Príncipe Juan Carlos, y a las negociaciones del Ministro de la Presidencia enviado a  Agadir, Antonio Carro Martínez, junto a las presiones ejercidas por los Estados Unidos. Los más importantes diarios marroquíes reseñaron en sus primeras páginas el discurso de Hassán II a su pueblo destacando frases como “La marcha ha conseguido su objetivo” y “España es un país amigo, “no hay vencedores ni vencidos”.

Según fuentes argelinas, el acuerdo secreto entre Madrid y Rabat el 14 de noviembre implicaría varios puntos importantes, considerados propagandísticos por los observadores de la NATO, que tratarían de incitar a los países árabes contra España: – Cooperación de Marruecos al bloqueo económico de Gibraltar retirando el grueso de su mano de obra de la colonia. – Renuncia de Marruecos a reivindicar Ceuta y Melilla por un plazo no determinado. – Autorización para el mantenimiento de una base militar española cuyo objetivo se limitase a la defensa de las islas Canarias. – Participación española en la explotación de los fosfatos de Bu Craa al menos hasta amortizar la inversión de 400 millones de dólares. A este respecto, segúnla organización especializada francesa Dynachim, en el acuerdo tripartito de Madrid se llegó a un reparto de Fos Bu-Craa a razón de un 60 por ciento para España, un 30 por ciento para Marruecos y un 10 por ciento para Mauritania. Las mismas fuentes afirmaron que ese reparto tendría efecto dentro de dos años, tiempo que permanecería cerrado el yacimiento para que Marruecos terminase de monopolizar el mercado mundial de los fosfatos y de imponer el precio de sus exportaciones, 68 dólares por tonelada. Diario de Navarra del 18 de noviembre explicaba que España estaba interesada en la explotación conjunta del banco pesquero desde Gibraltar hasta Senegal formando una industria pesquera con Marruecos y Mauritania. Los tres países presumiblemente habrían alcanzado un acuerdo trilateral acerca de un referéndum de autodeterminación bajo la supervisión de las Naciones Unidas para los 75.000 habitantes del territorio, previsto para dentro de 6 meses, así como la retirada española del territorio antes del 28 de febrero, seguida de la formación de una administración provisional por Marruecos y Mauritania, con representación española hasta que se completase la evacuación del territorio, tras lo que sería la Yemaa quien se encargase de representar al pueblo saharaui. España accedió a entregar el Sahara a Marruecos y Mauritania con el consentimiento de la ONU, según informaba el Washington Post. Una nota oficial del Gobierno de España aclarará el 16 de febrero de 1976 que su papel en el Sahara había sido como “potencia administradora”, “no soberana”, por lo que difícilmente podía ceder esta soberanía  a un tercero, puesto que correspondía al pueblo saharaui, limitándose a un “proceso de descolonización en tanto no se haya expresado la opinión de la población saharaui” y que este referéndum no se pudo llevar a cabo por el recurso marroquí al Tribunal Internacional de Justicia de La Haya que pidió suspenderlo cautelarmente hasta conocer su dictamen, y que éste al tiempo que reconoció el derecho de autodeterminación del pueblo saharaui reconocía también vinculaciones del Sahara con el reino de Marruecos y el conjunto mauritano. Existían discrepancias sobre el censo electoral que impidieron la celebración de la consulta. El Polisario quería remitirse al padrón de 1974, mientras que Marruecos exigía la inclusión de todos aquellos colonos llegados desde el norte al Sahara tras culminar la invasión (todavía hoy Rabat se opone a la segregación del Sahara Occidental defendida por el Frente Polisario y solo ofrece la posibilidad de una amplia autonomía al territorio)

El periodista Pedro Calvo Hernando consideraba en su análisis político de la semana del 28 de diciembre que este acuerdo tripartito denunciado por Argelia “suponía pura y simplemente la entrega a Marruecos del territorio, con un sorprendente olvido de la política seguida todos los años anteriores y de los compromisos tan pública y explícitamente sostenidos en favor de una autodeterminación del Sahara y de un referéndum para que la población autóctona eligiera su destino” (en los años posteriores, Marruecos iría  imponiendo la política de hechos consumados, modificando progresivamente el equilibrio demográfico, impidiendo la actualización del censo y continuando la explotación de los recursos del Sáhara Occidental, en especial, los fosfatos, la pesca y la agricultura intensiva)

En la práctica, en el punto de vista de Argelia, desplazada en el reparto del Sahara, el acuerdo suponía “una partición del territorio del Sahara entre Marruecos y Mauritania” contrario a las aspiraciones del pueblo saharaui, a las resoluciones de la Asamblea General de la ONU y a las promesas realizadas por España a lo largo de 10 años. El caso es que la Yemaa era más bien el canal que comunicaba a la administración española con el pueblo saharaui pero Argelia no lo consideraba un órgano representativo.

Tras este acuerdo, las tropas marroquíes se apresuraron a tomar posesión de Smara. Después de evacuada Smara, a España sólo le quedaba el 10% del territorio sahariano. Los marroquíes se aprestaron a poner en las calles millares de carteles con el retrato de Hassán II. La bandera marroquí ondeaba ya en El Aaiún -de momento junto a la española- dentro de una política que dejaba a Mauritania el control del sur del Sahara más pobre, aunque disfrutase a partir de ahora del banco de pesca sahariano; Marruecos se quedaba con los fosfatos, el hierro y el 70% de la población saharaui, y sus tropas se iban extendiendo por el territorio. Argelia aún esperaba que las resoluciones de la ONU sobre descolonización se llevaran a cabo. Apuntaba el enviado David Solar: “A partir de ese momento la posibilidad de un referéndum, por muchos auspicios de las Naciones Unidas que pueda haber, es nula. La autodeterminación se llevará a cabo con Marruecos y Mauritania dentro”. En diciembre todavía controlaba España Villa Cisneros, que en el reparto territorial correspondía a Mauritania, pero cuando se consumase la evacuación iba a dejar intactas en manos marroquíes unas propiedades que ascendían a unos 14.000 millones de pesetas entre edificios, centros oficiales, cuarteles, parte de los vehículos, y el hospital civil de El Aaiún. Se temía que la bravuconada de Hassán II, que meses atrás había asegurado que tomaría el té en El Aaiún el 20 de diciembre, finalmente fuese una realidad. Tan era así que ya se esperaba la llegada al territorio saharaui de 800 gendarmes marroquíes para hacerse cargo del orden público así como de 300 policías secretas, y es que Hassán consideraba este asunto “terminado”, pese a que se registraron varios atentados del Polisario contra comercios pro marroquíes en El Aaiún y lograron atacar Smara, pero no por eso se detuvo la evacuación militar española. A Argelia sólo le quedaba el recurso de fomentar las guerrillas del Frente Polisario, que a primeros de 1976 controlaba todo el este del Sahara, y diezmaba guarniciones mauritanas, al tiempo que denunciaba a nivel internacional que 40.000 saharauis se habían refugiado en Argelia y otros muchos se acantonaban cerca de su frontera este del país, reforzada ahora por 100.000 soldados rearmados por Libia y la Unión Soviética, incluso por Francia. El 27 de enero de 1976 se informaba que fuerzas argelinas habían penetrado unos 300 km en el territorio sahariano controlado por Marruecos y había choques armados en Amgala “liberada” por el Polisario.

Sorprendió a todos que el 6 de diciembre de 1975 huyeran a Argelia cuatro procuradores en Cortes y 115 notables saharauis. Argelia mantenía en vigor los contratos con España para el suministro de gas y petróleo, que habían firmado las partes en agosto para una duración de veinte años

A punto de terminar el año 1975, el 15 de diciembre, el Gobernador General del Sahara, Federico Gómez de Salazar confesaba que “España tiene la conciencia tranquila por haber hecho todo lo posible por conceder la autodeterminación”…. “pero las constantes acciones del Frente Polisario nos han obligado a adoptar esta postura tripartita y llegar a un acuerdo que está hecho de forma muy inteligente y es muy positivo”… “Es inexplicable su comportamiento cuando nuestra principal misión era defender su territorio, sus propias fronteras”.

Estado actual del Sahara Occidental. Referencia: Diario de Navarra. 15.nov.2020

El 5 de enero de 1976 se inició la salida apresurada del Sahara de los efectivos militares españoles. El 13 llegaban a Las Palmas los últimos 1.000 hombres. Había terminado la Operación Golondrina. Se recibían en El Aaiún las primeras cañoneras marroquíes, que sirvieron para que Marruecos retomase su política de interceptación de barcos pesqueros españoles, que faenaban en aguas hasta entonces territoriales de España. Fue emotiva la salida del Ejército español de Villa Cisneros. Ya no quedaron fuerzas españolas en el Sáhara Occidental. Sólo permanecieron en El Aaiún algunas docenas de industriales que eligieron libremente quedarse en el Sahara y mantener abiertos sus negocios.

El jueves 26 de febrero del nuevo año el representante permanente español ante la ONU, Jaime de Piniés, comunicó oficialmente al Secretario General que España terminaba su presencia y su responsabilidad administrativa en el Sahara Occidental. Ese mismo día el Polisario proclamaba la República Árabe Saharaui Democrática.

 

Arriado de la bandera española en Villa Cisneros. Fuente: Diario de Navarra 14.1.1976

El coronel Rodríguez de Viguri, Secretario General del Gobierno del Sahara y gobernador en funciones dentro de la administración conjunta con Marruecos y Mauritania, se quejó públicamente de la manera precipitada en que se hizo esta evacuación. El 24 de enero de 1976 fue cesado interpretándose que se debía a estas declaraciones.

La cuestión del Sahara asociada a los enclaves españoles en el norte de África

Fue un hecho que la cuestión del Sahara se asoció desde un principio con el destino de los enclaves de España en el norte de África.

Sobre este particular ha escrito muy acertadamente Jorge Luis Loureiro, para quien la controversia de Marruecos con España sobre la propiedad de Ceuta y Melilla viene de muy atrás.

En el tiempo al que vengo refiriéndome, este asunto cobró también su cuota de actualidad.

Marruecos centró parte de su estrategia en intentar vincular el destino de estas plazas de soberanía españolas con  el proceso descolonizador de Gibraltar, requiriendo a las Naciones Unidas que las incluyese entre los territorios no autónomos que deberían ser descolonizados. El estado de las cosas llegaría a un punto crítico cuando el Gobierno de Marruecos solicitó formalmente al Comité de los Veinticuatro el 30 de enero de 1975 que no sólo Ceuta y Melilla, sino también los peñones de Vélez de la Gomera y de Alhucemas y el archipiélago de Chafarinas se incluyeran en la lista de territorios no autónomos como primer paso para su restitución al Reino de Marruecos, para lo cual argumentó que estos “presidios” constituían los últimos vestigios de la ocupación colonial de su país, por lo cual el Comité Especial para la Descolonización debería examinar su situación y aplicar la resolución 1541 (XV), restituyéndolos a Marruecos.

Referencia: elordenmundial.web

Lo cierto es que Melilla, Ceuta, los peñones de Vélez de la Gomera y Alhucemas formaban parte del Estado español desde los siglos XV  y XVI, cuando el reino de Marruecos todavía no existía como entidad política, mientras que las islas Chafarinas estaban abandonadas y despobladas en el momento de su ocupación, por lo cual eran terra nullius.

Sin embargo, Marruecos, al no conseguir que la ONU considerase estos territorios como “no autónomos” , intentaría incluir su punto de vista en el Comité de Coordinación para la Liberación de África de la Organización para  la  Unidad Africana,  donde  su representante  afirmó  que Ceuta, Melilla, los peñones de Alhucemas y de Vélez de la Gomera y las islas Chafarinas eran los  últimos  enclaves coloniales  en  la costa  de  Marruecos, argumentando  que  su conservación constituía un peligro permanente para la seguridad de toda África y una grave  amenaza para  la  paz internacional.  En  aquella ocasión,  el  Consejo de  la Organización para la Unidad Africana adoptó una resolución -el 21 de febrero de 1975- mediante la cual se solidarizó con Marruecos en la recuperación de los enclaves coloniales de su costa norte e instó a España a acelerar su descolonización.

Además,  el Gobierno  marroquí  también obtuvo  el  apoyo de  la  Liga Árabe,  del Consejo Islámico de Ministros de Asuntos Exteriores y de la conferencia ministerial de los Países no Alineados, que solicitó a España en agosto de aquel año que emprendiera una  negociación  para su  restitución.  A partir  de  entonces, Marruecos  continuaría intentando recabar el apoyo de diferentes foros árabes, islámicos y africanos, aunque tan solo  conseguiría  obtener declaraciones  de  apoyo que  carecían  de valor  jurídico.

En paralelo Marruecos hostigaba a España con ataques a nuestros pesqueros, que, como hemos visto, se repetían pese a las protestas oficiales de España ante el embajador en Madrid Abdellatif Filali. En abril fue atacado el barco Alborán, de matrícula melillense. Pero lo peor serían los atentados terroristas alentados por Marruecos en Ceuta y Melilla, coincidentes con la creciente tensión en el Sahara, alimentada por escaramuzas entre los Ejércitos de ambos países. El 30 de mayo hubo un atentado con explosivos contra el bar-restaurante Metropol en Melilla, el más importante y popular de la ciudad situado en la Plaza de España con el resultado de 12 heridos. El establecimiento quedó totalmente destruido. El 25 de junio explotó un coche bomba junto a la Comandancia Militar de Ceuta, hiriendo  a un  legionario  que estaba  de  guardia; poco  después,  estalló un  segundo artefacto frente a la antigua Comandancia de Marina matando a un transeúnte e hiriendo de gravedad a otro. El 27 se produciría una nueva explosión en Melilla después de que un grupo de marroquíes que se dirigía a los depósitos de combustible de la Shell para colocar allí un artefacto explosivo, tras haber entrado clandestinamente en la ciudad, hubiera sufrido un accidente al estallarle aquel artefacto durante el camino, muriendo  dos  de ellos.  El suceso produjo una inmediata reacción de los ciudadanos que organizaron una manifestación y se dirigieron a la Comandancia General donde una comisión de vecinos fue recibida por la primera autoridad de la plaza el Comandante General Tomás de Liniers y Pidal, que recomendó a todos serenidad, no obstante lo cual otra manifestación compuesta por varios cientos de vehículos recorrió el centro urbano durante varias horas haciendo sonar sus bocinas. El grupo terrorista estaba compuesto por cuatro marroquíes. Dos de ellos lograron huir, en tanto la Guardia Civil consiguió detener a nueve súbditos marroquíes, se supuso relacionados con este atentado. Estos atentados -lo recordaron en la prensa- presentaban similitudes con los habidos en Argelia antes de la independencia de Francia.

Pocos días más tarde -el 30 de junio de 1975-, se produjo un incidente en la frontera de Melilla durante el  cual los Ejércitos de ambos países incluso movilizarían algunas unidades después de que agentes marroquíes se hubieran opuesto al derribo de un edificio que  las  autoridades españolas  habían  ordenado demoler  para  instalar una alambrada, presentándose un destacamento de tropas marroquíes en aquel lugar durante la discusión, tras lo cual la Comandancia General de Melilla movilizó varias compañías de Regulares apoyadas por carros de combate mientras Marruecos concentraba algunas unidades militares en la cercana localidad de Beni Enzar, y aunque aquel incidente no tendría mayores consecuencias, las autoridades marroquíes impidieron que Ceuta y Melilla se abastecieran de frutas y verduras procedentes de su territorio por lo cual sería necesario  enviarlas  desde la  Península,  mientras que  las  españolas, por  su  parte, expulsaron de Ceuta a un grupo de marroquíes acusados de realizar actividades hostiles.

Las relaciones entre ambos países se deteriorarían todavía más el 21 de julio de 1975 por la promulgación del dahír (decreto de la autoridad superior) registro número 2-75-311, que determinó las líneas de cierre de las bahías marroquíes y las coordenadas geográficas que delimitaron sus aguas territoriales y su zona de pesca exclusiva tomando unas líneas de base cuyos extremos se habían apoyado en  territorio español,  delimitación  que Madrid  impugnaría  el 5  de  febrero de 1976  advirtiendo  que   España no  reconocía  aquellas líneas  porque contravenían   el  Derecho   Internacional   del  mar   y   tampoco  podía   aceptar   sus implicaciones en materia de soberanía.

Una manifestación marroquí en el poblado fronterizo con Ceuta de Fini deq en apoyo de la Marcha Verde obligó a reforzar militarmente el lugar y cerrar la frontera del Tarajal durante 40 minutos el 20 de octubre. Se profirieron gritos que reivindicaban Ceuta y Melilla para Marruecos.

La tarde del 4 de noviembre circularon noticias sin confirmar de que tropas marroquíes se estaban situando en lugares estratégicos próximos a Ceuta y Melilla. Según estas mismas noticias, la supuesta presión sería mayor en Ceuta que en Melilla.

Después   de  aquellos   desencuentros,   el  Gobierno   marroquí   formularía  sus reivindicaciones recurriendo a procedimientos más moderados -posiblemente porque el conflicto del Sahara acaparaba entonces la atención y la mayor parte de los recursos del país. Así, Hassan II declararía al año siguiente en París que la cuestión de Ceuta y Melilla  estaba  ya solucionada  porque  cuando España  hubiera  recuperado Gibraltar ninguna potencia le permitiría continuar en la orilla sur del Estrecho y se vería obligada a entregar Ceuta y Melilla a Marruecos, por lo cual sería inútil despilfarrar más energías y enturbiar las relaciones entre ambos países.

La tarea de reivindicar las plazas españolas de Melilla y Ceuta sería asumida por el principal partido de la oposición marroquí, el Istiqlal, y su secretario general Mohamed Buceta, que no dudaba en decir que los españoles del siglo XX terminarían por abandonar una mentalidad imperialista del siglo XV.

En adelante se confiaría más en el efecto de la inmigración para islamizar estas ciudades, una especie de reconquista demográfica pacífica o, si se quiere, mestizaje cultural no exento de dificultades de integración, dada la pobreza de los inmigrantes marroquíes que acudían a ellas atraídos por las posibilidades comerciales que ofrecían estas ciudades, donde el sector público y los asentamientos militares dinamizaban la vida cotidiana.

A María

Comienza mi Servicio Militar. El periodo de instrucción en Viator (Almería)

Podrá parecer insignificante mi periodo de servicio en filas, y con ello la entrada en una rutina que durará catorce meses, si nos atenemos al ambiente histórico-político circundante, pero era imprescindible conocer lo que pasaba a mi alrededor para entender las circunstancias que me rodearían durante ese tiempo.

Mi llamamiento a filas fue el primero del año 1975, de manera que en la segunda quincena de enero ya me encontraba en el Ejército. El 18 estaba haciendo instrucción con mis compañeros, todavía sin uniforme, incorporado a la 9ª compañía del III Batallón del C.I.R. (Centro de Instrucción de Reclutas) nº 6, Álvarez de Sotomayor, de Viator, paso previo, tras la Jura de Bandera, a mi destino definitivo: Melilla. Apenas sabía nada de la población donde se encontraba el campamento militar y Almería me sonaba a plató de rodaje de spaghetti-westerns, algunas de cuyas construcciones efímeras pudimos ver desde el tren conforme llegamos a esa tierra donde supuse que pasaría calor. Sin embargo, nunca experimentaría tanto frío como en las semanas siguientes, sin el abrigo suficiente en las pedregosas campas de los alrededores, sometidas, en los días malos, al viento que llegaba desde Sierra de Gádor, de altitud superior a los 2.000 m.

Ya nos dijo uno de los instructores, soldado veterano:

“No juraréis bandera hasta ver aquellas montañas nevadas” -se refería a las de la Sierra mencionada.

Y así fue.

Pero vayamos a los inicios.

En la despedida de la Estación de Pamplona, el 15 de enero, donde me subí con mis compañeros de recluta al convoy militar que nos llevaría a Madrid, quedé con un nudo en la garganta, que despareció pronto al empezar a cantar al unísono:

“¡Adiós Pamplona… Pamplona de mi querer, mi querer…!”.

Ya en Alsasua esperamos de 10:45 a 1:15 de la noche el tren para Madrid, tomando una cerveza en la fonda. Fue buena ocasión para conocer gente. Los navarros empezamos a hacer piña ante la adversidad que se nos avecinaba. En el viaje hasta la capital unos guipuzcoanos curdas del departamento contiguo nos dieron la noche. Llegaríamos a Madrid sobre las 11:30 de la mañana del día siguiente y nos salieron a recibir a la Estación de Atocha varios camiones militares y la Policía Militar, que nos invitaba al orden con su cara seria, correaje y cascos blancos. El petate, en cada desplazamiento, lo debía llevar a mano, lo cual era una paliza, pues había que hacer todo a gran velocidad con formación incluida y sin hablar, pues estaba vigilante la P. M. Nos llevaron en camión hasta el Cuartel de Transeúntes de Carabanchel  -luego supe que su nombre exacto era Acuartelamiento de los Servicios Regionales de Intendencia-, situado en la carretera de Extremadura, donde comenzó mi calvario: filas interminables, formaciones y sentadas en el suelo, así todo el día hasta las 8:30 de la tarde, con un frío que pelaba…, y posterior paso ligero de 2 km con petate al hombro hasta el tren militar que nos debía trasladar a Almería. Recuerdo que había compañeros que solo llevaban consigo los cubiertos y el petate de lona vacío, como si fueran de vacaciones, en tanto en el mío había metido una serie de cosas que a la postre no me servirían de casi nada, y tuve que devolver a casa en tres paquetes postales con las 200 pesetas de mi primera soldada mensual. Sí me fueron útiles unos tarros de mermelada que me dio mi tía Expectación, que aunque en su momento me supieron a gloria, durante la forzada caminata me “acordé” de ella.

En Carabanchel tomamos el primer alimento militar, en menos de 5 minutos: un desayuno al mediodía consistente en un bollo suizo, un chusco[3] de pan pétreo y algo que parecía bebida de chocolate, todo en un comedor bastante sucio. Cenamos antes de partir el clásico primer plato caliente (eran patatas cocidas) y el frío (dos huevos duros), más naranjas y pan. Pasamos un frío intenso y suerte que llevaba bien fruncida mi gabardina con la pelliza (aunque pesó lo suyo)

El viaje hasta Almería duró de 10 de la noche del 16 a las 2 de la tarde del 17. Íbamos ocho reclutas apretujados en cada departamento del tren, número que no nos impidió dormir, tal era el cansancio que llevábamos en el cuerpo. Nos amenizó las largas horas del viaje uno de los primeros navarros que conocí, Eguaras, aficionado a la caza y la pesca, que nos contaba con mucha gracia, me pareció que con buena dosis de fantasía también, sus piezas cobradas. Con la luz del día pudimos disfrutar del paisaje andaluz. Pasamos sed, pero no hambre, ya que, en mi caso, me vinieron estupendamente los bocadillos traídos de casa. Llegamos a la estación de Huércal-Viator  y con nueva formación y a paso ligero con petate a cuestas, en un día soleado, arribamos al Campamento, que se hallaba a 3 km de distancia cuesta arriba. La marcha se me hizo dura por mi pesado petate, pero me ayudó a llevarlo, cual si fuera un cirineo, Antonio Paniagua Zudaire, un antiguo compañero con el que me había peleado en la adolescencia, pero con el que a partir de entonces compartiría largas horas de milicia. Llegados al destino, de nuevo hubo filas interminables y controles continuos, antes de comer. Pasamos casi toda la tarde en el comedor, esperando a que se formaran las compañías[4] mientras contestábamos test y rellenábamos fichas con nuestras preferencias de destino, habilidades, formación y otros datos que se nos requerían. Más adelante nos harían una prueba de tipo moral para comprobar nuestra formación religiosa. Hubo nuevas formaciones. Después de cenar, todavía con el petate al hombro, me condujeron a la compañía asignada en la que incluyeron hasta once navarros más. Su proximidad, en iguales condiciones a las mías, me alentaba. Al día siguiente nos llevaron a la peluquería para igualarnos a todos con un corte al 1. Era divertido aguardar el turno viendo cómo entraban en ella melenudos que salían convertidos en otra persona, irreconocibles.

Vista general del Campamento Álvarez de Sotomayor en una postal de la época

El Campamento era enorme, algo alejado de Viator, un pueblecito almeriense a unos 6 km de la capital. Venía a ser como una población dotada de servicios propios (iglesia, cantina, estanco, comedores, peluquería, oficina de correos, botiquín…), donde las compañías, con su planta rectangular, se repartían de manera ordenada en torno a una gran explanada central  o Patio de Armas preparado para los desfiles y el futuro acto de Jura de la Bandera. El conjunto estaba presidido por un edificio de aspecto noble pensado para oficinas y sede del Coronel-Jefe del CIR. Los espacios libres estaban ajardinados con eucaliptos y pitas, frecuentes en la zona. En el extrarradio quedaban las letrinas, los campos de instrucción y de tiro, para lo que existía una zona reservada de acceso prohibido a la población. Al llegar uno al Campamento se encontraba con un servicio de guardia y una barrera que impedía el paso a vehículos y personas no identificadas, y algo más allá del control un restaurante-merendero de explotación particular al que acudiríamos desde entonces con frecuencia a terminar de saciar nuestros estómagos juveniles, y que se titulaba El Manolo, así como para olvidar por un rato el mundo en el que nos habían metido. Había en todo el Centro de Instrucción de Reclutas un servicio de megafonía por el que se nos localizaba si fuera preciso y que en las horas libres ofrecía música ligera con ribetes de andalucismo, que me gustaba escuchar apoyado contra la tapia próxima a mi compañía en las preciosas puestas de sol de Almería.

Algo que me chocó mucho, considerado desde el punto de vista civil, que había sido el mío durante los 24 años cumplidos que llevaba encima, era el conocer que tanto la piscina como la pista americana del Campamento estaban bajo arresto, es decir, no podían utilizarse durante el tiempo que durara éste. Me explicaron los soldados veteranos -aquellos que tras la Jura quedaban en el lugar a terminar su mili bien como instructores o a cargo de los diferentes servicios existentes- que ello se debía a que en tales lugares se habían producido accidentes y como “castigo”, si así podía llamarse, se les ponía el arresto de su no utilización. La verdad es que ni la piscina, sin uso al aire libre en invierno, ni la pista americana, pensada para perfeccionar la preparación física de los reclutas, me importaron mucho, sobre todo esta última, pues con lo que nos bregarían en adelante ya tendría bastante.

En el Campamento estábamos como unos 5.000 reclutas, provenientes de todas las provincias españolas, prácticamente todos con destino a Melilla. Había allí incluso legionarios, que a los pocos días nos hablaron de su unidad con el fin de captarnos para el Tercio Gran Capitán. También se dirigieron a nosotros “caballeros legionarios” paracaidistas con sede en San Javier (Murcia) con el mismo objetivo y veinte meses de servicio en lugar de quince. Hubo algunos deseosos de nuevas experiencias que aceptaron el envite, pero no fue mi caso.

Al conocer el edificio de mi compañía, debo decir que me desmoralicé bastante. A la puerta permanentemente abierta se añadía la falta de algún cristal en las ventanas. La calefacción era inexistente. Paredes y suelos estaban blanqueados, pero wáteres y duchas aparecían sucios, y los grifos de los lavabos no funcionaban en su mayor parte. Los espejos había que verlos, pues aparte de que eran pocos, estaban casi todos oscuros. Yo me tuve que valer de un espejito que además se me rompió y con él me ayudaba para afeitarme. Pero lo peor eran las camas, donde por las prisas para formar a toque de diana (7 de la mañana) debía dormir vestido, pues a los últimos en formar se les arrestaba a servicios. En realidad era obligatorio presentarse a primera formación por lo menos con las botas y la gorra puestas -eso cuando nos uniformaron- pero ¡cualquiera lo hacía así en pleno invierno almeriense!. Pero a lo que vamos. El forro del colchón estaba lleno de lamparones (a saber ni siquiera de qué), las sábanas que nos dieron como “limpias” no tenían de ello más que su nombre. Con ellas tiramos veinte días, hasta cuando nos las cambiaron. La almohada, que aquí llamaban cabezal, era de lienzo áspero, y las dos mantas sebosas y malolientes. Esto me pareció infrahumano y me dije a mí mismo que de no adaptarme a estas circunstancias me podría volver loco con la de meses que quedaban por delante.

Con el paso de los días la vida fue organizándose. Nos levantaban para las 7 a toque de corneta y a continuación, tras asearnos en breve espacio de tiempo, venía el desayuno consistente en un vaso de “cacao con lesshe y bisscotelas”, en palabras con deje andaluz de nuestro furriel[5], aunque a veces se sustituían por un seudobizcochillo llamado sarita. Tan frugal desayuno ¡había que degustarlo! -consistente en un cacao desvirtuado con dos bizcochos- muy útil para mover las tripas, con el que teníamos que aguantar la sesión de gimnasia de 8 a 9 al aire libre, en pantaloneta y camiseta, y la instrucción de 9 a 11, tras lo cual disponíamos de media hora para comer el chusco de pan que se nos repartía, unas veces con chorizo, otras con mortadela, chopper o longaniceta. Venían a continuación las duchas y de 1,30 a 3,15, incluida la comida, nos dejaban libres por el Campamento. Por la tarde las clases teóricas las recibíamos en el interior de la compañía, sentados sobre el frío suelo: la “formación militar” a cargo del teniente y la de “armamento” por el sargento. Lo primero que nos enseñaron fueron los nombres de los mandos de nuestra compañía, batallón y coronel-jefe, las diferentes graduaciones existentes en el Ejército y la manera de identificarlas, así como la forma de saludar militarmente. La lista era la siguiente:

Capitán General de la 9ª Región Militar:  Excmo. Sr. D. Carlos García Riveras.

Coronel Jefe del CIR: Ilmo. Sr. D. Ricardo González Olmedo.

Teniente Coronel Mayor del CIR: Ilmo. Sr. D. Joaquín Aranda Cuadros.

Teniente Coronel Jefe de Instrucción del CIR: Ilmo. Sr. D. Miguel García Rubia.

Comandante del III Batallón: Sr. D. José Collado Bernal.

Capitán de la 9 Compañía: Sr. D. José López de Lacalle Cortázar.

Teniente de la misma: Sr. D. Antonio Castro Canoura.

De recluta en traje de faena

Y «de bonito» con los amigos Martín Oyarzun, Antonio Paniagua y Miguel Equiza

Para las 5,30 de la tarde quedábamos libres por el Campamento, pero se nos permitió desde el 1 de febrero empezar a salir los sábados y domingos de 12 del mediodía a las 9,30 de la tarde-noche siempre que uno quedara libre de servicio, no estuviera arrestado y fuera bien uniformado con el traje de paseo, el llamado “traje de granito[6]” verde oliva. Llevarlo era, en el habla común, “vestir de romano”, y en mi caso me asignaron un pantalón que era como un tubo más parecido a unas calzas que a un pantalón en condiciones. Menos mal que luego, en Regulares 2, a donde sería destinado tras el periodo de instrucción, me lo cambiarían por otro mucho más cómodo al tiempo que elegante, y entonces iría “de bonito[7]” y “marcando[8]” por la calle. En esto de la vestimenta había circunstancias curiosas: si entre las existencias de guardarropía no había tallas especiales para según qué casos, por ejemplo de calzado (botas de cuero de media caña) o de diámetro de cabeza para acoplarse la gorra, el desafortunado no podía salir del Campamento en tanto no llegaran los pedidos, por la exigencia de salir del CIR perfectamente uniformados. Y ya podía ser uno el recluta más ejemplar. Y es que se decía que en el Ejército se daban los uniformes a los reclutas a medida, “a medida que iban llegando”. Para las actividades diarias comenzamos a vestir el llamado “traje de faena” o bombacho resistente con bolsillos a los lados y en las perneras, así como una guerrera, el gorro cuartelero y la visera coreana, que no debían despedirse de nuestra cabeza sino para dormir, pues su uso era obligatorio en todo momento. A estas prendas se sumaron ropa interior, calcetines y botas deportivas. Las camisas hube de intercambiarlas con las de un compañeros, más ajustadas a mi talla. No sabemos cuál fue la razón, pero lo cierto es que no nos facilitaron un jersey que nos hubiera ayudado a soportar el frío del invierno almeriense. Nos dieron el llamado “tres cuartos” o tabardo invernal de paseo, que apenas usaríamos porque los días de lluvia fueron escasos. Los guardaba el furriel por si era necesario usarlo en mal tiempo. Una vez “vestido de verde”, se hizo imperioso hacerse fotografías para mandar a casa y a mi novia. Y había que empezar a acostumbrarse al nuevo atuendo.

El destino del ansiado fin de semana era “bajar” a Almería, vía Viator y Huércal, en el autobús La Parrala que servía de enlace con la base militar. En el exterior había que andar con buen ojo para saludar a cualquier superior con que se topase uno, evitar cualquier clase de altercados (estábamos sujetos ya al Código de Justicia Militar) y no llevar externamente ningún objeto (en todo caso la bolsa de costado serviría para ello pero sólo se la daban a los soldados), pues se consideraba impropio del recluta, como asimismo llevar las manos en los bolsillos. Se suponía, y así era en verdad, que en los puestos del CIR se nos suministraría lo que necesitáramos, previo pago, claro.

Las 5,30 de la tarde de los días de labor era la hora de empezar a recibir las ansiadas cartas, de cuya entrega se empezó a ocupar el sargento, no sin hacer las típicas bromitas sobre el remite de quien escribía, por lo general nuestras novias, o por el nombre del destinatario, pues por aquél entonces yo me hacía llamar Xavier.  No entendía cómo mis compañeros leían las cartas de sus novias en la mitad de tiempo que yo. A mí me gustaba hacerlo despacio, paladearlas, y si era posible, tratar de reconstruir con mi imaginación las escenas que ella me relataba y suponía que algo parecido le ocurriría con las mías.

El problema de la higiene empezó a resolverse con la mano  de obra a disposición por orden riguroso de lista, bajo estrecha vigilancia. Con todo, los wáteres siempre estaban sucios pues los retretes eran insuficientes para dos centenares de hombres y de éstos no todos eran limpios de por sí. En el caso de no encontrar hueco el recurso era acudir a las letrinas comunes, una construcción exenta en forma de galería con departamentos cada uno de ellos separados por un murete, eran del tipo turco donde para defecar había que asentar bien los pies y genuflexo hacer lo propio a pulso, cuidando de que en esa posición de difícil equilibrio, no pasase un espabilado cerca y te robase el gorro, por lo que antes de nada había que retirarlo de la cabeza y guardarlo en el bolsillo. Y es que no te daban más que uno y “nadie robaba”, se decía que las cosas “cambiaban de sitio”. El servicio de limpieza estaba asegurado con el concurso de reclutas con un cabo al frente (“el cabo mierda»)[9], encargados de baldear de vez en cuando agua mezclada con zotal, de modo que malos olores y ratas quedaran eliminados por la brava.

Comenzaron las imaginarias[10] nocturnas en los cuatro turnos consabidos para asegurar el orden de la compañía y el bienestar de sus residentes durante el merecido sueño tras un día de fuerte brega. El 27 de enero me tocó la primera, el turno inicial de 10 a 12 de la noche, que era el mejor pues en acabándola aún se podían dormir varias horas de un tirón. Estaba obligado a tapar a quien se destapara en la cama, atender a los enfermos, si los hubiera, controlar el armamento y bienes materiales de la compañía, así como el número de los pernoctadores. Afortunadamente no hubo novedades que reseñar salvo varios compañeros que me pidieron agua y uno que tuvo dolor de muelas. Al siguiente imaginaria había que despertarle al terminar el turno y ponerle al corriente de la situación y ¡nada de dormirse en el transcurso del servicio!, pues el oficial de semana podía pasar de improviso por la compañía a requerir novedades y en caso de sorprenderte en mala situación el paquete[11] a recibir era grande.

Con el paso de los días uno se iba enterando de otras particularidades del Campamento. Por ejemplo, que había unas serviciales mujeres que los jueves pasaban por el borde de las instalaciones militares, en día y hora prefijados, para recoger la ropa sucia de los reclutas o recoser sus prendas en el caso de que quisieran y pudieran pagar estos servicios, y asimismo devolverlas a la semana siguiente. A cuenta de uno quedaba la “colada” menor que se ponía a secar al sol en unos matojos algo lejos del Campamento.

Supimos que el páter[12] del CIR era navarro, de Aras, con graduación de capitán, de forma que con algunos de mis paisanos decidimos hacerle una visita para conocerle, aunque, nos decíamos, “de estos páteres medio militares nunca se sabe…, pero si es navarro bueno será”. La visita “de compromiso” la realizaron ellos porque me lo impidió  acompañarles el estar de servicio y me contaron que creyó que iban buscando un enchufe y se les disculpó. De vez en cuando nos daba charlas, la primera de ellas fue sobre el sentido del Cristianismo y la función de la Iglesia; la segunda sobre la existencia de Dios (los tres cuartos de hora de esta última nos parecieron escasos y nos quedamos con las ganas de continuar, pero la vida militar no daba para más) Mi opinión sobre él mejoraba.

La disciplina era grande y el trato desigual entre los mandos, pues los había que gritaban mucho y otros algo menos, pero a menudo incurrían en la contradicción entre lo que decían que debía hacerse y lo que finalmente se hacía. De todas maneras mi compañía era en parte excepcional porque en ella había un mayor porcentaje de estudiantes universitarios que en otras, como 80 sobre 200, y eso se notaba en las relaciones humanas. Había mucho compañerismo y las bromas eran frecuentes. Estaba entre nosotros un chico de San Sebastián que cantaba las canciones de los Beatles a la guitarra y era una maravilla oírle. Yo me ponía nostálgico. Pero estábamos en el Ejército y los hábitos eran los hábitos. En todo momento había que estar poniéndose firmes porque algún jefe llegaba a la compañía y era norma que el encargado de puertas diera la voz de advertencia con la obligación de cuadrarnos[13] por lo que no había mucha tranquilidad. Nos tenían constantemente tensos, “acongojados”. En la instrucción diaria nos enseñaron los diferentes movimientos en orden cerrado y en marcha, los pasos y giros concretos, los tiempos en el manejo del fusil. Había que repetirlos incesantemente, pues siempre había alguien que no los hacía correctamente. Como puede imaginarse, la paciencia de los mandos se agotaba pronto, y a los pitidos del silbato seguían los gritos acompañados de palabras mal sonantes, y los arrestos. Debíamos estar en posición de firmes más tiempo del deseado. Incluso hubo mando que un día nos gritó:

¡Os vamos a enseñar a andar!

Era preceptivo el orden interno, y quizás por el nivel de mis estudios universitarios o por otra razón, el caso es que a la semana de la recluta me hicieron jefe de un grupo de 9 hombres de la primera sección de la compañía, es decir responsable de su conducta. Dormían a mi lado, compartían taquillas próximas a la mía y quedaba encargado de ser el portavoz de sus problemas ante el capitán: eran varios catalanes, un navarro, un andaluz, creo que un asturiano y un santanderino. Lo primero que hice con ellos fue razonarles mi posición para que no me metiesen en líos, a pesar de lo cual en cuanto pudieron se me escaquearon[14] cinco de ellos del servicio de limpieza de la compañía por la mañana, pero pringaron por la tarde. También yo tuve que barrer y fregar, de modo que a la mañana siguiente me levanté de la cama con agujetas. Y coincidiendo con esta encomienda me asignaron el número 189 con el que en adelante sería identificado. También me cambiaron de cama y de taquilla, que hube de compartir con un compañero y paisano del que me haría buen amigo, Miguel Ángel Elizalde, natural de Larraga, al que comencé a llamar Miguel, puesto que en la milicia solo se te aplica el primero de los nombres. Así, yo era Francisco a secas (aunque los más íntimos como Jerónimo Orzáiz acostumbraba a llamarme Javierín y Pedro Pérez Puertas Javiertxu). El bueno de Miguel me permitió colgar de la puerta de la taquilla un pequeño almanaque unido a la foto de María, mi novia, de manera que cada vez que la abría se me hacía visible y al arrancar la hojita de la jornada consumada decía aquello que todos cantábamos:

¡Un día menos!

Ya dije antes que en los ratos libres mi propósito era escribir, pero también leer. Había llevado conmigo un librito de la colección Austral, nada menos que la Anábasis de Jenofonte -¡que habría pasado por mi cabeza al escogerlo!- en el que este historiador y hombre de acción de la antigüedad griega relata la fuerza expedicionaria enrolada para ayudar a Ciro el Joven en sus pretensiones al trono persa en contra de su hermano, el rey Artajerjes, aunque cayó derrotado en la batalla de Cunaxa (401 a. C.), cerca de Babilonia. A la semana de mi incorporación ya llevaba 24 páginas leídas, pero los compañeros más cercanos, con los que iba a entablar amistad, tiraban de mí para ir o bien a pasear por el interior del recinto o, mejor aún, merendar, que era el desahogo del recluta. Tampoco comprendían el compromiso conmigo mismo, y con María, que había tomado de escribir a diario e intercambiar las tan necesarias cartas.

Empecé a recibir el Diario de Navarra a final de enero que si bien atraía el interés de toda la colonia navarra, pues iba de mano en mano, todos coincidíamos en que nos daba tristeza leer la prensa de la tierra no solo porque nos traía noticias de Navarra, sino también porque nos recordaba que existía un mundo exterior al nuestro que por ahora nos estaba vedado.

“Ni que decir tiene -le explicaba a María en una de las cartas- que también me carcajeo un rato, que para eso Dios me hizo simple. Pero, ¡qué diantre¡, aquí o te haces simple o te mueres. Lo mejor de todo es la compañía de los navarros, que nos llevamos muy bien, y las escenas que se viven: meriendas a lo navarro, alegrías fenomenales, situaciones divertidas, por ejemplo al ver a los de Larraga o Corella coser con primor sus bombachos. Por aquí todos los tacos son a base de Dios bendito, el copón, las hostias, la Virgen, la puta y todas las combinaciones que te puedas imaginar, por inesperadas que parezcan. Me refiero entre los navarros, que están obsesos porque el miembro viril no se les levanta por las noches, imaginando sabe Dios qué maquinaciones de los militares a este respecto. Fíjate, hace unos días, uno de Fustiñana, muy gracioso, que está obsesionado con el sexo opuesto, decía que le gustaría ponerse la braga de su novia en las orejas y oler así a “potorrico”. O sea, que oigo burradas fenomenales, pero inocentes todas ellas, producto del encierro sin duda. Pero es una gente majísima, muchos de ellos con verdaderos problemas interiores o familiares. La convivencia es extraordinaria y nos ayudamos en los momentos de flaqueza. Todos tenemos ratos malos”.

Y de nuevo una mención al intenso frío favorecido por los edificios no acondicionados para el invierno, de paredes finas, muchas corrientes de aire y un vestuario poco adecuado a la estación que vivíamos, sin poder llevar bufanda ni guantes. Había que añadir a esta experiencia la “ducha americana” de agua fría, en remesas de gentes, que aullaban conforme atravesaban un laberinto con salidas de agua por todas partes. La ducha era rápida por necesidad, sin apenas tiempo de enjabonar y aclarar.

A los cinco días de llegar nos asignaron el CETME, siglas que se refieren a un fusil de asalto automático, de diseño español, bastante perfeccionado, que según anoto en mis escritos me pareció que “era la repera”. Cada uno era responsable del suyo, de llevarlo después de usarlo a su lugar en el armero de la compañía, de engrasarlo y aprender a desmontarlo y montarlo incluso con los ojos cerrados, a conocer los nombres de cada una de sus piezas, a comprender su funcionamiento y practicar con él los días señalados, en las posiciones recomendadas (de pie, tumbado, de rodillas y sentado). Nos íbamos acostumbrando al modo de llevarlo en marcha, sobre el hombro o en sus distintas posiciones (en descanso, ataque, etc.) A veces nos dirigíamos en formación, con él en la posición correcta, hacia unos cobertizos -chambaos llamaban aquí- lejos del Campamento mientras entonábamos esta canción:

“¡Campamento de Viator,

campamento de Viator,

campamento de reclutaaas.

Campamento de Viator,

campamento de Viator

matadero de reclutaaas!

¡Los que vengan para enero,

los que vengan para enero,

las van a pasar muy putaaas!

¡Los que vengan para julio,

los que vengan para julio,

las van a pasar peooor!..”

¡Y los que vengan para octubre.

y los que vengan para octubre

de esos me encargo yo!

¡Quinto peluso

no llores más, no llores más.

Mira tu “padre”, mira tu “padre”

qué alegre está!”

Y allí, protegidos del sol, en día bueno, rodeados del yermo característico de estas tierras recibir la clase teórica.

“Aquí no hay más que alacranes y piedras…” le explicaba a María.

A los ocho días llegaron las vacunas, las dos primeras fueron la antivariólica y la ATB (polivalente), la segunda contra el cólera, la tercera contra la viruela. Había que tener cuidado con las enfermedades venéreas con riesgo de contraerlas en el barrio almeriense de Las Perchas, foco infeccioso de alto grado, pues cualquiera que pudiera tocar un objeto por un infectado de sífilis podía ayudar a su propagación. Era algo esperado para reforzar nuestros organismos expuestos a infecciones inherentes a una concentración humana (y no era broma porque en la 10ª hubo cuarentena por un caso de meningitis). Nos formaron al exterior en fila de a uno y dos soldados de bata blanca -supongo que sanitarios titulados- se encargaron de su aplicación. Primero uno nos desinfectaba el brazo y nos introducía la aguja y, a continuación, transcurridos unos segundos, llegaba el segundo con un gran jeringa y nos inoculaba la dosis. Hubo compañeros que se desmayaron incluso antes de la prueba. Las vacunas me fueron bien porque las defensas creadas me protegieron, no así de las molestias de garganta derivadas de tantas horas de permanencia en exteriores y de las corrientes de aire frío casi constantes. También el dolor de muelas hizo su aparición más adelante, pero nada más que eso.

Un día el capitán nos explicó el procedimiento a seguir por nuestros familiares en el caso de comunicarnos noticias urgentes o accidentes familiares que requiriesen un permiso militar. Había que hacerlo a través de la Guardia Civil que enlazaría con el Coronel del CIR, aunque también podía enviársele un telegrama directo de cuya veracidad se encargaría asimismo la Guardia Civil. Para exámenes era preceptivo presentar un certificado previo por la autoridad académica.

El 28 de enero se incorporó al Campamento el Coronel Jefe del CIR y anunció revista de la tropa, lo que provocó un gran revuelo. Por la mañana hubo gritos al por mayor. Hicimos instrucción con el fusil al hombro de manera inusitada. El teniente y el capitán se pusieron afónicos de gritarnos, y también sudorosos. La revista se hizo finalmente y desfilamos ante él en apretada formación, al son de los tambores, fusil al hombro, y brazo derecho movido con fuerte impulso, mirada al frente, cuidando en todo momento no perder la formación. Fue una paliza y terminamos rendidos. Días antes nos repartieron las botas de cuero, que si bien eran estupendas, y muy fuertes, excuso decir que las estrené con aquella ocasión. Ante la anunciada Jura de Bandera para el 23 de marzo, la instrucción iría intensificándose y se repetiría el desfile a diario ante la tribuna del Coronel, con los consiguientes arrestos que empezaron a menudear, por lo que había que ir tentándose la ropa.

Otra foto-recuerdo con Miguel Equiza, Antonio Paniagua y Luis Basurte

Lo ordinario, en cuanto a la alimentación cuartelera, era que cada mes su organización recayese en un capitán de servicio, responsable de las compras y de la ejecución del presupuesto para alimentar las bocas de jóvenes insaciables, y muy castigados por el ejercicio, como éramos todos nosotros. Tenía que dar de comer al recluta por 46 pts. diarias. Para hacerse una idea, cierto día en que me encontraba con mi economía boyante, me acerqué al Rincón de Juan Pedro, en la ciudad, donde comí paella, lenguado y flan por ¡100 pesetas! Y el turno de capitanes en la responsabilidad de la alimentación, tanto aquí como luego en Melilla, ayudaba a entender que unas semanas se comiese mejor que otras. El menú de cada jornada se nos daba a conocer en la Orden del Día que se nos leía cada noche a retreta[15], después de pasar lista, y ello orientaba a la hora de elegir si se acudía al comedor, a la cantina o se comía fuera de ella con lo que cada uno aportaba al grupo de amigos de lo recibido en los paquetes familiares. Los títulos de los platos eran a menudo rimbombantes (como ensalada nacional, lentejas a la perfecta, garbanzos al monseñor) pero su calidad era irregular, debido a las grandes cantidades a cocinar y a que se servían las fuentes a las mesas antes de que llegaran los comensales y ocupasen su sitio, por lo que muchas veces se comían los alimentos fríos. Generalmente me conformaba con lo que se servía, pues yo, que soy hijo de familia numerosa, no tengo remilgos, y un día se ingería ensalada rusa, potaje de garbanzos con morcilla y filetes rusos en salsa de tomate, pan y vino (del que se decía, creo que sin fundamento, que llevaba bromuro) o se cenaba sopa de fideos y pollo más pescadilla frita, sardinas con huevos fritos o morcilla de nuevo en salsa de tomate, estando omnipresente la cebolla. A veces se incluía cerveza. La naranja era el postre habitual. Los mejores platos que recuerdo eran la ensaladilla, la carne guisada, las manos de cerdo a la riojana y la fritura de pescaditos. Un plato seguro eran las legumbres. Incluso se podía repetir, para lo cual siempre me presentaba voluntario. Decían mis compañeros “que me adaptaba a la comida de cojones”. La verdad es que la mayoría de la gente comía muy mal y protestaban mucho de la comida, aunque había reclutas que se abalanzaban literalmente a ella, posiblemente porque hasta entonces apenas habían podido comer lo suficiente. A este respecto recuerdo el caso de un muchacho, que había sido cabrero en el monte andaluz, quien un día se atiborró de tal manera de macarrones que tras la siesta no se le consiguió despertar y fue evacuado al Hospital. También me atraía beber leche y no era infrecuente que de vez en cuando me premiara tras cenar con un litro de Gurelesa comprado por mi cuenta. Los platos eran para mí, nacido en el norte, algo desconocidos. Por ejemplo, el cordero “moruno” se servía con abundante guarnición de olivas, patatas, almendras, uvas, laurel y otros ramilletes para mí desconocidos. Decidí, no obstante, abstenerme de comer aquello que me parecía en mal estado, por si acaso.

El sargento, que respondía al tipo reconocido como tal,  nos decía que en la mili uno se aburre y se amarga. Lo del aburrirse es cierto, pero lo de amargarse ocurre cuando uno se deja llevar. Cada uno buscaba la manera de divertirse según su estilo: había quienes hacían carreras por el interior de la compañía y otros se pegaban con botellas de leche vacías. Yo luchaba por no dejarme llevar de los nervios, y una de las maneras para ponerlo en práctica era adaptarme totalmente a la comida, que para muchos era el primer punto de insatisfacción.

También nos explicaba, con su sabiduría cuarteril:

“Ahora sois como una baraja nueva que da gusto barajar, pero cuando llevéis meses de mili no habrá D… que os baraje”.

Era bruto, pero creo que esta expresión se adecuó al conocimiento que le daba su categoría de reenganchado. Y su reflexión no cayó en saco roto. El 5 de febrero salimos a la formación de retreta al grito “¡la 9ª, la 9ª es cojonuda, cómo la 9ª no hay ninguna!” y los cabos primeros no se atrevieron a tomar números. Y es que nos considerábamos la compañía más descontrolada con la suerte – además- de tener unos mandos razonables. No eran así todos. El teniente de semana, que iba acompañado por su perro a todas partes y con él dormía en el interior de la compañía, nos mandó formar para gimnasia con pantalón corto y camiseta y eso que la mañana era verdaderamente fría, con nubarrones y humedad hasta los huesos. A continuación la instrucción se hizo con lluvia. Y el día no acabó ahí. Volvimos a la compañía e hicimos movimientos con fusil. Después, mientras asistíamos a proyecciones de diapositivas sobre defensa y ataque tocaron generala[16] que volvió a repetirse días más tarde, como prueba, y tuvimos que presentarnos en el Patio de Armas a paso ligero, 300 metros chapoteando con las botas en los charcos, con el arma en “prevengan” (cruzada sobre el pecho), llegué exhausto. El arriado de la bandera, que obliga a ponerse firmes, le cogió a Paniagua en calzoncillos, y ahí le tenías, tan firme como los demás,  ¡tenía bigotes esto de la mili.

El mes de enero lo concluimos con una marcha de 10 km. con niebla, en medio de un desierto pedregoso y tremendamente seco y duro. Lo pasé en grande, pues, aunque nos dirigimos hacia el interior -completamente deshabitado- sin embargo salía por vez primera de este encierro. Con todo, no alcanzamos a ver el mar, aunque la humedad era fuerte. Después de eso nos dimos una ducha fenomenal, y pude enjabonarme bien por todas partes. Estaba tan rica el agua -a una temperatura aceptable- que me di dos vueltas por el circuito de la ducha, en lugar de una, pareciéndome por momentos que gozaba de las ventajas de la vida “civil”. En esto de la higiene tuve la grandísima suerte de que a través de una tía religiosa de mi novia María, las M.M. Adoratrices de Almería me facilitaban el uso de un apartamento que ellas reservaban para familiares de la orden en la calle Gran Capitán, a donde acudía cuando estaba rebajado de servicios en sábado o domingo, acompañado por mi amigo Antonio Paniagua que de paso se beneficiaba del lujo “casi asiático” de disponer sin prisa alguna de un moderno cuarto de baño.

La segunda marcha, esperada con la “ilusión” de la primera, fue un camelo. El viernes 7 de febrero. Salimos a las 7,30 de la tarde y nos llevaron a un barranco lejos del CIR, donde aguardamos hora y media sentados y en la oscuridad. A las 9,30 estábamos ya en el Campamento. Uno se preguntaba el porqué de las cosas y más valía no hacerlo, pues en la vida militar no siempre podías hallar una explicación lógica a las situaciones.

No se hizo esperar el primer rebaje. Ya estaban abrillantadas las chapas de los cinturones y los botones dorados de la guerrera y puestos en su cuello los distintivos del Ejército de Tierra. El lustrado de las botas se dejaba para el último minuto. El pelo bien repasado. Todo tenía que estar a punto para el sábado 1 de febrero. Tenía que mandar una foto “de bonito” a mi novia y otra a casa. Una foto de memoria para nuestros futuros hijos.

Vista desde el mar del puerto y alcazaba de Almería

Pero, ¡ingenuo de mí!, salir del Campamento la primera vez no fue tan sencillo. Primero hubo gimnasia seguida de vacunación y luego nos mandaron mover todas las taquillas de la compañía, barrer y fregar los suelos, a toda velocidad, porque el capitán pasaría revista a continuación. Tuve que esperar al bocadillo y vestir rapidísimamente el granito para pasar revista tres veces antes de salir del CIR, coger el autobús y bajar a Almería. El choque con la vida urbana fue brutal, era como asomarme a una especie de otra vida, en una ciudad desconocida. Veía todo con indiferencia, y debía tener una cara de pardillo descomunal, metido en un traje de segunda mano, por primera vez, y no a la medida precisamente. Comimos en un restaurante baratillo después de dar mil vueltas por la ciudad, y, a la tarde, tras llamar a casa, nos metimos en el cine, para evadirnos un rato: vimos “La semilla del tamarindo”, de Blake Edwards. La vuelta la hicimos con mucha precaución por la PM, que era más bien malintencionada.

El domingo se repitió la salida tras asistir a la Santa Misa, con actuación del coro del CIR. Fue una ceremonia muy bonita y pedí mucho en la Comunión. Ya en la ciudad paseé con los nuevos amigos por el puerto y las calles, que ya iban resultando más conocidas. Calles estrechas, sin trama urbana organizada, dominadas por la impresionante Alcazaba mora, al parecer lo más interesante de la ciudad. No obstante me impresionó el fuerte color azul del Mediterráneo, cuyas aguas, en la distancia, presentan un plano neto avivado por el intenso sol andaluz. Desde el Campamento nos hacían presentirlo las gaviotas que revoloteaban por la mañana, así como el sonido de las sirenas y hasta de los motores de los barcos. De nuevo fuimos al cine, esta vez para ver “Asesinato en el Orient Express”, película basada en una novela de Agatha Christie. El lunes siguiente fue de aterrizaje forzoso, pues tocó a mi compañía limpieza del Campamento y tuve que pasar el día en Sub-Ayudantía descargando jabón y escobas de un camión, trasladando pan, guillotinando papel, cambiando de sitio somieres y haciendo limpieza general. Y, cuando, terminado este trabajo, me disponía a leer las cuatro cartas recibidas -tres de mi novia María- me mandó el cabo primero al Hogar del Soldado para hacer limpieza, que me tuvo ocupado desde las 7 de la tarde a las 12,30 de la noche, bregando como un loco, recogiendo botellas, barriendo, trasladando mesas y sillas, y, finalmente, fregando el interminable suelo de su terraza, en la que se pegaban las botas al caminar, de forma que me acosté rendido en el peor servicio tenido hasta la fecha, “pero a este cabo -me decía por dentro- le doy morcilla, ya no me pesca más”.

Tuvimos el primer contacto serio con el fusil el 4 de febrero. Comenzamos por hacernos al sonido del disparo lanzando balas de fogueo en columnas de 39 individuos, con un ruido formidable, y ya familiarizados con él se hizo fuego real por tiempos bajo estrecha vigilancia de los mandos y la prudencia necesaria. Después de ello nos pasaron la baqueta por su cañón para asegurar que no quedase ninguna bala en la recámara del CETME una vez montada el arma y, por la tarde, a desmontarlo y engrasarlo. Asombraba lo fácilmente que se desmontaba y la precisión de su tiro. Al día siguiente tocó lanzar granadas de mano, cuya explicación teórica la recibimos de antemano haciendo simulacros de lanzamiento. Cuando llegó la hora de tirarlas primero se usaron las convencionales. Había que meter dos por una puerta: metí una y la otra la descacharré contra la pared, pero era igual, porque de ser auténtica, hubiera volado la puerta, la pared y la chimenea. Luego lancé dos más contra un poste clavado en tierra a unos 30 m. y dos más, finalmente, contra una pila de agua, un poco más lejos. Se fueron todas a hacer puñetas. Se lanzaban con total seguridad desde un punto elevado protegido por un muro de hormigón para que, en el peor de los casos, resbalaran hacia abajo, haciendo explosión a una distancia prudente. Fuimos a las 7,30 de la mañana los grupos 1 y 2 a recoger las granadas del polvorín, que tuvimos que acarrear a pulso desde allí hasta el campo de lanzamiento, a unos 4 km. Fui de los primeros en lanzarlas, pues era por grupos. La granada de mano que lanzamos era la PO III, defensiva, con un cuerpo exterior de baquelita, una carga de trilita forrada de alambres, un fulminante, más un multiplicador, que yo mismo coloqué, requisito sin el que no puede explosionar. Después de ello, había que desenroscar la cabeza y sujetar con un dedo la cinta, que al desenroscarse en el aire, facilitaba el que la granada, al contacto con el suelo, una vez que explotase el multiplicador y el fulminante, explotase por simpatía. Antes de lanzar la primera había nervios en el ambiente, sobre todo después de que el capitán lanzara una para hacer un ensayo previo, que no explotó. La segunda sí lo hizo y metió un ruido tremendo: al menos eso nos pareció al principio, aunque no lo era tanto.

Algunos días más tarde vino el juego de guerrillas, reptando y gateando por el suelo, contra un supuesto enemigo, y el despliegue rápido ante el ataque de una aviación enemiga ficticia al pitido de ordenanza del mando. Salí pitando de la formación y después de varios saltos me tiré tras un arbusto, sobre el fusil, para evitar reflejos que denunciasen mi localización a la aviación enemiga. No lo pasaba mal del todo en este tipo de prácticas sabiendo que el enemigo no existía y obligaban a un desplazamiento a distancia del CIR. Con tal motivo nos vendían bocadillos y refrescos.

El día más negro de mi actividad como recluta vino el sábado 8 de febrero, que comencé con otra vacuna (aún faltaban 3 para el total de 7, que se administraban los sábados, de forma que si doliese fuera durante el fin de semana y el lunes pudiera estar uno en plenitud de condiciones para el servicio). Pero no todo acabó allí: a continuación tuvimos hora y media de instrucción, para mí la más larga y dolorosa de toda la mili vivida hasta el momento. Aunque tuve la precaución de vacunarme en el brazo derecho y no en el izquierdo, que es el que soporta el peso del fusil cuando se le lleva sobre el hombro. Sin embargo, estuvimos con él a pulso media hora en la posición “carguen y descarguen”. Estuve a punto de plantarme y decirle al teniente que me arrestara si quisiera, pero que yo no seguía adelante. El brazo, o mejor, el hombro de la vacuna se me hinchó un poco, sin duda por tener los músculos en tensión y eso sin contar las perentorias necesidades personales, que evacuarlas en el Campamento era todo un poema. Parecía como si los mandos no se alegraran de nuestro rebaje en fin de semana, lo corroboraban además las amenazas continuas de arrestos. Pero estas experiencias negativas se compensaban con el pensamiento de que jamás volverían a repetirse en la vida civil.

Uno de los momentos mejores de la semana, si no el mejor, era para mí la Misa dominical, pues siempre me emocionaba mirar la Cruz y pensar en Cristo y en el ser que más quería en este mundo, mi lejana María, aunque me pareciera casi imposible introducir espiritualidad en una vida de marcialidades, mecanización y valores absolutos. Fuera de estos momentos concretos el resto del día lo vivía como ausente, sólo pensaba en “pasar el tiempo”. En la milicia obligatoria se aprendía a distinguir los días, de las horas, los minutos y los segundos… En ocasiones -aunque tratase de evadirme de este pensamiento- me parecía estar viviendo una pesadilla, lejos de la vida civil para la que me había estado preparando tras años de estudios ahora temporalmente truncados. Todo esto, como es lógico pensar, tomaba mayor cuerpo y aumentaba cuando, por la razón que fuera, el día se llevaba peor. Acabábamos de estrenar un cabo primero que nos traía de calle con su silbato y sus órdenes, y el teniente empezaba a descubrir su verdadera personalidad apremiado por la proximidad de la Jura y la necesidad de perfeccionar el entrenamiento a niveles físico  y de instrucción.

Se iban sucediendo nuevas vivencias conforme pasaban los días. El 10 de febrero nos levantamos a las 6,30 de la mañana, para sin apenas desayunar, cargarnos el fusil al hombro y las cajas de munición para ir lejos del Campamento, en la falda de unos montes próximos que daban a la vertiente norte (ese día nevados) y hacer ejercicio de tiro real con munición de bala del año 72. Hice 15 disparos y logré tres dianas a 25 m. de distancia. Los disparos se hacían en tres tandas de a 5 disparos cada una, y se me encasquilló el CETME en las tres ocasiones. Tras alzar un brazo con el cañón del arma mirando al frente, un soldado veterano se me acercó por la espalda y arregló el problema. El ejercicio se hacía en cuerpo a tierra, piernas abiertas y apoyado en los codos, a un metro o metro y medio de otro compañero. En las dos series de disparos válidos, de 10 disparos logré otros diez impactos y una puntuación de 40 puntos y 39 respectivamente. Era una puntuación bastante aceptable, aunque las había mejores. Pero para un miope como yo no estaba mal. Así, aunque los nervios se notaban más que de costumbre, se pasó entretenida la mañana. El teniente me alzó la voz porque me equivoqué en el número de parches que pedí para tapar los impactos del blanco. Luego, el capitán, como jefe de grupo que era, me envió con 15 compañeros que debía conducirlos en formación, pero se me desparramaron todos y me cayó la bronca. Volví del campo de tiro (a unos 2 km del CIR) con 4 blancos y el CETME y además cargué a continuación unos postes. Después tocó ir a duchas a paso ligero, pero se fijó el teniente en mis chancletas “no reglamentarias” y me obligó a ducharme el último. A la tarde limpié el fusil y otro que no me correspondía. Para finalizar nos hicieron pruebas de mecanografía, consistentes en escribir filiación y nombre del Campamento. Sucinta manera de calificarnos como posibles escribientes.

La visita esperada de María

A mediados de ese mes de febrero tuve la gratísima visita de mi novia, María, que se trasladó desde Pamplona para verme un fin de semana. Las M.M. Adoratrices la hospedaron con su generosidad ya probada. Tomó el autobús al Campamento y en llegando a él me anunciaron su visita por megafonía. El encuentro entre ambos, en el cuerpo de guardia, no es para contarlo, sí para imaginarlo. Durante los días previos anduve derecho “como una vela” para evitar ser arrestado y que ese encuentro se frustrase, pero, gracias a Dios, no hubo problema, aunque los militares, para estas cuestiones afectivas relacionadas con la familia y las novias, eran muy comprensivos y se podía alcanzar un acuerdo con ellos, llegado el caso, cambiando o trasladando servicios. Fueron dos días gratísimos en que paseamos por la ciudad, comimos en el Rincón de Juan Pedro, visitamos el precioso puerto con sus buques amarrados sobre el agua mansa de intenso azul del Mediterráneo y, sobre él, en altura, la Alcazaba, donde pudimos hacernos fotos de recuerdo rodeados de sus bellos jardines y espléndidas vistas al mar. La visita me permitía evitar la “asfixia” de las semanas pasadas en la milicia y empalmar con el permiso de Jura. Eran relativamente frecuentes las visitas familiares, que generaban en el entorno más próximo alegría compartida. También había decepciones y muy duras debido a la ausencia prolongada que suponía el ingreso en filas. Recuerdo cómo lloraba un compañero con la carta de su novia entre las manos: le comunicaba la imposibilidad de continuar el noviazgo entre ambos. Pero el compañerismo, la amistad, sobre todo surgida entre paisanos, ayudaba a pasar estos tragos.

Navarros en la 9ª compañía del tercer batallón de Viator. Agachados: Miguel Elizalde Suescun, José Antonio Campo Alonso, José Antonio Vizcay Villegas, José Miguel Equiza Goñi y José María Martínez Zubiri. De pie: Jerónimo Orzaiz Pagola, Francisco Zubiaur Carreño, José Antonio Paniagua Zudaire, Óscar Martínez Jiménez, Miguel Ángel Marcilla Lázaro, Antonio García Díez de Arizaleta y José Martín Oyarzun Azpíroz

Ello me lleva a hablar de las amistades surgidas en el Campamento, unas ocasionales (pues la diáspora del licenciamiento nos impediría volver a vernos), otras duraderas, ya que las penalidades compartidas, y también los buenos ratos degustando el contenido de los paquetes de viandas recibidos y otras muchas situaciones, crearon entre nosotros fuertes vínculos, hasta el punto de visitar a los familiares de nuestros compañeros cuando regresábamos de permiso para darles sus noticias, entregar o recoger paquetes para ellos. Había una tendencia natural a relacionarse más con los paisanos, pero no exclusivamente. La variedad de las regiones españolas se notaba no sólo en los diferentes caracteres sino en los embutidos que unos y otros recibíamos, tan distintos entre si, y todos buenos. Los amigos con que pasé más horas en Viator fueron Miguel Ángel Elizalde Suescun (con quien compartí taquilla), natural de Larraga; Miguel Equiza Goñi (de Elía), Jerónimo Orzáiz Pagola (de Mendigorría), Antonio Paniagua Zudaire (de Pamplona), José Martín Oyarzun Azpíroz (de Ripa), entre los navarros, y Luis Basurte (de Tarazona), pero en una fotografía tomada entonces con mis paisanos de la 9ª también están otros que recuerdo de los buenos ratos pasados: José Antonio Campo Alonso, José Antonio Vizcay Villegas, José Mari Jiménez Zubiri, Óscar Martínez Jiménez, Miguel Ángel Marcilla Lázaro y Antonio García Díez de Arizaleta. En ocasiones dábamos paseos dentro del recinto del Campamento y recordábamos con nostalgia nuestra tierra. O se jugaba al mus. Anoto en mi diario el espectáculo que un día me dio Basurte sin él saberlo. Cómo a escondidas se atizaba un bocata de queso que llegó a impresionarme, luego la emprendió con la longaniza, cortaba el pan que daba gloria verle. Comía y callaba, no podía hacer otra cosa. ¡Era magnífico!

El asunto del tablón de prensa. La Jura y despedida de Viator

Me encargué junto a Muntané -un licenciado en Farmacia, catalán de Puigcerdá-, de rellenar un tablón en la compañía con noticias de actualidad, seleccionadas por los dos en la prensa leída, para que los compañeros se ilustrasen. Fue una sugerencia nuestra al capitán, que accedió gustoso. Una tarea que a mí me gustaba muchísimo, pues, ya que leía la prensa, contribuía a procurar que el nivel de los compañeros subiera algo más, y dejaran de pensar un poco en los deportes “mentales”. El experimento, sin embargo, sólo duró unos días. Cuando nos disponíamos a hacer unos ejercicios con mosquetón, el capitán nos llamó a un aparte. Era sábado por la mañana. Había leído el tablón de prensa tras la confidencia de algún compañero que se le quejó de la orientación regionalista de la selección de prensa. Todo lo que habíamos puesto era inocente y sereno, y siempre partiendo de la prensa censurada, que era la existente en España. Concretamente nos habló de un “Desd’el gallo de S. Cernin”, de Ollarra, que yo había seleccionado hablando de la evolución foral de Navarra y de la crisis en que se encontraba, artículo aparecido en el Diario de Navarra del 16 de febrero, firmado por el director del medio -José Javier Uranga Santesteban- bajo seudónimo, con el título de “El Fuero al fondo”.

La selección del artículo había sido mía, puesto que Muntané no leía ese periódico ni conocía la situación socio-político-histórica de Navarra. Me lo había señalado mi padre en el periódico de ese día que recibí algunas jornadas después y me pareció interesante darlo a conocer. El artículo repasaba la historia de Navarra como reino independiente unido al destino de otros reinos que configurarían lo que sería España, su incorporación a Castilla en 1512 -no se hablaba en él de conquista- y la merma de su régimen foral en parte conservado por la Ley Paccionada de 1841, pero ahora Navarra sentía la necesidad de recuperar lo perdido y a ello se refería Ollarra con estas palabras:

“En un futuro regionalista nosotros seremos mucho más que una región, dentro de una unidad política superior, con derecho a un reconocimiento y a unas reivindicaciones forales a las que no podemos renunciar aunque haya habido y siga habiéndolas dejaciones y olvidos culpables… lo que no significa ningún programa separatista ni menos antiespañol porque somos los más viejos españoles, desde Estrabón pasando por Aristas y Jimenos, hasta Sancho el Mayor, el primer emperador que aunó reinos diferentes”.

Pero mencionar siquiera el regionalismo en el momento político que vivía la España bajo el régimen franquista podía ser tenido por una sospechosa inclinación hacia el separatismo.

Me pareció que el capitán se había echado atrás en nuestra idea del tablón de prensa por el temor a que le fueran a acusar de “política” y nos dijo tajante que “en el Campamento, de política, nada”. Se quedó en agua de borrajas lo que podía haber sido una colaboración llena de posibilidades. La conversación fue tranquila, y nos expresó que nada tenía contra nosotros, que nos ofrecimos voluntariamente a colaborar bajo su censura. El caso es que el capitán ordenó después que barnizaran el tablón en un proceso que no terminaba nunca.  Muntané y yo nos habíamos puesto de acuerdo en no colgar en él información deportiva. Cuando ya estuvo barnizado y seco preparamos para él una mamarrachada a base de “collages” con fotografías de revistas y dibujos, sobre la vida del recluta de la 9ª CÍA, en Viator. Y ahí quedó todo.

Aunque nuestro capitán guardó las formas con nosotros, suponemos que se alteró bastante -quizás le llamó la atención la superioridad- porque a continuación tuvimos en la compañía una instrucción durísima. Sobre todo  con el temido ejercicio de “carguen y descarguen” con el fusil, rodilla en tierra, que hubo que repetir mil veces, en terreno pedregoso sin movernos lo más mínimo, porque arrestaba por nada. Estaba de un gas terrible, vociferando como un salvaje. Lo pasé terriblemente mal, al final me temblaban las piernas y los brazos, y casi estaba a punto de llorar por agotamiento. Hicimos instrucción a paso lento (de oca), con variaciones, cambios de arma en el hombro, etc., no nos privaron de nada. Menos mal que por la tarde y al día siguiente domingo me aguardaban dos sesiones de cine en la capital, así el séptimo arte conseguía lo que siempre buscó: distraer al publico de sus preocupaciones cotidianas.

En la España de Franco sabíamos que se ocultaban agentes de información en los acuartelamientos militares en forma de confidentes, aunque desconocíamos quiénes eran, seguramente compañeros de recluta como nosotros. Debían andarse con cuidado también los militares de profesión -ya vimos cómo serían procesados varios oficiales acusados de rebelión militar- porque la situación política no estaba para bromas. Aunque declarado políticamente neutral, se ve que en el Ejército existían tensiones internas entre conservadurismo y aperturismo cuando se presentía una transición hacia un nuevo régimen político.

Me sentía molesto por no poder estar informado de los cambios políticos que acontecían en el país. Sabíamos que había crisis de Gobierno, incluso un cese masivo de ministros, pero todo era incertidumbre. Tenía noticias vagas de que se había promulgado una nueva Ley de Censura Cinematográfica. No nos informaban de nada. Lo teníamos que averiguar por nuestra cuenta y siempre con retraso.

A los militares había que entenderlos, siempre que fuera posible. El 26 de febrero no nos permitieron ver en la Televisión de la compañía el discurso dirigido a la nación del Presidente del Gobierno Arias Navarro, al que antes me he referido, aunque con ocasión del partido de fútbol España-Escocia, puntuable para la Eurocopa de 1975, el 5 de ese mes, modificaron el horario de la tarde, cena y toque de retreta, para poder presenciarlo.

En cuanto al cine, que venía cultivando desde el año 1970 cuando entré en la directiva del Cine-Club Lux de mi ciudad, diré que en Almería pude ver, con la compañía frecuente de mi amigo Antonio y de José María Semprún, un cinéfilo catalán, buenas películas que luego comentábamos paseando. Era una forma también de alimentar nuestra sensibilidad, de continuar siendo los mismos que en la vida civil, a la que esperábamos regresar transcurridos unos meses. Así vimos “Un tranvía llamado deseo”, siguiendo la obra de Tennesee Williams, dirigida por Elia Kazan; “La conversación”, de Francis Ford-Coppola; “La Regenta, de Gonzalo Suárez; “The Music Lovers” (La pasión de vivir), de Ken Russell; “Jesucristo Superstar”, de Norman Jewison y otros títulos que no recuerdo.

Escarapela «La Adelantada»

El 4 de marzo me enteré del que sería mi destino en Melilla: Regulares 2. Quisieron llevarme a Policía Militar pero decliné ese empleo, al que no me obligaban a ir. Influyó en mi rechazo el deseo de abandonar para siempre el uniforme de granito, cuyo pantalón me incomodaba en exceso por su talla, que no era la mía. En cambio el Grupo de Fuerzas Regulares de Infantería “Melilla” Nº 2 dotaba a sus soldados de un elegante atuendo de paseo de color garbanzo con guerrera con botonadura marrón, pantalones ceñidos (que no estrechos), cinturón amarillo con chapa niquelada, faja roja con flecos a la izquierda como prenda característica de su uniformidad, gorra tipo quepis del mismo color, y emblemas en hombros y gorra a base de media luna y dos fusiles (El Grupo de Regulares “Alhucemas” nº 5 también se hallaba en Melilla y su distintivo era la faja verde). En todas las fuerzas destacadas en la Plaza se añadía al brazo derecho del uniforme de paseo de invierno la “Adelantada”, una escarapela en chapa metálica con el escudo de la ciudad de Melilla antepuesto al águila de Isabel de Castilla sobre los colores de la bandera nacional con que se significaba el haberse anticipado Melilla en 24 horas al estado de guerra proclamado por el general Franco el 17 de julio de 1936, título concedido por él en 1962 que suplantaba al no reconocido de Adelantada de España en África, de los Reyes Católicos, por su papel de puesto avanzado para la defensa de la costa andaluza frente a los piratas berberiscos. Y ese uniforme, para un mozo de 24 años, era atractivo.

Ir destinado a las Fuerzas Regulares era algo que distinguía sobre otros destinos por ser consideradas unidades de élite del Ejército español, junto a la Legión, en el norte de África y haber sido las más condecoradas en situaciones de combate. Fueron creadas por Real Orden del Rey Alfonso XIII el 30 de junio de 1911 bajo la denominación de Fuerzas Regulares Indígenas, a iniciativa de su fundador Dámaso Berenguer y Fusté,  Al término del Protectorado Español de Marruecos en 1957, fueron reorganizándose los distintos grupos existentes de los que quedaron los Grupos 1 y 3 en Ceuta y los nº 2 y 5 en Melilla.  Cuatro fueron las premisas fundamentales que las transformaron en fuerzas de vanguardia: disciplina extrema, instrucción intensa, estricto sentido del deber y trato cercano. Los Regulares  eran unidades de infantería ligera que en caso de combate lo hacen de pie, aunque en sus desplazamientos pudieran usar vehículos. Pronto vería con mis propios ojos cómo esta característica se basaba en el énfasis dado a la instrucción individual y la preparación física para obtener un adecuado nivel de resistencia,  fortaleza y agilidad, a fin de obtener un soldado cualificado, duro, resistente, ágil y disciplinado.

Había sido creado el Grupo de Regulares 2 en 1914 integrado inicialmente por fuerzas nativas. Permaneció en Nador hasta el año 1956 en que se trasladó tras la independencia de Marruecos a Melilla ocupando el Acuartelamiento de Cabrerizas Altas. El 20 de agosto de 1966 se trasladaría al de Santiago, haciendo entrega del cuartel de Cabrerizas al Tercio Gran Capitán, 1º de la Legión. El 31 de julio de 1985, tras la reorganización de la 2ª Región Militar Sur, el Grupo se constituiría en Regimiento de Infantería motorizado Regulares de “Melilla” nº 52, recogiendo los historiales del que había sido extinguido Grupo de “Alhucemas” nº 5, así como del “Llano Amarillo” nº 7 y “Rif” nº 8 y del Regimiento de Infantería “Melilla” nº 52. El 23 de diciembre de 1985 el cuartel de “Santiago”, donde pasé doce meses de Servicio Militar, se transferiría a la Agrupación de Apoyo Logístico nº 7.

Pues bien, se acercaba el día de la Jura programado para el 23 de marzo y, además, se anunciaba visita del Ministro del Ejército para el jueves 13. Ingenuos de nosotros, pensábamos que saldríamos en Televisión. Con tal motivo se pintaron paredes y puertas, se pusieron baldosas donde no las había, se arreglaron jardines, se aceleraba la instrucción y doblaba la gimnasia. Los montes de alrededor se presentaban nevados, claro augurio -según aquel veterano- de que pronto habría jura y un permiso de seis días.

Escribía a María el día 8:

“Hoy, sábado, ha sido un día de locura, al menos hasta las 12 del mediodía. Todos los sábados son malos, porque tratan de atemorizarnos al máximo y condensan todos los gritos, órdenes y ejercicios de un día en las 2 o 3 horas anteriores a la salida, y eso que no todos salen. Hasta el momento, casi a punto de la Jura, puedo decirte que no he sufrido ni un solo arresto. No todos los compañeros pueden decir lo mismo, ni mucho menos. La gimnasia ha sido dura: nos dieron un paso ligero muy largo, y no es de lo que más me queje, pues el frío casi obliga a hacerlo. El ejercicio de mosquetón fue repetido varias veces. La instrucción fue una verdadera “sudada”. Empieza a notarse bastante calor y el sol cae a plomo. Lo peor no es esto sino que todo hay que hacerlo a la carrera: vestirse a diana en dos minutos, cambiarse para gimnasia, volver a vestirse con correaje, botas, trinchas[17] y fusil, para la instrucción; y volver de la instrucción y tomar el bocadillo a toda velocidad, guardar colas para tomarlo y para coger una cerveza; ponerse el granito y asearse y limpiar las botas y cinturón, en media hora, pasar revista minuciosa de uno por uno… En la revista, el teniente me envió a afeitarme y limpiar el cinturón, cosas que no había tenido tiempo de hacer. También nos pasó revista el Teniente Coronel Jefe de Instrucción, y desfilamos dos veces por tribuna. Ya libre, a todo correr, llevé el traje de faena a que me lo lavara una señora, pues creí que se marcharía pronto. A toda prisa a Almería, para encontrar las tiendas abiertas y comprar varias cosas para compañeros, así como unos bombones (lo siento, no hay flores más que en el Mercado) para las hermanas Adoratrices. A Antonio Paniagua por poco le empuran: se le escapó un tiro del fusil (pero descargado) en la instrucción y le metió el capitán la bronca; luego, en la revista de tropas, el propio Comandante le ajustó el correaje… y encima, ahora se me está cachondeando (estoy hecho un cuartelero). Ocurren estas cosas siempre a principio de semana, pues los oficiales y suboficiales que inician hoy su servicio de semana, están que muerden. El CIR parece un campo de concentración, y es necesario tener los nervios bien templados. Dice Antonio P. que es necesario aprender a vivir al día. Todos estamos de acuerdo en que el Servicio Militar ataca a los nervios, y cada uno se defiende con lo mejor que tiene al alcance”.

La manera más frecuente de hacerlo era el llamado escaqueo o racaneo si es que uno no podía escaquearse. Y tenía razón el sargento, pues no llevábamos dos meses de mili, y siendo aún reclutas, que es la escala más baja del escalafón chortil[18], nadie podría ya “barajarnos”. Un día me tocó picar de 8 a 12,45 de la mañana, y de 3,30 a 5,15 de la tarde, metido en una trinchera, trabajando con el pico, recogiendo con la pala y llevando con la carretilla tierra. El trabajo se alivió bastante, pues uno vigilaba si venía el comandante y los demás no pegábamos ni pique; a una voz dada, todo el mundo se volvía laborioso. Eran cosas que se aprendían pronto y una situación que he llegado a ver en alguna película.

Al final no vino el Ministro, como se había anunciado, pero como estaba preparada una comida especial con tal motivo, pues la disfrutamos: pollo, ensalada nacional y tarta, aunque no nos libramos del clásico primer plato de legumbre, en este día un potaje malísimo.

El día de San José, 19 de marzo, ensayamos el desfile de la Jura de 9 a 11 de la mañana ante el coronel y el teniente Castro nos aseguró que había salido “cojonudamente” y se le veía muy satisfecho, no obstante lo cual no se podían disimular los nervios y un cabo primero de la 10ª le dio un bofetón a un moro de su compañía. Procuraban asustarnos con la amenaza de suspendernos el permiso de Jura.

Se presentó el esperado 23 y con ello la Jura de Bandera que nos transformaría de reclutas en soldados. Desde muy temprano, antes, incluso, del toque de diana, el Álvarez de Sotomayor comenzó a llenarse de familiares. A las once de la mañana, hora fijada para el acto, las tribunas centrales del Patio de Armas y sus alrededores estaban repletas de público. Muchas familias habían venido en viajes organizados y otras en sus propios medios de locomoción desde todos los rincones de España. A las 10’55 horas hacía su entrada en el Campamento el Capitán General de la IX Región Militar, a quien se le rindieron los honores del reglamento, pasando a continuación revista a la parada. Al pie del altar, situado en la tribuna central del Patio de Armas, saludó a las primeras autoridades civiles y militares presentes en el acto. La tropa permanecía formada por riguroso orden de batallones en perfecto estado de revista, de guante blanco, con el fusil entre las manos, en posición de firmes, mientras resonaban los cornetines de ordenanza.

Se inició el acto con la Santa Misa concelebrada por los sacerdotes castrenses del CIR. En el momento de la consagración pusimos rodilla derecha en tierra con la cabeza descubierta, el quepis en la mano izquierda y el arma rendida. Al término de la misma, el Teniente Coronel Mayor, Joaquín Aranda Cuadros, nos tomó juramento a los reclutas, que respondimos a plena voz «¡Sí, Juramos!». Tras el paso individual bajo los pliegues de la bandera, que se nos daba a besar en ese momento, vino nuestro desfile de tres en fondo ante ella rendida a nuestro paso. Tras las palabras del coronel González Olmedo, que destacó la profunda significación del acto, vino el cierre de la ceremonia con el desfile del conjunto de las unidades.

Después se repartieron abrazos y saludos entre los familiares asistentes. Hubo una comida especial para quienes permanecieron en el Campamento unas horas antes de partir de permiso. Los navarros teníamos tanta ilusión por volver a casa que enseguida tomamos los autocares ya contratados con antelación que nos llevarían directamente a Pamplona. Recuerdo que al pasar por la localidad murciana de Lorca tuvimos que detenernos ante el desfile procesional del Domingo de Ramos con las figuras de Salzillo sobre los tronos. Aquello me pareció volver a la realidad de siempre.

Llegada a mi destino africano: Regulares nº 2

Transcurridos los nueve días de permiso concedidos tras la Jura de Bandera, nuestra reincorporación debía hacerse en el CIR de Viator, al que llegamos el 3 de abril, reintegrándome a la 9ª compañía donde nos pasaron lista a los presentes y pernoctamos como lirones tras las 23 horas de viaje. El regreso desde Pamplona lo habíamos hecho vía Vitoria, donde arribamos a la 1,30 de la noche del día 2. En la estación de servicio Echevarría, dirección de Burgos, nos esperaba a los navarros el autocar, que a las 3 de la madrugada enfilaba hacia Madrid. Era un Setra-Seida que resultó bastante cómodo. A las 9 de la noche llegamos a Viator.

«Vicente Puchol» transbordador de la compañía Transmediterránea

Al día siguiente los que íbamos a Regulares devolvimos el traje de granito, el tres cuartos, la gorra, las tirillas del cuello y la correa. Era como desembarazarse de un peso. Pude saludar a numerosos amigos y escribir mi primera carta en condición de “soldado” a María, sentado en la acera de la Unidad de Servicios bajo un sol espléndido. A las 3 de la madrugada salimos en autobuses hacia Málaga. Atravesamos -en la carretera llena de curvas y desniveles- paisajes muy bonitos: la costa turística de Almería, el litoral de Granada (jalonado de fortalezas y torres de vigilancia de época de la Reconquista) y, por fin, Málaga. Llegamos al puerto sobre las 10 de la mañana y comimos las raciones facilitadas por el Ejército mientras aguardábamos la salida del Vicente Puchol, barco de la compañía Transmediterránea para la línea Málaga-Melilla que tenía un barco gemelo, el Antonio Lázaro, mientras que el trayecto Almería-Melilla lo hacía el Plus Ultra, que también pisé en alguno de mis permisos, pero era una motonave más antigua y por ello más lenta. Embarcamos al mediodía del 4 y nos establecieron en camarotes, perfectamente cómodos y todos bastante animados. Recorrimos el barco y observamos desde el puente la ciudad, que parecía bonita y muy recogida. Durante el trayecto de 130 millas (240 km.) el balanceo se hizo soportable y pasé buenos ratos viendo desde proa el maravilloso paisaje que se ofrecía a la vista. Ya avanzada la tarde distinguimos al oriente del cabo Tres Forcas la ciudad de Melilla de la Frontera -como así se le llamaba oficialmente entonces- enquistada en la provincia marroquí de Nador en el corazón de la región del Rif, ofreciéndose a la vista sobre una elevación del terreno su apretada ciudadela conocida como “Melilla la Vieja”, y el monte Gurugú como si estuviera vigilando el casco urbano desde sus 800 m. de altura a unos 8 km. de distancia con el Río de Oro de por medio. Este monte, escenario sesenta y seis años atrás de combates contra las cabilas rifeñas, en adelante se nos haría más omnipresente aún que los montes de la sierra de Gádor en Almería.

Llegada a Melilla. Tras de mí Miguel Equiza y Antonio García Díez de Arizaleta

Entrada al Cuartel de Santiago, sede del GFRI Melilla nº 2 en una postal de la época

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Entonces empezaron los nervios y la tensión. Nos aguardaban varios camiones militares que llevaron nuestros petates al cuartel, y nosotros fuimos conducidos en formación hasta el destino prefijado, el Grupo de Fuerzas Regulares de Infantería Melilla nº 2, ubicado en el Cuartel de Santiago. Lo que vi al atravesar la ciudad me gustó, con su propio exotismo y moros a la usanza que veíamos por doquier. Nos sorprendió que las chicas, incluso los niños, nos llamaban “bichitos»[19] al pasar. Éste sería el mote que pesaría sobre nosotros hasta que viniera el llamamiento de abril en el mes de julio. La llegada al acuartelamiento es difícil de olvidar: entre dos luces nos recibieron los veteranos en el Patio de Armas con una pitada fenomenal e insultos. Uno de ellos me saltó encima y mordiéndome la oreja, enfebrecido, me amenazó:

“¡Bicho!, ¡me voy a hacer un cubata con tu sangre!”

Después de este desagradable recibimiento nos repartieron por compañías tras la cena. Me asignaron la 2ª del I Tabor (equivalente al batallón que agrupa cuatro compañías), junto a otros compañeros de la 9ª de Viator, Jerónimo Orzáiz (de Mendigorría), Mayayo (de Sartaguda), y Pedro Pérez Puertas (de Zaragoza, aunque sus padres vivían en Fustiñana y era, como si dijéramos, medio navarro). Trabamos rápidamente amistad porque nos necesitábamos. Los navarros veteranos de esta compañía enseguida preguntaron por nosotros, como si estuvieran esperándonos. A la noche vinieron las novatadas, pero para mí, gracias a un paisano veterano que me dijo era de Valtierra y decidió protegerme, no fueron muy pesadas: me despertaron varias veces en la noche para darme agua y “partes” los imaginarias. Al día siguiente nos hicieron cambiar para duchas y resultó tomadura de pelo. En otra ocasión los abuelitos me hicieron beber carajillo en la cama. Explicaba a mi novia:

“Reacciono con humor, a pesar de que te despierten y te hagan, como quien dice, un hijo de madera”.

La 2ª era de las peores compañías en cuanto a su presentación (de suyo a los pocos meses se renovó por completo), con lavabos siempre cerrados que obligaban a acudir a las letrinas que, aunque desinfectadas con zotal, daban para atrás. Hasta tal punto era así que en una ocasión que estaba haciendo uso de ellas, del agujero turco me salió una rata alopécica que me obligó a dar un brinco del susto consiguiente. De las duchas colectivas caía poca agua y durante poco tiempo, y eso que no había llegado todavía el verano con sus cortes de suministro. En la compañía me situaron en la litera intermedia de un módulo de tres y asignaron taquilla para mí sólo, no como en Viator, que la tuve que compartir. Para salir de la rutina me tocó hacer retén[20] de 24 horas formando parte de una sección de la compañía armado de una pistola del 9 largo, fusil con su cargador de 40 balas, machete, mochila y tienda de campaña individual, casco, y al cargo de un lanzagranadas y de un transmisor PRC 6 de campaña para lo que me nombraron cabo provisional. Este tipo de refuerzos lo requerían las circunstancias del momento tenso que se vivía con Marruecos y en los meses siguientes habría de hacer unos cuantos, que me obligaban a dormir vestido para estar siempre listo, pues la compañía tenía el suyo diario, rotativo cada cinco días. Asimismo, en el Grupo una compañía estaba desplazada a la frontera, en el cuartel de la Purísima, en el Sidi Guariach, para reforzar las líneas españolas y éste era un servicio cíclico. En ese destacamento disciplina y preparación eran muy exigentes.

Pero volviendo al tema de las novatadas debo decir que los mandos las ignoraban. No pasaban de ser molestas pero en ocasiones eran graves. En la compañía había un soldado voluntario -no tendría más de 19 años- llamado Abdelkad Mohamed, cabo para más datos, que cojeaba gracias a una de éstas, consistente en darle la vuelta al colchón de la cama durante el sueño de manera que caías sobre el somier bajo el colchón, pero un error en el manejo de quienes se la dieron le hizo caer desde la tercera litera al suelo desde una altura como de 2 m. La obligada mili, los meses largos de ausencia del hogar -estábamos en el litoral africano a escasos kilómetros de Marruecos y la raya de Argelia- y la jerarquización que los veteranos se auto adjudicaban (de “bicho” se pasaba a “recluta” y de éste a “padre” y finalmente se llegaba a “abuelo” según se progresaba en veteranía), formando verdaderas castas, hacía que los caracteres se amargaran y, aunque no cabe generalizaciones, la pagaban los bisoños, que eran -éramos- “puteados” a la primera de cambio y se nos maltrataba de palabra con lindezas como ésta, incluso peores:

“¡Cállate, bicho! ¡No tienes derecho a vivir!”

Para el “abuelo” el “bicho” era alguien que le estorbaba, que no hacía sino complicarle la vida por su falta de experiencia. Decían:

“Un abuelo no tiene problemas, se los crean”

Venías del Campamento y te parecía que ya eras algo y, en realidad, te quedaban más meses de mili que “al palo de bandera”. En el CIR todos éramos iguales y los mandos más humanos. En cambio para los veteranos del cuartel seguíamos siendo peor que reclutas, “bichos”. Reconozco que, aún siendo los mandos duros con nosotros -algunos venían de prestar servicio en el Sahara o buscaban con su destino ascender más rápidamente- lo peor para mí era el maltrato de los compañeros, pues era incomprensible partiendo del hecho de que todos estábamos en las mismas circunstancias, y no era por nuestro gusto. Influía mucho la calidad de las personas, por supuesto, en mandos y tropa, así como el nivel de cultura, y sobre todo la educación recibida. El nivel intelectual era más bajo que en el CIR. Mis 24 años eran demasiados para adaptarme a la vida cuartelera. Yo veía que los voluntarios y los de la quinta no se enteraban de nada, pero yo no podía evitar reflexionar sobre la pérdida de tiempo que esto me suponía en plena juventud.

Fue asentándose mi vida poco a poco. Del número 189 de Viator pasé al 123, mi nuevo número en Regulares, coincidente con el de la cama y taquilla, que lo llevé a partir de entonces en una chapita colgada al cuello. Nos levantaban a toque de diana a las 7; tras el aseo personal acudíamos en formación al comedor para el desayuno a las 7,20; venían a continuación gimnasia a las 8 e instrucción a las 9, de 10 a 10,30 bocadillo libre, de 10,30 a 12 clase teórica seguida de ducha, a las 12,45 formación para ir a comer y reparto del correo, a la 1 comida, de 2 menos cuarto a 3 menos cuarto tiempo libre, que con frecuencia yo empleaba en la siesta, costumbre que adopté entonces, seguida de formación; a las 3 y hasta las 6 de la tarde, en que nos daban el alto, se repetían las clases teóricas; a las 8,45 era el toque de retreta, a las 9,15 formación para la cena, y a las 10 el toque de silencio. Las duchas eran alternativamente por la mañana y la tarde (sobre las 5,45) El sábado, después del desayuno, se programaba zafarrancho[21] de cuartel para limpiar la compañía. No había gimnasia, ni instrucción. No se podía salir hasta después de comer, aunque daban el alto a las 12 del mediodía. Con suerte, podía sacar un rato libre por la mañana. El domingo nos levantábamos una hora más tarde, seguidamente la Misa a las 10 de asistencia obligatoria. La comida era de más calidad que en Viator -pues el presupuesto de ración diaria del soldado pasó de las 46 pts. de Viator a las 58 de Melilla- en los estrictos límites del rancho cuartelero, donde no caben lindezas, aunque para mi juventud de entonces me resultara escasa dado el consumo de energías diario. Pero así era porque en festivos -nos permitían a la tropa comer en cualquier regimiento de la plaza- acudían a nuestro comedor  de Regulares nº 2 bastantes “lejías»[22] del Tercio próximo Gran Capitán.

Pongo por ejemplo la comida preparada para la tropa el 8 de diciembre de 1975:

Desayuno: cacao con leche, panecillo con suavina, mermelada y magdalenas.

Primera comida: patatas bravas, callos a la madrileña, filete imperial con salsa de tomate, merluza rebozada, naranjas “kirts”, vino y gaseosa, y café con coñac.

Segunda comida: sopa preparada, pescado frito, tortilla de atún, arroz con leche y café con anís.

Pero, como en Viator, la calidad de la alimentación variaba en función -suponíamos- del capitán responsable de su administración, que cambiaba cada mes. Lo cierto es que los menús eran monótonos. En el almuerzo había siempre un plato de legumbre (garbanzos más que nada, lentejas y alubias a la vinagreta), ensalada y gazpacho en tiempo de calor; los huevos eran frecuentes con su acompañamiento preferido de pimientos; también entraba el pollo,  la carne guisada con patatas o filete imperial y albóndigas, y el pescado se reducía a sardinas y bacalao congelado, que resultaba muy correoso. La fruta ordinaria era la naranja, bien sola o en macedonia, y el melocotón en almíbar. Las cenas siempre se componían de sopa de fideos, coliflor frita o berza con patatas al ajillo o fritada de patata con pimientos y tomate, o bien tortillas rellenas de fiambre o caballa, o también patatas con guisantes o alcachofas. El consumo de fruta quedaba limitado a la voluntad de Marruecos, que es de donde procedía antes del cierre de la frontera. El postre de la cena consistía en natillas de diversos sabores (suponía que venían preparadas) o arroz con leche (que era de polvo), que con mucha suerte podía repetirse. Para finalizar, un vaso de malta con anís, o vaso de leche en polvo. El desayuno, a veces, sustituía el chocolate por café, y la magdalena por pastelillo de hojaldre. Si daba el presupuesto nos ofrecían entremeses para empezar el almuerzo, y si quedaba remanente a fin de mes por una buena administración de los recursos, el capitán de turno se alargaba con una comida especial regada con sidra achampañada, café, coñac y cigarrillos rubios. Ya se empezó a notar la mejora del menú con el capitán Felices.

Desayuno y primera comida eran de asistencia obligatoria, la cena no, que muchos sustituían por una merienda en el Hogar del Soldado con lo que aportaban los paquetes llegados de la casa de cada uno, que se entregaban en Cartería los martes y sábados. Otra opción eran las tabernas de Melilla, en el caso de poder salir del cuartel al no estar de servicio o arrestado. Yo prefería casi siempre cenar caliente, algo que beneficiaba mi estómago un tanto delicado por aquél entonces. Por ese deseo de templarlo antes de ir a la cama, de ordinario me gustaba terminar la cena con un poco de leche caliente, leche que preparaban en la cocina usando polvos de origen holandés. La leche, aun resultando un poco aguada, tenía buen sabor y alimentaba, además se podía beber toda la que una quisiera. En cierta ocasión en que estaba de servicio en la cocina pude ver una gran olla con ella preparada, pero cubierta con una capa negra de moscas en su interior, y a un cuartelero de servicio en la cocina que con una gran espumadera las iba retirando en sucesivas pasadas. No por ello dejé de tomarla, pues a todo se hacía uno. Lo que más se cuidaba en el Regimiento era la higiene. Cuando te daban algo para comer no debías preguntar cómo se hizo; si te daban de beber, pensar quien chupó antes la botella; si te ponían en la boca el termómetro, vete a saber a quienes se lo pusieron antes y en qué lugares; si las lavanderas te daban un calzoncillo equivocado y amarillento, evitabas pensar de quien pudo ser y por qué seguía sucio…

Después de devolver lo que restaba de nuestro anterior uniforme caqui (saco petate, pañuelo de cuello, bufanda, una camisa caqui, el cinturón y la gorra coreana) nos repartieron la nueva ropa del Grupo -de momento la de invierno cuyos botones hube de repasar- me hicieron una prueba de mecanografía -pensando en utilizarme como escribiente, que no dio resultado- y me apunté al curso de cabo que a priori ofrecía ventajas en el servicio (y me fue útil para tratar a compañeros estudiantes universitarios como Boixader y Lubián), de forma que para el 1 de junio ya luciría los galones de lo que llamábamos “cabo rojo”. Recibíamos las clases en el comedor, que no era el lugar ideal por su resonancia, y el sargento que nos las daba se limitaba a leer el contenido del manual que luego memorizaríamos. El comedor era un espacio polivalente por sus grandes dimensiones: en él asistíamos a Misa en los días de lluvia, seguíamos las clases teóricas con la proyección de documentales y nos convertíamos de cuando en vez en espectadores de largometrajes, a menudo relacionados con la vida militar, tipo “Terror ciego” de Richard Fleischer, pero también nos pasaron otros títulos como “El baile de los vampiros”, de Román Polansky. En el verano la sala de proyección se trasladaba a la pista de balonmano.  La verdad es que nos contentábamos con poco.

Pero entretanto habría de probar de todo. Lo que no hice en el Campamento, que era el servicio de comedor, me tocó al poco tiempo de llegar a Regulares. Junto a seis compañeros me fregué los platos y cacharros de todo el cuartel. Fue un servicio  que empezó a las 2 de la tarde y terminó a la misma hora del siguiente, cubriendo dos desayunos y dos comidas. Un palizón fenomenal y lo peor fue que se me pegó un olor a grasaza repugnante que me duró varios días. A la cocina la llamaban “la discoteca”. “¿Por qué será?”, me preguntaba… También había animación “de piano”, en nuestro caso una gran tina de agua a donde arrojábamos todo el menaje tras separar las sobras en unos grandes bidones que posteriormente se llevaban a la Granja del Grupo para alimentar a los cerdos que allí se criaban. Fueron miles los platos que me limpié. Éramos vigilados de cerca por un sargento primero de cuchara[23], y muy mala leche, que por su sordera era súper susceptible. Se decía que la sordera le provenía de la paliza que le dieron unos veteranos en la Península a los que “había puteado”. Fuera cierto o no, todo el mundo le temía. Todo iba demostrando que en comparación al CIR, la disciplina, los compañeros y las instalaciones eran peores.

El primer ejercicio de tiro fue algo diferente, pues no se disparaba contra un talud sino contra el mar, en una zona rasada[24], aprovechando la altura de los acantilados, cuyas orillas aparecían llenas de peces muertos por efecto de las explosiones, aunque no siempre era así pues también se amontonaban chatarras como blanco de los lanzagranadas. Era consecuencia de los estrechos límites de la ciudad. Al respecto se hacían públicos los días y horas en que se haría fuego real en los ejercicios militares a fin de que se controlase el flujo de embarcaciones en la zona marítima. En el caso de nuestro Grupo el tiro se desarrollaba en Rostrogordo, una amplia meseta en la zona alta de la ciudad junto a la prisión militar de María Cristina, que llevaba fama de durísima, donde realizaríamos en lo sucesivo prácticas de instrucción y ejercicios de despliegue. Para llegar al sitio en formación dejábamos atrás el Tercio junto al límite del barrio de Cabrerizas Altas, sucísimo y mal oliente, poblado por indígenas, donde las mujeres iban tapadas por completo salvo los ojos.

En abril mi padre recibió una carta circular firmada por el Coronel Jefe del Grupo de Fuerzas Regulares Infantería Melilla 2, Alberto Barrio Balán, en el que le expresaba la acogida de su hijo en el acuartelamiento, ofreciéndose para responder a sus deseos y a cualquier solicitud de información que se le pidiera, dirigiéndose a él con el mayor afecto, en nombre de todos los componentes del Grupo y en el suyo propio:

“Distinguido Sr.

Su hijo acaba de incorporarse a este Grupo en el que prestará a la Patria sus servicios como Militar. Durante el tiempo que aquí permanezca vivirá con sus nuevos compañeros y Mandos formando parte de la gran familia militar.

Esta Unidad es una de las más distinguidas de la Infantería de nuestro Ejército, llena de héroes, que con sus hechos ganaron para nuestra gloriosa Bandera TRES CRUCES LAUREADAS Y TRECE MEDALLAS MILITARES. Estamos seguros que él se sentirá orgulloso de pertenecer a este Grupo y demostrará ser digno de ello. Comprendemos la inquietud que sentirán al separarse de un ser tan querido y por ello queremos decirles que a nuestro lado no le faltará cariño ni ayuda, ni protección y aspiramos que cuando vuelva de nuevo a su hogar lo encuentren mejorado en todos los aspectos. Trataremos de convertir un joven en hombre consciente y responsable de sus actos, exacto cumplidor de sus deberes, alegre en el trabajo, afectuoso en el trato, activo, sano de espíritu, físicamente preparado, buen compañero, amante de su familia y sobre todo que se sienta orgulloso de ser español.

Sometido a un régimen de vida y a una disciplina desconocida para él, se encontrará inicialmente algo desconcertado; pero la experiencia nos dice que pronto se adaptará y que entonces sólo añorará a su familia, porque nosotros nos encargaremos de que cada día la quiera más y sepa valorar lo que para él significan unos padres o familiares buenos y sacrificados.

En el Cuartel enseñaremos a leer a los que no saben y a rezar a los que lo han olvidado. Atenderemos a su salud, y recibirá cuantos cuidados médicos necesite. Su alimentación será siempre objeto de nuestra atención y puedo asegurarle que esta Unidad se distingue por la buena calidad, condimentación, cantidad y variedad en las comidas. Dispondrá para sus ratos de descanso de un “Hogar del Soldado”, en el que encontrará a bajo precio las menudencias que necesita para su vida, Biblioteca, juegos lícitos y bar, así como instalaciones deportivas que puede utilizar libremente.

En cuanto a permisos, actualmente dispondrá de 40 días de turno ordinario siempre que se haga merecedor a ello por su buen comportamiento, cosa que estamos seguro ocurrirá.

Existen otros extraordinarios por gravedad de padres y hermanos (extremos comprobados por el Comandante Jefe del Puesto de la Guardia Civil); exámenes, oposiciones, etc. que serán descontados del que se le concede de turno ordinario”.

El 8 de ese mes me telefonearon para darme la noticia del fallecimiento de mi abuela Teresa, madre de mi padre, que vivía en familia con nosotros. Aunque me lo esperaba no pude evitar unas lágrimas, por la tristeza que me dio no poder haber estado presente en el momento, ni en el entierro y funeral siquiera. Me dirigí a la Capilla del Grupo para rezar por ella con el pensamiento de que Dios la tendría bien arriba, pues lo que importa es el conjunto global de la vida, salvados los errores que en ésta todos podamos cometer. Llamé a casa a continuación, previa autorización del oficial de guardia. Me dio mucha alegría hablar con mis padres y ésta fue mi compensación. Al día siguiente, en medio de las detonaciones y ráfagas del campo de tiro volví a sentir por ella un nudo en la garganta. La verdad es que hice mi niñez agarrándome a sus faldas y somos todos tan egoístas que notamos siempre la ausencia de una persona querida cuando nos falta.

Explicaba a María en una de las cartas diarias:

“Duermo bien, tengo buen apetito, la comida es buena, trabo amistad con nuevos compañeros de distintas provincias, y con veteranos, que siempre dan buenos consejos. Estoy contento porque noto que la gente me aprecia y me necesita”.

Hacía escapadas al “nido de los maños”, que se habían “reservado” para sus meriendas junto a la piscina y en el que me introdujo Pedro Pérez Puertas, con quien hice una buena amistad, pues era de mi edad, tenía estudios de Empresariales y nos entendíamos muy bien. Allí me reunía con otros amigos como Jerónimo Orzáiz y un compañero de la 2ª Caseny. Conforme pasaban los meses de mili los regulares con destino que habían logrado la confianza de sus jefes creaban lo que en Navarra llamamos su txoko, un rincón medio escondido donde explayarse a su gusto en los ratos libres.

Las clases teóricas se diversificaban. Si en el Campamento se insistió en el conocimiento del fusil de asalto, la granada de mano y el lanzagranadas, en las teóricas de Regulares se amplió el abanico a la ametralladora MG y al mortero, armas bastante letales si son bien manejadas por la infantería.

Transcurridas un par de semanas nos permitieron salir de paseo a partir de las 6 de la tarde hasta hora de retreta y con mayor amplitud los fines de semana, siempre que no hubiera servicios o arrestos. Mi primera intención fue comprar unas tarjetas postales para dar a conocer a mis familiares la ciudad de Melilla, que se nos permitía recorrer pero no en su totalidad, pues, en razón a la seguridad, ciertos barrios moros nos estaban vedados. Explicaba a mis padres y hermanos:

“Ahí van unas panorámicas de la “city” de Melilla, exótica ella, y por lo que he podido ver no hay enchilabados por ellas… no vayáis a pensar que por aquí no se ven túnicas ni gasas… Parece que a estas fotografías les han querido dar un aspecto internacional y civilizado para que Melilla parezca el no va más. También hay casuchas misérrimas, sin agua corriente, con perros y gatos, más vaquerías y cuadras, todo en perfecta simbiosis con los moros. Los olores son heterogéneos y variadísimos y uno piensa realmente con pena en el porvenir de muchas de estas familias, más pegadas a unas costumbres y tradiciones ancestrales que empeñadas en arrimarse a la civilización. ¡Ah! Tampoco aparecen en las fotos militares, lo cual me hace pensar que se habrían tomado antes del toque de diana en un día claro. La ciudad es un verdadero avispero de soldados de todos los cuerpos y uniformes, y gran parte de ella está horadada por conductos subterráneos que llevan al inmenso polvorín de Melilla, uno de los más grandes y que abastece a casi toda España. Vivimos con los pies sobre ascuas, como quien dice”.

Vista de la ciudad antigua de Melilla en una postal de la época

Seguía explicando a mis padres:

“Os diría que es una ciudad mediterránea pero que tiene un cierto exotismo, significado en los comercios, su ambiente militar muy marcado, su aire portuario -pesquero y civil- sus jardines y paseos muy cuidados y espléndidos, y sus habitantes, españoles de raza y origen, pero mezclados entre nosotros gran cantidad de moros indígenas. En general, podría decirse que el estado de vida social de los moros es bajo, y que la civilización y el desarrollo no han llegado a ellos todavía: se les ve pulular por la ciudad con continuos fardos, enchilabados, las mujeres llenas de túnicas y gasas, con el rostro tapado y la cara pintada con trazos yo creo de significado religioso o social, pero que no alcanzo aún a comprender bien; los hombres visten también de cualquier manera, muchas veces zarrapastrosamente y se ve a muchos sin afeitar y dando bandazos por ahí. Muchos se grifan y se dice que al otro lado de la frontera hay plantaciones de esa droga. Desde luego, los propios militares registran a todos los soldados que salen a la Península de permiso, aunque los lejías (legionarios del Tercio) se las ingenian para sacar lo que quieren y se lo permiten, sobre todo cuando acuden de maniobras a Andalucía.

Los moros no son gente de fiar. Durante el día se puede salir sin preocupaciones, pero de noche tan peligroso es encontrase con los moros como con los soldados, pues unos y otros están alerta. Aquí, en el Cuartel, aparte las guardias normales, se hacen servicios de patrulla por los alrededores, con perros adiestrados contra moros y personal civil. Los mismos oficiales, para trasladarse de un lado a otro, por la noche, lo hacen con el fusil cargado y en prevengan. Pero no ocurre nada, sólo son precauciones que se toman, lógicas, creo yo. Ayer me tocó por tercera vez retén de Compañía, que consiste en estar preparados para un ataque hipotético. Se establecen fusileros y secciones de apoyo, ametralladoras, lanzagranadas y morteros… Todas estas cosas no son para preocupar, pero se explican perfectamente por ser ésta una plaza militar, de tradicional disciplina, y en esta situación de debate internacional. Todo es acostumbrarse, aunque a veces no puedes evitar el pensar que se trata de una ciudad encerrada en sus fronteras. Con la península a ocho horas de barco… pero me encuentro bien”.

Incluso teníamos prohibido pasear por ciertos barrios como Cabrerizas, El Polígono, La Cañada de Hidum, Reina Regente y Canteras de Pablo Pérez, que eran de mayoría musulmana.

Me impresionó mucho en cierta ocasión ver entrar en el bar donde me encontraba a un morico de no más de 5 ó 6 años, quien tras dar unos cuantos volatines en su interior pidió con la mano recibir la voluntad. Abundaban los limpiabotas, al calor del Ejército, que nos atosigaban para acceder a su servicio -“¡Paisa!”, “¡Paisa!”- y después del pago escondían el dinero en el zapato, ya que entre ellos se robaban. Algunos incluso llevaban cicatrices. “¡Qué vida llevarán estos niños!”, pensaba. También me resultaban exóticas ciertas prácticas ligadas a su religión: la separación por sexos en los baños públicos en días prefijados para la purificación, la llamada a la oración del muecín desde el alminar en ocasiones simultánea al campaneo de nuestras iglesias, la influencia de las madres en la observancia del ramadán, incluso ciertas palabras de uso corriente que ya había asimilado nuestro lenguaje (como, por ejemplo, jalufo, carne de cerdo o embutido que lo tenían prohibido, o siesta skel, chipén)

Un acercamiento a la historia de Melilla

Mi formación como historiador  y el deseo de conocer el terreno que iba a pisar en adelante, también con la intención de enseñarle la ciudad a María en los días que me visitase -y ya lo estábamos planeando antes de mi llegada- me movieron a leer algún librito que resumiese el pasado de la plaza militar.

Explica el cronista de la ciudad, Francisco Mir Berlanga, que el devenir de su historia ha sido muy accidentado: ha pasado por las manos de ocho pueblos, ha sufrido continuos asedios, bombardeos e incendios, siempre infatigables construcciones y penurias, y nunca ha caído en manos ajenas tras ser conquistada por España.

Los primeros en asentarse en ese lugar fueron los fenicios, que lo llamaron Russadir, seguidos por los cartagineses para convertirse a continuación en colonia romana dentro de la provincia de Mauritania Tingitana a partir del 42 a. C. La ciudad fue arrasada por los vándalos en el 429 pero volvió a ser reedificada bajo el reino visigodo, aunque pasaría después a depender de Constantinopla con el imperio de Bizancio. En el siglo VII hicieron su aparición los árabes que sometieron a los naturales del país y lo convirtieron en cabecera del pequeño reino de Nekor sostenido por el comercio hasta que en el 859 lo incendiaron los vikingos. El año 926 lo ocuparon las tropas del califa Abderramán III, quedando sometido al Califato de Córdoba, y fue en esta época cuando adoptó el nombre actual, quizás debido a la influencia de un caudillo bereber llamado Melil, aunque los historiadores aportan otras versiones: así su nombre romano (Mellitus), griego (Melita) y musulmán (Malila)

En los cuatro siglos siguientes floreció el comercio en Melilla como ciudad bien edificada al amparo de una ciudadela fuerte, bajo la dominación árabe.

Monumento a Pedro de Estopiñán

Ante la puerta de entrada a Melilla la Vieja presidida por el escudo de los Austrias

Consumada con los Reyes Católicos la Reconquista de la Península, por el Tratado de Tordesillas (1494) Portugal y España se repartieron las zonas de navegación y conquista del Océano Atlántico y del Nuevo Mundo, así como las posesiones de África, por lo que Melilla pasó de ser zona portuguesa a serlo castellano aragonesa, lo que era de interés para los Reyes Católicos que entendieron el valor geoestratégico de Melillapara impedir en el futuro nuevas invasiones desde el litoral africano y acabar con la piratería contra el sur de España, para lo que vieron la necesidad de crear unas bases que sirvieran como centinelas avanzadas de la seguridad peninsular. De esta manera, en 1497, Isabel y Fernando autorizaron la toma de Melilla al Duque de Medina Sidonia, Juan Alonso Pérez de Guzmán, quien confió en su comendador Pedro de Estopiñán y Virués la conquista de la ciudad, en ese momento asolada por luchas banderizas entre los reinos de Fez y Tremecén -unos 460 años antes de la constitución de Marruecos como reino independiente en 1956- para lo cual Estopiñán partió del puerto de Sanlúcar de Barrameda con 5.000 infantes y 250 jinetes reunidos con el refuerzo de los concejos de Jerez de la Frontera, Arcos de la Frontera y Medina Sidonia. Conquistado el enclave para España, Estopiñán comenzó a fortificar la plaza en un proceso que duraría dos siglos y medio, de modo que la guarnición de Melilla con tan sólo 3.300 soldados pudo hacer frente con éxito al Sultán Muley Mohamed ben Abdelah, ante un poderoso ejército de 40.000 moros, en 1774.

En 1556 el quinto Duque de Medina Sidonia había cedido la ciudad a la Corona, bajo Felipe II. A la prosperidad del momento sucedió en la segunda mitad del siglo XVII una paulatina decadencia, siempre bajo la amenaza de las cabilas bereberes.

Por el Tratado de 1859 establecido con el Sultán de Marruecos, ratificado después en el Tratado de Paz de 1860, y hecho efectivo treinta años después, se delimitó el Campo Exterior de Melilla, tomando como distancia, según lo acordado, el alcance (2.900 m.) de una bala de cañón disparado desde el Fuerte de Victoria Chica. Delimitado de esta forma, el territorio español adoptó la forma de abanico, cuya longitud de frontera con Marruecos se fijó en 12 km, de modo que la extensión desde entonces es de 12 km cuadrados, con una banda de costa de 10 km.

En 1868 -dato curioso- se sublevaron en el presidio de Melilla los carlistas y se hicieron dueños de la Plaza durante tres meses, hasta que fueron forzados a devolverla al Gobierno liberal isabelino, pero sólo accedieron los carlistas a cambio de ponerse al servicio de las tropas leales a su rey Carlos V.

Plaza Menéndez y Pelayo. Edificio modernista e Iglesia del Sagrado Corazón.

Después de la Primera Guerra del Rif (llamada Guerra de Margallo por el gobernador de entonces Juan García y Margallo), entre 1893-94, vino la expansión de Melilla favorecida por los gobernadores siguientes (generales Macías, Cerero, Alcántara y Alameda) que reforzaron la ciudad con fortines defensivos para mayor seguridad de sus habitantes: una primera línea con los de Sidi Guariach, después llamado Purísima Concepción, Alfonso XIII,  Reina Regente y Rostrogordo; y una segunda línea en Camellos y Cabrerizas Bajas, cerrándose con San Lorenzo, María Cristina y Ataque Seco.  En cuanto al urbanismo del llamado “campo exterior” en la primera década del siglo XX mejoró con los gobernadores Venancio Hernández y José Marina Vega, los ingenieros militares y arquitectos responsables de la arquitectura modernista del centro de la ciudad, entre los que destacó Enrique Nieto, discípulo de Gaudí.

Las luchas intestinas entre las cabilas y la falta de autoridad de los sultanes hicieron necesaria la implantación de un Protectorado español sobre el norte de Marruecos. España tuvo que someter y desarmar a las cabilas en costosas y sangrientas campañas militares entre 1909 y 1927 hasta lograr la pacificación. Las tropas de la Comandancia General de Melilla llevaron el peso de la lucha con sonadas derrotas para nuestro país (la del 27 de julio de 1909 en el Barranco del Lobo, a los pies del Gurugú; y el Desastre de Anual, en julio-agosto de 1921), pero que terminó en victoria tras el desembarco de Alhucemas (el 8 de setiembre de 1925) y la prisión del cabecilla Abdelkrim. Alfonso XIII reconoció el sacrificio de Melilla concediéndole el título de Valerosa y Humanitaria.

El 26 de setiembre de 1928 explotó el polvorín de Cabrerizas Bajas ocasionando 40 muertos y más de 200 heridos. Por este triste suceso el Gobierno le añadió el título de Muy caritativa.

En 1936 el general Francisco Franco voló hasta Melilla desde las islas Canarias para unirse a las fuerzas del Tte. Coronel Maximino Bartomeu y desatar así la Guerra Civil. A su escudo se unió a partir de entonces otro título: el de Adelantada del Movimiento Nacional.

A nivel histórico-político Melilla era considerada (junto a Ceuta) “plaza de soberanía mayor” (las menores serían las islas Chafarinas y Alhucemas, que dependían militarmente de Melilla, en tanto el Peñón de Vélez de la Gomera lo hacía de Ceuta)

En 2001, tras producirse la supresión del Servicio Militar obligatorio, se erigió a la entrada del Puerto de Melilla una Estatua del Soldado de Reemplazo. El lugar estuvo bien elegido ya que en su muelle formábamos, nada más pisar tierra, los soldados destinados a los diferentes cuerpos militares de la ciudad:  Grupos de Regulares de Infantería núms. 2 y 5, Tercio “Gran Capitán” 1º de la Legión, Regimiento de Caballería Acorazado “Alcántara” nº 10, Regimiento Mixto de Artillería n.º 32, Regimiento de Ingenieros n.º 8, Batallón de Transmisiones XVIII, Grupo Logístico, Grupo de Artillería Antiaéreo Ligero VII, y Compañía de Mar de Melilla. Y el monumento estuvo muy justificado. El 6 de enero de 2022, con ocasión de la celebración de la Pascua Militar en Cataluña, el Inspector General del Ejército, teniente general Fernando Aznar Ladrón de Guevara, así lo reconoció al destacar que España tiene una «deuda pendiente» como es «un homenaje al Soldado de reemplazo que con gran esfuerzo personal, y muchas veces también familiar, cumplió su misión con disposición, entrega y generosidad francamente admirables». Y cómo «muchos españoles fueron en su día parte de las Fuerzas Armadas, en su tierra o en otros puntos de la península, Baleares, Canarias, Ceuta, Melilla, Ifni o Sahara» y «cumplieron muy dignamente sus obligaciones militares».

Transcurridas casi cinco décadas desde mi Servicio en esta avanzadilla de España, aún sostiene Melilla lo que con orgullo se nos manifestaba entonces: el ser parte de España 18 años antes que el Reino de Navarra, 162 años antes de que el Rosellón fuera francés y 279 años antes de que se constituyeran los Estados Unidos de América.

La vida ordinaria del nuevo cuartel

No había mejor manera de sentir la rutina diaria que ocuparse de las tareas por así decirlo “domésticas”. Una de las más expresivas era la limpieza, y con tantos hombres conviviendo en un edificio se hacía imperativo el “zafarrancho” de la compañía para dejarla “en perfecto estado de policía»[25]. A lo largo de los meses participé en varios de ellos. Consistía en mover todas las camas y taquillas para barrer el suelo a fondo, fregarlo y ventilar bien el interior -aunque de suyo lo estaba- de modo que quedase bien limpio y, de nuevo, ordenado. En ocasiones el zafarrancho iba más allá y nos obligaban a sacar al Patio de Armas las mantas para sacudirlas al viento -no puede imaginar un civil el polvo que salía de ellas- y hasta desmontar los somieres de las literas para embadurnarlos con petróleo aplicado con brocha. Era la forma más contundente de acabar con los chinches en previsión de que los hubiera. La limpieza se hacía extensiva al personal de reemplazo que debíamos ir bien afeitados (sólo se permitía un bigote bien cuidado) y recortado el cabello (yo lo llevaba al nº 1), el uniforme sin mancha ni desaliño alguno y las botas relucientes. De no ser así el suboficial de guardia no te dejaba salir del cuartel, te mandaba para la compañía para arreglarte y de nuevo debías pasar revista antes de salir. Pero aún siendo tan necesario el lavarse, por lo que se sudaba con el ejercicio cotidiano, todavía había soldados que buscaban escaquearse, y hasta lo lograban, de la ducha frecuente, que era, como he explicado, colectiva. Y eso sucedía incluso en verano con más de 30º de temperatura. En esta estación nos permitían bañarnos en la piscina del Regimiento, que nos tocó estrenarla, en sustitución de las duchas, pero antes de llegar al agua había que pasar un control de ladillas, para lo que, puestos en fila, conforme se avanzaba había que enseñar los genitales a un soldado encargado de detectarlas entre los rizos. Si las había te echaba para atrás. Naturalmente, la revisión terminaba por ser más rápida de lo requerido para este examen. Siempre pensé qué sueños tendría este soldado -cuyo nombre y apellido omito en razón a la privacidad- por la noche. ¡Cosas del Ejército!

Con el uniforme recién estrenado de Regulares 2

Planchar, lo que se dice planchar la ropa, no se hacía, ya que carecíamos de los medios necesarios, pero la estirábamos. Por el contrario sí cosíamos, o al menos yo cosía. Y no me refiero a los botones, pues perder un botón era un desastre porque ¿cómo conseguir otro de recambio y del mismo diseño? La necesidad obligaba y hasta conseguí recoserme la bragueta del pantalón de faena con un resultado bastante aceptable a juicio de mis compañeros. Y es que de tanto saltar y correr la entrepierna se descosía. Yo, que he sido -no es por nada- bastante previsor, ya traía de casa recado de coser. En cuanto al lavado de ropa, la mayor la llevaba a tiendas para ello, pues, a diferencia de Viator donde el Campamento quedaba aislado, aquí disponíamos de lavanderías en la ciudad. Quedaban a mi cargo calcetines y calzoncillos. Estas explicaciones parecen fuera de lugar, pero eran importantes para nosotros y por eso las reseño. Otro recurso empleado era el limpia metales Sidol para abrillantar la chapa del cinturón.

La vida ordinaria estaba salpicada, también, de buenas noticias. No me refiero solo al aviso de conferencia que se difundía por los altavoces del cuartel, sino a las cartas que se recibían y esperaban con ansia aún mayor que en Viator, por ser la distancia física, y psicológica, mayor. No sólo nos importaban a nosotros. En cierta ocasión, formados ante la 2ª compañía, el brigada Padilla nos manifestó, con un punto de emoción contenida infrecuente en su ser militar, que un antiguo soldado le había mandado una tarjeta postal agradeciéndole el trato dispensado durante su Servicio. Esto, en un hombre rígido como él, me conmovió.

El sábado 12 de abril escribía a mi novia:

“Mi queridísima y recordadísima María, hoy, con una grandísima sorpresa e ilusión, he recibido tus tres primeras cartas (numeradas) y tu tarjeta desde Donosti. Las acabo de leer con fruición y alegría, bien despacio, sintiendo tu corazón muy próximo al mío, nuestros afanes tan iguales… Me ha gustado mucho saber tus cosas, tus planes de trabajo y la voluntad con que los sigues fielmente, las cosas de nuestras familias, tu inmenso cariño hacia mí, que lo siento también por ti. Te diré en primerísimo lugar que estoy bien de salud y de ánimo, viendo de cerca esto de la mili y ya disolviéndose poco a poco ese temido fantasma de Melilla. Es una alegría, también (que tú tendrás de igual modo) comprobar cómo los días van pasando y todo llega, a plazo fijo”.

Vista del Mantelete, barrio comercial de Melilla.

Al amparo del puerto franco de Melilla, donde las importaciones de mercancías no estaban sujetas a aranceles y los precios eran más ajustados que en la Península, comprábamos regalos que llevar en el permiso. El barrio del Mantelete (o del General Larrea), con sus tiendas regentadas por moros pero también por las minorías judía e hindú, era el más indicado para la adquisición de prendas de vestir indígenas, de artículos de piel de camello, de reposteros, de cámaras fotográficas y calculadoras, pero sobre todo de las muy codiciadas radio-casettes, que una vez compradas se ponían en funcionamiento durante el tiempo libre, generando en la compañía un guirigay inmenso incompatible con la lectura y la escritura, incluso con la siesta quien la pudiera echar.

Otro capricho de ciertos compañeros era capturar camaleones en el pinar del Fuerte de María Cristina, guardarlos en la taquilla y jugar con ellos de cuando en vez. Llamaba la atención cómo cambiaban de color, unas veces eran grises, otras verdes, su aspecto de reptil prehistórico me parecía algo repugnante, pero así mataban el tiempo algunos.

Iba ampliando el círculo de mis amigos y mis relaciones dentro del Regimiento para no amargarme, atrofiarme o embrutecerme. Mantenía el contacto con amigos de Viator: con Jerónimo Orzáiz, un chico de mi quinta de cara juvenil, pero juicioso, amigo de superarse y muy lector, me haría más adelante un gran favor; a Martín Oyarzun le enviaron a Logística, destino de la frontera, se hallaba a limpia guardia y en comandos especializados, llevando una vida dura, pero era muy adaptable y se contentaba fácilmente; Migueltxo Equiza estaba peor de ánimo, en la sección de autos, haciendo retenes, pero al final un navarro veterano que era el chofer del coronel le cedió el puesto al licenciarse; Pedro Pérez Puertas, que pasaba altibajos por su incomprensible situación en filas, ya que estaba casado y tenía un hijo, logró entrar en el equipo de baloncesto de Regulares -que se conocía con el nombre de Chafarinas– era nuestra envidia porque acudía a la Península a jugar partidos mientras nosotros nos “asfixiábamos” en el cuartel; el riojano Luis Basurte tenía lazos familiares con Navarra y en uno de sus permisos contactó con mi familia para “darles novedades” mías, logró situarse muy bien en el botiquín de Ingenieros; Barberena, navarro de Garralda, era persona reconcentrada, de pocas palabras, pero teníamos en común al párroco de su pueblo, tío de mi novia, lo que nos aproximó, le visité en su pueblo tras la licencia; Miguel Guillén, un muchacho espigado natural de Pueyo, aunque avecindado en Elorrio, buen conversador, que determinó marcharse tres meses a las Chafarinas ante la falta de destino; Ayensa, de Cascante, que estaba al cuidado de los perros policía, preciosos. A veces las relaciones no pasaban de la buena camaradería, pero todo servía para vivir el día a día y hacérselo mejor a los demás.

Después de una mañana cansada con gimnasia fuerte, a base de cross por el cuartel y toda suerte de torsiones y flexiones; con instrucción, breve, pero más intensa que otros días; con teórica sobre la mortífera ametralladora MG 42, sentados en un callejón a la fría sombra, pensaba: “creo que no sería militar por nada en el mundo. Ahora me doy cuenta de lo enteramente civil que soy”. A veces me daba que pensar la capacidad del hombre para destruir a sus semejantes, y los artilugios que inventaba para ello…

Cierta tarde del mes de abril, un teniente coronel pidió cinco estudiantes en mi compañía, sin especificar para qué. Al oír la palabra “estudiante” pensamos lo mejor y varios nos aprestamos inmediatamente, pero resultó que nos sucedió como a aquel voluntario del chiste, que estando en formación preguntó el sargento si alguno sabía música y al que dio un paso al frente le encargó subir el piano del comandante al 3er. piso de su vivienda… En realidad nos necesitaba para cargar los fusiles de los oficiales que en los días posteriores asistirían al concurso  de tiro y para servirles de paleteadores[26] metidos en una trinchera de 2 m. bajo los blancos a los que disparaban para señalarles el valor del impacto. Las balas zumbaban que era un primor, pero no existía peligro, por estar totalmente a cubierto. Sin embargo, suponía una paliza el estar mirando siempre hacia arriba y soportar el reflejo del sol sobre el blanco. Lo que sí ganamos fue un bocadillo de salchichón y cerveza a cuenta de la casa. No debimos hacerlo mal, ya que nos obligarían a repetir “el trabajito”en el futuro y no siempre con buen tiempo. Por cierto que en uno de esos servicios en que subidos a un camión nos dirigíamos al campo de tiro -ya no sólo los “voluntarios” de la 2ª sino con otros ingenuos más- al pasar junto a un chamizo vimos una chavala tomando el sol. No es para imaginar cómo se puso la soldadesca, haciéndole gestos obscenos, a los que ella respondió enseñándonos el culo con sus bragas al aire. Creo que la muy fresca se rió de todos nosotros… La obsesión sexual era aquí grandísima, mucho más que en el Campamento. Bien es cierto que no era fácil mantener el equilibrio sexual.

Para acudir al campo de tiro de Rostrogordo nos hacían levantar una hora antes de diana, a las 6. Pero algunos veteranos, que confundían las bromas con la mala milk, en uno de los días señalados nos despertaron varias veces a quienes debíamos acudir al campo para darnos vino o vendernos un camello con intermitentes y enredar por toda la compañía. Me parecían la mayoría de los compañeros unos críos. Parecía mentira, pero de 21-22, a los 24 años que tenía yo apreciaba bastante diferencia en el comportamiento, sin por ello generalizar. Algunos de ellos estaban degenerados, algo locos, y obsesos por el sexo. La mayoría de los soldados estaban obsesionados con “follar”. Los había que aún con novia procuraban darse los “lotes” posibles con las chicas de aquí sin importarles que sus novias pudieran hacer lo mismo con los hombres en razón “al respeto a la libertad de cada cual”. Y es que la mili hacía estragos en los que no sabían estar por encima de las circunstancias.

A mediados de abril descubrí la biblioteca del cuartel. En el Campamento ya existía una, pero no tuve tiempo de utilizarla. La de Regulares 2 estaba situada al lado del Hogar. Era un lugar estupendo para escribir, leer o estudiar, mucho mejor que hacerlo tirado en la cama de la compañía o sentado en las gradas del estadio. Lo malo es que solo se abría de 6 a 8 de la tarde coincidiendo con el horario de la cantina. El ruido próximo, al fin y al cabo, no me importaba demasiado, pues en ella me sentía más cerca de mi vida universitaria, de mi vida civil, la mía propia. Al poco de descubrirla se llenó de goteras y determinaron cerrarla. Pero el caso es que en mi compañía -la 2ª- teníamos una biblioteca dentro de un armario, que permanecía cerrada y sin uso, de apenas 190 títulos. Un día me ofrecí al escribiente, Mayordomo, un muchacho estupendo, valenciano, con inquietudes, para poner un poco de orden en ella y así pudiera utilizarse. La propuesta llegó al conocimiento del teniente José Catalán Díaz, un joven militar navarro, nacido en Marcilla, buena persona y de mentalidad abierta, que nos ordenó a Jerónimo Orzáiz y a mí encargarnos de ella, lo que de paso nos sirvió para evitar uno de los servicios peores que era el de obras. Yo empecé a ocuparme de su ordenación y catalogación, y Jerónimo, que era hábil con las manos y había trabajado en una empresa papelera, de su encuadernación. Cuando el trabajo estuvo avanzado pusimos un horario de consulta dentro del tiempo libre, así como de préstamo. La mayoría de los libros eran de historia militar, pero también había novelas, a las que yo sumé algunas que María me envió desde Pamplona y dos títulos que compré por mi cuenta (la “Odisea”, de Homero y “Los cazadores de cabezas del Amazonas”, de Up de Graff) De este modo empezó a utilizarse y era una alegría poder ofrecer a mis compañeros, con fácil tendencia al cubata, una alternativa cultural.

Nos permitían ver la televisión en la compañía los domingos, pero ciertos programas tan sólo, de carácter deportivo o misceláneo. El 20 de abril un combate de boxeo y el “Directísimo” de Íñigo, a base de entrevistas y números musicales. No veía la televisión desde hacía tiempo y a ese rato le saqué chispas, todos reunidos en torno a la “caja tonta”, abuelos, padres, reclutas y bichos en perfecta camaradería. Coincidía con el tiempo primaveral dado a las lluvias, pero éstas no nos importaban demasiado y salíamos a la ciudad con el tabardo puesto y nos parecía que estábamos en el Norte. Naturalmente, el tres cuartos era de color garbanzo, a juego con el uniforme. El clima de Melilla es mediterráneo, más bien suave, pero inestable en abril y setiembre dado a trombas de agua que los edificios del cuartel aguantaban mal, por lo que había goteras por todas partes, incluso por entonces se inundó el comedor. Parecía extraño pero se llegaba uno a encontrarse a gusto en el cuartel, como si estuviera en casa. Había veces en que no apetecía bajar a la ciudad. Otras en cambio sí.

Bajábamos a Melilla, formando cuadrilla, Pérez Puertas, Orzaiz, Equiza, yo y alguno más que se añadía, como Basurte y Paniagua, que habían caído a Ingenieros. Tomábamos café en el bar “Los Candiles”, que hacía de centro de reunión. Era céntrico y tenía un pequeño palco con mesitas, donde se podía escribir tranquilamente. Era sencillo pero algo más selecto de gente. Después venía el paseo y solíamos terminar  en “El California”, donde reinaba la tontería. Charlábamos y charlábamos. El plan continuaba en el cine “Avenida” o en “El Nacional”, seguido de comentario de lo que habíamos visto. Las salas de cine de Melilla  tenían sillas de madera -se decía que para que no albergaran chinches- y de ordinario asistían multitud de críos que comían pipas sin cesar. Si uno pegaba el oído escuchaba de fondo el ruido consiguiente como si se tratara de una legión de termitas en pleno trabajo. Cuando terminaba la sesión, el suelo estaba tapizado de cáscaras. Descubrimos un poco tarde la existencia de un cine-club en la ciudad -el Cine Club Pedro de Estopiñán, el conquistador de Melilla- que se servía del cine Avenida para sus sesiones, una de ellas “Los desesperados” del húngaro Miklós Jancsó, que vi en compañía de Jerónimo. En el paseo nos cruzábamos con muchas chicas jóvenes -a nosotros nos parecían multitud- que seguramente estarían cansadas de ver soldados y cuya presencia nos recordaba -a unos más que a otros- la “vida sexi” de la Península.

En la Misa de ese día estrenamos nuevo capellán, alférez, suplente del de siempre, que marchó a Chafarinas por un mes por necesidades de apostolado. La verdad es que nos arengaba en las homilías.

Explicaba a María:

“Si tengo ganas de subir a Pamplona es también por asistir con fe a las misas, ya que aquí se hacen en el comedor y no se puede acudir a comulgar, por tener bloqueadas todas las salidas. Tengo que ir más por la Capilla. Sin embargo, logro concentrarme bastante. Hoy he pedido mucho por nosotros y nuestras familias. El resultado de todas mis oraciones es que me encuentro estupendamente. Muy bien de moral, cariño. Esto no hay quien lo pare…”

Tenía pendiente la presentación de mi tesis de licenciatura en la Universidad de Navarra, centro donde había estudiado. Antes de venir a la mili la dejé escrita pero estaba pendiente de examen y en ese compás de espera me pilló el Servicio. María se encargó de que me la mecanografiasen y del coste resultante -era y es una maravilla de mujer- y hasta me enviaba algunos libros que precisaba leer antes de la prueba, aunque me inquietaba la fecha elegida por la Facultad y que me dieran el permiso consiguiente para subir a Pamplona con el tiempo necesario, dada la cantidad de trámites que debía pasar mi solicitud de permiso temporal antes de partir. Al mismo tiempo, la posibilidad de estar con ella me ilusionaba mucho. Y con esa inquietud vivía.

Mi primera guardia de prevención la hice el 26 de abril. Se lo contaba así a María:

“Me ha tocado guardia en el puesto nº 2, guardando el aparcamiento de Regulares 2, en un lugar fuera del cuartel, a un lado. Estuve de 4 a 6 de la tarde del sábado, de 12 a 2 de la noche y de 8 a 9, y de 9,30 a 10,30 del domingo, con la interrupción obligada del desayuno, que, como fui en el segundo turno, me dediqué a fondo y me llegué a tomar hasta tres vasos de chocolate ¡Hay que mirar para el futuro! … No he tenido problemas con la guardia. En todo el servicio se me han presentado dos oficiales y la mujer de un capitán a recoger sus coches. La contraseña era “antena”. Di el “alto quien vive”, a los soldados que resultaron ser de la patrulla del cuartel acompañados de un perro policía. Iba armado con fusil, 85 balas y machete, todo colgando de las trinchas. Las pocas horas que dormí las hice en las camas de Prevención, que no quiero explicarte cómo olían, con chinches y todo. Resulta que la Preve se halla al lado del Cala (bozo), y se comunican a través de una puerta que permanece abierta. O sea que hemos dormido unos y otros en feliz profusión. Todo sucísimo, me picaba el cuerpo entero. Terminado el servicio me lavé a fondo y me afeité todo, salvo el bigote, que pensaba dejármelo para sorprenderte, pero ya me han advertido los abuelos que tienen goma en sus taquillas y que, al menos, hasta los dos meses y medio no puedo aspirar a eso, y con el permiso de los carcamales. Después de la guardia y tras haberme acostado, los veteranos -que muchos como personas no significan nada- volvieron a molestarnos, a mover las camas, a dar vueltas a los colchones y más cosas. Terminé por cabrearme. Grité varias veces y traté de imponerme. No me hicieron nada, pero me fastidiaron el sueño. La convivencia y el observar la falta de compañerismo que existe, es lo que más me cuesta, mucho más que el trato de superior a inferior, que siempre es brusco, salvo en contadas y raras excepciones”.

Las guardias venían precedidas por la “parada”, que se tenía en el Patio de Armas, ante el control del brigada sub-ayudante, quien se ocupaba de la revista del personal de las guardias señaladas para ese día en Prevención, y fuertes de María Cristina y Generalísimo, que estaban al cuidado del Grupo de Regulares nº 2, así como de sus armas. Terminada la guardia, y formados en el mismo lugar, pasaba la baqueta por el cañón de cada fusil para comprobar que ninguna bala quedase en la recámara del arma con el consiguiente peligro de disparo fortuito, después de lo cual, a su orden, se rompían filas y cada soldado regresaba a su compañía.

Con el madrileño Julián García y Juan Casea, aranés, de vigilancia del Hogar, mayo del 75

Hice un amigo, el “recluta” (perteneciente al llamamiento anterior al mío) Julián García, en la vida civil agente comercial, madrileño, con el que pasé largos ratos hablando de aspectos diversos de la milicia, la política española, la psicología, la mujer, la intuición y la telepatía. Me dejó un libro de Gironella (“Los fantasmas de mi cerebro”), del que leí una impresionante oración que un gusano dirige a Dios su Creador. En esto de hacer amigos me ha gustado siempre la variedad, incluso podría decir que siento inclinación por las personas sencillas. Trabé buena relación con el “Cabo Colillas”, al que todos conocíamos con el nombre de su pueblo, Bollullo, a cuyas órdenes hacíamos el servicio de limpieza de cuartel, consistente en barrer los espacios interiores de uso común y las aceras del exterior. No era mal servicio porque te aireabas y si el día salía soleado, pues miel sobre hojuelas. Bollullo era un tipo curioso, fue de la Policía Militar hasta que le echaron del cuerpo. Al andar parecía un mariscal de campo y cuando se cuadraba daba unos taconazos espléndidos. ¡Ah! Y se sabía de memoria cualquier formación de un equipo de fútbol, de la época que quisieras. Pues bien, un día al terminar mi servicio de cuartel, se hacía entre todos un sorteo para que dos de los participantes fueran al Hogar para recoger botellas y lo que surtiera hasta la hora de retreta. Bollullo, que era amigo mío, me dijo por lo bajo el número que debía decir. Total, que me libré, y me vine a la compañía para las 5,15 de la tarde, donde con tranquilidad me limpié las botas, me aseé, y me puse a escribir en la paz de Dios. ¿Se podía pedir más?

El 28 de abril me llegaron noticias contradictorias de que el Gobierno había ordenado el estado de excepción en Vascongadas y Navarra  y prevenía a mi novia por carta “que tuviera cuidado”. En realidad se había declarado tres días antes y no fue en Navarra sino en Guipúzcoa y Vizcaya. Esto da idea de lo desinformados que estábamos.

En las puertas de mayo probé la dulzura de la enfermedad. En el Botiquín me pusieron el termómetro, una inyección de penicilina, Otogel en los oídos y me mandaron a la cama. Las molestias me venían desde los cuatro días que estuve metido en la zanja -unas veces seca otras embarrada- del campo de tiro, oyendo detonaciones sin parar. Me pasé una tarde en el sobre, comí en la misma compañía los alimentos que me llevaron de cocina, y estuve bien acompañado por la lectura de las “Conversaciones con  Ingmar Bergman” -un regalo inapreciable de mi novia-, los periódicos recibidos y la última y gruesa carta de María. En los escasos días que estuve rebajado lo pasé en grande, mientras mis compañeros, en traje de deporte, tuvieron que marchar a limpiar las playas de la ciudad. También distribuí la prensa retrasada entre los navarros, que me bendecían cada vez que me acercaba a ellos con los Diarios de Navarra bajo el brazo. La lectura era para mí un medio extraordinario para olvidar malos ratos, abrir horizontes, adquirir vocabulario y facilidad de expresión, y las diarias cartas de María vitaminas especiales de amor y aliento. ¡Caramba!, pensaba, no han estado mal, después de todo, los días de paleteador. Tendría que ponerme enfermo más a menudo… El primer servicio que me aguardaba desempeñar era el de “puertas” de la compañía. Era algo aburrido, pero no lo peor. Consistía en avisar a mandos y compañeros que se hallaran en su interior de los toques de corneta, de si entraba un superior en la compañía, no dejar pasar a extraños sin identificar, dar cuenta de los avisos de altavoces, etc. Un portero cualificado, vamos, y por ello había que ir vestido “de paseo”, con trinchas de cuero.

El libro sobre Bergman era el resultado de la entrevista al realizador de cine sueco por los periodistas Björkman, Manns y Sima. Me lo envió María para conmemorar la fecha en que empezamos a salir y venía dedicado, y durante la convalecencia de mi resfriado lo devoré literalmente. Luego se lo presté a otro cinéfilo de la compañía, el mallorquín José Luis Cardona, ingeniero aeronáutico. Es que mi memoria de licenciatura versaba sobre “El cine de Ingmar Bergman, temática y situación cultural”, cuyo texto lo estaba corrigiendo en esos días para presentarlo a examen. No sé ni cómo lograba concentrarme en la compañía. También leí otros libros que me ayudaron a matizar algunas cuestiones del texto y que también me envió ella. Uno era el de Dominique Fanne sobre el director francés François Truffaut y la entrevista que este director francés le hizo a Alfred Hitchcock. Melilla era una ciudad sorprendente. En su Biblioteca Municipal, que se hallaba en la Plaza de España, dentro del edificio consistorial, encontré un libro que había buscado casi desesperadamente para mi investigación cinematográfica y que se daba por agotado: “Cine sueco. Drama y Renacimiento”, del historiador Bengt Idestam Almquist, había sido editado en Buenos Aires en 1958. ¡Y estaba allí!

El sábado 3 de mayo tuvimos revista de armamento. Por estar de baja temporal me libré del trabajo que se tomaron mis compañeros en ponerlo a punto. Se sacó todo el material al centro de la compañía. Había de todo: fusiles, subfusiles, granadas, minas, morteros, lanzagranadas, ametralladoras, cintas con balas, pistolas, munición de todas las clases. En Melilla teníamos buen material a disposición. A lo que guardaba cada compañía en furrielería[27] había que sumar las existencias del polvorín central de Rostrogordo, según se decía el más completo de España. Se comentaba que gran parte del subsuelo de la Plaza estaba recorrido por pasadizos capaces de soportar el paso de un camión bien cargado. Por eso, la capacidad de Melilla era impresionante, con fuerzas preparadas para actuar rápidamente, con un buen material y disponible en cantidad, y ello sin contar con el apoyo de la Península. Desde luego la superioridad sobre el ejército marroquí nos parecía muy notable, y la idea de que cayeran sobre nosotros no era tan fácil de imaginar. No obstante había que estar preparados, pues por entonces ya se daban escaramuzas entre ambos ejércitos en el Sahara.

Se programó una marcha de 15 km para el 6 de mayo. Hubo nervios de víspera: la formación fue rápida, seguida de gritos y arrestos al por mayor. Esto del mal trato lo llevaba muy mal. Antes de salir me tocó servicio de obras en la galería de tiro en construcción y hube de acarrear en carretilla 100 kg de cemento de un lado para otro, de modo que para la noche, que es cuando se inició la marcha a las 22 horas, ya estaba bastante tocado. Recorrimos los vericuetos de la ciudad. Llevaba fusil, dos cargadores con balas, machete, manta cruzada al pecho, y cantimplora con agua… No fue mucha la distancia pero a gran velocidad. Volvimos empapados de sudor. En la cocina me tomé cuatro vasos de leche seguidos, gracias a lo cual me recuperé bastante. Nos acostábamos a la 1 de la madrugada y nos levantaron a las 7, con la urgencia de siempre. Por la mañana, con Orzáiz, hicimos siete fundas de cartón para pistolas, y tras una ducha entré “de comedor” para las siguientes 24 horas. Entre seis limpiamos platos, fuentes, vasos y cubiertos de 1.500 hombres, fregamos el piso, distribuimos botellas, platos, y retiramos desperdicios, que para mí fue lo peor. Le decía en broma auno de los compañeros de fregadero que yo me imaginaba el infierno como un enorme comedor con muchas pilas de fregar, con platos interminables, y al diablo en forma del soldado cuartelero que nos daba las órdenes. Menos mal que el humor no lo perdía ni en los peores momentos. A la noche caí en la cama redondo.

Hasta julio en que llegaría el contingente del segundo llamamiento a filas de 1975, salíamos de un servicio para entrar en otro a los dos días: en la última semana sábado-domingo, puertas; miércoles, obras (se estaba reformando todo el cuartel) y marcha; jueves-viernes, comedor; viernes-sábado, tiro, instrucción y guardia de prevención. Los veteranos no hacían  servicios de comedor o cocina pues ya habían logrado rebajes por sus destinos. A esto se añadía que en la frontera se hallaba destacada una compañía, lo que mermaba aún más el personal disponible para servicios que no podían abandonarse. Había que sumar a esta desgracia las manías particulares de algunos mandos. Cuando estaba de semana el brigada González Donoso le gustaba que se formase a diana antes de la terminación del toque, pero el cabo 1º de servicio en la compañía no nos permitía levantarnos antes del mismo. ¡Qué despertar, qué salida a formación, qué broncas, qué caídas…! El brigada arrestaba para cocina a los últimos. No se podía dormir vestido y si te descuidabas el 1º la emprendía a golpes contigo. Había que andarse con pies de plomo, pues te enviaban al calabozo por nada. Y no sólo pasaba en Regulares 2. En otros cuerpos estaban igual o peor.

Esto de la violencia era cierto, aunque el “reparto” era más suave que en la Legión, donde su usaba la baqueta con ese fin (y era metálica) El 13 de mayo el sargento repartió tres solemnes tortazos con su correspondiente arresto a cocina, a uno de ellos le pescó orinando en el suelo de los aseos y este llevó 8 días de cocina. El brigada Padilla se ponía en ocasiones histérico, dando gritos histriónicos y arrestando como si fuera una máquina. El tablón de arrestos estaba lleno. Yo era prudente con Padilla, le informaba de la organización de la biblioteca, me presentaba ante él correctamente aseado -como le gustaba- y siempre con las mejores palabras -sin caer en la adulación- y puedo decir que me respetaba, que nos respetábamos mutuamente. Por su porte me recordaba a los militares estadounidenses y desfilaba muy bien. Era muy exigente pero se comprendía, pues había que ver con que tropa se enfrentaba a diario: el nivel cultural, los hábitos mal encauzados de algunos, los problemas familiares que se llevaban consigo, el Servicio Militar forzoso, todo ello hacía a la tropa difícil e inadaptable.

Mi sentimiento religioso pasaba por altibajos.

“Aquí, en el cuartel, -le escribía a María- parece que Dios se diluye, que no existe, todos lo ignoran y viven de espaldas a cualquier idea religiosa, blasfeman continuamente… A veces se me hace insoportable. Pero sé que Él está ahí con nosotros, incluso con el pobre desgraciado que blasfema contra Él, aunque no se dé mucha cuenta de lo que dice. Pienso que si esta semana se me ha hecho tan difícil ha sido en gran parte porque he vivido a espaldas del Señor, apenas he rezado y no le he recordado. Tampoco pude oír misa el día de la Ascensión, y te juro que eso me quemó. Pero creo que ya te decía en alguna tarjeta o carta pasada, que esas ya no son aguas dormidas, sino que corren con viveza. Estoy mucho mejor, es más, te diré que contento, alegre. ¡He comulgado!”.

Y, más adelante:

“Ayer, día del Corpus, no pude siquiera oír misa, ni comulgar. Esto me puede mucho, es un abandono total. Sin embargo, recé en la iglesia por todo aquello que te dije, aunque, créeme, ni me salían palabras para expresarme”.

Volvía sobre el aspecto religioso el domingo 12 de julio:

“Hoy en la misa de campaña que tuvimos en el patio (misa tórrida), tras comulgar (el único soldado de la tropa) he rezado por nosotros. Hoy me siento contento”.

Algo que es muy habitual en la mili es el buscar un enchufe que te la haga más llevadera, y en mi familia mi padre se ofreció a realizar algunas gestiones para conseguirlo. A mí no me pareció mal, pues el Servicio interrumpía de lleno mis estudios y tenía pendiente, como he explicado, la presentación a examen de mi memoria de licenciatura, y debía prepararlo. Tenía un amigo influyente en Melilla, cuyo nombre me reservo por la confidencialidad que exige este asunto, y realmente se portó muy bien en cuanto a las gestiones que hizo. ¿En qué podía ser útil un licenciado en Letras? De las clases para analfabetos se encargaban los maestros, archivos y bibliotecas estaban copados de antemano, podía ser escribiente de oficina pero no era un hábil mecanógrafo y tampoco era lo que se dice un chollo, pues estaban agobiados por el trabajo administrativo y lo que yo necesitaba era estar rebajado de servicios para lograr mi objetivo.

Por fin mi destino pareció resolverse el 15 de mayo, cuando ya tenía en mi haber el certificado para pasar examen en la Universidad el 18 de junio. Debía incorporarme como agregado y escribiente a la Sociedad Hípica de Melilla, pero el resultado fue para mí decepcionante debido a un error en la transmisión de las órdenes. Tras despedirme de mis superiores en la compañía llegué a la Hípica y fui conducido a la nueva compañía-dormitorio, que dejaba mucho que desear por su aspecto, pues los soldados que dormían allí no pasaban diana ni retreta, ni estaban controlados directamente por ningún militar, sino por un inspector civil, por lo que reinaba en el lugar el mayor abandono. Resultó que en la Hípica no necesitaban ningún escribiente sino dos camareros y en ella se trabajaba mañana y tarde hasta las 9,30; mi trabajo sería de camarero, o, en el peor de los casos, de albañil, fontanero, vigilante del polideportivo, o encargado de atender el vestuario de los oficiales hasta las 8 de la tarde y sin posible salida en fines de semana al ser el día de mayor afluencia a la Sociedad. Esa misma tarde tenía que ir a cargar piedra. Por tanto, ni podría tener tiempo para estudiar, ni posibilidad de dirigirme a un superior para solicitar el permiso por estudios (pues al mando estaba un coronel jubilado que me aseguró que ese puesto exigía tener manos encallecidas) Por suerte, se me abrió el cielo cuando me autorizó -si lo deseaba- a regresar a mi destino anterior, es decir al cuartel de Regulares 2, que a tenor de lo presente me convenció que en mi cuartel de procedencia sería más feliz, con la cercanía de mis amigos y en el ambiente que, después de todo, me resultaba familiar. Mi decisión fue definitiva cuando, al acudir al comedor de Regulares 5, me recibieron al grito de “¡bicho!”, “¡bicho!”. “Yo ya no estoy para estas cosas”, me dije. Además ya había obtenido el grado de cabo y en la nueva situación podría ser relevado de servicios mecánicos.

Reintegrado a mi cuartel, éste me recibió con una guardia de prevención de la que me avisó el furriel buscándome por todo él, ya que había olvidado decírmelo. En diez minutos tuve que ponerme trinchas, coger el fusil y los cargadores y acudir a ella, pero como no llevaba muy arreglado el cuello el sargento de guardia, Castejón, me metió cinco días de cocina, pero con la suerte de que se le olvidó anotarlos. El siguiente servicio a desempeñar fue el de cuartelero-centro de la compañía, que me compensó del susto anterior, pues no pasé de llenar los botijos, procurar que estuvieran limpios ceniceros y papeleras, y que nadie entrase en los aseos  fuera del horario dispuesto para ello, de manera que me dejó tiempo para escribir alguna de mis cartas a las que era tan aficionado. En mi compañía éramos tan solo treinta los que estábamos a todo servicio.

Rostrogordo. Ensayo del Desfile de la Victoria. Con el banderín el cabo Abdelkad Mohamed; en segunda fila: brigada Sancha Campoy, teniente Catalán y brigada Padilla

Nos anunciaron que el domingo 25 de mayo desfilaríamos por la ciudad con motivo de la celebración del Día de la Victoria, en conmemoración al que se celebró en Madrid  en 1939, terminada la Guerra Civil, aunque allí fue el 19 de mayo, que se trasladaría en Melilla al siguiente día festivo. Hicimos un ensayo en la campa de Rostrogordo el jueves 22, formados desde la 7,15 para desfilar a las 12, con la mala suerte para mí de que esa tarde, a las 6, entré de guardia para hacer seis horas de puesto con mis 4 kg. de munición y los casi 5 del fusil, sin poder quitarme las botas recalentadas de todo el día, ni siquiera en la noche, sólo para la hora de comer del día siguiente, con tan solo 3 horas de sueño. Tenía los dedos abiertos.

Tuvimos Misa de campaña en el Patio de Armas el sábado anterior valedera para el domingo del desfile. No comulgué, no porque no sintiera deseos. Me encontraba fuera de ambiente en ese lugar, con un calor sofocante, rodeado de soldados que no les interesaba nada asistir a la celebración. Hacían bromas de eso, que me resultaban insoportables. Había un abandono religioso total. Y había que hacer un esfuerzo de valentía para levantarse e ir a comulgar delante de todos. De todo el cuartel, que seríamos unos 1.500 hombres sólo se acercaban al altar no más de 6 soldados.

Llegó el esperado desfile el domingo 25. Así se lo describía en carta a María:

“Nos levantamos a las siete en lugar de a las ocho. Estuvimos formados cuatro horas, desde las ocho a las doce, en que terminó el desfile, todo a pleno sol, aunque con esto de ir dos horas adelantados sobre el horario solar y con el vientecillo fresco que hacía, el calor no llegó a ser tan agobiante. Ya el sábado a la tarde había cosido con botones el cuello de la guerrera, un cuello recambiable que imita al de la camisa, que está permitido, y que facilita no llevar nada debajo. Esto me alivió mucho del calor. Yo llevaba cetme e iba en la tercera fila de la formación, haciendo de guía de fila, a la derecha, con guante blanco, trinchas y munición. Nos habían dado gorra con el techo rojo para el desfile. Aguantamos las cuatro horas de pie, en firmes y descanso continuos, con revistas mil, toques de cornetín otros mil. A mí me dolía la espalda y la pierna derecha. Por fin, a las once y media comenzó el desfile, por la Avda. del Generalísimo. La recorrimos en diez minutos. Todo lleno de gente. Íbamos estirando el brazo, en recto, la mirada al frente, el fusil bien colocado en el brazo y hombros izquierdos, recto, firme. Nos aplaudían. Desfilamos muy bien, destacábamos por el colorido y la marcialidad. Regulares ha sido siempre un cuerpo marcial. Al pasar por tribunas alguien nos gritó: “¡Ánimo, que España es vuestra!”. Pensé durante un rato en la frase, tan llena de contenido. Al llegar al cuartel, se rindieron honores y el presenten armas a las banderas. El capitán nos felicitó por el desfile “magnífico” que habíamos hecho. En la compañía, nos repartieron sangría para todos. Yo no la tomé pues ya estaba cansado para la vuelta. Había dormido mal y tenso, y sólo pensé en quitarme todo y ponerme una ropa más cómoda para ir a cocina. A las 2 entraba en cocina. Once horas de trabajo ininterrumpido, trabajando como una bestia de tiro, más que como persona. Hice de todo: pasar tomate, limpiar cebolla, ajos, pimiento, pepino, fregar ollas, limpiar los fogones, barrer, fregar el suelo, limpiar la basura, transportar cajas de pescado congelado, hacer recados, acarrear barquillas de mil géneros… Orzáiz y yo nos acostábamos a la 1,30 molidos, con las botas de lona encharcadas, oliendo mal. Hoy por la mañana, el cabo 1º nos dijo a todos que éramos unos animales y como a tales había que tratarnos. El sargento lo corroboró, más tarde. El 1º se vanaglorió diciendo que él era “el más cabrón de todos”. En fin, con esa preparación psicológica, vete otra vez a la cocina y de 9 a 2 súbete a un camión que va a hacer compras por Melilla, y sube y baja cajas de naranjas, de patata, de berza, de lechugas, de tomate, latas de conservas, café… Después, vuelta a limpiar ollas, sardinas, cebolla, ajos. A las 2 terminábamos y fuimos a comer al 2º turno. No nos dejaban pasar. Por fin lo hicimos, y más tarde nos echaron. Luego, nos dejaron pasar. De vuelta a la Compañía me he encontrado tus dos cartas, maravillosas, que he leído a pesar de estar sucio, mal oliente, lleno de porquería. Pero eso, sí, luego me he lavado el pelo, las botas, afeitado, de todo. Me he cambiado de ropa y aquí estoy, como nuevo y he encargado en el Hogar un pollo asado para merendarlo con Jerónimo a las 6,30. Hoy haremos lo que ayer no pudimos hacer. Creo que hoy tenemos derecho a sentirnos un poco egoístas”.

Al día siguiente nos dieron fiesta como premio al Desfile de la Victoria, aunque a mí sólo me tocó disfrutarla en parte. Me consolé pensando que, próximo a estrenar los galones de cabo, esta cocina sería la última que realizase. Recostado en la litera trataba de descansar de la paliza sobrevenida, bolígrafo en mano, escribiendo a María. Pero era imposible concentrarse,  ya que en todas las radio-casettes de la Compañía se escuchaba, volumen a tope, la radionovela “Lucecita”, apta para modistillas, porteras y… ¡soldados! ¡Hasta tal punto era demencial el ambiente que me rodeaba!. En un momento dado se escucharon los lloros rasgados de la heroína. Demencial, frustrante, desolador, son palabras que me venían a los labios en aquellas circunstancias. Si a este serial hispano-cubano le sumamos que los veteranos jugaban al escondite y al tú la llevas, por toda la Compañía… ¿Podría creerse eso de hombretones que hacían el Servicio Militar? ¡Ah!, poco antes vi a dos que luchaban sobre las camas y a otro que salía del interior de una taquilla. Me marché al estadio, donde se estaba más incómodo, pero era preferible oír el piar de los pájaros. María me anunciaba en una de sus cartas que vendría a visitarme en setiembre.

Estas escapadas fuera de la Compañía me permitían reencontrarme con la naturaleza, aunque fuera urbana, algo que siempre me ha gustado por sentirme -como decimos ahora- urbanita. Le describía a María, en una de las cartas, lo que veía a mi alrededor sentado en un escalón a la puerta del cuartel, en la tarde de un mayo primaveral, como si del cuadro de un pintor se tratase:

“Delante de mí hay un monolito con jardincillo alrededor que llama la atención sobre los muertos, heridos y mutilados que hubo en la guerra pasada. Delante de él está el puesto nº 1, donde hace guardia un soldado. Dos rampas que confluyen en el portalón de entrada al cuartel, conducen hacia arriba. A los lados, hay jardines con abundantes flores (que ahora están desarrolladas y traen el olor) y palmeras, enormes, por cuyos fustes crecen enredaderas. El suelo está empedrado con ruejos de río. Los pájaros revolotean y pían sin cesar. El día es soleado, y el cielo tiene algunas suaves nubes, corriendo una brisa fresca, que alivia del calor. Al frente y a mi izquierda, están el barrio moro que se encuentra próximo al fuerte de María Cristina, donde están los depósitos de agua del cuartel y donde hacen guardia nuestros soldados. Está rodeado de pinos. Las casetas son del tipo valenciano, un poco más cochambrosas, de fachadas terrosas, o verdes, y en general blancas. Algo más a la derecha de ellas, una suave pendiente sostiene un gran árbol, no sé de qué especie, y un poco más allá, se ve la aguja de la torre de un mausoleo moro, blanco. Luego, sube otra vez la ladera y presenta una breve meseta sobre la que hay un cuartel, no se ve de qué arma. Las casas de enfrente de Regulares 2 me impiden ver la zona de la derecha, pero allí está el edificio del Parador Nacional, y el centro de la ciudad. Ya a lo lejos, se ve el mar perfectamente, es una línea azul difuminada. Detrás de mí están los compañeros de guardia sentados en unos bancos. Jerónimo lee los Diarios sentado a mi lado, y también Antonio Merino García, un guadalajareño muy pícaro, al que le dije que tu habías estudiado en el Colegio de la Niña María, y me pidió tu foto “para ver si te conocía…”. ¡No tiene mala!”.

Parque Hernández y vista parcial de Melilla en postales de la época

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un aspecto reseñable de la mili era el atractivo de las mujeres para hombres que, como nosotros, vivíamos encerrados gran número de horas alejados de ellas o, como era mi caso, y el de otros compañeros, separados de nuestras novias por las circunstancias. Las melillenses eran atractivas pero nos parecía que estaban hartas de ver pasar tanto militar de reemplazo y les gustaba exhibirse en el parque pero sin comprometerse. Recuerdo la belleza de las tres muchachas que servían helados en una heladería próxima al Parque Hernández, el eje principal de la ciudad, pero su actitud era distante, me parecían indiferentes, y eso que los Regulares “marcábamos” mucho con nuestros uniformes. Eso generaba una tensión sexual que los continuos ejercicios de instrucción suavizaban al baldar el cuerpo. Otra forma de sosegar esa tensión era la masturbación, que se practicaba hasta tal punto que el brigada Padilla, tras abroncarnos por ello, envió una vez a unos hombres a blanquear los puestos de guardia por el aspecto que presentaban tras el desahogo de los centinelas. No me constaba que hubiera prostitución en la ciudad, quizás la hubiera, pero sí sabíamos de una mora, La Mina (no era su verdadero nombre), que frecuentaba el entorno de los cuarteles ofreciendo su servicio. Era una pobre mujer, no agraciada, con la cara marcada por una quemadura, por la que sentía verdadera pena así como por los soldados que iban tras ella.

Cuando salíamos a pasear, los niños “moracos” nos atosigaban vendiéndonos chicles o queriendo limpiarnos las botas. Eran niños envejecidos. Cansado de ellos, rechacé a uno que me dijo que nosotros no éramos “nada”. Y era verdad, a veces así lo sentíamos. Éramos lo último en que la gente pensaba. Para nosotros era duro porque nos considerábamos personas. Por eso me enorgulleció y me hizo reflexionar aquella frase de un espontáneo durante el Desfile de la Victoria: “¡Muchachos, España es vuestra!”. Al menos aquel creía en nosotros.

A fines de mayo se licenciaron los que dejaron el permiso para indefinido, y se iban para casa un mes antes de lo que les correspondería. Recorrían el Cuartel vestidos de paisano y te hacían pensar que todavía no era más que un “montón de mili”. Eso producía lo que allí y en argot se llamaba la “asfixia”. Los veteranos que veían acercarse su licenciamiento eran muy dados a manifestar su alegría con un punto hiriente hacia los que se quedaban sin remedio en el cuartel. Lo hacían en voz alta sobre todo una vez apagadas las luces de la compañía ya acostados en sus literas, cuando el anonimato era perfecto, mediante frases del tipo: “¡El Puchol ya casi me reclama!”, al oír a lo lejos la bocina del transbordador, o “¡Bichos! huelo a Puchol”. Había otros términos también propios de Melilla, dichos tales como: “Un abuelo ya no tiene problemas”; “bichín que te estás pasando”; “¡cállate enterao, que eres un enterao!”; “mas no creo”; “¡viva la vida civil!, o “sexi” (al romper formaciones, en tanto que algunos preferían gritar “¡Viva la Guardia Civil!”). Otras expresiones eran del tipo: “Imaginaria, un bicho me está mirando”; “Imaginaria, pon las trinchas al botijo”; “Bicho, no te acerques que me pegas mili” (o “que te estás pasando con el abuelo”, etc.) ¡Ah! y el recuento de los días se verificaba añadiendo a la oración el “a tope”. Por ejemplo: “¡Bicho, al abuelo le quedan 31 días a tope!”; “¿Será malo que al abuelo le queden 31 días a tope?”. El recuento se hacía también por las películas que quedaran por ver, o por las “cagadas”, y entrando ya en el terreno de los colores, mejor sería callar. Había algo con lo que siempre me mondaba de risa y era aquello con lo que se increpaba al que se lanzaba un pedo descomunal. Se le añadía: “¡Recoge la vaina!” (aludiendo a que cuando se dispara una bala, después hay que ocuparse de retirar la vaina), o “¡pasa por furrielería y que te pasen la baqueta!” (por lo mismo). Y cuando los servicios que te ponían o cualquier pena que te impusieran excediese de las posibilidades del hombre, se decía: “Y es que te cagas”. Los abuelos, cuando sentían asfixia, se reunían todos para desfilar por las compañías haciendo el payaso, colocándose los gorros en sentido transversal y cantando: “Reclutas, se va el abuelo, se va el abuelo, se va el abuelo”. Y lo repetían una tras otra, subiendo y bajando el tono. Después, uno gritaba: “¡Abuelos, ¿queréis un yate?”. Y respondían: “¡noooo”!; “¿Queréis la estatua de la Libertad?”, “¡noooo!” (y así las mil maravillas). Y luego, el abuelo de turno, preguntaba definitivamente. “Pues entonces, ¿qué hostias queréis?”, y respondían al unísono: ”¡la blanca, la blanca, la blanca”! (en referencia  a la cartilla militar por su color que el Ejército devolvía al licenciarse), haciendo reverencias al estilo musulmán. Y luego entonaban:”¡Danos la blanca Señor!”, siguiendo el cántico religioso, y “¡Perdona a los bichos Señor!”, igualmente.

De cabo en traje de faena. Al fondo el monte Gurugú.

El domingo 25 de mayo estrenamos uniforme de paseo de verano coincidente con el nuevo horario estival a partir del 1 de junio y con mi estreno de los galones de cabo (“cabo rojo” se nos llamaba) en las mangas de la guerrera, gorra, hombros y en el lado izquierdo superior del pecho con la llamada “galleta” (placa con imperdible con el galón a ella pegado) En el nombramiento como tal se decía que había sacado el número 17 de los 120 que fueron nombrados. Suponía cobrar 275 pts. al mes. ¡Una fortuna! En el nuevo uniforme la guerrera se sustituía por camisa color marrón caramelo a la medida y corbata rosa pálido, manteniendo la faja característica, los emblemas de Regulares, y el resto de la uniformidad. A partir de la fecha comenzaban los servicios a las 8 de la mañana y el retiro obligado después de comer desde las 3  a las 4 de la tarde, lo que me permitió, los días de mayor cansancio, tumbarme en la litera y con tal motivo surgió mi afición a la siesta, aun a riesgo de levantarse con mal temple, pero pronto me acostumbré a ella, vicio que sigo manteniendo. El toque de marcha comenzaba a ser a las 7 de la tarde y el de retreta se trasladó a las 10,30 de la noche, la cena pasó a las 11,15, y el definitivo toque de silencio quedó en las 12.

Nos juntábamos los navarros del Grupo y nos entraba, con tantos recuerdos, la cariñada de nuestra tierra. No me parece que sea chauvinismo decirlo, pero nos parecía que éramos, del conjunto de regiones españolas, los que mejor nos compenetrábamos y sin distancias sociales, pues allí todos nos sentíamos iguales. En cierta ocasión en que estábamos varios paisanos oyendo jotas y gaitas de Estella, acompañadas por las voces de los hermanos Anoz y los Iruña’ko, que alguien llevó grabadas, al propagarse por el Patio de Armas la música acudió el teniente navarro Catalán, que nos acompañó un rato.

En el Hogar del Soldado junto a Miguel Conde, Pedro Pérez Puertas y Ostiz el 8 de diciembre de 1975, fiesta de la Inmaculada, patrona de Infantería.

El 31 de mayo una sección de la compañía estuvo de retén ante la anunciada visita del rey de Marruecos, Hassán II, a la vecina localidad de Nador. Era una simple precaución ante las arrebatadas arengas del monarca alauí a sus súbditos. Este día celebraba mi novia María su onomástica pero yo “la pasé” en servicio de vigilancia del Hogar cuidando que nadie se apoyase en la barandilla -estaba en un alto con peligro de caída y consecuente arresto de la cantina- ni sacase al exterior botellas de cristal, en fín, que hubiera orden. El Hogar del Soldado era un espacio amplio, con vistas al Gurugú, bien iluminado de forma natural y con una gran barra atendida por regulares. La pared sobre la barra estaba decorada con los signos del zodíaco que nos servían para situarnos en los meses de mili que llevábamos.

Pasé el examen de mi memoria de licenciatura el 18 de junio y aún siendo importante para mí haberlo superado, lo mejor fue reintegrarme a la vida civil durante veinte días, estar con mi familia y con María, visitar a sus padres en el pueblo y a los padres de mis mejores amigos de la mili: Jerónimo Orzáiz (que me encargó entregar a su padre una maquinilla de afeitar “libre de impuestos” comprada en Melilla), José Miguel Equiza y Martín Oyarzun. Agradecieron muchos las noticias que les di. Tras veinte días de permiso regresé a Almería, donde me embarcaría para Melilla, partiendo desde Pamplona en tren. En Almería me recibieron las M.M. Adoratrices con su generosidad ya proverbial. Me invitaron a cenar y de nuevo me albergaron en el apartamento que usaban para visitas de familiares. El 26, a las 12 de la noche, salía el barco desde Almería. Tomé el aire en cubierta y luego me acosté en un camarote compartido con un soldado de Artillería. El barco iba lleno. Los soldados éramos bastantes. Dormí bien, no me enteré del viaje, el mar estaba tranquilísimo. Me levanté a las 7,30, y a las 8 llegábamos a puerto. Otra vez divisé el Gurugú, las playas, las casas y los cuarteles, luego los vehículos militares, los paseantes… Estaba serio, viendo todo esto, y pensando. Nos formaron en el muelle y nos llevaron a la Compañía de Mar, donde nos pasaron lista. Después me vine al Cuartel. Estábamos tres de Regulares 2. Paramos un vehículo del Grupo que nos llevó allá los petates y llegamos al cuartel paseando. Hacía un airecillo refrescante. Eran las 9 de la mañana del 27, día en que se produjo el atentado terrorista frustrado de varios marroquíes contra los tanques de la Shell, próximos al Grupo, sobre las 2,30 de la tarde, desde donde se pudo ver la humareda correspondiente. Tres días antes se habían acercado a los tanques varios moros que fueron dispersados por la Policía Armada. Esta circunstancia sirvió para poner en guardia los servicios de vigilancia que estaban algo aletargados.

Ya en el cuartel, saludé al brigada Padilla, que me dio efusivamente la mano, al teniente, que me preguntó con interés por mi examen, y a muchos, todos los compañeros. ¡Venía de la Peni, y olía a Puchol! (pues vine en él). Jerónimo, Miguel, Antonio “Larraga”, me esperaban con ansiedad. Pensaban que había perdido el barco, pues creían que debía haber llegado el día anterior. Me estuvieron esperando hasta las 12 de la noche. Les entregué los paquetes y el dinero de sus padres, y terminamos por merendar juntos, en camaradería. Presenté al brigada el certificado acreditativo del examen. No me dijo nada de la nota, pero, conociéndole, supuse que me habría valorado. Me recibió simpatiquísimo, y eso, en él, era excepcional. Al teniente también le dije la nota y se vio sorprendido. Para ellos debía ser una hombrada estar a todo servicio, sin tiempo para estudiar, marchar con permiso de exámenes (durante unos días que teóricamente no apetece concentrarse), y obtener la mejor calificación. Claro, que no sabían que yo lo venía preparando desde hacía tiempo.

A las 12,30 tuve mi primera clase  para ascender a cabo 1º, pues ya dieron comienzo el día 15. Me convencí de que este empleo de tropa era lo más conveniente para mí pues ofrecía ventajas: una mayor cualificación reconocida por los superiores, menos guardias (una cada diez días) y con el auxilio de los cabos, ningún servicio mecánico, un incremento de la soldada, diez días más de permiso “fuera de propuesta” oficial, poder vestir de paisano en las horas libres, volver una hora más tarde del toque de silencio y comida más abundante. Para mí esto último importaba, porque a los cabos primeros se les ponía en el comedor una mesa únicamente para ellos y mejor abastecida, pues, siendo el menú el mismo para todos, apenas acudían compañeros del mismo rango a comer, con lo cual era imposible quedarse de hambre. Ya puede suponerse que yo gozaba de buen apetito con mi metro ochenta y dos de estatura. Sabía que a cambio mi responsabilidad sería mayor, tendría que ejercer de “primero de semana” cuando tocase y hacerme respetar por mis compañeros siendo de su misma condición. El tiempo lo aclararía. Los profesores del curso fueron los tenientes Ballesteros y Catalán. Los contenidos abarcaban conocimientos de táctica, topografía, formación espiritual, aritmética, gramática, geometría, Historia de España, geografía, organización militar (formación de los cuerpos de Infantería), educación moral y mando, régimen interior y servicio de guarnición, contabilidad, ordenanzas, justicia, medicina preventiva, protección antiáerea, guerra ABQ (atómica, bacteriológica, química…) etc. Los exámenes se hicieron cada 5 lecciones. Se valoraba la preparación física, con pruebas similares a las que se realizaban para el ingreso en las milicias universitarias (salto de caballo, trepa de soga a pulso, salto de 1,25 m de altura y de 3,75 m de longitud y carrera de 100 m en 15’’), recibíamos por ello una hora diaria de gimnasia seguida de una verdadera ducha -no tan breve como las ordinarias. Importaba mucho la opinión del capitán de la compañía. Asistíamos al curso 62 aspirantes, de los que tenían que salir 30. El nivel intelectual de los asistentes no era muy alto, sólo nos habíamos apuntado unos pocos universitarios.

Me pasaron de la taquilla 123 a la 53, entre Jerónimo y Pedro Pérez Puertas, nuevos cabos como yo, lo que me supuso “ascender” en el cuerpo de literas. De la intermedia pasé al 3er. piso, sobre 2,50 m de tierra, de modo que cuando los de abajo se movían aquello parecía el Puchol con marejada y ni contar lo que suponía hacer la cama a diario.

El 28 de junio hubo despedida oficial de los “abuelos”. Escuchamos la exhortación del teniente coronel del Grupo, luego se entregaron los galardones a los soldados distinguidos, desfilamos ante ellos de guante blanco y comimos opíparamente al mediodía: ensaladilla, entremeses, consomé, conejo, tarta, piña, flan, vinos, licores, café y tabaco. Yo imaginaba qué sentiría en las mismas circunstancias que aquellos “abuelos” que esa mañana se despedían. ¡Chicos de 22 años!. A partir de ahora pasaría a ser considerado, en la jerga cuartelera melillense, “recluta”[28]. Era saludable que unos se fueran para que otros llegasen. Se esperaban en la compañía 57 nuevos soldados, en el mismo argot “bichos”.

Me estaba dando cuenta que comenzaba a ser verdadero dueño de la situación: ya me había quitado la duda que pesaba en mi conciencia del destino que nunca llegaba y que me llenaba de incertidumbre, conocía a muchísima gente del cuartel y tenía grandes amigos. Había superado la preocupación de si me darían a tiempo el permiso para pasar el examen de la Universidad, llevaba casi media mili superada, los oficiales y suboficiales me conocían y ya no me asustaba la ciudad ni los moros.

Sólo había disfrutado de cuatro horas de sueño por haber salido de guardia el 30 de junio cuando tocaron “llamada” en el momento en que me disponía a merendar en el Hogar con los amigos, sobre las 7 de la tarde. Sin saber de qué se trataba acudimos a la carrera a las compañías, donde se nos dijo que todo el mundo cogiera su armamento y saliera a formar con munición y casco. Hubo un desconcierto fenomenal, todo a la carrera, yo me puse el machete al revés, en medio de la precipitación. Luego se organizaron los grupos en el Patio de Armas, en orden de combate, donde permanecimos cerca de una hora a la espera de recibir órdenes. Se requirieron hasta los camilleros. Al principio todos estábamos asustados, sin saber de qué se trataba, pero esperando lo peor. A continuación nos tranquilizamos más y hasta nos sentimos enardecidos. Parece que la tensión había surgido del litigio que se armó entre españoles y marroquíes acerca de las líneas fronterizas, pues los ingenieros quisieron destruir una casa deshabitada que se hallaba situada en terreno de nadie. El hecho fue conocido por los soldados marroquíes y se presentaron varios carros de combate en la frontera. Esto movió a que se tomara por parte española la misma determinación.  Por un rato estuvieron mirándose desafiantes los carros de uno y otro lado. Un solo disparo hubiera sido fatal. Prácticamente fue reforzada toda la frontera. A la Legión se le dio carta blanca para entrar en domicilios y exigir la documentación: maltrataron a muchos moros y apresaron a todos aquellos que no disponían de documentación. Las calles quedaron desiertas. En los días anteriores se había trasladado mucho armamento de polvorín central a los cuarteles y se decía que habían llegado socorros de la Península. El acuartelamiento duró sólo la tarde aquella.

Nuestra compañía quedó de retén, lo cual no impidió que realizáramos una marcha nocturna, de unos 15 km, rodeando la línea fronteriza de Melilla por caminos polvorientos y casi despoblados. Íbamos en orden de combate, equipados con mochila, casco, trinchas, munición, machete y fusil. Nos dirigimos a Rostrogordo, de allí a la Cañada del Diablo y Fuerte de la Purísima (Sidi) para regresar a nuestro cuartel a las 3 de la madrugada. Fuimos bordeando la frontera, hasta la misma línea de alambradas. Enun momento, nos vigilaron los marroquíes con un foco. Éramos dos compañías, con vehículos de apoyo. No ocurrió nada pero tuvo su emoción. En todo caso fue un ejercicio táctico que nos sirvió para mantenernos alerta. El número de centinelas aumentó a partir de entonces y se cursó la orden de disparar ante el menor indicio de sospecha.

Con algunos compañeros de la 7ª: González García, Orozco, Moreno Abenza, Luis Azcona, Molina Bautista, Gutiérrez Fuentes y Pajares Jordán (de izda. a dcha.)

Al día siguiente llegó al cuartel la primera remesa del siguiente llamamiento a filas, los que hicieron el campamento de Viator entre marzo y mayo del 75. Esperábamos el grueso para la noche. Había que ver sus caras de susto, lo que me hizo recordar el día que vine a estas tierras. Afortunadamente, para mí aquello era ya algo un poco lejano. Estando almorzando en el Hogar, entraron un grupo de ellos y se les abucheó e insultó llamándoles “¡bichos, bichos…!”. Estaban acojonados. Se esperaban en la compañía 43 de ellos, lo que suponía bastante proporción. Me propuse ayudarles en lo posible. Con ellos venían los navarros Olalde (de Falces) y Navascués (de Cintruénigo). Al poco el brigada y el sargento ya estaban amenazándoles con servicio de cocina si no hacían las cosas bien. “Ahora les vendrán las novatadas”, pensé. ¡Qué tragos se pasaban en la mili africana! Me decía un compañero que en la mili te vuelves más duro de espíritu, pero más blando de corazón. Creo que tenía razón. Tenía le certeza de que estaba aprendiendo a conocerme mejor, que se había despertado mi capacidad de adaptación, había ganado en experiencia de  vida, en suma.

Empezaron a circular rumores “radio macuto”[29] de que si por la salida de España del Sahara se repartirían sus fuerzas entre Canarias, Ceuta y Melilla y eso obligaría a adelantar licenciamientos en nuestra plaza, en fin, este tipo de sospechas acerca del acortamiento del Servicio nos acompañarían hasta el final de la mili. Las fuerzas españolas en el Sahara ascendían a 40.000 hombres.

Vino el verano y con él los sofocantes calores, aunque avanzada la tarde soplaba una suave y refrescante brisa marina que permitía dormir bien por la noche. Durante el día estábamos en mangas de camisa remangadas, pero si te tocaba guardia con las trinchas cargadas de munición, botas y gorra, todo molestaba muchísimo. Bebíamos agua sin cesar, que para eso teníamos en la compañía varios botijos refrescantes. Entrabas de guardia como nuevo y salías derrotado. Menos mal que en las horas libres podíamos acudir a la piscina del cuartel y relajarnos por momentos, ya que al poco de salir de ella el sudor se adueñaba de nuestros cuerpos. La pega de esta época del año eran las restricciones de agua para asearnos. No llovió en Melilla desde la primera semana de mayo al 13 de agosto. Nuestro recurso era hacerlo “por parcelas”, pero en ocasiones en que hubo duchas colectivas me colé para pasarlas varias veces, aunque el cambiarse de ropa era una lata. Las enterocolitis y las micosis eran frecuentes. En el interior de la compañía, con cerca de doscientos soldados, los olores eran “penetrantes” y nada que decir de las letrinas donde la gente, tras deponer, se olvidaban de baldear agua sobre el agujero y los había que ni siquiera usaban papel. El nivel del Grupo era muy bajo. Ahora, eso sí, se afeitaban bien y aplicaban mucha loción para ir guapos a ligarse a las chavalas melilleras.

Me venía bien acudir al estadio del Grupo y dar varias vueltas a él a la carrera. Deseaba recuperar el fondo perdido durante los días del reciente permiso, además se acercaban las pruebas de acceso a cabo 1º. El deporte me venía bien porque me aportaba fortaleza y seguridad en mí mismo. Lo mío siempre ha sido el deporte libre, por mi cuenta. Es mi vena de independencia. Tal vez porque no me considere competidor.

El 6 de julio, que era domingo, a las 12, nos reunimos los navarros ante el televisor del Hogar para asistir al chupinazo de inicio de las fiestas de San Fermín, en Pamplona, y lancé tras él un fuerte “¡Viva San Fermín!” que atronó el espacio. Después lo celebramos tomando unos vermuts con caracoles, así suavizamos por un rato la asfixia de la lejanía. Al día siguiente, fiesta de nuestro patrono para los navarros, lo pasé de vigilancia del Hogar, que terminó para mí abruptamente pues tuve que acudir a la carrera para formar parte de una sección de ametralladoras medias, pues entraba mi compañía de refuerzo del retén. Tan así fue que me hice un lío impresionante con el correaje, la mochila, el casco, la pistola y… la ametralladora, y con todo este material fuimos vestidos a la cama. Se trataba de una precaución más ante el peligro derivado de las amenazas de Marruecos. Diariamente entraban 66 soldados de guardia, una compañía de retén y otra de refuerzo -completamente armados-, además de la patrulla móvil nocturna, y las patrullas por parejas que de día y de noche hacíamos con perros por las calles adyacentes al Grupo de Regulares 2. Si esto se multiplicaba por todos los cuarteles de la Plaza era fácil hacerse una idea aproximada de cual era la situación. Melilla era una ciudad militarizada hasta el extremo. Era corriente escuchar disparos en la noche. Los centinelas tenían instrucciones muy precisas al respecto y ante cualquier sospecha no andaban con contemplaciones, soltaban un rafagazo, que para eso el CETME era el mejor amigo. Estos incidentes por lo común ocurrían en la frontera. En el casco urbano, el  peligro mayor eran las bombas -se anunció en los días siguientes que se había colocado una en el edificio de Teléfonos- pero las medidas de vigilancia eran grandes.

No puedo decir que estuviera libre de arrestos. El cabo 1º de la compañía -cuyo apellido omito- no se llevaba bien conmigo ni yo con él. En julio me metió cuatro días de compañía -lo que significaba que en esos días de arresto no podría abandonar la compañía más que para realizar las comidas y ejercicios obligatorios- por lo que yo consideraba una tontería cuando estuve de cabo cuartel, antes de mi permiso, estando él de semana. Aseguraba que no le presenté el estadillo de los imaginarias, por la mañana, que yo lo había guardado en la carpeta del cabo cuartel y a los días los que me siguieron en el servicio lo tiraron. Era una tontería sin demasiado fundamento, pero me la guardaba a la vuelta de mi permiso. Había estado tratando de superar las pruebas para ascender a sargento. Era un melillero que quería ascender a base de haberse reenganchado y con malos antecedentes que le llevaron al calabozo. En realidad, los soldados estábamos a merced de cualquier arbitrariedad. Sin querer ponerme de ejemplo para nadie sino como producto de un compromiso personal me esforzaba a diario por ser mejor y dar ejemplo a mis compañeros. Buscaba ser un hombre recto, con inquietudes, equilibrado y serio. Cierto día sentí una satisfacción interna un poco vanidosa, cuando el cabo 1º Julián García, me decía -refrescando en el Hogar sus galones recién estrenados- que yo era la única persona de la compañía con el que él se encontraba realmente a gusto. Esto le hacía sentirse a uno más humano, me movía a pensar que era útil aquí. Trataba de ser comprensivo cuando como cabo tenía que mandar hombres en los servicios de guardia o de cuartel.

El 10 de agosto me dio una reprimenda fenomenal el teniente coronel Ginés por haberme sorprendido en el Patio de Armas sin gorra, yo la aguanté firme y asintiendo:

“¡Sí, mi teniente coronel!”, “¡ha sido un despiste, mi teniente coronel!”, “¡no volverá a suceder, mi teniente coronel!”

“¡Preséntese de mi parte al teniente de su compañía!”

Las cosas estaban muy mal últimamente en cuanto a disciplina, dureza e incomodidades. Como se decía entre mis compañeros: “estamos puteados al máximo”, o con humor sarcástico, “la mili se está poniendo que ya no hay quien venga a ella”.

Todo quedó en eso, una reprimenda de las buenas venida nada menos que de un jefe, que no era lo usual pues nuestra relación con los mandos no solía pasar de los cabos primeros, suboficiales u oficiales. Como al teniente no le vi en varios días, el susto no pasó de serlo, simplemente, y quedó olvidado. Pero siguieron los vuelcos de corazón. En la última guardia que hice como cabo, el oficial de semana -teniente Monrobal- me amenazó con un mes de calabozo, debido a que los presos que en él estaban, que incomprensiblemente no tenían la puerta cerrada, salían y metían en él botellas ante la ausencia puntual de los cabos de guardia. Claro que nosotros, los cabos, atentos al servicio, no podíamos ocuparnos de todo, y el centinela encargado de ellos era inoperante. A mayor abundamiento, se fugó por la puerta grande un soldado de paisano sin pase de pernocta. Estuvo “al caer” un arresto a calabozo, cuya duración mínima es de un mes. Y como ya me había entrado el vértigo del arresto, el siguiente “paquete” que me metieron -y ya no pude evitar- fue de cuatro días a compañía por no acudir al curso de cabos primeros, que había sido suspendido y luego revocada la suspensión por contraorden, sin enterarme del cambio. En connivencia con los arrestados por el brigada Padilla, que estaba de suboficial de semana,  y como no hay mal que por bien no venga, organizamos en el interior de la compañía una buena merendola coincidente con la llegada del televisor que habíamos comprado entre todos -un Telefunken- y, sentados en el suelo, pudimos ver algún programa. Era festivo, pues se conmemoraba en el calendario cristiano la Asunción de María Santísima.

El arresto no me impidió ese día acudir a la Misa obligatoria, que se tuvo en el comedor del Grupo.

En la carta que ese día escribí a María le explicaba:

“He comulgado bajo las dos Especies. Me he sentido feliz. Hoy he tenido la vivencia cristiana, de verdad. Hoy tenía hambre de Dios, y he estado muy respetuoso y concentrado. Muy a pesar mío todavía no he logrado recuperar mis vivencias cristianas anteriores y me siento algo abandonado. No es para menos en este ambiente, que nada lo favorece. Me da pena que el Páter no haga más labor entre nosotros, que tanto le necesitamos. Sin embargo, en el sermón ha estado más feliz que en ocasiones anteriores. Desembocando en el tema de la Virgen, nos habló de la mujer, de que tratemos de encontrar una mujer que sea nuestra vida, dulzura y esperanza. He pensado mucho en ti y me he sentido lleno de gozo al comprender que tu eres para mí todo eso. En fin, nos ha mostrado una imagen de la mujer distinta y superior a la que es tema de las conversaciones generales del soldado. Era un contraste necesario y optimista. Ayer, por ejemplo, mientras limpiaba fusiles a la tarde, mis compañeros comentaban lo poco que se puede fiar el hombre de las mujeres, lo “putas” que son, etc… Me producía desaliento escucharles. No por ti, que sé que me serías fiel siempre, sino por el cuadro tan lamentable que presentan de la vida. Yo creo que en este régimen de vida nos embrutecemos: la prueba está en un soldado de mi compañía, acostumbrado a decir barbaridades, y esta mañana tenía a un crío del comandante Catalina en los brazos (pues es su ordenanza o “machaca”, como así se les conoce), y no paraba de besarle. Se sentía feliz con él. ¡Por qué hablaremos tanto y diremos tales desatinos!. En realidad permanecemos siempre fieles a una verdad interior, aunque vivimos en un perpetuo alejamiento. Esto lo he notado muy a menudo con infinidad de compañeros”.

No obstante lo explicado sobre los arrestos, me había ganado la confianza del teniente Catalán. Me llamó a un aparte, una mañana, para pedirme le hiciera el favor de vigilar a un compañero que, según sostenía, fue atropellado por un coche y lo alegaba como justificante para librarse de la mili. Temía que se valiese de ello, exagerando. Era mucho lo que me pedía: vigilar a un compañero. No obstante, le dije que sí. El teniente era un hombre al que admiraba y me ofrecía mucho respeto. Me parecía mal decirle que no. Una de las cosas más duras que tenía la permanencia en Melilla era la ausencia y lejanía de los seres queridos, no sólo por la distancia, sino porque sufríamos bajo parámetros de automatismo, exactitud, perfeccionismo, sin trato humano. Sólo nos quedaba el refugio de los compañeros y de las cartas. Por eso me honraba saber que el teniente confiaba en mí. Y no por ser más humano de lo normal dejaba de cumplir con sus obligaciones castrenses: días antes nos había enseñado a luchar cuerpo a cuerpo con bayoneta calada en el fusil de asalto, emitiendo el clásico alarido, repitiendo los ejercicios correspondientes de ataque, culatazos, sesgos con el cuchillo, contraataque al “fondo”, retirarse pasos atrás, “en guardia”, “en prevengan” y “arresto”. Yo, que me había propuesto, siguiendo el consejo general, pasar desapercibido en la mili, estaba claro que no podía conseguirlo, pues, aparte lo descrito, algunos pensaban de mí que era cura o confidente, cuando no era más que un soldado de reemplazo como el resto.

Y hablando de las cartas, el furriel identificaba las de mi novia por su peso en el momento de repartirlas. Le explicaba a María en una de mis misivas:

“Eres la novia más leal de la compañía, la que más me escribes y metes más folios. Pienso muchas veces que nuestro amor es poco común, más bien que es singular y muy puro. Hablo con mis compañeros y muchos tienen prejuicios contra la mujer, veo que no se identifican por completo, que no se entregan al otro con absoluta verdad. Hablaba ayer con dos cabos primeros en el Hogar acerca de las ideas de Esther Vilar[30]. Yo no he leído sus libros, aunque conozco sus tesis. Ya de lleno rechazo que hable de la “mujer” como si se tratara de una especie exótica. ¿Qué mujer, quién es la mujer, qué clase de mujer y de dónde?. ¿La mujer es una prostituta que se entrega a su marido a cambio de un bienestar material, social o de una seguridad?. ¿La mujer se sirve de los hijos para luchar contra su marido?. Ellos decían que la mujer es intuitiva (a lo que no me opongo), pero que es egoísmo puro, que es fría, que ni siquiera se satisface en las relaciones sexuales… No niego que la Vilar acierta en algunas cosas, pero me parece que se pasa, como se pasan estos compañeros. Al menos, la opinión que yo tengo de la mujer a través de mis conocimientos, en gran parte adquiridos gracias a ti, es muy diferente”.

El Diario de Navarra, regularmente recibido, me trajo la noticia de que mi padre, junto a destacados carlistas como el navarro Auxilio Goñi Donázar y el guipuzcoano Manuel Escudero Rueda, se habían integrado en la directiva de FEDISA, siglas de la Sociedad Anónima Federación de Estudios Independientes S.A., un intento de asociación pre-partidista que reunió a importantes personalidades de la oposición democrática y aperturistas del Régimen atraídos por la idea de centro político y la posibilidad de una transición moderada, entre ellas José María Areilza, Pío Cabanillas, Leopoldo Calvo Sotelo, Francisco Fernández Ordóñez, Manuel Fraga Iribarne, Marcelino Oreja Aguirre y Antonio Rosón Pérez. La iniciativa terminó por fracasar, al integrarse de manera sucesiva varios de sus miembros en el primer Gobierno de la Monarquía, pero sus restos quedaron agrupados bajo el liderazgo de Pío Cabanillas y  la inclinación de los asociados hacia el sector democristiano, muchos de los cuales posteriormente aparecerían en Unión de Centro Democrático (UCD) y, como en el caso de mi padre, en el Frente Navarro Independiente que aglutinó por un tiempo hasta su disolución en 1977 a personajes sin dependencia política con un programa de cinco puntos: Amnistía y reconocimiento y promoción de todas las libertades individuales y colectivas; profunda transformación del sistema capitalista con la reestructuración de la empresa y la participación en ella de los trabajadores en las decisiones; transformación social sin violencia ni totalitarismos; los fueros, libertades para vivir como pueblo y garantía de administración con igualdad, transparencia y participación; y solidaridad con otros pueblos.

Con Alfredo Martín Alonso, autor de buenas fotografías

Se acercaba el 18 de julio, conmemoración del llamado Alzamiento Nacional de 1936, y mi compañía había sido elegida para que rindiese honores ante la Comandancia General de Melilla en el acto oficial que se preparaba. Por ello toda la semana anterior estuvimos rebajados de servicios para poder ensayar el desfile. Todas las mañanas, de 8 a 10,30 lo hicimos intensamente con todos los movimientos de armas. La víspera de la conmemoración nos dieron fiesta en la Plaza, ya que fue aquí -el 17 de julio de 1936- cuando se alzaron los militares contra el Gobierno de la República. Para el día del desfile nos repartieron los uniformes de gala a la usanza de los antiguos Regulares Indígenas consistente en una bolsa de costado de cuero repujado, cartucheras y unos cordones complicadísimos sobre la casaca de invierno, a los que se añadiría una capa blanca y el armamento reglamentario. Lo malo de los días previos es que tenía que coserme los galones de cabo a la chaqueta de paseo y hacerlo me daba una pereza inmensa, de modo que les “piqué” a Guillén y Orzáiz, que presumían de ser buenos costureros, a ver quien me cosía mejor los galones,  y el uno me cosió los de una manga y el otro los de la contraria, aunque todo quedó casi en vano pues a última hora hubo contraorden en el sentido de que no llevaríamos en el desfile la casaca de invierno sino que lo haríamos en mangas de camisa, remangados y sin la corbata. Se presumía calor, como así fue.

Llegó el día esperado, considerado oficialmente como Fiesta Nacional. A las 10 de la mañana salimos del cuartel en formación, desfilando por las calles de Melilla hasta Comandancia, donde permanecimos en descanso durante la recepción oficial. Luego nos pasó revista el mando, y desfilamos delante de Comandancia y de vuelta al Grupo. Apareció El Pichas -como así llamábamos al fotógrafo del cuartel- y nos hizo unas fotografías con ese aspecto bizarro. Ya en el cuartel entregamos todo el equipo, después de haber sido felicitados por nuestro desfile. Me puse el bañador y fui derecho a la piscina, donde me remojé a placer. Me desquité así de las dos horas de desfile y preparación. Nos aguardaban con sangría y la comida fue mejor que de costumbre: consomé, pescado, conejo, helado, piña, vinos, cava, coñac y puro. La gente estaba contenta hasta el punto de que en la compañía algunos -los que “se pasaban” a menudo- se dedicaron a dar vueltas a los colchones, cogiendo por sorpresa a los que acababan de dormirse. Otros se regaban entre sí. Había euforia porque se habían suprimido los arrestos (incluido el mío), por ser 18 de julio. Después se dedicaron a afeitar los bigotes de los “bichines”, que opusieron resistencia. El furriel trataba de imponerse -pues estaba de cabo cuartel-, pero el mal ejemplo que había dado poco antes con las vueltas que dirigía no le hacía acreedor de respeto. En esas uno me abrazó por la espalda para acariciarme el pecho. Aparentar que eran lo que no eran se tomaba como un jugueteo más que algunos se imponían.

El 25 de julio, Santiago patrón de España, nos despertaron a diana con salvas de cañón. De víspera tuvimos Misa de campaña valedera para el siguiente. Desde las 11,30 estuvimos formados esperándola, cantamos el himno de Infantería:

“Ardor guerrero vibra en nuestras voces

y de amor patrio henchido el corazón,

entonemos el himno sacrosanto

del deber de la Patria y del honor ¡honor!

De los que amor y vida te consagran

escucha España la canción guerrera,

canción que brota de almas que son tuyas,

de labios que han besado tu bandera:

de pechos que esperaban anhelantes

besar la cruz aquella

que formaban la enseña de la Patria

y el arma con que habían de defenderla

Nuestro anhelo es tu grandeza

que seas noble y fuerte,

nuestro anhelo es tu grandeza

que seas noble y fuerte,

y por verte temida y honrada

contentos tus hijos irán a la muerte…”

Fue a las 12,30 del mediodía en el Patio de Armas. Un sol de justicia, los pies me ardían, pues cuando se calentaba el asfalto era cosa fina. Teníamos que estar descubiertos y el sudor caía por la cara y la espalda. Escuchamos las palabras del sacerdote en la homilía que esta vez me sonaron a rutinarias. Pensaba que los soldados vivíamos en un vacío tremendo. Éramos seres acomplejados a los que nadie hacía caso. Precisamente dos chicas de Barcelona habían tenido con nosotros un gesto admirable: escribieron a la tropa ofreciéndose para mantener correspondencia con aquellos que no tuvieran seres queridos que les escribieran. El cielo seguía impertérrito, de un azul claro, sin nubes, sin crepúsculos rojizos como los de Viator, tremendamente aburrido. Sólo se alegraba por la mañana cuando lo cruzaban los aviones[31] con sus admirables vuelos acrobáticos. Me eran muy simpáticos esos pájaros porque hacían una gran labor de equilibrio ecológico, comiendo cantidad de mosquitos que nos evitaban muchas molestias.

En ocasiones se daban en el cuartel situaciones insólitas, como la que me ocurrió el viernes 1 de agosto en que casi se puede decir fui el dueño del Regimiento durante un rato no siendo a la sazón más que el cabo de guardia de Prevención junto al Patio de Armas, donde se erigía el mástil con la enseña de España. Resultaba que la bajada de bandera comenzaba a las 9 horas de la tarde a partir de la fecha, y así estaba anunciado en el tablón del Cuerpo de Guardia, pero no se habían enterado ni el oficial ni el suboficial de guardia (¡!) ni tampoco los gastadores de servicio que debían arriarla. Llegada la hora, hubo que improvisar la ceremonia y con otro soldado (por ser los más altos), hicimos de gastadores provisionales, caminando a paso lento hasta el mástil, descubriéndonos a la orden, arriando bandera y depositándola en bandeja de plata, para volver otra vez a paso lento, una vez que el corneta tocó la segunda parte de oración. Como los servicios de patrullas y de refuerzo se presentaban en el Patio de Armas, para su revista, al toque de bajada de bandera, y ésta se había adelantado, allí no compareció nadie, ni tampoco el camión encargado de llevar al fuerte de María Cristina los soldados de refuerzo. Me tuve que ocupar de todo. Por eso, luego que pasó lo ya descrito, pensé que había sido dueño de la situación por unos momentos.

Celebramos el 15 de agosto el “paso del ecuador” de nuestra mili con unos pollos asados regados con vino en el Hogar del Soldado. Allí estuve festejándolo con los navarros de mi llamamiento, rememorando los meses pasados y considerando que los futuros ya nos resultarían más llevaderos con nuestra creciente veteranía -ya seríamos pronto “padres”- con el permiso por disfrutar. Hablábamos de que la mili no era tan larga. Pero aunque la razón lo entendiese, el espíritu era menos acomodaticio. Ya en estas fechas teníamos la alegría de ver refrescarse el tiempo y el incremento de 10 pesetas en la alimentación diaria del soldado. Además pronto vendrían a reforzar los servicios de nuestra compañía once nuevos cabos. A nivel personal esto significaba mayores posibilidades de obtener autorización para salir con mi novia, que me anunciaba visita en setiembre.

El 24 de agosto escribí a mi madre para tranquilizarla del que se presumía ambiente de inquietud política en Melilla:

“Melilla sigue tranquila. Por lo que parece, hay aquí más tranquilidad que en la propia Península, donde se suceden los atentados y se avecinan grandes acontecimientos. No sé qué durará. Las declaraciones de Hassán no hacen vacilar a nadie, por muy atrevidas que sean. Aquí hay firmeza, firmeza en los mandos, firmeza en todos. Pero no creo que Hassán se atreva a ir hasta donde dice, las cosas no son tan fáciles como parece. En su país, los militares están muy descontentos con él, que más bien parece seguir su empeño personal de hacerse con el Sahara, que tratar de hacer progresar al país, que debe ser muy miserable.”

Y le añadía:

“Ya llevo once guardias, y calculo que el lunes o martes tocará la doceava. Pero estoy contento. Me da fortaleza ver que reacciono bien a la vida militar del cuartel, con sus pros y contras. Conseguiré lo más importante, que es licenciarme sin haberme vuelto un vago, ni un degenerado, sin haber cambiado el carácter. Pero intuyo que el Xavier de antes de la mili, no será el de después”.

Un cabo primero que había estado en el calabozo (y por tanto testigo de mis guardias), me dijo que era uno de los cabos mejores del Grupo, llevando la guardia, y me recalcó: “te lo digo yo que me he tirado 22 meses de cabo”. Y los del Hogar lo comentaron también, que era efectivo y no me paraba en prendas a la hora de barrer o pasar la fregona (muchos cabos se hacían los remolones) Siempre me preocupaba hacer las cosas lo mejor posible, aunque a veces me tentaba pensar que fueran inútiles. Pero una actitud justa me parecía que valía mucho y creía que los compañeros me apreciaban. “Tal vez sea un buen cabo primero”, pensaba por dentro.

María me decía en una de sus cartas que me veía cada vez más prusiano. “Tal vez cuando tenga los galones de primero actúe de forma distinta a como actúo ahora”, le contestaba. “Tal vez sea más duro, al menos con los que se muestran absolutamente egoístas, en perjuicio de los demás, y esa es una actitud de hombres, término que va más allá de la situación militar. Voy madurando ideas que me dan un conocimiento humano superior al que tenía, y descubro con pena, no sólo lo poco que somos en realidad, sino lo mezquinos que podemos llegar a ser… Pero cada vez veo más lógica y humana la vida civil, que es para lo que estoy hecho”.

El 26 de agosto hice mi primera guardia en el Fuerte de María Cristina. Se lo explicaba a mi padre:

“Es mi primera guardia en el fuerte de María Cristina, prisión militar de Melilla desde hace dos meses, donde hasta ahora se ubicaban (y se ubican) los aljibes de agua para el suministro del Cuartel. Por esta razón, ha sido siempre custodiado por las fuerzas de regulares. Hasta ahora no había hecho ninguna guardia aquí, pero hoy he probado. La prisión se halla rodeada de alambradas, en lo alto de lo que aquí llaman el Polígono de viviendas, casi todas de moros. Por lo tanto, desde aquí se domina la ciudad entera. La fortaleza, esquinada por fuertes torreones, se halla rodeada por un foso donde están sueltos unos perros policías y si bien el Tercio les suministra todo, los regulares vigilamos el conjunto. Los alrededores se hallan cubiertos de pino mediterráneo. Aquí tenemos nuestro aposento en cuatro tiendas de campaña, cónicas, donde están los armeros y las literas para la guardia. A un lado hay una gran mesa donde hacemos las comidas, y más allá un pequeño lavadero y las letrinas. Un morillo nos trae todo lo que necesitamos de complementos alimenticios, a cambio de la correspondiente propina. En la guardia somos 30 hombres, más ocho de refuerzo, que vienen a bajada de bandera. Todos al mando de un sargento. Es, en comparación con las guardias de prevención, mucho más cómoda, pues está alejada del Grupo, y más descontrolada. El sargento (de no ser un vinagres), como no está vigilado por los superiores, no nos exige mucho, y podemos incluso echar la siesta, y se come mejor, haciéndote a la idea de que pasas un día de campo (¡!)”

Al día siguiente me cogieron para evacuar un edificio que se iba a derribar en el cuartel, y desde 4,30 a 8,30 de la tarde, todo un cabo tuvo que darse la pechada de trabajar en algo que le estaba prohibido precisamente por llevar galones. Las cosas estaban tan mal en el Grupo que ya no había distingos a la hora de trabajar, ni siquiera se libraban los pertenecientes a la compañía de destinos[32]. A continuación, tuve marcha nocturna, con mi escuadra de ametralladoras medias, esta vez en jeep, por parte de la frontera, y del polígono de María Cristina, donde nos desplegamos en toma de posición hasta adueñarnos de él. Las calles estaban desiertas, la única población era mora.

Se aproximaban las fechas de la visita de María, que desde Málaga, donde participaba en unas excavaciones arqueológicas, iba a dar el salto a Melilla para pasar conmigo unos ansiados días. Ya le había reservado hotel pero ahora era preciso recabar los permisos necesarios para poder estar con ella. A este respecto hablé con el brigada Padilla y le expuse mi caso. Él lo habló con el capitán y el comandante y me facilitaron un pase de 4 días desde diana a retreta, más las tardes libres (de 4 a 2 de la madrugada) en lo que durasen las Fiestas Patronales de Melilla, que terminaban el 8 de setiembre. Los servicios me los arreglaron de forma que los hiciese a partir del 15 de setiembre. Todos se portaron muy bien conmigo, en especial el brigada. Significaba también que agosto concluía y con él los calores, los sudores, las tremendas incomodidades, la escasez de agua… fue una verdadera canícula, la peor de mi vida. El otoño se anunciaba con la nitidez característica del aire que perfilaba aún más el monte Gurugú y daba al azul del mar mayor intensidad.

El recuerdo de María iba unido al transbordador Puchol, que finalmente me devolvería a casa.

La comparsa de gigantes y cabezudos animó las fiestas de Melilla.

 

 

 

 

 

 

 

 

Los días pasados en compañía de María fueron, para ambos, maravillosos. Acudimos a la playa del Balneario donde nos bañamos en el mar; recorrimos el puerto; visitamos la ciudadela de Melilla la Vieja construida entre los siglos XVI y XVIII, con sus 2.000 m de longitud, dotada con almacenes, aljibes, baluartes, fosos, fuertes, cuevas, minas, capillas (una de ellas, la única obra religiosa gótica de África) y hospital, todo el conjunto muy bien conservado; como eran fiestas las calles estaban muy animadas, algo favorecido por el buen tiempo que hizo; salió la comparsa de gigantes y cabezudos, que me sorprendió porque no los imaginaba en estas latitudes; paseamos por el Parque Hernández, hermoso y bien cuidado, y sentados en los bancos hablamos y hablamos. Aún no era cabo primero sin que pudiera vestir de paisano. Cerca de la Comandancia, a la hora acostumbrada, sonó la corneta al arriar la bandera, y me puse inmediatamente en posición de firmes y de saludo, al igual que lo hicieron los soldados que pasaban por el lugar. María se quedó como de piedra. Yo creo que fue entonces cuando comprendió que se encontraba, junto a mí, en una Plaza Militar. De esos románticos días guardamos espléndidas diapositivas a color y algunas fotografías con compañeros del Servicio que mantienen muy vivos nuestros recuerdos.

El 15 de setiembre volvió la normalidad en forma de ejercicios de tiro con mortero medio de 81 mm en Rostrogordo, con un temporalazo formidable de viento y polvo rojizo. Instalada el arma con su goniómetro adosado para fijar puntería, en mi calidad de cabo apuntador y tirador disparé contra el mar una tras otra 23 granadas, en forma de un “pepino” como de dos palmos y medio de largura. Al día siguiente, por la mañana, me tocó ejercer de “cabo mierda” en las letrinas acompañado por Sierra, las dejamos bien fregadas y desinfectadas. Me esperaron en el Hogar al mediodía los incondicionales Jerónimo y Pedro, y nos tomamos como aperitivo unos huevos de codorniz con salsa mayonesa, seguidos de buena conversación. La visita de María me había llenado de vida, pero estaba tan en un mundo irreal que por un rato, sabiendo que el brigada sub-ayudante Santana se hallaba fuera del cuartel, me fui con Sierra al Hogar, pero al cabo volvió Santana y descubrió que nos habíamos marchado de las letrinas y nos metió 14 días de prevención. Al llegar a ella le reconocí que la responsabilidad era mía como cabo, no de Sierra, de modo que a él le levantó el arresto y yo pasé la primera de las noches durmiendo en prevención, entre rejas, con un moro en la litera de abajo. Finalmente los 14 días se quedaron en uno y puedo explicar a día de hoy cómo fue esta experiencia. Por la mañana estuve engrasando subfusiles y, además, contento de haber salido de prevención.

El 22 de setiembre se supieron las calificaciones del examen a cabos primeros de quienes procedíamos de la segunda compañía: primero iba Conde, luego Camisón, después de Jerónimo, yo mismo, Pedro y Conejo. Nos pondríamos los galones el 1 de octubre, Día del Caudillo. El furriel me dijo que ya había terminado con los servicios que me había asignado al debe. Según Jerónimo el furriel “me quería comer el coco”. Sin embargo de las teóricas no me libraba. La siguiente nos la dio  el teniente Constante realizando con él prácticas de transmisiones con la radio AM PC 77, que alcanzaba hasta 90 km. de cobertura. Hablamos también de minas y nos mostró cómo funcionaba el detector buscaminas, que era una especie de bastón.

Cinco días después se celebró la despedida del tercer llamamiento del año pasado, al estilo de la anterior. Fue fiesta todo el día en el cuartel. Ya la compañía, incluso el cuartel, habían quedado tranquilos con la marcha de los que habían salido vía Almería. A la tarde y noche  los abuelos licenciados volvieron pasados de copas y alguno borracho de verdad, alardeando incluso de haber estado con prostitutas… por 200 pts.. ¡Qué broche final a un Servicio Militar!. A la noche pude acostarme, después de que el sargento armara la bronca por el follón que habían organizado los que se despedían, y que degeneró en una amenaza de calabozo para el imaginaria, que ninguna culpa tenía, y que era Moreno, el gitano simpático, que hacía de corneta. Si hubiera pasado de ahí yo mismo hubiera sacado a los culpables, pero no fue necesario. ¡Por fin se fueron!

Con Antonio Merino García, peluquero de Guadalajara y buen compañero

Como de costumbre, la comida de fin de mes fue sobresaliente, y al sargento Monteros Babiloni, en representación del capitán de cocina, le dimos la gran ovación. Nos ofrecieron hasta café y bebidas. Merino, el peluquero guadalajareño, estaba irresistible bajo los vapores, que si abuelo por aquí, abuelo por allá. Luego se desató y empezó a hablarnos de su novia, invitándonos a Guadalajara a toda costa.

Mi nombramiento como cabo primero salió en la Orden de la Plaza, común a toda la IX Región Militar, el 29 de setiembre. Entre cerca de 300 calificados como cabos primeros, saqué el nº 61, lo cual no estaba nada mal. En general, los de Regulares 2 salimos muy bien clasificados. El primero, segundo y cuarto, eran también del Cuerpo de Regulares.

En ratos perdidos leía los periódicos atrasados. Veía la situación política muy mal, muy delicada, y me preocupaba. Me parecía como si nos dirigiéramos hacia un caos y los gobernantes no supieran qué hacer. Se refería Cantarero del Castillo (Presidente de  Reforma Social Española), en unas declaraciones, al riesgo que corríamos los españoles de fracasar en nuestro intento de buscar la democracia, lo que aumentaría nuestra frustración. Coincidía completamente con él, pues sobre los españoles pesaba una frustración irresistible. Se estaban radicalizando mucho las posiciones de todos los bandos. Y la campaña de protesta internacional ante los consejos de guerra a terroristas podía perjudicarnos mucho. Me lamentaba de ver nuestro apartamiento cuando todo era tan importante fuera de los muros del cuartel. Charlaba mucho con los amigos de estos temas, con las naturales precauciones, y le pedía a María que no me comentase las circunstancias políticas en sus cartas por miedo a la censura.

El Día del Caudillo, primero de octubre, nos despertaron a diana con cañonazos y nos ofrecieron una comida especial. Hubo indulto general de arrestos. Coincidió con el cambio de horario -ahora el toque de retreta sería a las 9 y el de silencio a las 10 de la noche- y con la llegada de los “nuevos” del tercer llamamiento de 1975 procedentes de Viator: 250 llegaron por la mañana y 100 a la tarde-noche. Vinieron a la 2ª tres navarros, de Corella, Puente la Reina y Los Arcos. Para desahogarme un poco de tanta mili -comenzaba mi décimo mes de Servicio- hice un poco el payaso con motivo de su incorporación. Les formamos y les leímos la Orden del día, con una serie de artículos acerca de sus obligaciones para con los abuelos, padres y semi-padres; elegimos a “mis bicho”, que debió pasear por la compañía en calzoncillos, con botas, trinchas, casco y lanzagranadas al hombro, marcando el paso ante los recientes “padres” y “abuelos” formados; luego se eligió al “mis enterao”, que recayó en el que se comprobó que se había pasado con nosotros en más de una ocasión; y finalmente se les pidió una aportación económica voluntaria para celebrarlo en camaradería con brindis de cubata, que bebimos en botijo. Todo salió muy simpático, aunque algunos tenían cara de susto. Consideraba bueno que fueran endureciéndose. Y el trato fue bien, nadie “se pasó” con ellos, aunque nos enteramos a posteriori que por detrás nos llamaban “víboras”.

Con los cabos primeros Orzáiz y Pérez Puertas

Se anunciaba para la semana siguiente traslado de la compañía a un barracón, pues la nuestra iban a derruirla para rehacerla con las comodidades que no habíamos tenido. Lo malo es que en el barracón no tendríamos servicios, sería pequeño y se anunciaban parásitos en abundancia, hasta el punto de que algunos compañeros preferían ir destacados a la frontera antes que “estrenar” la nueva residencia. El traslado de los enseres de una a otra nos llevó todo un día y, sin galones por estrenar todavía, tuve que “pringar” como todos mis compañeros en la operación de mudanza. El barracón estaba situado en la parte alta del cuartel. Su tejado era de uralita y, en previsión de “inquilinos” molestos, se hicieron desinfección y desratización previas del local, al que no pudimos entrar durante tres horas. El brigada Padilla y el teniente Catalán nos felicitaron por la labor tan dura que hicimos durante el cambio de lugar, y se levantaron los arrestos. Padilla, con lo poco dado a alabanzas que era, nos llamó “hombres conscientes”. El caso es que me libré de acudir a la nueva sede porque se impuso el criterio de trasladar a los cabos primeros ascendidos del I Tabor al II y viceversa, a fin de evitar familiaridades entre mando y subordinados. Me destinaron a la 7ª compañía del II Tabor donde prácticamente no conocía a nadie, pues había estado destacada en la frontera durante seis meses. Tuve la suerte de que en el futuro destino me acompañarían los también primeros Orzáiz y Pérez Puertas. Los nuevos mandos serían los tenientes Gil Palomo, Homar y Molina y el capitán Castro Zotano, con fama de muy severo (estuvo en un batallón disciplinario en el Sahara), además de un brigada auxiliar, Rivas, y dos o tres sargentos “melilleros”. Ya tenía la compañía dos cabos primeros veteranos -Sáez, de Torrelavega, y Santamaría, de Bilbao- y participarían del nuevo destino los también recientes ascendidos a primeros José Ignacio Camisón (de Cáceres) y Miguel Conde Filella (de Sabadell). De momento se me escapaba la posibilidad de acudir a duchas con regularidad, pues los primeros no podíamos acudir a ellas con el resto de la tropa y no teníamos las propias, con que eso había ganado. Un absurdo más de la mili. ¿Cómo lo solventaríamos en el futuro? Pues, aprovechando que teníamos lavabos propios, en posición de cuclillas y en traje de Adán, abríamos el grifo de uno de ellos y con agua fresquita poníamos remedio al asunto. Antes de abandonar la 2ª, entre Merino y Amat me dieron dos vueltas al colchón mientras estaba acostado. Al final, se salieron con la suya… Me reí durante un buen rato. Eran buena gente.

Empecé a acostumbrarme a la nueva situación con los galones ya cosidos a la bocamanga, la gorra coreana y el quepis, sintiendo lo raro que se me hacía recibir el saludo militar de los demás compañeros de tropa, el tratamiento de usted, y el comer y dormir aparte (en la compañía teníamos dormitorio propio), aunque hacía esfuerzos por ser natural. El sábado 11 de octubre nos reunimos quince navarros que nos vinieron a visitar a Regulares, les invitamos a merendar y “mojamos” con ellos los nuevos galones. Así nos anticipamos a celebrar el primer cobro de la nueva soldada mensual de cabos primeros, 1.050 pts. ¡Una fortuna! A esta cantidad se le unían las “sobras»[33] del mes.

La noticia de nuestro traslado sorprendió a todos, incluidos los mandos que hasta ahora había tenido en la 2ª compañía. Me pareció que el teniente Catalán quedó decepcionado, aunque nada me dijera. Era un hombre de los pies a la cabeza. Jerónimo y yo le dijimos muy sinceramente que estábamos satisfechos de haber servido a sus órdenes. Lo mismo nos dijo él de haber podido mandarnos, más siendo navarros. Nos preguntó qué haría él ahora con la biblioteca, pero le propusimos como sustituto al cabo Ontañón, un chico de Burgos muy leído, y nos ofrecimos a terminar las fichas de los libros, aunque ya incorporados a la 7ª, en los ratos libres. Todo el mundo nos felicitaba, Padilla en particular. El sargento Manzanera y los cabos primeros Caparrós y Pérez Delgado, se sintieron afectados, en especial Caparrós, que me había empaquetado varios arrestos. Me di cuenta de que Caparrós, en el fondo, no era un mal chaval.  El cambio nos afectó un poco, ya que en la 2ª llevábamos más de seis meses y en ese tiempo habíamos tomado afecto a todos, y puedo asegurar que todos lo sintieron muchísimo, y eso que no nos íbamos del Grupo. Bajo la apariencia de marcialidad y orden había sentimiento entre compañeros y mandos.

Poco a poco, y tras presentarnos a los nuevos mandos y con la convivencia de los primeros días, fuimos conociendo lo que era la 7ª. Una compañía única en el cuartel. Como digo, había estado seis meses en el Fuerte de la Purísima, en la frontera, haciendo vida guerrillera bajo una disciplina total. Entre los soldados no había destinos y tenían una preparación extraordinaria, con lo que ya imaginábamos que ejercer el mando sería difícil, eran hombres de lo más echado adelante. Se sabía que el Capitán había solicitado volver al Fuerte, pero dependía de las necesidades del Grupo. El Teniente Molina nos aconsejó tener “mala leche con ellos” en abundancia, arrestar a la mínima y tener un distanciamiento constante con los soldados… Nos informó que esta compañía se había nutrido del “desperdicio” y, en palabras de buen aragonés, de “trocicos de carne de otras” antes de ir a la frontera. Pensaba que ejercer el mando sería una prueba para mí. Por de pronto, al día siguiente ya tendríamos que mandar paso ligero en el desplazamiento de la compañía en formación -era lo habitual- y correr a la par con ella; organizar la instrucción y dar clase teórica. Iríamos a Rostrogordo para despliegue en guerrilla por la mañana. Me asignaron el mando del primer pelotón de la tercera sección de fusiles de la compañía, que lo integraban dos escuadras compuestas cada una por 4 soldados y un cabo, es decir, 10 hombres. Los otros dos pelotones de la 3ª sección los mandaban Pedro y Jerónimo. La prueba fuerte vendría al hacer servicio “de semana”, estar al frente de la compañía durante una semana para todo y responder de su buen funcionamiento ante el oficial de semana. Este servicio lo haríamos indistintamente sargentos y cabos primeros.

10 de octubre de 1975. Rostrogordo. Con Jerónimo Orzáiz durante un descanso tras el despliegue en guerrillas.

Pues llegó “el día siguiente”.  Acompañé a la compañía durante la clase de gimnasia, que no fue más que una tabla. Después, “orden cerrado”, en que los soldados recibieron del teniente Molina enseñanzas de cómo realizar el “cuerpo a tierra”, “a cubierta”, avanzar reptando y a lo gato, disparar en posición de tumbado y andando en cuclillas. Después cada mando, con un pelotón de 5 hombres, les repasamos cada movimiento, y así tuve la oportunidad de estrenarme con la tropa, de momento sin problemas. Después de esto, hubo teórica de combate y descripción de la granada de fusil. Iba en aumento el entrenamiento, que -a juicio general- no era tanto por el peligro de Marruecos, que no preocupaba demasiado, sino por la supuesta transición política que se avecinaba.

Por la tarde estaba haciendo presencia en la teórica que daba el teniente Velasco al II Tabor, cuando nuestro nuevo teniente, Molina, nos llamó a un aparte a los primeros y estuvimos charlando amigablemente sobre cosas sin importancia de la compañía. Fui conociéndole más de cerca. Era muy bruto en su expresión, pero competente, de Academia General, joven, y muy humano, aunque un poco alocado, que había elegido la profesión de militar “porque en el Ejército estaba todo escrito”. Nos explicó cómo en la 7ª nada se compraba, porque había poco dinero, y que a lo que se necesitaba y se veía suelto por ahí se le ponía ruedas inmediatamente con dirección a la 7ª. Así que nos ordenó buscar madera por ahí para hacer cinco cuchillos de los llamados de “instrucción” para hacer ensayos de lucha individual, y para fabricar unos mosquetones que debidamente forrados de hierro sirvieran para el mismo fin. También tendríamos que hacernos con herramientas, cuero, barras, somieres y todo lo que nos fuera de utilidad. Así, que tras fisgar un poco, me largué con un soldado, abrimos un cofre abandonado entre escombros y sacamos de él dos picos y una pala, que llevamos a la 7ª como si nos hubiera dado orden de cogerlos. A continuación ordené al furriel que los lijase y pintara, de modo que serían ya “nuestros” picos y palas. Sostenía el teniente que todo lo que había en el Grupo era para nosotros y del Ejército. No le parecía mal actuar así. No resultaba extraño, pues, que en la nueva compañía hubiera verdaderos rateros y, según él, para que no se robasen entre sí era mejor que vertiesen sus aficiones al exterior, por lo menos redundaría en beneficio común.

Me tenía que ir haciendo al modo de entrenar de la 7ª, compañía de choque. Aquí a los soldados se les enseñaba a desplegarse en guerrillas y avanzar cuerpo a tierra por los pedregales de Rostrogordo, el manejo de todas las armas posibles, la trepa, carrera con equipo, montar y desmontar de jeeps en marcha y a picar trincheras en la Purísima. Se estaba adiestrando a los nuevos en todas estas cosas. A mí se me asignó el mando del primer pelotón (8 soldados novatos y 2 cabos veteranos) de la 3ª sección de encuadramiento de la compañía y con ellos empecé a practicar la guerrilla en Rostrogordo. Uno de los días se nos ordenó planear un despliegue con las dos escuadras abiertas en abanico, alternativamente, a saltos, siempre cubriendo el avance de una escuadra con la segunda apostada. Los cabos habían numerado a sus hombres, y les ordenaban saltar cambiando la numeración a cada salto, para despistar al enemigo hipotético. Me ocupaba de corregir los posibles fallos, mientras el teniente y el capitán observaban desde un punto dominante. Así, durante tres cuartos de hora con un sol de justicia. Después, a paso ligero, nos volvimos a reunir y regresamos al cuartel. Muchos veteranos hacían de cabos e incluso de cabos primeros, accidentalmente, en los despliegues, ante la carestía de mandos, y sabían más que yo de cómo lanzarse al suelo o cómo actuar en caso de ser sorprendidos por el enemigo a la espalda o por una amenaza aérea. Las formaciones eran casi siempre a la carrera y con el arma en prevengan. Había en la compañía 120 hombres (de ellos sólo dos universitarios y 45 acudían a extensión cultural, es decir carecían de los estudios mínimos) y dos mulos (uno canelo y otro moreno), que también estaría bajo mi responsabilidad alimentarles correctamente, de forma que debía visitar las cuadras tres veces al día (7,45 y 12,45 de la mañana, y 9,45 de la noche) para que se les repartiera el pienso y diera de beber agua,  y a continuación presentarle las novedades[34] de la distribución al Oficial de Semana.

En los seis meses transcurridos en la línea fronteriza, la 7ª había recibido un buen entrenamiento (el mejor del Grupo), pero tratada con dureza estaba quemada y en consecuencia era indisciplinada. En compensación, les permitían tener sus propias reglas, el uso de pornografía, la borrachera y el robo en tanto no atentase contra el personal de la compañía. La droga estaba prohibida pero aún así se sabía que varios la fumaban y tenían. Estas circunstancias quizás pudieran tolerarse en la vigilancia de la frontera -no sé hasta que punto- pero reinsertados en la vida ordinaria del cuartel tenían que adaptarse a las normas vigentes. Y no iba a ser fácil para mí ejercer de cabo primero bisoño.

Pronto comencé a experimentar la amargura del mando. Así se lo explicaba a María, que ejercía de “paño de lágrimas”:

“Ayer noche tuve problemas con eso que se llama mando. Es una compañía dura pero indisciplinada, sólo con decirte que tenemos una banda de rateros mandada por uno que se hace llamar “El Padrino”, o “Corleone”, que estuvo varios años en el penal de Ocaña, lo comprenderás. Están habituados a armar jaleo después del toque de silencio, y la compañía va mal en cuestión de orden interior. Mucha guerrilla y barrigazo en el campo, pero suciedad en lavabos y escasez de material, pornografía y droga (porque la hay y estamos advertidos por el teniente Molina), robo, indisciplina etc… Unas circunstancias difíciles que exigirán de nosotros los primeros una acción constante, sin reprimir, pero sin dejarnos avasallar. Estoy disgustado desde ayer, pues aún a las 12 de la noche (a las 10 es toque de “silencio”) continuaban las “vueltas”, carreras, engomados de bigote… protagonizados en parte por dos primeros, Camisón y Sáez. Esto empezaba a ser intolerable. La gente ve hacerlo a los cabos primeros, y luego se desmandan. Comprende cómo es esto. He ido a caer en la peor compañía. Pero eso no es lo peor, sino la pasividad de mis compañeros, la falta de agallas, el desentendimiento de los problemas. Veo que el distanciamiento con los soldados es necesario si se quiere mandar bien. ¿Cómo poder exigir cuentas a un soldado al que has estado pasando el brazo por el hombro momentos antes? Siempre hay chicos a los que puedes dar más confianza, pero porque se la ganan. En general no puede ser así, y empiezo a notar que si quiero mandar con honradez deberé elegir la soledad y pocos me comprenderán. Me esfuerzo en ejercer el mando con discreción pero con fuerza, y, sobre todo, tu que me conoces, sabes que hay situaciones que no tolero, cuando veo que atentan claramente contra una serie de principios. En muchas ocasiones hago la vista gorda porque son mis compañeros y sé que es la mili, pero porque también no estoy de semana o no soy el directamente responsable, y no quiero entrometerme en lo de otros. A estos les han dado mucha cuerda en la frontera. Ayer en retreta, cuando todos iban calzados con botas, uno iba en chancletas. Le llamé la atención, pero no quise pasar de ahí. A otro que se reía mientras el teniente Molina les chorreaba[35] por haber formado tarde, le llamé a un aparte y le hice ver que su actitud no era la correcta. Le podía haber llamado la atención en presencia del teniente, y este le hubiera propinado un buen arresto. Así se lo dije, para que comprendiera mejor mi actitud. Todos estamos acostumbrados a culpar al mando y no tratamos de comprenderle, y el mando se porta de una u otra forma según lo haga con él la tropa. En fin, después de todo, acabo por pensar que este oficio me aportará experiencia”.

En compañía de Pedro Pérez Puertas y Miguel Conde Filella, 8 de diciembre de 1975

De vez en cuando nos hacíamos la ilusión de volver a la vida “sexy” vistiendo de civil en los ratos de ocio. Alquilamos un viejo piso en la calle Sagasta, número 74, cerca del Cementerio, por 1.000 pts. al mes compartido con los cabos primeros Orzáiz, Pérez Puertas, Conde, Camisón y Gardeazábal. Ni estaba amueblado, ni tenía agua ni disponía de luz. Servía simplemente para cambiarnos con la claridad que llegaba de la calle, y la ropa militar quedaba en el suelo, pues ni siquiera teníamos perchas donde colgarla. Vestir de civil, además de la comodidad, suponía no tener que saludar militarmente en una ciudad plagada de uniformes. Sorteábamos entre nosotros quién debía llevar el “llavín” del piso (tenía un palmo de longitud) y andábamos bromeando con el tema. En  cuanto te descuidabas,  Miguel Conde te la metía en el bolsillo. Ya con otro aspecto -aunque imagino que se adivinaría a distancia nuestro origen- salíamos a pasear, a merendar o al cine. En el paseo alegrábamos la vista. Para merendar visitamos todas las posibles tascas de la ciudad: El Manco, El Rudi, El Mesón, Casa París, El Caribe, La Marina, El Caracol, Los Taxis, Los Candiles (que tenía un palco desde donde poder escribir con tranquilidad), Bodegas Madrid, La Flor de Melilla (bar-ultramarinos) y un descubrimiento de Pedro que fue “la casa de la Sra. María”, una especie de ultramarinos donde se merendaba barato y se era bien recibido. Cuando queríamos mezclarnos con la “alta sociedad” melillense íbamos a la Cafetería California o al Hotel Residencia Ánfora, desde cuya terraza había bonitas vistas de Melilla. En cuanto a las salas de cine de la ciudad en ellas vimos de todo, buenas y malas películas, porque también valían para reírnos un rato. De las muy buenas recuerdo “Un verano del 42”, “El jardín de los Finzi Contini”, “El Don  ha muerto”, “Furtivos” y “La quimera de oro”. Siempre que salíamos juntos nos divertimos un rato. Vestidos de paisano por primera vez fuimos al Avenida a ver la película “El descenso hacia la muerte”, implicaciones psicológicas de un campeón de sky en medio de las competiciones europeas y olímpicas. Escasa en la presentación psicológica del héroe, pero muy buena a nivel técnico y fotográfico, sobre todo. Pasamos un rato muy bueno. Ellos decían que tenían frío, pero yo les contestaba con que aquello era producto de la nieve que veían en la pantalla. No se lo creían, pero yo ya había descubierto los secretos del cinematógrafo en las jornadas del salón Loyola de Pamplona.

Llegaban a Melilla los estrenos con bastante retraso con respecto a la Península y en cuanto al consumo cinematográfico de calidad me consideraba a pan y agua, por no decir a solo agua. Pasaba envidia viendo la cartelera de Pamplona en el periódico, y vivía de espaldas al séptimo arte.

Cuando ya le fui perdiendo el miedo a la 7ª compañía dije para mí:

“Voy soltándome y estoy contento. Ya voy conociendo a la gente y fijando apellidos. Trato de ganármela, aunque esto será cuestión de más de un día”.

Y el paso del tiempo, con su rutina diaria, marcó el ritmo de esa ganancia.

Un día de octubre me tocó acompañar a un grupo de soldados a picar pozos de tirador junto al Fuerte de la Purísima, cerca del cementerio marroquí, por donde pasaban de continuo los lugareños en sus burros, contemplando no muy lejos las maniobras de los artilleros españoles con sus jeeps, TOAS[36] y coches blindados; por la tarde el escribiente de la oficina, Vidal, nos explicó a Pedro y a mí cómo rellenar los partes de diana y retreta de la compañía estando de servicio “de semana” (para esto del orden de “semanas”, se seguía como procedimiento seguir el turno del más moderno al más antiguo de los cabos primeros, según puntuación del examen, y a continuación los sargentos); me estrené como instructor de clases teóricas explicando las Leyes Penales del Código de Justicia Militar, tomando como base unas fichas del Servicio de Alto Estado Mayor Central. Vimos los conceptos de delitos y faltas, tipos de penas, circunstancias eximentes, atenuantes y agravantes, traición, espionaje, tipos de delitos… y un largo etcétera. Procuraba repasar las explicaciones, no cansar, hacer preguntas salteadas, permitir fumar, y charlar en descansos de vez en cuando, hacer digresiones…; otra de las ocupaciones era mandar zafarrancho de limpieza a los soldados bajo mi mando para la inspección de los sábados; asistir a la instrucción era otra de mis obligaciones. Anotaba el 17 de octubre:

“A los nuevos, divididos en tres pelotones con a cada sargento y 2 primeros, se les enseñaban los movimientos de armas. Mejor dicho, se les hacía practicar, porque se supone ya lo saben del CIR, aunque están verdísimos. Esta vez ha llegado la tropa con un nivel mucho más bajo. Pues bien, el sargento moro Mohamed Hach Salam les gritaba y llegó a pegar a varios. Estaban tan atemorizados que cuando yo mandé saludar por tiempos y seguido, uno se quedó como petrificado, y por más que se lo repetía no actuaba. Tuve que acercarme a él y levantarle la mano hasta la frente. Eso me dio que pensar y lamento la situación. Melilla les asusta enormemente, más a los que tienen poca cultura o son analfabetos, y hay varios casos entre los últimos incorporados. En estas ocasiones, en que a 50 hombres se les dan órdenes respecto a movimientos de instrucción y al hacerlos están rodeados por 7 cabos primeros, 5 sargentos, 2 tenientes y en ocasiones el capitán, tan atemorizados como están, me ordenan tomar nombres para arrestarlos posteriormente. Yo los tomo, pero luego no doy parte al cabo cuartel, a no ser que me lo pida algún superior. Debo ser humano”.

Le explicaba a María en una de mis cartas:

“Sigo un poco de lejos las noticias políticas. He sabido por Radio Nacional las decisiones del informe de La Haya, en que hace desistir a Marruecos y Mauritania de sus reivindicaciones sobre el Sahara, y de la concentración de tropas en las fronteras del Sahara. Confiamos en que no pase nada, y creo nada debemos temer. No te preocupes, cariño, pues todos nos sentimos seguros aquí. Tenemos confianza en nosotros mismos”.

El lunes 20 de octubre cumplí 25 años. Lo celebré con mis compañeros de cuarto invitándoles  a una botella de “Cinzano”, y Jerónimo sacó una lata de espárragos de Mendigorría. Me agradecieron el detalle, y fue una manera sencilla pero entrañable de festejarlo.

Al día siguiente entré de guardia de prevención, la decimo sexta de mi Servicio, durante las 24 horas siguientes, y lo hice ya como cabo primero, con mayor responsabilidad pero más cómodamente en cuanto que eran los dos cabos quienes tenían a su cargo el relevar a los centinelas en sus puestos a lo largo del perímetro del acuartelamiento. Durante el día estuve en el puesto número 2, cerca del aparcamiento de oficiales y jefes, dentro de un cuarto cercano a cocheras que me permitía escribir y leer a ratos, sin descuidar la vigilancia del servicio, conectado con el puesto 1, en Prevención y entrada al cuartel. La banda ensayaba las notas con la molestia correspondiente. Oía cómo en el barracón de al lado Miguelcho le decía a un andaluz que a Melilla deberían venir sólo ellos, que obligación tenían de cuidar sus fronteras, que “nosotros los del norte ya nos cuidamos de los franceses”. Yo me reí a carcajadas y él -reconociéndome- me respondió de lejos, “¡a la orden mi primero!” y yo le contesté: “¡descanso y cubrirse!”. Para identificar al personal a la noche nos distribuyeron el santo, la seña y la contraseña del día: Donato, Denia y Detonador. A toque de silencio, los puestos de vigilancia se intercambiaron: yo bajé al puesto nº 1 -cuerpo de guardia- y el sargento de vigilancia allí subió  al nº 2. Ya en mi definitiva posición, una de mis obligaciones era recibir, si acudiese, a la ronda mayor, con el jefe de día a la cabeza, que ese día era un comandante del Regimiento Artillería 32, que pasaba inspección por los cuarteles y fuertes de la Plaza. Había que recibirla con la fuerza desplegada y con el fusil en “prevengan”, y pedirle la seña, darle el santo, y contestarle con la contraseña. Era una operación delicada, que exigía estar despierto en el caso de que se presentase, que no era seguro.

De madrugada, el teniente de guardia estaba roque en la sala de oficiales, con una media borrachera que le hizo tambalearse y como era de esperar cayó como fulminado. Eso significaba  que tendría que estar despierto toda la noche, pues la guardia quedaba a mi cargo con la consiguiente responsabilidad. El sargento de guardia, que había subido al puesto nº 2, también iba privado y mandó a un soldado en busca de un “cubata” para consumar el tono. La situación creada tenía su peligro, pues en esas circunstancias un militar podía meterte en el maco y al día siguiente no acordarse, y de ahí nadie te sacaría.

Iba despachando las patrullas conforme venían. Les pasaba revista de armas con la baqueta. Todo parecía en orden. Una pareja cogió el perro policía y al poco de salir el perro se les desmandó por un gato que pasó cerca y organizó un escándalo. Vino el cabo de la patrulla asustado por el perro (¡!), y el soldado, dando a entender que no querían llevarlo. Volvieron por donde vinieron pero, además, con el perro. Les expliqué que si por casualidad les saliera un moro con navaja, agradecerían no haberse despedido del perro. También se me presentaban los soldados o cabos primeros que no habían pasado retreta y les borraba su nombre del parte.

Un silencio sepulcral reinaba en el cuartel, sólo violado por el canto de los grillos. Los suboficiales estuvieron en la sala de al lado viendo la televisión hasta fin del programa, y a continuación regresaron de la calle varios con una red que les había servido para cazar pajaricos. Se distraían como podían.

Los chicos de la guardia permanecían sentados en sus bancos, dormitando, y cubiertos por una manta. Estaban cansados, pues llevaban un montón de horas de pie. Pensaba: “Dentro de nada voy a ser el único despierto, salvo los que están de puesto, que se les supone con los ojos bien abiertos”. Les veía desde una ventanilla que comunicaba mi habitáculo con el exterior, enfrente del cuarto del oficial de guardia igualmente dotado de una ventana.

Estuve despierto hasta las 4 o 5 de la madrugada y luego me quedé dormido leyendo la Gaceta Ilustrada. Dormité y me despertaba de vez en cuando con los brazos dormidos, pues no tenía apoyo para la cabeza y la descansaba en ellos. Al terminar la guardia, el oficial me tendió la mano. Nada más salir, tuve que marchar con la compañía a Rostrogordo, donde se les hizo a los nuevos regulares una prueba de fondo, de resistencia. Estuve con el sargento Rubio explicando el mortero del 81 mm. a una escuadra, hablando de sus características técnicas y tácticas, haciendo el apuntamiento del arma, pues del encuadramiento de ametralladoras me habían pasado al de morteros. Menos mal que el cansancio acumulado se compensó al compartir con la cuadrilla de navarros en el Hogar la merienda de una panceta frita al ajillo, que Eguaras había conseguido del cerdo que diariamente mataban en la granja del Grupo. Hogar que tuve que vigilar al día siguiente estando de servicio de vigilancia en él durante las horas de su apertura. Distraje algún dinerillo para meter en el sobre del Domund que nos pusieron en la mesa del cuarto de primeros.

La obsesión por lo militar que abarcaba toda mi existencia de entonces me hacía incluso explicar a mi novia por carta las características del armamento. Ahora que lo pienso, me digo: “¿qué le importarían a ella mis explicaciones?”.

Le contaba:

“Por la mañana -estábamos en el 24 de octubre- repasé con varias escuadras la teoría del mortero, sobre la superficie de Rostrogordo. Te extrañará que me dedique a cuestiones tan prácticas, pero voy dominando las armas. No quisiera darte teoría del mortero, pero se divide en tres partes: afuste, tubo y placa base. El afuste es un trípode que sostiene el tubo, y la placa base es articulada de forma que se fije bien al terreno y sobre ella se introduce el extremo inferior del tubo. El goniómetro sirve para medir el alcance del disparo así como para fijar la dirección del mismo y consta de deriva y ángulo de tiro, que regulan alcance y tiro mediante milésimas militares (milésima militar: ángulo a través del cual se ve un metro a 1.000 m). Se sujeta al collarino que abraza el tubo, desde el afuste. Hay tres calibres, 60, 81 y 120 mm. La 7ª utiliza los dos primeros. Es un arma utilizada contra personal, muy práctica, con gran capacidad de fuego y muy móvil. La explosión de la granada a más de causar muchas bajas desmoraliza al enemigo, pues tiene trayectoria curva, funciona generalmente por disparo indirecto (sobre objetivos no situados a la vista) (lo cual quiere decir que no se divisa el emplazamiento del arma, ni su dirección), y no tiene un disparo ruidoso. El enemigo recibe las granadas sin apercibirse de ellas, sin conocer su dirección. Es difícil protegerse de las explosiones pues llueven verticalmente sobre parapetos. Es un arma útil que permite disparar sobre enemigo, aunque nuestros compañeros avancen, debido a su trayectoria.

Mis explicaciones las siguen los soldados, aunque en lo técnico no estoy muy ducho, pero me defiendo. El entrenamiento se hace intenso y completo. Esta mañana en pocas pero apretadas horas, todo el II Tabor ha hecho prácticas de fusilería y de manejo teórico de morteros del 60 y 80 mm, de lanzagranadas y cañones sin retroceso. Los ratos libres se empleaban en avances a la guerrilla. Puedo asegurarte que estamos bien preparados. Mi encuadramiento irá rotando, de modo que pasaré luego a lanzagranadas, cañones, ametralladoras… En la 2ª estuve en ametralladoras medias y disparé con ellas. El modelo MG 2, alemán, lo conozco bien.

Bajó todo el II Tabor desde Cabrerizas Altas, y a pesar de que la gente está acostumbrada a esta clase de desfiles, los niños corrían a nuestro encuentro, y me hizo reír un niño que llegó corriendo y todo satisfecho se cuadró ante nosotros y nos saludó militarmente”.

El entrenamiento y las medidas de seguridad crecían, pensábamos que en caso de conflicto con Marruecos nos congelarían el permiso, pero yo lo relativizaba pensando en las necesidades de mi país. Más nos preocupaba el tema de la sucesión política en España que el posible conflicto con Marruecos, estábamos seguros de que se arreglarían mediante la diplomacia. Seguíamos las noticias por Radio Nacional, ya que yo recibía los periódicos del día con retraso. Corría el rumor de que en la Península las tropas estaban acuarteladas. En la Misa del domingo 26 de octubre el páter nos pidió que rezáramos por el Jefe del Estado.

En mi nuevo empleo militar, aunque de clase de tropa, era mayor mi responsabilidad y aunque no me gustase arrestar a compañeros, debía hacerlo si el caso lo requería. Explicaba a María:

“Esta tarde he tenido que arrestar al puerta por abandonar su servicio, con el agravante de que tenía que cuidar las armas y munición depositadas enfrente suya y dispuestas para recoger el retén en caso de formar. El caso requiere ponérselo en conocimiento del oficial de semana, pero yo -por delante- le he arrestado a repetir mañana el servicio y a cuatro días de compañía, para evitar que el oficial le añada un arresto mayor. Puede tener hasta calabozo y quiero impedirlo, sobre todo porque es de los nuevos. Si al oficial le parece poco puede aumentar los días a 8, pero cuento con el efecto psicológico que le pueda producir mi arresto preventivo. Por el contrario, si yo le arresto a 8 días, puede que el oficial le arreste a prevención o calabozo, con un mínimo de 14 días. Para obrar limpiamente y con justicia acabo de llamar al interesado, le he hecho sentar en el cuarto y le he expuesto con tranquilidad lo que pienso de su caso. Él ha comprendido y yo me he quedado tranquilo de haberle hablado y de habernos entendido. Los militares obrarán de otra manera pero yo no me siento militar a tal punto. Para mí es un problema humano el que se plantea, y recuerdo que tu deseas me porte con corrección en todo momento. He estado toda la tarde dándole vueltas al problema, pero tengo una responsabilidad que llevar adelante. Creo que todo se va a arreglar”.

Y es que en ocasiones arrestar era inevitable. La compañía iba muy mal en cuestiones de régimen interior. Sin embargo había buenos chavales. Procuraba simpatizar con todos sin perjuicio del sano respeto. Procuraba antes de echar la bronca, razonarlo con el interesado (ser “graciable en el mando” como decían las Ordenanzas) Pero había otros verdadera “carne de arresto”, a los que no se les podía perdonar. Por ejemplo, sucedió una noche que a un chaval le mojaron la cama con aceite, y le echaron sal y sosa. Eso ya me parecía demasiado. Si llego a coger al elemento causante la paga.

Vista aérea de las islas Chafarinas. Fuente: www.dicyt.com

Terminé el mes de octubre con la invitación del brigada Rivas para acudir a las islas Chafarinas bajo la jurisdicción de Regulares nº 2. Le correspondía ir al cabo primero más moderno disponible, que era yo, porque había que sustituir a Janeiro, cabo primero de nuestra compañía que estaba de permiso. La “invitación” me cayó como una bomba, pero accedió a que, puestos de acuerdo, acudiera uno en representación de los presentes y el bueno de Jerónimo Orzáiz se ofreció para ir en mi lugar. Acudir destacado a las islas suponía estar varias semanas sin apenas contacto con el exterior, sin recibir cartas de mi novia ni enviar las mías con una regularidad, pues el único contacto con el exterior era el de un barco quincenal que hacía el trayecto con Melilla. Jerónimo dijo que él no tenía novia y no le importaba no recibir cartas ni el que las recibieran en su casa a diario. Allá marchó en mi lugar, con la aquiescencia del brigada, por lo que siempre le estaré agradecido. La mayoría de los vascos de Regulares 2 estaban allí.

Las islas Chafarinas, Plaza de Soberanía Española, constituyen un pequeño archipiélago formado por tres islas de origen volcánico e interés natural -Isla del Congreso (que sirvió de presidio en el pasado), Isla de Isabel II e Isla del Rey Francisco, el consorte de la reina- situado al sur de la península ibérica en la zona meridional del mar de Alborán frente a la costa de Marruecos de la que dista 1,9 millas náuticas (3,52 kilómetros) Pertenecen a España desde el 6 de enero de 1848, día en que fueron ocupadas por la expedición al mando del general Serrano, bajo el reinado de Isabel II, atraído por su importancia estratégica como un apoyo a la comunicación entre Melilla y la península. Hasta entonces habían sido tierra de nadie. De ellas la isla Isabell II ha sido habitada por una pequeña guarnición del Grupo de Fuerzas Regulares de Infantería Melilla nº 2, a los que sucedió la Legión años después, y por una pequeña representación civil del Estado. Lo cierto es que la pequeña guarnición vivía con mayor libertad que en el cuartel de Santiago y la vida constreñida al escaso espacio existente resultaba muy sacrificada para sus moradores que solían regresar a Melilla “algo tocados psicológicamente” (se les conocía como “gaviotos”) con el peligro de caer fácilmente en la bebida.

A media tarde del 6 de noviembre marchó Jerónimo a Chafarinas. Le di un apretado saludo de manos. Más tarde, cuando miré su taquilla y vi los rastros de su paso por ella, me dio pena verle marchar. Eran condicionamientos de este Servicio. Aún me dijo que tal vez no cogiera el permiso pensando que si marchaba con él, tal vez me obligasen a ir a las islas. Sin embargo la suerte le sonrió pues su tiempo allí destacado sería corto y el turno entre cabos primeros pasó a otra compañía, de modo que me libré definitivamente de la pesadilla de Chafarinas.

Se precipitan los acontecimientos

El 1 de noviembre, festividad de Todos los Santos, oí misa en el comedor, a donde conduje la compañía a paso ordinario y vestidos de paseo. Si en muchas ocasiones no me gustaron las homilías del páter, la de este día fue lo contrario, porque habló de la santidad, que en sus palabras no equivalía a la beatitud, sino a la facultad de ser justo a cada momento, de lanzar un reto a los problemas y reaccionar ante ellos positivamente. Me sentí a gusto, pero no llegué a comulgar, porque precisaba de un cierto ambiente recogido y sincero para hacerlo, que no tenía, y esperaba recuperar en la vida civil. Al día siguiente, conmemoración de los Fieles Difuntos, terminaba mi primera semana de servicio como cabo primero y me hice el propósito de visitar el cementerio, como había sido mi costumbre en Navarra, atrayendo a mis amigos por la ocasión única que se presentaba de conocerlo, en todo su colorismo, donde reposaban los restos de los españoles que cayeron en la guerra de Marruecos.

Buscaba también relajarme tras una difícil semana, durante la cual me ocupé de la vida interior de mi compañía, de pasar las listas de diana y retreta, de dar los partes y novedades, de conducir a los míos a duchas y comidas, de imponer orden y respeto. Esto último no fue fácil y tuve que recurrir al arresto en varias ocasiones, al mismísimo Corleone en persona y a su “primer ayudante de campo”, porque montaron un escándalo a las 4,30 de la madrugada. El arresto les supuso quedarse sin puente, pero no tuve más remedio que hacerlo porque, incluso, parte de la compañía protestó contra ellos. Procuraba, al llegar a estos extremos, no hacer distinciones con nadie. También estaba en juego mi responsabilidad, porque yo tampoco me libré de varias broncas de los superiores, partiendo del hecho de que aquí la amabilidad no existía y todo se exigía a gritos.

Puerta de entrada al cementerio de la Purísima Concepción.

Mausoleo del regimiento de Artillería.

El cementerio de Melilla lleva el nombre de la Purísima Concepción. Data de 1892, aunque recoge restos más antiguos procedentes del cementerio de San Carlos y de los enterramientos del cementerio de la Tahona y de la Iglesia de la ciudad vieja. Vinculado a la historia de Melilla, sus patios son un museo al aire libre que permite realizar una visita a sus principales personajes, instituciones y hechos históricos. En él están algunos de los restos de los soldados, oficiales y jefes muertos por España en las diversas pacificaciones de Marruecos y es considerado por ello como cementerio nacional de héroes. Descansan en los panteones que posee cada Cuerpo, los más vistosos y cuidados son los de Regulares, Infantería Melilla 2 y Alhucemas 5. Son construcciones que recuerdan al tipo de mastaba egipcio, pero con una indudable presencia de elementos morunos, aunque de estilo moderno. Los días 1 y 2 de noviembre montan guardia ante ellos los soldados de su Regimiento, en posición de firmes. Todas las tumbas son de color blanco, bien debido a sus lápidas de mármol o porque han sido blanqueados a conciencia. Parte del cementerio se halla sobre el acantilado que da al mar, y su presencia invitaba a la reflexión. Llamaba la atención un apartado donde se encuentran las tumbas de los niños que murieron en alguna epidemia de la que se oía comentar. Son pequeños sepulcritos, cuidados con amor, perfectamente blanqueados y adornados, algunos, con esculturas. Pero lo más magnífico del conjunto es el mausoleo de Artillería, subido en una altura, con la enorme escultura en bronce de un ángel con las dos alas desplegadas, que recortan su silueta ante el mar. El día, lleno de luz otoñal, con un cielo hermosísimamente azul, aunque distinto al del Norte, daba una dimensión gloriosa al conjunto.

En Melilla redescubrí la belleza del lugar de la mano de María cuando vino a visitarme. Aunque esteta -¡quien no!- estaba un tanto aturullado por el día a día castrense. La tranquilidad que me iban aportando los meses de mili ya vencidos me permitía un mayor goce estético. Se divisaban bien las montañas de Argelia y hasta los tres peñones de Chafarinas, que en día claro como ayer se veían perfectamente desde la explanada de Rostrogordo. La Mar Chica, que está más allá de la playa de oficiales, yendo al Balneario, se divisaba a lo lejos con su fino tómbolo, entre las poblaciones de Nador, Beni Enzar y Karia Arkemán. El sol nítido, que se había despertado con el otoño, se reflejaba en las aguas. Era precioso.

Le expliqué a María en la carta de ese día:

“Me afecta un poco la noticia del asesinato de Pasolini, director de cine italiano, un hombre enemigo de la violencia, violentamente apaleado. ¡Qué horror!. Días atrás mataron los terroristas por error a un eminente investigador del cáncer británico. Ya no se sabe a dónde va el mundo, parece que nos volvemos locos, que todo el mundo es enfermo mental. Por eso valoro y comprendo mejor el amor. El amor lo es todo para mí: amor omnia, rezaba el epitafio de la lápida de Gertrud, una mujer del universo de Dreyer (el cineasta danés) que consagró su vida entera al amor, hasta su muerte. Este Día de Difuntos obliga a la meditación”.

Noviembre iba a ser un mes lleno de acontecimientos para el devenir de España. Me volcaba en leer la prensa recibida y en escuchar Radio Nacional, pues tenía conciencia de vivir momentos históricos y no era cuestión de dejarlos pasar inadvertidos. En mis cartas a la familia trataba de tranquilizarles con respecto a la situación tensa que se vivía con Marruecos. Les insistía en que en Melilla la situación era normal -pese a estar alerta- y que el Sahara estaba bien guarnecido por las tropas españolas, que la “marcha verde” se iba a engullir a sí misma e incluso podría terminar con su engendrador, el rey alauita. Me comentaron, una vez pasadas las circunstancias del momento que, de haberse producido un enfrentamiento bélico en el Sahara, el plan establecido por la Comandancia Militar de Melilla consistía en avanzar hacia el interior de Marruecos para tomar posiciones más allá del monte Gurugú, desde donde los marroquíes podrían dominar con su fuego la ciudad constreñida contra el mar.

Mi postura ante el Ejército me había hecho cambiar en una serie de puntos, sobre todo en lo concerniente a valores trascendentales como el patriotismo, virtud poco generalizada o no comprendida por los jóvenes. Tal vez por ver las orejas al lobo (circunstancia que sólo podíamos apreciar los que cumplimos en África), me atreví a meditar sobre aspectos que no creía de importancia. Aquí se nos decía que servíamos a España, que la debíamos defender, que velábamos por la paz, y nos encorajinaba la amenaza marroquí y si por ello hubiera habido necesidad de echarse al monte lo hubiéramos hecho. No parecía que esa fuera la cuestión pero se presentaba como una posibilidad. ¿Espíritu militar, prusianismo? Suponía descubrir valores ocultos.

El viernes 7 de noviembre se tomaron fuertes medidas, comenzando por los permisos del soldado que se anularon hasta ver cómo evolucionaba la situación del Sahara.

Se lo explicaba a mi familia en estos términos:

“Hoy a las 3 de la mañana sin dar ya nos despertaban a los cabos primeros y a las 6 de la mañana salíamos para la frontera las 7ª y 8ª compañías al completo, armadas con todo, yo al frente de un pelotón, dos escuadras de cuatro soldados y dos cabos, a la sazón soldados veteranos y capaces de mandar, pues en la 7ª hay escasez de mandos, todos dotados de armamento individual, aunque en mi pelotón no se repartieron granadas, y una ametralladora ligera. Pronto hallamos un buen asentamiento desde donde cubríamos una amplia zona, con la MG desde la carretera que lleva a Zoco el Had, y luego la de Farhana que conduce al puesto fronterizo, a más de un amplio terreno casi hasta el Sidi. Los moros, que ya se sienten acostumbrados a estos despliegues, recogían la aceituna de los olivos como si tal cosa. No obstante no dejaban de hablar en su idioma, por lo que deduzco que estaban preocupados.

Luego nos movimos de posición hasta unas chumberas próximas a la frontera, a unos 25 m. de las alambradas, en donde me situé y pasé un buen rato mirando las casas vecinas. Más tarde, nos trasladamos a otra posición más cercana a la frontera que lleva a Zoco el Had. Mis hombres cavaron pozos de tirador, donde se apostaron, y yo me metí con otro chaval en una especie de trinchera natural. Los hombricos pasaban por la carretera próxima, montados en sus asnos, de camino o vuelta del mercado, azuzándoles con un palo, diciéndoles en chelja “¡arrià!”, que será el “¡arre burro!” de nuestra tierra.

Al otro lado de las alambradas apenas se ven hombres jóvenes -y sí muchas mujeres, niños y viejos- porque han acudido obligados a Tarfaya para participar en la Marcha Verde. La semana pasada, hará unos diez días, llevaron 60 camiones de lugareños. Es de suponer que las grandes masas que participan en la Marcha provendrán del campo, pues en las ciudades se habrán escaqueado los hombres en mayor número. En cambio, aquí, la gente es pobre y se les ha reclutado en nombre del rey, al que temen y adoran, pero del que dependen económicamente, y no pueden negarse a sus órdenes. Así tiene de tiranizado a su pueblo Hassán. De Melilla también marcharon unos camiones, aunque por supuesto solapadamente. En Melilla y zona de Nador (1ª población de alguna importancia más cercana a España), Hassán tiene muchos odios y no se atreve a acercarse a ella, porque los moros echan pestes de él.

Cubrimos toda la frontera de Melilla, partiendo desde el Tercio Gran Capitán (Zona de Cabrerizas Altas y Rostrogordo), los pasos fronterizos y aduanas (7ª y 8ª compañías de Regulares 2), explanadas del Fuerte de la Purísima Concepción (Sidi-Guariach) con la 1ª de nuestro Grupo y de aquí hasta la Logística – Hípica Militar, cubierta por destacamentos de Artillería, Caballería e Ingenieros. Los de Regulares 5 también debieron salir, y toda la zona era recorrida por vehículos blindados y lands-rovers con cañones sin retroceso. La frontera estaba tranquila, pero la operación tenía como fin -aparte el psicológico de impresionar a los nativos- comprobar la rapidez del copo y la efectividad de las fuerzas. Según dijeron, en Ceuta se había procedido de la misma manera, y -como sabéis- en el Sáhara esto ya es normal desde hace tiempo. Por otro lado, la frontera de Argelia con Marruecos ha sido reforzada igualmente, de modo que Marruecos está amenazado por todas partes.

A las 12 del mediodía del viernes regresábamos para el cuartel, siendo reemplazados por fuerzas de Artillería. Ahora permanecen las cosas tranquilas y, como era de esperar, la Marcha Verde se ha estancado. La gente nos miraba con curiosidad, porque hay una preocupación lógica en los melillenses, saben que el hostigamiento marroquí seguirá y que más tarde o temprano los moros centrarán sus pretensiones en las plazas de soberanía”.

No quedaron así las cosas. El lunes 10 llovió sobre mojado. Me refiero a que siguieron bregándonos a los Regulares 2. Así lo explicaba a mis padres:

“Esta mañana hemos subido a Rostrogordo con un sol maravilloso, pero que nos ha hecho sudar al punto de caer espesos goterones por la cara. Aún estando la 7ª de retén y no pudiendo salir del recinto de este cuartel, como somos muy originales, hemos salido hasta Rostrogordo a buena marcha, para hacer allí avances en guerrilla, en cuña directa e inversa, corriendo a saltos de 50 m hasta el agotamiento. Los cabos primeros no hemos sido excepción y teníamos que correr en cabeza, poniendo atención en ordenar a los cabos que controlasen el avance de sus escuadras. A la voz de ¡a tierra! había que lanzarse al suelo en plancha. Tengo las manos golpeadas y despellejadas, el uniforme rojo de la arena. En fin, en pleno noviembre, cuando en Pamplona hace verdadero frío, sudábamos nosotros a chorro, respirando el polvo del suelo y tropezando con las piedras. Como los mandos buscan la completa perfección y ésta raramente se encuentra, me han llovido las broncas, hasta el punto de que he bajado al cuartel sin ganas de hablar con nadie. Teníais que oír los comentarios de la compañía a esta actitud de los mandos en que seamos la 7ª modelo de rudeza para todo. Somos la peor compañía, porque a juicio general y sin ambages, “estamos puteados al máximo”. Allí mismo, en la explanada de Rostrogordo, la Legión hacía sus ejercicios y seguían las explicaciones “confortablemente” sentados en el suelo. No sé, me parece que en bastantes cosas nuestro régimen de vida es bastante peor al Tercio. De todos modos lo que cuenta es el paso del tiempo y éste no perdona. Un muchacho se desmayó en formación y no es de extrañar, pues la alimentación es muy escasa para el ejercicio que se nos pide. Luego no hay quien domine el descontento de la tropa y la papeleta difícil del control nos es adjudicada a los cabos primeros”.

El martes me tocó pasear los mulos de la compañía. Me lo encomendó el brigada Rivas, con su habitual sonrisa, pues “este trabajito” me correspondía por ser el primero más moderno, aunque yo no sabía nada de mulos pero sí había oído hablar de su terco comportamiento y los imaginaba resabiados por “la mili” que llevaban encima. Me acompañó un maestro de Puente la Reina -Luis Azcona- que de mulos no sabía nada, pero las bestias, ante mi sorpresa, se portaron dócilmente llevadas del ramal. Fuimos por la carretera hasta la M – 1, destacamento de Artillería más allá de Rostrogordo, y -lo que son las cosas- el paseo nos sirvió para iniciar una amistad  que aún perdura.

Fue una tranquilidad para nosotros que se retirara la Marcha Verde. Desapareció la tensión, aunque estábamos sin información clara de las negociaciones llevadas entre España y Marruecos, y en concreto por qué el ministro Carro reemplazó a Solís en las negociaciones y otros asuntos. Estaba de acuerdo con María en que la visita del Príncipe al Aaiún fue una buena maniobra política. Yo seguía las actuaciones del Príncipe en espera de ver en él algo más de lo que contaban los chistes. Interesaba -como sostenía mi padre y en esto coincidía con él- el bienestar nacional por encima de los particularismos. Si Juan Carlos trajera paz, progreso y participación para el Pueblo Español, estaría con él. Decía mi hermano José Ángel que mis cartas eran patrióticas. Más bien creo que eran sinceras y apasionadas.Una carta me llegó abierta (hecho que ya se había producido y se repetiría más adelante) Los de  furrielería, encargados de recoger el correo, me la enseñaron, diciéndome que ellos no se hacían responsables, que así la habían recibido. Fui a reclamar al sargento primero responsable del correo, ya un poco molesto y dispuesto a exigir responsabilidades, si las hubiere. Pero hablando con él, nos dimos cuenta de lo que pasaba, que debió ser abierta por su lado derecho en Pamplona, pues luego se selló y el sello cogió también la solapa lateral, por lo cual, de haber sido manipulada en Melilla, no tendría por qué estar sellada la dicha solapa. Puede que hubiera pasado lo mismo con la anterior. Me pareció, pues, que las abrían o las retenían (cuando se retrasaban) en Pamplona. Puede que buscaran en su interior dinero o sellos, pues estaba prohibido enviarlos por este medio, ya que las cartas que me escribía María eran tan gruesas que inducían a pensar en ello.  Estas dos cartas abiertas no daban la sensación de haber sido leídas, pues las hojas estaban perfectamente dobladas y en orden. Era cierto que existía un control militar sobre las cartas pero esta práctica exigía el que -después de abiertas o leídas- se pusiese un cuño militar sobre el sobre. El sargento primero me dijo que en tales ocasiones reclamara, que obraría bien al hacerlo. No obstante, recomendé a María que en adelante cambiara los sobres americanos (fáciles de abrir) por los clásicos, más seguros.

El tiempo, en noviembre, era tacaño en lluvia pero generoso en cuanto al viento, fuera el húmedo del mar hacia tierra o del interior hacia él, con el llamado siroco, que noche y día soplaba con fuerza batiendo puertas y ventanas, e impedía que las clases teóricas pudieran hacerse al exterior, ya que  traía del desierto gran cantidad de arena, que cegaba los ojos. El suelo de la compañía se llenaba de polvo. Los nubarrones se sucedían, completamente oscuros, pero apenas caían unos chubascos rápidos y con fuerza. El frío ya se dejaba sentir algo, y el jersey que nos habían repartido, áspero pero entallado, puesto sobre el uniforme de invierno, nos protegía de él. Incluso era difícil ver con nitidez el Gurugú, ahora casi completamente cubierto de una gran nube polvorienta que, al mismo tiempo, agitaba sin piedad las palmeras. En el foso de arena del polideportivo sólo quedaban las piedras de su base. Se la había llevado el siroco y todos estábamos algo “asirocados”.

Ya reincorporado al cuartel tras su permiso, el teniente Molina nos convocó para explicarnos el plan conjunto que los mandos de la compañía habían forjado para nosotros “humildes cabos primeros”. Nos habían preparado un curso de iniciación guerrera, de modo que los días que no tocase instrucción tendríamos de 9 a 12, con la sola interrupción de media hora para tomar el bocadillo, clases de topografía, tiro, táctica, armamento, orden interior y contabilidad, o sea, tal como él sostuvo, entre los tres tenientes nos darían en dos meses los conocimientos que ellos habían recibido en cuatro de Academia General Militar, bien condensados, para ser perfectos hombres de guerra, militares de vocación. No sólo íbamos a conocer el armamento de Tierra, sino el común a otras Armas, e incluso el material empleado por los marroquíes. Este era el plan, que venía a perturbarnos las escasas horas de descanso que teníamos. “A lo mejor me reengancho”, pensaba para mis adentros. La adaptación se ponía a prueba. Parece que no fue casual la pesadilla que tuve esa noche: se acercaba el verdugo y me mataba a hachazos, pero no podía acabar conmigo del primer golpe, ni del segundo, ni del tercero, por lo menos me dio en el cuello seis hachazos. ¡Debía tener el cuello duro! Tenía que pasar por muchas cosas en el cuartel, la vida era completamente distinta, imponía unos condicionamientos absolutos, me parecía que más radicales que en cualquier acuartelamiento de la Península. ¿Quién me iba a decir a mí, acostumbrado a estar entre libros en la vida civil, que unos meses más tarde estaría explicando a unos soldados el funcionamiento de una pistola STAR de 9 mm largo, vigilado por un teniente del ejército y no por un profesor universitario, enumerando sus seguros de aleta, de cargador, de percutor, de corredera, de final de carga, uno a uno, expresando cómo bloquear el arma?

Jueves 20 de noviembre. Nos despertaron a diana varias salvas de cañón, que me hicieron pensar de inmediato en algo raro. El Jefe del Estado había muerto. Durante la mañana se repitieron las salvas, la bandera permaneció a media asta. Ese día tocaba retén, pero la preparación para el desfile que debíamos hacer el viernes en Rostrogordo -como compañía de honores para despedir a un general- se suspendió. No sabíamos si se suprimirían los partidos  del torneo por la fiesta de la Patrona, que debían ser pasado mañana a las 11,15. Así es que estábamos pendientes de lo que nos ordenaran hacer. A las 10,30 llegó el oficial de semana explicando que podíamos ver la televisión y las noticias que estaban dando de Franco.

Pensaba:

“Realmente ha sido muy triste su final, así como el mensaje de Arias a la Nación, que acabamos de escuchar en Radio Nacional a las 10. Estas horas no se pueden vivir de otra forma que con un profundo respeto. A nosotros nos ha tocado vivir unos días de tensión: la muerte de terroristas, la protesta internacional, la enfermedad de Franco y la transmisión de poderes, la tensión militar y diplomática por la cuestión del Sahara. Desde hace años, conforme se me acercaba la hora de venir al Servicio, me preocupaba que llegara este momento y me cogiera en filas. Ahora, en que ya me ha tocado pasarlo, doy gracias a Dios de que todo se haya cumplido en orden, de que la preocupación haya casi desaparecido”.

Continuaba:

“El día sirve un poco para mí para reflexionar sobre la jefatura de Franco, un hombre controvertido como pocos, de los viejos políticos de Europa, y que así pasará a la Historia, que será la suprema juez de sus intenciones. Pero Franco, con todo lo que se ha dicho sobre él, y como señalan los medios de difusión, frenó el comunismo en Occidente y prohibió su entrada en España, la defendió de la caída en la Segunda Guerra Mundial y la ha levantado de la miseria. Esto no se puede olvidar, aunque otras cosas sean muy discutibles. Como ha dicho Sánchez Albornoz en Radio Nacional y desde Argentina, la Historia es quien ha de juzgarle”.

El sábado 22, a las 15,30 se celebró Misa para todo el Grupo en el Patio de Armas por Franco. El páter glosó la figura espiritual de Franco, pero pensaba igual que Pedro en el sentido de que se le vio un poco su corte gubernamental. Seguían las salvas de artillería con su cadencia establecida (ahora acababan de dar las de las 4,30) Aún me dio tiempo de oír el discurso de Juan Carlos I a la nación. Decía para mis adentros: “Que Dios le dé mando y buen hacer, será para bien de todos”.

Desde entonces, con la sola interrupción de las horas de silencio, sonaban ininterrumpidamente los cañonazos, uno cada 15 minutos, hasta el momento previsto en que fuera inhumado el cadáver de Franco. Entonces se dispararían tres tandas de a 21 disparos cada una, según lo marcaba el régimen militar interior. La bandera permanecía a media asta y por las calles se veían colgaduras con crespones más una bandera negra en el balcón del Ayuntamiento, la gente se arremolinaba ante los televisores en color en los escaparates de los comercios.

Pocos días más tarde recuperamos la vida normal y nada mejor para conseguirlo que visitar con Pedro Pérez Puertas el local de la Sra. María a fin de merendar. Allí estaban el hijo de la Sra. María, Pedro, y el cuñado de éste, Alfonso, que eran un par de tipos curiosos: uno grande y gordo, el otro pequeñajo y vivaracho, que tenía una mujer en la cual podría perderse. Mientras engullíamos un bocadillo de salchichón con tomate, se inició la conversación de toros, fútbol, mili, deportes… hasta que se enrevesaron los dos tanto que sólo hablaban ellos, y nosotros hacíamos de espectadores. Era cómico verles discutir. Como tardaban en parar de discutir y andábamos aún de hambre, pedimos un medio bocadillo de cabeza de jabalí, pero la Sra. María se equivocó y nos puso uno grande para cada uno. ¡Vaya, qué cara pusimos al verla con los bocadillos!, al poco estábamos ya casi que lo aborrecíamos. Pero, nada, ellos seguían discutiendo, y la mujer de Alfonso salía de cuando en vez a gritarles. Allí no se entendía nadie. Como ella vio que con gritarles no solucionaba nada, optó por entregarle a su marido el crío que llevaba en brazos, como si con ese “peso” quisiera lastrarle y le impidiera hablar (en realidad la pesada era ella). Pero nada, el crío, iba de brazo en brazo, y acabó por echarse a llorar. Luego llegaron los parroquianos y aquello se puso ya tan cómico que pagamos y nos marchamos. Habíamos estado en esa casa de 8 a 9,30, merendando… pero lo habíamos pasado fenomenal. Así que con ese número -que no lo mejoraba ni el mismísimo Berlanga- y las charlas y paseos posteriores pasamos una tarde muy agradable. Además fue el aniversario de Pedro, que cumplió sus 25 años. Me venían estupendamente esas salidas, pues me sentía inmensamente civil.

La Navidad estaba próxima. Pedro y yo encontramos una tienda en cuyo escaparate había infinidad de figuritas de belén puestas a la venta. Sentía emoción cuando las veía. Las jugueterías iban llenándose de compradores. Y la concesión de mi permiso reglamentario parecía inminente, para el 30 de diciembre. Ya vislumbraba el final del Servicio y las preocupaciones por el futuro se agolpaban en mi mente. Deseaba casarme cuanto antes con María, pero antes había que encontrar trabajo y un piso donde vivir. También me atraía proseguir mis estudios, hacer un doctorado, pero estaba por completo desorientado. En este sentido el Servicio Militar no me había ayudado nada.

Un mediodía de cualquiera de esos días se desahogó conmigo uno de mis compañeros, porque necesitaba de un hombro amigo. Me reveló que su padre estaba inútil y sólo trabajaban él y un hermano para el sostenimiento de una familia de cinco personas. Pasaban apuros y la convivencia se les hacía difícil. Y es que relacionándonos los compañeros del Servicio Militar se llegaban a conocer situaciones difíciles de entender. Era frecuente que en los sorteos anuales para adjudicar los destinos de la mili en las Cajas de Recluta se fijara un “excedente de cupo”, con el correspondiente paso a la reserva de aquellos comprendidos dentro de él y, por el contario, otros mozos se veían obligados a realizar la mili con largas bajas en el botiquín como pacientes crónicos, sin que por ello se les licenciara del Servicio; y los había casados, incluso con hijos,  cuyo trabajo en la vida civil era necesario para el sostenimiento de su familia. A este respecto recuerdo la circunstancia de un compañero de raza gitana al que sus hijos y familia entera, como es costumbre entre ellos, le visitaban en Regulares sin que les dejaran pasar de la puerta del cuartel.

Comenzaba diciembre y se avistaba ya -no tan en la lejanía- el permiso de 30 días que aún me quedaba por disfrutar, por lo tanto mi ánimo se  encontraba mejor. Además se anunciaban fiestas importantes: el 3 San Francisco Javier (sólo en el espíritu de los navarros), el 8 la Inmaculada Concepción (patrona de la Infantería) y las Navidades a la mano. Pero nada mejor para expresar mis sentimientos de entonces que reproducir algunos párrafos de la carta que envié a mi familia el 30 de noviembre:

“Ahora que finaliza noviembre me siento más entero, como más consolado, pues ya me voy sintiendo cansado del Servicio, de vivir siempre la misma rutina, de oír siempre las mismas voces, en este ambiente contaminado por el mal humor. Algunos días se me hicieron insufribles y parecía que estaba quemado. Ha sido una buena decisión la de dejar para lo último el permiso de 30 días, pues una esperanza de desahogo puede mucho en la mili. Eso juega el papel de consolador, como os digo, pues da ánimo para seguir y facilita el pensar que la mili pendiente ya no es mucha, y menos lo será al volver del permiso. Es casi seguro, por otra parte, que me licencie en marzo, en lugar de en abril, pues lo aseguran hasta jefes, debido a las nuevas disposiciones sobre llamamientos e incorporación a filas. Puede que sólo sea unos días de adelanto, pero en la mili 10-15 días es una verdadera marca. Pensar que sean 37 días, como se rumorea, me parece excesivo. O sea que espero el permiso como el maná lo esperaban los israelitas. Se dice que las fechas de embarque estarán comprendidas entre el 26 y 29. Y es posible que antes de marchar vuelva a tener otro servicio de semana, pues los sargentos tienen sus chollos bien organizados para ahuecar el ala en el momento dado. Los sargentos del Grupo viven como reyes, casi se puede llamar a eso parasitismo. Pienso muchas veces que los cabos primeros somos el comodín del cuartel. Servimos para todo y no representamos nada. Hoy estoy de retén, haciendo las veces de sargento, al mando del pelotón de armas de apoyo de la 1ª sección de fusileros de la compañía. Esto es un rollo, pues no es más que hacer el numerito de fuerza, pero se ven cantidad de defectos en su organización. Lo cierto es que nos han tenido formando buena parte de la mañana, exceptuando el rato de Misa. Está la compañía casi en cuadro, pues nos han quitado otras compañías mucha gente, ahora concretamente, para agregar a unos cuantos a la 2ª, que marcha por unos meses al Fuerte de la Purísima Concepción, en la misma frontera. Podría haber ido yo, de no haber sido destinado a la séptima. Pero la vida de frontera no es mala, es sana y dura, a no ser que toquen tiempos de tensión, ya que la función del fuerte es el de resistir hasta la destrucción, algo parecido a lo que fue el Fuerte del Álamo, en lucha por la independencia del Estado de Texas en el siglo pasado.

Ahora se ha atenuado mucho el ritmo de entrenamiento, pues ha finalizado el periodo de instrucción que se repite siempre que llega un nuevo reemplazo al cuartel, y el rato se dedica a Obras de Grupo, pues se acerca la fiesta patronal de la Inmaculada, y el cuartel ha de estar en buenas condiciones de presentación. Cuando no toca instrucción a la compañía, los tenientes nos dan teórica a los cabos primeros, antes de ayer por ejemplo de topografía y armamento. El teniente Molina está empeñado en especializarme en charlas de moral y de formación del espíritu (¡!), por mis estudios. Estoy yo como para dar cierta clase de moral y a tropa tan desmoralizada.

Y a este respecto, la tropa sigue levantisca e indisciplinada, y para dominarla habría que transformarse en un “vinagres”, que no me va en absoluto. En el fondo me hago cargo de su situación moral y coexistimos pacíficamente hasta donde cabe, pues entre todos nosotros hay como un mismo sentimiento de solidaridad ante la desgracia, la lejanía o la incomprensión. Unas veces estamos a las duras y otras a las maduras, las menos veces. Me siento bastante incardinado ya en esta compañía y no os diré que esté mal, también porque ya me he impermeabilizado algo más.

De salud estoy perfectamente y tengo un apetito a prueba. Mis compañeros no se explican cómo no puedo engordar. De suyo engordo un poco. Tampoco he cogido faringitis, que por ejemplo es lo que tenía antes con el primer frío en llegar. Creo se debe mi estado de salud a mi estado de ánimo, que aún con altibajos está fuerte. Tomo vitaminas de cuando en vez, que yo mismo me receto.

Ahora tocan fajina para ir a comer (son casi la 1 del mediodía), de modo que os dejo temporalmente, para luego continuar, y de paso os hablaré (mamá, pega el oído) de los menús cuarteleros. Por cierto, que ayer tuvimos comilona-fin de mes, con los últimos duros del Capitán de Cocina.

13,30 horas. Acabo de comer. Judías a la vinagreta, que a pesar de estar aguachinadas y duras, las he comido con fruición; un huevo frito con pimiento verde, el huevo helado, el pimiento igual y soso; patatas con carne, aguachinadas también; un pastelillo y mandarina. De beber, vino y gaseosa. Había un primero que decía, mientras hacía ascos de la comida, que su familia estaba de boda comiendo mariscos. Los demás nos reímos de buena gana…

Ayer fue la “comilona” fin de mes: sopa cubierta para empezar (la sopa no tenía tapadera, pero su denominación era ésta en la Orden), conejo al ajillo (sólo que se lo habían olvidado), calamares a la navarra (¡qué cara!), pijama (era lo único bueno: flan, piña, guindas y caldillo), vino de marca, sidra asturiana “Sarracima”, café, purillo, coñac y güisqui. Comí bien, y aproveché una ración extra de conejo de un compañero que no lo comió. No desaprovecho oportunidad, y entre horas, para entretener el hambre, tomo pipas de girasol.

Ayer fui al cine con Miguel Conde, pero antes me aticé un buen bocadillo en una especie de ultramarinos todo desahogo, propiedad de la Sra. María, una trabajadora mujer andaluza, que cuida bien a la tropa, y aún me llevé una manzana al cine, después de pasearla por ahí. Distraigo el tiempo como puedo…

La vida de cuartel es muy intensa, hasta el punto de que ahora me parezca larguísimo el tiempo que llevo de Servicio. Cuando han transcurrido 15 días piensas: “¡caramba, se me han pasado los días sin darme cuenta!” Pero cada día es eterno. Hoy, por ejemplo, es domingo y paso el día encerrado entre cuatro paredes por estar de retén, escuchando mil radios, voces, carreras, escribiendo, leyendo algo que no sea muy profundo (el periódico) o dormitando. Y mañana sólo será 1 de diciembre. Apenas importa, porque todo esto lleva su propio ritmo y ya estoy acostumbrado a él. Fijaros si estoy acostumbrado a él, que ya pienso en lo raro que se me hará vivir en casa, comer a las 2,30 en lugar de a la 1, dormir a las 12 en lugar de a las 10”.

Siguiendo con los acontecimientos históricos de esos días reproduciré un fragmento de la carta que envié a María el 2 de diciembre:

“También he seguido paso a paso todas las ceremonias de coronación de Juan Carlos I, por la televisión, y por el periódico. La homilía de Tarancón me pareció importantísima y se definió en temas que están muy arraigados en la conciencia de todos los españoles, así el de la división que todavía existe entre hermanos, o el que tengamos todos la responsabilidad de velar por el común de la Patria, que no es otro que el de velar por la paz y la concordia, y su tono directo de hablar a la Corona me ha parecido oportuno. Así que el amor debe hacerse extensivo a todos los españoles que piensen de forma muy distinta a la nuestra. Creo María, que espera a España un futuro muy bueno, y me siento muy esperanzado, en que todos podamos opinar y participar, el mundo de nuestra realización y el porvenir para nuestros hijos. España ha dado una gran muestra de madurez política y habrá servido para que muchos enemigos de España hayan pensado un poco, sobre todo tras la oleada de protesta internacional ante las ejecuciones de los terroristas. Todo lo sigo de lejos, pero devoro los periódicos, también me doy cuenta que vivimos momentos históricos. Juan Carlos no puede perder ni un minuto y es ahora cuando ha de conquistar a los españoles, aunque no creo que los cambios se produzcan inmediatamente. Empezarán a notarse desde enero. A ver si superamos algo de la frustración y de la amargura, por no haber visto realizados otros ideales, con la realidad de una España en concordia y orgullosa, la mande quien la mande, y si la manda bien todos se lo agradeceremos”.

El capitán me encargó la organización del Nacimiento navideño de la compañía, para lo que reuní a los compañeros y evaluamos las distintas posibilidades. Se preparaba un concurso de belenes y cada compañía haría el suyo. Manuel Castro Zotano era un hombre muy militar, pero educado y correcto. Me llamaba por mi apellido y creo que me consideraba y no quise defraudarle. La idea que él proponía era hacer una especie de varios cosmos relacionados entre sí, algo que me pareció complicado desde un principio y que me dejaba dubitativo sobre qué hacer o no hacer, y me preocupaba que se echase el tiempo encima sin resolver nada. También partíamos de cero porque no había siquiera figuras. Ante tal tesitura empezamos a trabajar en la confianza de que el resultado final le gustase.  Fuimos madurando el plan y pensamos en un “portal” en forma de tienda militar de campaña donde la Virgen María diese a luz al Niño Jesús, y que aquella se situase en un paisaje áspero y pedregoso como el de Melilla, sembrado de alambradas y solitario, con unas montañas al fondo. Rodearían el campo unas cuantas ovejas diseminadas, aludiendo a las “ovejas descarriadas” que somos los hombres sin pastor. El tema tenía su mensaje y nos parecía interesante. El encargo del capitán fue el 2 de diciembre y el 15 el teniente Molina nos apremió, de su parte, a hacerlo de inmediato, de modo que se preparó la tienda con una camisa vieja de color garbanzo, que luego Romera la enmascaró con pintura amarilla y marrón, como si fuera una tiendecilla militar de juguete con un resultado magnífico y se completó el conjunto con unas casitas de celulosa. A la vista de que los resultados eran buenos el teniente nos autorizó a comprar las figuras necesarias que Romera pintó con mucho gusto. Iba a quedar cubierto y podría verse el interior a través de una ventana. Si bien había chicos muy trabajadores y bien dispuestos a colaborar, otros muchos opinaban que no se notase en exceso el ambiente navideño para sobrellevar mejor la tristeza de esos días lejos de la familia. Por ello, aunque algunas guirnaldas y bolas de papel se conservaban del año anterior y se pensó en realizar algunos adornos a base de siluetas de cartulina en color para pegar en la pared blanca del fondo de la compañía, o incluso aprovechar felicitaciones en las distintas lenguas de España con el mismo fin, nada más se hizo. Pasaron los días y llegaron las Navidades, pero Melilla no se transformó con la alegría que cabría esperar, al menos en la forma a la que estábamos acostumbrados en la Península. Parecía una ciudad muerta.

En compañía de Ostiz, Equiza, Orzáiz y Díez de Arizaleta «Larraga»

Notaba que el capitán estaba contento conmigo, aunque era parco en sus manifestaciones. Aparte del hecho significativo de encargarme la ornamentación navideña, la mañana del 3 me felicitó por el resultado de mi dirección de la instrucción que di a tres pelotones (una sección) de fusileros. Los dirigía el sargento Moral, pero el capitán nos llamó a los cabos primeros para indicarnos cómo debíamos ordenar los movimientos con fusil: “voz fuerte de mando, distancia apropiada entre la voz preventiva y la ejecutiva”. Estaba a la expectativa para ver cómo nos desenvolvíamos. Quise ir el primero. Empecé: “¡sobre el hombro!”, “¡descansen armas!, “¡sobre el hombro derecho!”, “¡cambien armas!”, “¡prepárense para cargar armas!”, “¡presenten!”, “¡a tierra armas”!, “¡saludo”!, “¡saludar!”, “¡tomen armas!”…, y así repitiéndolo varias veces, hasta hacerlo incluso por tiempos, con voz fuerte e impositiva, corrigiendo los defectos que veía. Al final, el capitán me ordenó “¡manda firmes y descanso a discreción!”. Tras ello me dijo: “¡BIEN!”, un bien rotundo y serio, que en él significaba mucho, y que a ningún compañero se lo dijo. Era el primer buen paso dado en el día de mi celebración, lo que me dio la confianza que necesitaba ante la preocupación del permiso, que me lo concedieron a partir del 30 de ese mes. ¡Treinta días! Invité a Miguelcho Equiza, Miguel Conde, Antonio Arizaleta alias “Larraga”, Javier Navascués y a Pedro Pérez Puertas a cenar en el Mesón. Era mi Santo (San Francisco Javier) y charlamos a placer en torno a la mesa. Después telefoneé a casa donde también esperaba encontrar a María, con total seguridad invitada por mis padres y donde me confirmaron que “habían comido todos juntos en mi honor”. Recé al Santo agradeciéndole el día pasado.

Encontramos a Andú, un morico de 10 años, limpiabotas, llorando sobre una acera. Hablamos con él, le habían robado unos compañeros los 18 duros del día de trabajo, estaba desconsolado. Habíamos hecho migas con él en el Mesón. Nos dio tanta pena, que le repusimos el dinero robado, que se lo ocultó en el calcetín: estaba humillado, avergonzado y temeroso de la tunda que le darían en su casa por no llevar esa noche el dinero. En Melilla había un hampa asombrosa y mucha pobreza. Estaba tratando de acercarme más a estos niños y ser menos intolerante con ellos. Conocí también a Malika, una niña de 9 años, que vendía chicles, muy buenos, por cierto. Era guapísima y muy despabilada.

De bonito en día festivo, a las puertas del Hogar del Soldado

El día de la patrona del arma de Infantería, festividad de la Inmaculada Concepción, me levanté algo más pronto para escuchar la diana floreada, es decir, tocada por toda la banda con cornetas, tambores y gaitas. Fue un bonito espectáculo que se había repetido de víspera en la retreta, y lo mismo se haría por la noche. En los días previos adecentamos todo el cuartel y también le tocó el turno a mi compañía, con atención preferente a los aseos y ventanas, y todas las paredes se pintaron. En el Ejército no hay problema de personal y se puede trabajar a destajo, por lo que se empleaba cada minuto del día. Hubo Misa de campaña en el Patio de Armas, todos de guante blanco y a continuación entrega de premios deportivos, al buen comportamiento y al espíritu militar. Se dirigió a la tropa el coronel Alberto Barrio Balán para darnos las gracias “por haber estado firmes durante este año activo y caliente, señalado por el luto, que pronto terminará”. El 9 se repitió la Misa pero por los muertos del Arma. La comida de la Patrona consistió en un “banquetazo” a base de entremeses, consomé, crema de mariscos, lenguado, carne y güisquises. Todos salíamos contentos del comedor.

Después de cenar y antes de silencio estuvimos hablando Willy Huguet y yo en la puerta de la compañía. Era un chico majísimo, licenciado en biológicas, oscense, muy preocupado por la vida, y jugaba en el Chafarinas de baloncesto. Charlamos sobre la mili, sobre el espectáculo de la comida de hoy (los primeros melilleros se lanzaron trozos de pan hasta que los echaron del comedor), y evocamos los meses pasados en el Servicio, pues era del llamamiento de enero como yo. Hablamos de que la mili nos habría envejecido cuando fuéramos a marchar, de que nos habíamos vuelto fríos, pero al mismo tiempo sentimentales y románticos, deseosos de vivir y aprovechar cada instante de la vida.

La noche del 9 tuve que llamar la atención en los lavabos a dos compañeros que hablaban entre sí sobre el sabor de las “hostias”, con mucha maldad, pues lo hacían adrede para molestar a otro soldado que había estudiado para sacerdote. Pero eran tan cretinos, al mismo tiempo, que pensaban que sólo podían molestarle a él. Les reprendí, y aún me pareció luego que había hecho poco. Lo cierto es que debería haber llamado la atención más a menudo porque se blasfemaba con enorme facilidad. Hice bien en intervenir porque se avergonzaron y callaron. Pero había gran pasividad en circunstancias semejantes, quizá por la gran paganización existente. El estado cultural dejaba que desear, los atentados a la libertad de los demás eran cotidianos, las borracheras, gamberrismos, palabras soeces, eran el pan nuestro de cada día. Que hombres de 21 años cogiesen esas borracheras era demencial: imaginaba los espectáculos “navideños” que llegarían en los próximos días. Bastaba un retén, en que los soldados no podían salir del cuartel, para que sintiesen la necesidad de emborracharse, y muchos se enorgullecían de beber mayores cantidades que nadie. Era demencial. Pensaba: “Y luego estos hombres son los que van a volver a la sociedad y los que deberán sostenerla”.

En las guardias era precisamente la “interminable” noche, con sus horas cadenciosas en el silencio del cuartel, cuando uno se volvía más reflexivo, y en aquella de prevención del miércoles 10 de diciembre -que hacía la 18-, en que daba el tiempo para leer, tomé El Correo de la Unesco, que me gustaba especialmente por sus artículos de fondo, y encontré las cartas-testimonio de dos japoneses que sobrevivieron a la bomba atómica de Hiroshima, en agosto de 1945. Eran verdaderamente terribles. Golpeaban, impresionaban y sobrecogían. Uno, leyendo estadísticas de los rearmes de las naciones, se podía preguntar por qué vestía de uniforme, si no aportaría con él un granito de arena para que esto continuase. Podía estar equivocado, sin embargo. De suyo no había querido pensar mucho sobre este tema en los meses pasados, pese a que se sabía que en el Fuerte de María Cristina se hallaban presos los objetores de conciencia. Decía para mí: “Sería mejor que todos los hombres, los políticos sobre todo, supiéramos comprender lo que debe ser la paz entre todos y nos dejásemos de odios y rencillas”.

Le escribí a María:

“Voy a mandarte este número para que lo leas despacio. Verás qué impresión tan honda te produce su lectura, sobre todo estas dos cartas de dos hombres víctimas de la radiación, uno de ellos se suicidó desesperado, recogió entre los escombros de su casa los huesecillos que quedaban del cuerpo de su mujer (apenas pesaban lo que un pequeño paquete postal). ¡Qué miseria Dios mío!. Me pregunto qué debieron sentir esos seres humanos en medio de aquel infierno terrestre.

En la revista se dice que Einstein respondió en cierta ocasión a la pregunta de cómo lucharían los hombres en la III Guerra Mundial: “en la III no lo sé, pero en la IV con la porra”, respondió, algo parecido a como luchaba el hombre prehistórico, con un bifaz. Yo me pregunto: ¿no será nuestra civilización el producto de un cataclismo anterior, en que desaparecería todo menos unos pocos hombres que volvieran a empezar de nuevo? Porque esto podría suceder ahora si se emplearan las armas atómicas. ¿Qué explicación tienen esa piedras de las culturas precolombinas, que muestran especies de astronautas y naves espaciales? Si explotaran las bombas almacenadas tendrían que volver los supervivientes al bifaz”.

La paz, la paz. La paz dependía de pequeñas cosas. Después de salir de guardia y asistir a la teórica sobre táctica y lucha callejera, y aguantar el sueño toda la mañana como pude, ya comido me eché en la cama a dormir hasta las 5,30 de la tarde, con la sola interrupción de Sáez a las 2,30 ó 3 “porque le apetecía”. Al día siguiente repitió la faena, sólo que esta vez me enfadé del todo y le dije cuatro cosas bien dichas. Escribí:

“Es difícil obtener de los demás que respeten tu libertad. Ahora duerme él. ¿Si yo hiciera lo mismo, a dónde iríamos a parar?. No nos damos cuenta que la paz general depende de pequeñas cosas como ésta. El caso es que estoy de mal talante”.

Me gustaba alternar en el Hogar del soldado con compañeros de otras regiones y en los días previos a los permisos de Navidades en que la espera se me hacía un poco pesada, precisaba de la compañía de las amistades para poder salir un poco de mí. Uno de esos días nos reunimos los navarros para hablar de la añorada tierra. Comentábamos los últimos acontecimientos: el tricentenario de la muerte de Huarte de San Juan, la inauguración de la autopista, las murallas y fortificaciones de Navarra, sus valles etc., dando un repaso a la actualidad regional que, más o menos, todos conocíamos gracias a mis Diarios de Navarra, que compartíamos. De vez en cuando era necesario este contacto con los paisanos, que nos sentíamos navarros como nunca. Estuve con Equiza, Ostiz, Arizaleta, Egüaras, Barberena (Jerónimo estaba gozando de su merecido permiso)… “Buena gente la del Norte”, me decía. “Me parece que estamos más unidos que los de otras regiones. En esto sobresalimos vascos y navarros, y más estos últimos, nosotros”.

Y del Hogar a la comida diaria. Me sinceraba con María:

“Al mediodía he comido con mucho apetito, como es costumbre. Teníamos unos fideos, tortilla de patatas y albóndigas, que nadie comía, porque las habían visto preparar a los de la Plana del 2º. Chica, yo no sé si es el hambre, o que ya me he acostumbrado al innoble rancho, el caso es que me he puesto bien de albóndigas. He dejado atrás al máximo comedor que es el cabo primero Florindo, aún más alto que yo. Cuando ya todos estaban en el postre, yo seguía con mis albóndigas y pedí la fuente para servirme más. No sabes la que se armó en la mesa, me pusieron colorado, todos me llevaron chuscos, platos y hasta los desperdicios para que ¡comiera!. Me toman el pelo porque como de todo. Caparrós, que es un primero que estaba en la 2ª (el que me metió 4 días, ¿lo recuerdas?), reenganchado, me quería echar de la mesa el otro día en la cena, para que no le hiciera competencia, pues come que hay que ver. Claro que era en broma. Pero es una buena señal que tenga este apetito. Estoy más hambrón que nunca. No es muy bueno lo que comemos, pero hay que comer, si no ¿qué puedes hacer aquí tanto tiempo con escrúpulos por las comidas? ¿Sabes que los compañeros me dicen que si se diera mejor de comer en Regulares, me reengancharía? ¡Mas no creo!.”.

Y seguían los nervios. Poco importaba el 19 que la Nochebuena estuviese al caer, cada militar seguía en sus trece:

“Hoy tengo un día nervioso. En primer lugar, el Sargento de Semana me ha endilgado la revista de la guardia para bajarla a la parada, donde el Brigada Subayudante pasa revista. Es obligación del de Semana. El tiempo, lluvioso. De modo que salían los soldados con tres cuartos. Pasé la revista y los bajé. Al llegar a la parada, broncazo para el tato del Brigada, porque bajaban con capucha, que él había dado orden ayer de que la quitaran (no me lo había dicho el Sargento) Iba a dar parte de mí. Después, otras dos sendas broncas, por tonterías que presentaban en su uniformidad los soldados (aparte que son unos zafios). Mira, a la última bronca, tenía tal rabia por dentro que le hubiera partido el cetme en la cabeza. Claro que hablé luego con el Sargento. Bajó a hablar con el Brigada y ha decidido no dar parte. Cuando se trata de arrestar a sargentos se tientan la ropa, pero los demás somos escombro. Después de comer me ha llamado el Brigada para comunicarme su decisión de no dar parte de mí, y me ha vuelto a amenazar de nuevo. Bueno, ya lo he olvidado. Es la mili”.

Convite del Capitán Castro Zotano. Alegría compartida en la 7ª

Nuestro capitán Castro Zotano no obraba de este modo. El 20 suspendió los retenes y nos comunicó que esa tarde, a las 6, deseaba invitar a toda la compañía -la suya, la 7ª- a una completa merienda a base de bocadillos, fiambres y vinos. Algo inusitado, pero los compañeros enseguida se pusieron a prepararla con unas mesas que trajeron del comedor. Pusieron hasta manteles. Nos explicó el capitán que deseaba compensarnos de la escasa celebración de la fiesta patronal debido al luto nacional que terminaba ese 20 de diciembre, también como preámbulo de las Navidades y para despedir a los que se licenciaban. Fue todo muy simpático, y Romera nos sacó fotografías en grupo.

Se convocó en Melilla un concurso cultural – deportivo – militar en el que intervendrían todos los Regimientos de la Plaza, para el que fui elegido jefe del equipo que representaría al Grupo de Fuerzas Regulares nº 2 a celebrar desde el 20 al 26, en el cuartel de Caballería, Alcántara 10. Y aunque nos eliminaron en dura competición con otros cuarteles, explicaré en qué consistía pues todo él nos mantuvo en tensión más de una semana. Era un concurso tipo “la unión hace la fuerza” que programó TVE hace años. La representación la formaban un cabo primero, un cabo y dos soldados, peritos en cultura. Si éstos fallaban a las preguntas, el punto negativo lo podía recuperar el soldado deportista al superar la prueba que se le encomendase, o el tirador del equipo, si consiguiese los puntos necesarios con sus disparos.

Al ser yo historiador y cabo primero, el Capitán Valero, encargado del certamen, se fijó en mí. A los demás miembros los elegí yo, salvo al deportista y al tirador: un filólogo romanista, un maestro y un estudiante de ciencias. Los premios consistían en un banquete, imposición de medallas, una cesta de Navidad, 1.000 pts por soldado vencedor, y otros premios a designar. Se pensaba iniciar en el Hogar de Caballería, y en su pista deportiva, y en Rostrogordo para el tiro, todo simultáneamente coordinado por radio y ambientado con música. Era un concurso que también recordaba al televisivo “Cesta y puntos”. Dos equipos debían contestar a las preguntas que se les formulasen. Cada respuesta valía 5 puntos y podía rebotarse la pregunta, es decir, si el equipo A no sabía responder a la pregunta, el B podía contestarla y si lo hacía bien sumaba en su marcador 5 puntos. Si se equivocaba, restaría 5. Al mismo tiempo se desarrollaba una prueba artística en que un miembro de cada equipo (entraban en litigio dos) debía hacer una figurita con plastilina o esparto, o construir un rompecabezas etc. en el menor tiempo posible. En el campo deportivo, un atleta realizaría diversas pruebas: peso, jabalina, meter goles en una portería… En el campo de tiro, el tirador debía batir 10 botellas de cerveza a 100 m de distancia. Todos los puntos se sumaban, hasta acabarse el número de preguntas y el tiempo. El que perdía quedaba eliminado. Entre los dos equipos en liza había un tabique de separación. El tribunal lo componían tres capitanes de Armas no coincidentes con las que se enfrentaban, para mayor imparcialidad. Hubo un presentador (grado de teniente), un secretario y un marcador. Todo comentado por micrófonos y altavoces. El tiempo límite para responder eran 30’’. El primer equipo en ser eliminado fue el de Ingenieros, a favor del equipo nº 1 de Caballería. A continuación fue el equipo de Regulares 2 quien se enfrentaría al de Caballería y fue éste el que nos eliminó. Hicimos, no obstante, un buen papel. En la prueba de habilidad artística recurrí a un fallero de la compañía, estudiante de Bellas Artes. Bueno, después de todo, el plan no estuvo mal, nos rebajaron esos días de servicio y matamos la espera hasta el deseado permiso. Con tal motivo tuve la ocasión de charlar con algunos mandos que me habían resultado inaccesibles hasta el momento, como el teniente coronel Muñoz Casco, el comandante Catalina o el capitán Valero.

En la mañana del 20 de diciembre llegó a la Plaza, vía marítima, una bandera de la Legión, totalmente pertrechada, procedente del Sahara, para quedarse en Melilla definitivamente. De momento se instaló en Rostrogordo, al lado del cuartel del Tercio, en tiendas de campaña. Trajeron con ellos los blindados correspondientes.

El permiso se siente cerca. 22 de diciembre de 1975. Con los compañeros Montroig, Pérez Puertas, Campillo, Valeiras, Janeiro y Martín.

Entré “de semana” el 22. En retreta pedí la colaboración de todos en la confianza de que supieran comportarse en las fechas siguientes. La compañía se había reducido a 78 efectivos debido a licenciamientos con permiso indefinido y días de permiso en disfrute. El coronel pasó inspección de belenes y concedió el tercer premio al de mi compañía (el primero se lo llevó la 6ª y el segundo la 8ª), que en metálico supuso 500 pts., pero reconocía el  esfuerzo de quienes trabajaron en él. Al final se engalanaron con guirnaldas de papel las compañías, el Hogar, el comedor y otras dependencias comunes. Lo que recuerdo de esos días es que hubo normalidad hasta Nochebuena. En esa ocasión nos dieron una cena especial regada con buenos vinos y cava, y los obligados turrones de postre. Hubo también copas de licor y, cómo no, puros para los fumadores. Antes de empezar la cena se presentó en el comedor el coronel Barrio para felicitarnos y nos dirigió unas palabras de agradecimiento por el Servicio en especial por estar celebrándolo en día tan significativo lejos de nuestras familias. La emoción contenida hasta ese momento se desbordó cuando expresó:

“Y en estos momentos vuestras familias os estarán recordando a vosotros, lejos de casa, pero presentes en ella y en el corazón de vuestros padres alrededor del cubierto vacío reservado en la mesa a la espera de vuestro regreso”

Muchos empezaron a llorar y los que no lo hicimos, como era mi caso en la esperanza de volver a  mi hogar para fin de año, no pudimos evitar que un nudo se formara en nuestras gargantas. En mi caso era la primera Nochebuena que pasaría lejos de los míos.

Al día siguiente fue imposible formar a diana a los soldados pues en el cuartel había habido bastante desgobierno nocturno. Algunos no se levantaron de la cama y bastantes estaban pasados de copas, estando yo de responsable de semana. Afortunadamente el caso se generalizó -posiblemente también entre los mandos- y se hizo vista gorda.

Salí de Melilla vía Almería el día 29 a las 11,30 de la mañana con llegada a la Península sobre las 6 de la tarde. El expreso a Madrid partía 45 minutos después. A las 8 de la mañana del 30 entraba en la estación de Atocha y empalmé con el TER en la estación de Chamartín a las 2 de la tarde. Llegaba a Pamplona sobre las 9,30 de la noche con tiempo suficiente para celebrar el fin de año. ¡Increíble!. Fue un maratón que valió la pena. Los abrazos, conversaciones, paseos y visitas a familiares y amigos pueden imaginarse. También el encuentro con María y los planes que trazamos para cuando volviera licenciado de Melilla el 7 de marzo con “la blanca” en el bolsillo, aunque en la cartilla militar constaría mi licenciamiento el 15 de abril. Al final fueron ciertos los insistentes rumores que advertían de nuestro posible licenciamiento -pase al “servicio eventual” se decía[37]- casi seis semanas antes de lo que nos correspondería. En mi opinión, podía deberse al abandono del Sahara, que a España le había salido caro.

Los últimos meses de Servicio

El 25 de enero de 1976 retomaba la vida cuartelera en el Grupo de Fuerzas Regulares de Infantería Melilla nº 2. Tan sólo me quedaban 43 días de Servicio Militar ya en mi categoría suprema “de abuelo”, pues para entonces la experiencia se consideraba un grado.

Hasta Madrid el viaje de vuelta fue bien y aún probé unos tragos de vino de la bota que me ofreció un artajonés compañero del tren. En la Villa y Corte pasé la noche en casa de mis tíos madrileños -Maite y Carlos- que siempre me acogieron en las idas y venidas con gran cariño. Ya en la estación de Atocha, al solicitar el billete en taquilla para Almería tuve que añadir 300 pts. al pasaporte oficial militar para nuestros desplazamientos obligatorios que nos suministraba el Ejército, sin entender muy bien en qué consistía su economía. Haciendo tiempo para el embarque  coincidí con Arenas, un cabo de Regulares 2 que también regresaba del permiso. En la estación de Almería me encontré con el teniente Castro, al que tuve como mando en la 9ª compañía de Viator, y charlamos tan animadamente que me confió un paquete a entregar en la Comandancia de la Guardia Civil de Melilla. Subidos al Puchol, Arenas y yo tomamos un camarote compartido. Iba en el barco la expedición de reclutas captados por la Legión en el CIR 6 para efectuar su instrucción en Melilla. ¡Qué montón de mili!, algo abrumador, me daban pena, pues no sabían dónde se habían metido.

Al llegar a Melilla no me sentí deprimido como al principio, ni mucho menos. En realidad era el regreso que realizaba en mejores condiciones: experiencia, poca mili por hacer, galones en la bocamanga, ciudad conocida… La situación había cambiado notablemente en el cuartel: apenas había gente en la compañía (en julio y agosto se había cerrado el CIR, buena señal de que el proceso de adaptación del Ejército había comenzado), en consecuencia se reducían las horas de instrucción y de clases teóricas; se habían suprimido los retenes que antes hacíamos cada 5 días, ya que ahora “éramos amigos de los marroquíes”; se había incorporado al cuartel  una nueva remesa de tenientes “bichos” recién salidos de la Academia, de los que asignaron uno a la 7ª así como un nuevo cabo primero, Eugenio Porras, de San Sebastián, y otros tres más aún de permiso. Definitivamente ya no cabría posibilidad alguna de ir destinado a Chafarinas. A mayor abundancia la 7ª compañía guerrera se había convertido en una compañía de destinos, de modo que mi primer trabajo hubo de ser confeccionarme una relación del personal a mi cargo en esa semana haciendo constar en él todos los nuevos pormenores.

Era hermoso “saborear” estos últimos días, sabiéndote de los más veteranos, conocido y apreciado, fortalecido moralmente, sin demasiado quehacer, y con el capitán Julio como mejor Capitán de Cocina para el entrante mes de febrero, con un suplemento aprobado para la dieta diaria del soldado de 11 pts. Además, la camaradería había mejorado mucho en el cuarto de primeros. Algún saleroso, ya veterano del todo, aún soltaba en la compañía:

“¡Bichos, se me acaba el chollo!”

El único inconveniente que presentó Melilla a mi regreso fue el intenso frío reinante. El 26 de enero nevó y con aparato eléctrico añadido. El Gurugú apareció también nevado, y se decía en la ciudad que hacía muchos años que no se había visto nada igual. En todas partes se sentía el frío: en la compañía, por sus precarias condiciones, día y noche (a pesar de las tres mantas), de tal modo que obligaba a estar dentro de ella con el tabardo puesto; la comida estaba fría; la instrucción de los soldados se hacía larga por la necesidad de estar de pie y a la intemperie. El rato agradable y placentero del día fue el de la ducha con agua “templada” que nos dimos los cabos primeros fuera del horario de la tropa, pero con el frío en el cuerpo nos pareció caliente de verdad.

Ingenuamente pensaba en el final de la mili, ya casi sentía el olor del mar próximo y al Puchol en él reclamándome, pero no. Estaba de cabo primero de semana, lo que me obligaba a sopesar despacio cada situación que se me presentara. Los “abuelos” de mi llamamiento estaban, ante el próximo licenciamiento, nerviosos y, como puede suponerse, ya bastante cansados. Me metí en un buen lío el 3 de febrero con un  cabo veterano de la 7ª, o mejor dicho -por lo que explicaré- fue él quien se metió en un embrollo. Se me negó a ir a duchas, di parte de él, fue arrestado a compañía y a cocina por la noche, después de lo cual me amenazó, se puso chulo conmigo y no obedeció mis órdenes de que se calmara y se pusiera firme. Me puso en un estado de crispación tal y fue tan grande el desplante, en medio de la calle del cuartel, que me propuse dar parte de él al capitán de semana con el resultado de un mes de calabozo. Este asunto me afectó mucho y me impidió dormir por la noche. La situación era grave: indisciplina, desobediencia, amenazas en público, a gritos y tuteándome, desafío ante las órdenes del oficial de semana… Incluso se le podía haber acusado de sedición por proferir sus amenazas en público, ante los compañeros de nuestra propia compañía.

No pude eludir el problema al estar de semana y tener que mantener la autoridad en la compañía. Si hubiera silenciado el hecho y llegado a oídos superiores, el “paquete” habría sido para mí y mayor por mi graduación y estando de servicio. Los galones de primero no se podían poner o quitar a voluntad según fueran las circunstancias, comprometían a mucho. La gravedad aumentaba por ser el interesado cabo. Concretamente la amenaza que me hizo a gritos y públicamente era: “¡Conmigo vas a ir desde ahora de puto culo!”. Le amenacé entonces con un parte y lo volvió a repetir. Fue a continuación cuando por tres veces le ordené que se pusiera en posición de firmes para dirigirse a mí. Se negó. El resto ya queda explicado.

Me sentí abatido, entre otras cosas, porque veía que se me hacía el vacío en la compañía, a pesar de tener yo la razón, pero en este país todos pensamos mal del superior. Sin embargo, algunos me dieron la razón. Los cabos primeros del Grupo me confirmaron que mi actuación fue la correcta. De no haber actuado así hubiera estado perdido.

En la comida, de una mesa de mi compañía me requirieron por la aparición de una cucaracha en una tortilla de patatas. Llevé su reclamación al Capitán de Cocina y conseguí que les dieran otra y caliente. Con este gesto creí haber recobrado la confianza de al menos esa mesa.

Era difícil hacerse respetar y sufría las consecuencias de la falta de autoridad que había reinado en las pasadas semanas. Después de todo, la papeleta con la que me enfrenté yo podía ocurrirle a cualquiera, pero no se hubiera dado de haber inculcado mayor respeto a la tropa.

Los nervios no eran solo cosa mía. Ante la próxima llegada del Capitán General se anunciaba concentración de tropas y desfile en Rostrogordo y allá fuimos el 5 por la mañana. Como puede suponerse los preparativos en la compañía fueron vertiginosos y nuestro capitán estaba hecho una furia gritando y amenazándonos con que nos iba a mandar al hospital y, además, añadía:

“¡Os van a sangrar hasta los huevos!”

Tras el desfile, que lo hicimos bien, levantó todos los arrestos.

Antes de rendir la semana el sábado 7 “en los frágiles hombros de Jerónimo” -cómo se reía él oyéndolo- embadurnaron a un “bicho” de azafrán y le pusieron perdido. Vino a darme parte, y me enfrenté al hecho cuando la compañía, formada, esperaba mis órdenes para ir a desayunar. Les relaté el suceso e hice observar que o salía el causante o me entubaba a los cuatro imaginarias, responsables de la compañía por la noche. Advertí que como supiera de alguna represalia hacia el muchacho, se las habrían de ver conmigo. Di de plazo hasta el mediodía. Pero no salieron los o el responsable, por lo que arresté a 4 días de compañía a los imaginarias. Pensaba que si así hicieran todos los “semanas”, irían mejor las cosas. Siempre creí que la autoridad es válida cuando surge de una profunda exigencia interior y del ejemplo personal de quien ostenta la tal autoridad.

El sábado 7, ya liberado de responsabilidades, levantados los arrestos, aproveché para dormir lo que no pude anteriormente y recobré el apetito que me estaba negado. Ese día, sin celebrarse nada especial, comimos entremeses a base de jamón, gambas y cigalas, ensalada rusa; pizza de carne, ¼ de pollo asado, pastelillos, nata, sidra “El gaitero”, y coñac. El Capitán de Cocina se llevó un aplauso cerrado a los postres. Esta comida daba prueba de que administrándose bien y preocupándose por el soldado, se podía dar de comer muy bien a la tropa.

Sin darnos casi cuenta -a pesar de los meses transcurridos- ya estábamos en tiempos de descuento. Los de permiso indefinido (Equiza, Larraga, Egüaras, Basurte, Guillén…) marcharían licenciados para el viernes 13 de febrero. Los que tenían de 10-20 días de permiso pendiente se irían para el 18, entre ellos Pedro, que estaba empeñado en ir a buscarnos a la estación a Jerónimo y a mí cuando nos licenciáramos. Estaba asfixiado, pero desde que se enteró de su partida definitiva por el capitán Chinarro, mecenas del club de baloncesto, estaba que saltaba de alegría. Se anunciaba que los que habíamos consumido los días de permiso lo haríamos a partir del 25 de febrero. Se decía que el lunes 23 entregaríamos la ropa militar. Eguaras me había conseguido unas botas viejas -que no sé de dónde las sacó- para entregarlas como propias, porque me interesaba conservar las que habían sido amigas de mis pies durante catorce meses. Ya todo el mundo se había procurado la ropa civil para el día en que fueran “lilis” con “la blanca “ en el bolsillo, y se habían comprado el bolso necesario para volver a casa (pero que había que encargar a algún morillo llevarlo hasta el cuartel al tener prohibido nosotros portar bultos por la calle). A estas alturas y por mi condición de primero ya podía salir del cuartel vestido de paisano y en una ocasión me encontré con el teniente Catalán también vestido así, charlamos un rato y me dijo que la biblioteca de la 2ª iba mal desde cuando nosotros la dejamos, entonces me di cuenta de la barrera que suponía el uniforme en el trato humano. Se me hacía extraño entrar en el cuartel vestido de civil. Un día de aquellos vinieron a fumigar nuestro cuarto de primeros y echamos apresuradamente a los “bichos” (recién incorporados) para que no les pasara nada. Días antes nos cambiaron las taquillas viejas por otras nuevas y hubimos de remodelar el cuarto, teniendo mucho cuidado en ponernos a un lado los veteranos y apartando a los nuevos “para que no nos pasaran su mili”. En fin, el próximo licenciamiento avivaba el buen humor.

No por eso dejábamos de entrenar: avances en guerrillas, asalto simulado y paso ligero en Rostrogordo. Anunciaba revista nada menos que el Capitán General de la IX Región Militar. El tiempo era soleado y sudé lo mío.

La última paga como cabo primero fue de 1.240 pts. aumento incluido. No había razones para el reenganche.

María me decía en una de sus últimas cartas -ya que estábamos de balance- que todo el mundo le decía “que me iba el Ejército”. Yo le respondí:

“La experiencia que he vivido en estos meses me ha hecho pensar en ello. Mis hábitos, mi decisión (retardada), mi rectitud, tal vez otras constantes, son parecidas a las constantes militares, pero hay otras cosas que no me van y que te contaría despacio. No me gusta este ambiente, pues de la realidad al hecho va mucho, o mejor, de la teoría militar a la práctica va mucha diferencia y en peor. Hay muy pocas vocaciones militares, y lo más es apego al materialismo, a la posición. Hay militares rectos que quisieran que el Ejército fuera de otra manera, pero luego en él hay mucho vicio, poco interés. Mucho desentendimiento, muy poca clase. Todo es violento y hay muy poca personalidad, mucha represión. Además la libertad no existe, ni la creación personal, la iniciativa no existe. Te encuentras, además, con gente que acude a cumplir obligada, que actúa sin gusto en todo y que pierde enormemente el tiempo. Más luego la dependencia política de los que están siempre en el poder, sin poder elegir tus adhesiones particulares. Con todas estas explicaciones basta para que comprendas. Mis constantes personales me han ayudado a adaptarme con mayor facilidad, pero otra serie de derivaciones me han resultado insoportables.”

Mi última guardia de prevención fue el 16 de febrero. Se la describía así a María:

“Mi queridísima y recordadísima María, se adelantó la guardia al lunes, pero casi lo agradezco para no estar tan pendiente de ella. Estoy metido en el cuarto, la puerta abierta y la estufilla calentando, mientras el encapotado cielo nos ofrece unas chispillas de agua. La temperatura es suave pero algo fresca. Me he abrigado bien. Ya es obligatorio el tabardo, de modo que sobre la camisa he puesto el jersey, luego la camisola y encima el tres cuartos. Las trinchas sujetan todo el material, cuatro cargadores con ochenta balas, el cetme lo tengo ahí al lado. Pero, al estar sentado, todo el peso lo aguanta el sillón.

En realidad no es mala esta guardia. Lo peor es la noche, en que por dormir mal de víspera (siempre das mil vueltas en la cama cuando sabes que al día siguiente entrarás de guardia y no dormirás), y el sueño psicológico que entra, se siente uno abatido y finalmente solo. A veces el Oficial de Guardia te ofrece dormir, pero es casi peor recostarse sobre la mesa y sentado en la silla. Se descompone el cuerpo. Por lo demás, me he traído abundante lectura, periódicos, las poesía de Fr. Luis de León y “La romana” de Moravia. No he olvidado tus fotografías, siempre me acompañan en las guardias, y acabo de mirarlas una a una despacio.

Acaba de llegar un soldado de la guardia, que es de mi compañía, a quien había dado permiso para ir a Víveres. Me ha traído varias galletas de vainilla, el muy simpático. Mientras las saboreo, recuerdo cómo me gustaban de chico y que iba a comprarlas con un montón de ochenas a la tienda de Leiza.

Y también ha venido el cabo de guardia, Cera, un chico oscense conocido y estudiante, que, como tiene amistad conmigo, me dice sonriéndose: “A sus órdenes mi primero, ¿da usted su permiso para efectuar el relevo?”. Claro, no he podido evitar el reírme, y al verme él escribir, se lo ha imaginado y me dice: “Dale recuerdos de mi parte”. Seguro que cuando haya hecho el relevo, viene a darme las novedades sonriéndose. Durante la mañana, uno de los cabos de prevención de la puerta falsa (donde paso el día hasta la noche), debe bajar a la principal para anotar las matrículas de los vehículos que entran y salen del cuartel, y es un servicio un poco pesado, de modo que he enviado al otro y me he quedado con Cera. Es competente. Ahí está, metido en su especie de portería, arrebujado, y leyendo “El anticristo”, de Nietszche. Ya le digo, “¡Lectura evasiva para la mili!”. Además me ha aconsejado unas pastillas para este catarro que no acaba de irse.

Sigo saboreando las galletas, y espero la visita diaria del coronel, que pasa por aquí a ver las obras del Grupo y debo darle novedades”.

Después de todo tuvo buen fin la historia del cabo arrestado a calabozo por mi mediación. Le dieron permiso para ir a la compañía, y se acercó al cuarto de primeros, asomó la cabeza y dijo: “¡Qué pasa mis primeros!”, y después entró. Hay que decir que era un tipo hercúleo y pesado, barbudo, con cara de ogro de cuentos infantiles. Pero ya no me miraba con odio, como en los primeros días, se ve que el calabozo le había hecho meditar. Se refirió a que yo había sido injusto con él, que no debía haber dado parte de él, que éramos compañeros. Le respondí que yo había sido legal, que cuando entré de semana advertí que quería llevarla con seriedad, que al ocurrir el hecho le llamé la atención sobre la gravedad del asunto, que yo no podía ser cómplice de nadie, ni amigo de nadie mientras durara mi servicio, que me había propuesto ser recto y vivir en paz con mi conciencia. Respondió que mi reacción había sido la de un orgulloso, que me había descubierto, que yo era muy orgulloso. Le contesté que él también lo era, que por qué no vino a pedir disculpas (no sé si llegaría a creerse, que yo, con ese asunto, me había llevado tal disgusto que me había quitado hasta el sueño).

Como era un bárbaro, dijo que en un principio pensó hasta en rajarme y perseguirme. “¿Y con eso qué lograrías?”, le respondí. “Solo buscarías tu ruina”. En efecto, sabía que andaba amenazándome, me miraba con odio en el comedor, me enseñaba los puños cuando paseaba por el Patio de Armas y por azar miraba a las ventanas enrejadas del calabozo. La sincera conversación entre ambos fue muy productiva, pues el cabo demostró tener buen fondo viniendo a mí para hablar. Reconoció que se había pasado conmigo. No cedí lo más mínimo, aunque traté de hacerle reflexionar, y que entendiera mis obligaciones, le ofrecí vino y fui con él amigable. Después de la conversación me tranquilicé mucho más. Pensé a dónde puede llevar un malentendido estúpido, mezclado con la tozudez y el orgullo. Entre compañeros esto no debía darse.

Llegó el domingo 22 de febrero y en él la asistencia a Misa. Me desahogué con mi novia en estos términos:

“Mi queridísima María, acabo de salir de la brevísima misa dominical de ¼ de hora, celebrada no sin fe por el sacerdote sustituto del Páter (éste ha ido a Chafarinas), pero ha resultado artificial, en medio del comedor, con una feligresía poco atenta a lo religioso. Da vergüenza acercarse a comulgar, cariño, porque te sientes fusilado por las miradas de todos. No obstante, amor, lo hago con fe desde cuando regresé de permiso, y rezo y pido mayor fe a Dios. Y es doloroso ver cómo de un cuartel con 800 o 1.000 hombres, sólo se acercan a comulgar tres escasas personas”.

Despedida del abuelo en la 7ª Compañía, 21 de febrero de 1976: con Orzáiz, Melero, Carvajal, Calurano y Fernández Romero (de primer plano a último)

Ese domingo celebramos la “despedida del abuelo” para la que pusimos cada uno 40 pts. A las 6 de la tarde empezó la “banquetada”: comida más que suficiente para 60 abuelos, dos tenientes y el capitán, quienes hablaron al final haciendo elogios del reemplazo. Para los tenientes, salidos de la Academia General hace dos años, este era el primer llamamiento completamente conocido, en un destacamento fronterizo durante un año caliente. Había de todo: mariscos, embutidos, espárragos y alcachofas, aceitunas, queso, empanadas y productos secos, tortilla, y bebidas: vino, cuba libre, cava, güisqui; pitillos y tabaco para todos, tarta de moka con leyenda alusiva a la “abuelada”, más viejillo de cerámica que luego se rifó (y no me tocó) Todo bien puesto, con manteles, servilletas, platos y vasos, todo desechable. Sobró cantidad, y luego, tras los discursos, canciones y desfiles, todos los demás nos ayudaron a recoger. No todos pudieron recoger, claro, muchos abuelos no estaban en condiciones. Yo bebí algo más de la cuenta, no mucho, pero mezclé y me sentí mareado de forma que me acosté pronto. Hasta me hicieron encender dos pitillos y fumarlos (no lo pude impedir), pero en plan ganso sin tragar el humo. Sentía la necesidad psicológica de participar de la alegría de todos, y me di cuenta de que mis galones y mi seriedad tradicional ante la tropa iban a ser un mal hándicap para comportarme en la fiesta. Así que me mezclé con los compañeros y bebí. Pronto, entre el ligero mareo y algo más que aparentaba, se me comunicó la alegría de todos y lo pasé formidable, estuve a la altura de las circunstancias toda la tarde, y aún provoqué que los presentes me miraran con simpatía y me “chocaran” sus manos. Debía parecer algo grotesco, pero todos se reían conmigo y me abrazaban. Se leyó una orden del día en plan de choteo, que firmaba “el comediante mayor de la plaza. Francisco Zubiaur Carreño”. Creo que se pasaron un poco, no por mí, sino por otros. Así como cuando leyeron una especie de Código Militar, acerca de cómo debía recibir la novia a su novio regresado de permiso, que era puro porno. Delante del Capitán era violento, aunque él se reía. Pero no podía hacer otra cosa.

Por fin «la blanca» llegaba a mis manos.

En general resultó bien, con la excepción de un soldado que se puso de tal manera borracho que le dieron convulsiones y se golpeaba contra todo lo que encontraba a su alrededor. Le llevamos al botiquín y sujetándolo lo tuvimos más de una hora hasta cuando le vino el rendimiento, y, agotado, cayó en el sueño. Yo tenía miedo de que por su pulso acelerado le viniera un paro cardiaco, aunque a nadie se lo dije. Felizmente nada pasó, y más tarde se puso de pie, aunque presentaba una cara que asustaba. Los enfermeros no se atrevían a inyectarle porque había bebido alcohol. No había en el cuartel un mal médico. Lo ocultamos y nada se supo.

Aunque me había propuesto no desfilar nunca cantando la canción de “reclutas, padres y bichos, se va el abuelo”, terminé por hacerlo, a voz en cuello, por todas las compañías, encabezando la formación larguísima de abuelos. Creo que me vino bien para desfogarme de represiones interiores.  El Pichas dejó constancia fotográfica tras la despedida. El Capitán de Cocina, Julio Fernández, coadyuvó a la despedida ofreciéndonos el viernes 27 de febrero una comida especial amenizada por la banda del cuartel al ritmo de pasodobles.

A veces se daban situaciones chungas derivadas de la inverosimilitud de las circunstancias. Cierto día entré en el cuarto de primeros diciendo: “¡Hola, señores y señoras!”, con voz afectada y potente, y resultó que dentro estaba el brigada Quiñoy (que hacía de oficial de semana), al que al ver tuve que decir sorprendido “¡a la orden, mi brigada!”. Al poco entró Conde gritando y también se cortó. A continuación Gandía, que estaba echado durmiendo, se despertó y se puso en firmes repentinamente. Se acercó a mí y me balbuceaba, “¿por qué no me habéis avisado?”. Durante unos instantes tuve que contenerme la risa. El brigada era un hombre extraño, y te encontrabas con él en los momentos más insospechados. Estuvo un buen rato en nuestro cuarto enredando los aparatos de radio y leyendo sin decir una sola palabra.

El 25 de febrero empeoraron las cosas. Volvieron los retenes y las patrullas móviles, se reforzaron las guardias y prohibieron salir del cuartel vestido de paisano. Pareció deberse a la creciente tensión conflictiva entre los vecinos países de Argelia y Marruecos, al borde de la guerra desde la batalla de Amgala en el Sahara. Se volvió a la frontera para una demostración táctica y realizamos a primeros de marzo una marcha de 20 km. por Melilla seguida de retén al día siguiente. El caso es que las cosas se iban a poner peor para los que se quedaran de Servicio.

Debía estar el Estado mal de liquidez. El viernes 27 hice el pago mejor merecido de la mili: las 300 pts. que me costaría el barco de regreso, pues volvíamos con permiso indefinido -no propiamente licenciados- y así el Estado no se sentía obligado a pagarnos el regreso a casa después de haber servido a la Patria desde sus filas militares.

El 3 de marzo escribí mi última carta a María ¡La última carta! No podía evitar el recordar la primera, desde Viator, cuando era un verdadero bisoño en lo militar, que debía estar llena de temores… y esperanzas. Muchas cartas hubo desde entonces de por medio. Esta experiencia actuó en mí decisivamente. Y por esta razón quise dejar constancia de ello.

Pamplona, junio de 2022

Imagen de la portada. El autor fotografiado por Alfredo Martín Alonso, 30 de octubre de 1975.

Notas

[1] Entrar en caja:  Quedar inscrito en la caja de reclutamiento, que era el organismo militar encargado de la inscripción, clasificación y destino a cuerpo activo de los reclutas. Ello obligaba a la autoridad militar a reconocer físicamente al futuro recluta.

[2] Instrucción: El DRAE la define  como el conjunto de enseñanzas, prácticas, etc., para el adiestramiento del soldado, pero más bien debe referirse a los movimientos en formación de reclutas y soldados, con o sin fusil.

[3] Chusco: Panecillo. Por extensión se califica de “chusquero” al suboficial que ascendió de empleo por reenganche en filas (es decir por haber comido chuscos durante años)

[4] Compañía: Unidad mandada por un capitán e integrada en un batallón. Asimismo el edificio que alberga dicha unidad.

[5] Furriel: Cabo que distribuye los servicios de la compañía, y asume el control del armamento y vestuario de la tropa asignada a esa unidad.

[6] Traje de granito: Uniforme de paseo, de color verde oliva, a cuya tela se la denominaba “de granito” en alusión a la urdimbre empleada en el tejido.

[7] Ir de bonito: Vestir uniforme de paseo contrario “al de faena” usado en el interior del cuartel. También equivalía a “ir de romano”.

[8] Marcar: Presumir ante las chicas vestido con el traje “de bonito”. Marcaban más los Regulares, con su traje de tono garbanzo y la faja de color, cuando regresaban a la Peni (Península) de permiso. Asimismo los “lejías” (legionarios) con su uniforme verdoso. Marcar el paso: cantar en voz alta el paso izquierdo seguido del derecho para que una compañía lleve el ritmo correcto. Es el “¡un, dos; un, dos…!”, que algunos sargentos pervertían con expresiones personales, por ejemplo “¡ep, ó; ep, aró; aro, ó…!”. Y para rectificar algún paso mal dado se gritaba aquello de “¡marquénn!” que también podía pervertirse con un “¡aúnn!” salido del estómago, y los soldados debían dar un fuerte pisotón con el pié derecho en el suelo de manera que el que no fuera acompasado corrigiese el paso. De igual manera para dar una orden seca se gritaba ¡”únn”! salido de la profundidad del estómago. Así, “¡Media vuelta, únn!”.

[9] Cabo mierda: El responsable de cuidar las letrinas mientras está de guardia y velar por su limpieza.

[10] Imaginaria: Quien realiza servicio de vigilancia nocturna de la compañía con la obligación de atender a los soldados (darles agua si la pedían, taparles etc.) y velar por la seguridad interior del edificio; duraba dos horas de modo que a la noche eran cuatro los turnos de imaginaria; el saliente de servicio debía despertar al responsable del siguiente turno y dar novedades de la situación al oficial de semana en caso de que se presentara. También se conocía como tal al mando suplente de un servicio.

[11] Paquete: Arresto. “¡Te meto un paquete que te cagas!”; o, también “¡Te meto un puro…”!

[12] Páter: Capellán castrense.

[13] Cuadrarse: Ponerse firme.

[14] Escaquearse: Escurrir el bulto. Escaparse de los servicios simulando que se cumplen.

[15] Retreta: Toque de retirada dado por el corneta.

[16] Especial toque de corneta para que la tropa se ponga sobre las armas y acuda de inmediato a los lugares señalados para su concentración.

[17] Trinchas: Correaje de lona formado por tirantes y ceñidor para colgar de ellos pertrechos militares (cargadores, machete…) que hay obligación de usar estando de servicio.

[18] Chorta: Navarrismo equivalente a quinto, por extensión mozo de reemplazo.

[19] Bicho: El soldado recién llegado a los acuartelamientos de Melilla. Pasaba sucesivamente de bicho a las categorías de recluta, padre y abuelo. Finalmente al licenciarse quedaba “lili”.

[20] Retén: Tropa armada que si las circunstancias lo requieren permanece de guardia para reforzar, especialmente de noche, uno o más puestos militares.

[21] Zafarrancho: Limpieza general de la compañía.

[22] Lejía: Legionario, en alusión peyorativa.

[23] Militar de cuchara: Los suboficiales y oficiales ascendidos con el tiempo, es decir sin pasar por academia, reenganchados por el rancho, por no tener oficio.

[24] Zona rasada:  En el argot militar es aquella en peligro donde caen los impactos en los ejercicios de tiro.

[25] Policía: Buen orden en la limpieza y aseo.

[26] Paleteador: En los ejercicios de tiro soldado que metido en una zanja bajo los blancos señala el punto del impacto de la bala, sirviéndose de un puntero para ello.

[27] Furrielería: Habitación que sirve de despacho y almacén al furriel.

[28] Recluta: Este término que define al novato que se instruye en un CIR, en Melilla tomaba el significado de una categoría intermedia entre el bicho (del último reemplazo incorporado) y el padre (con seis meses de servicio ya como soldado), por encima de la cual estaba el abuelo (con doce meses cumplidos en la mili)

[29] Radio macuto:  Emisora inexistente de donde parten los rumores y los bulos.

[30] Esther Vilar, nacida Esther Margareta Katzen (Buenos Aires, Argentina, 16 de septiembre de 1935), es una escritora nacida en Argentina pero de origen y nacionalidad alemana. Estudió medicina, psicología y sociología, y ejerció la medicina antes de dedicarse a escribir. Es autora del libro El varón domado(1971) y de su continuación El varón polígamo (1976), así como de los ensayos Viejos(1981), El encanto de la estupidez(1987) y Prohibido pensar(1998).

[31] Avión: Ave migratoria proveniente de África parecida al vencejo y la golondrina que, como ellos, se alimenta de insectos.

[32] Estaban asignados a esta compañía de destinos los que realizaban trabajos indispensables para el Grupo como chóferes, oficios, machacas, enfermeros, escribientes de Mayoría etc., libres de instrucción y de guardias, sólo dedicados al menester para el que habían sido escogidos.

[33] Sobra: Parte del haber del soldado que se le entregaba mensualmente procedente de los restos presupuestarios, por lo general de escasa cantidad.

[34] Dar novedades: Informar de las incidencias.

[35] Chorrear: Abroncar.

[36] TOA: Transporte oruga acorazado.

[37] Mi pase a situación de reserva sería el 15 de enero de 1977 asimilándome entonces por mi edad al reemplazo de 1971, primer llamamiento, pues ya no se contaban las prórrogas de estudio sino la quinta en que nací (1950) Después debí pasar revista periódica en el Gobierno Militar de Pamplona cada cuatro años hasta el 29 de mayo de 1987 en que se me dio la licencia absoluta.