Una deliciosa escena de interior, por Menchu Gal

Las colecciones particulares deparan algunas sorpresas. En una de Madrid se guarda un cuadrito al óleo sobre lienzo, de pequeño formato (33,5 x 41,5 cm.), que representa con una graciosa ingenuidad a un conejo, en posición lateral, que come por el tallo una de las dos hojas de berza que se le han suministrado. Tras él una maceta con flores, el zócalo y parte de la pared que le sirve de fondo. En su ángulo inferior derecho lleva la firma de Menchu, quedando su apellido semi borrado [G]al [1].

Menchu Gal. Escena de interior con conejo, 1949

Su autora, Menchu Gal, se lo obsequió al arquitecto Mario Gómez-Morán y Cima, al que había conocido en el Café Gijón de la capital de España, para agradecerle el diseño de una terraza que le había realizado en el año 1949, y cuya planta figura como dibujo abocetado al dorso de la tela, acompañado, en el travesaño horizontal del bastidor, por una inscripción manuscrita que dice: Detalle de la terraza – 49. Esta fecha de [19]49 es la de la ejecución de la pintura, como ahora justificaremos.

Menchu Gal Orendáin, que había nacido en la ciudad guipuzcoana de Irún en 1918, mostró desde su infancia una inclinación hacia el dibujo que sus padres quisieron encauzar encargando su formación al pintor, también irunés, Gaspar Montes Iturrioz. Con siete años ya se ejercitaba dibujando con su maestro y a partir de los doce comenzó a pintar al óleo bajo su dirección. Una de las primeras, y escasas pinturas que se conservan de esa época, es una de la escalerita de acceso a la casa familiar, Gain-Gañean, y su terraza, que pintó con tan solo trece años. El carácter de Menchu por entonces era bastante rebelde y la tarea de Montes como profesor fue llevar su anarquía hacia la libertad serenamente asumida como principio creativo y este ya empezó a traducirse entonces mediante colores fuertes “de forma exaltada” [2]. Sus primeros temas fueron bodegones, retratos y pequeños animales (como pájaros, por ejemplo), paso previo a situarse valientemente ante el paisaje abierto, que en el futuro será el asunto predominante en su pintura y por el que se la conocerá principalmente.

Después de esa etapa formativa básica, tras recomendarle su maestro ampliar estudios en París, ingresó en 1932 en la academia de Amédee Ozenfant, cuyo purismo le llevaba a reducir los colores de su paleta a los esenciales para pintar -negro, blanco y tierras- algo que a Menchu Gal le supuso contradecir su ánimo expresivo por naturaleza, hasta que descubrió fortuitamente la pintura de Henri Matisse y de Moïse Kisling y, con ellos, los territorios por los que en un futuro discurrirá su pintura, el fauvismo y el expresionismo, y su colorido emocional con el que se identificaría.

Tras sus estudios en la Academia de San Fernando, a caballo de la Guerra Civil española, se establece en Madrid en 1945, y en esta década, quizás por el acomplejamiento de querer estar al día cuando la pintura abstracta ganaba terreno a la figurativa, sufre el hechizo de la pintura constructiva de Cézanne desde la que derivará al arte analítico, cubista, de predominantes colores oscuros, de André Derain.

Benjamín Palencia. Bodegón de la garrafa, 1952 (Galería Jorge Juan, Madrid)

Quien le hace retomar la frescura anterior de su pintura será su segundo maestro, Benjamín Palencia, animador de la conocida como segunda Escuela de Vallecas, de quien tomará aspectos como el modelado vigoroso y la sensualidad del color. Al galerista Fernández-Braso confesará: “Creo que he conseguido la frescura y he recuperado la alegría de pintar, como cuando empecé” [3].

A este momento evolutivo de Menchu Gal corresponde esta pintura que comentamos. Ejemplifica perfectamente ese giro estético, que se afianzará en la década de 1950, con predominio de la tendencia expresionista de raíz fauvista y adaptación ibérica en la línea de Palencia, con cuya pintura muestra claras afinidades: colores exultantes, no tanto todavía por la intensidad de la luz que transmiten (pues acaba de salir de una etapa triste), sino por la gama escogida (no han desaparecido del todo los grises sordos como puede verse en el pelaje del conejo, pero afloran ahora verdes, azules y rojos bien matizados); pincelada gruesa de dirección gestual y materia adensada sobre el lienzo (incluso parece haber empleado los dedos para difuminar en algún caso); dibujo obtenido directamente mediante el color con espontaneidad; recuperación, en suma, de la libertad de pintar no condicionada por prejuicios formales. Queda, sí, una síntesis como fondo cuya perspectiva se reduce a tres planos: rojo grana del suelo, azul cobalto del zócalo, rojo encendido de la pared. Una síntesis parecida a la que busca su segundo maestro en sus bodegones, como aquél de la garrafa de 1952 [4]. En aquél y en este de Menchu Gal no interesa tanto representar el detalle como las grandes formas con visión reductora a lo esencial de los objetos representados. Pocos objetos pero bien compuestos. Temas sencillos, cotidianos.

La pintora mantiene sus planteamientos hasta décadas después: Bodegón con pajarito, 1980-1990 (Fundación Menchu Gal)

Para Menchu el protagonista es un conejo doméstico, que trisca el tallo de una informe -por casi abstracta- hoja de berza, posada sobre otra que aguarda su turno para ser engullida por el glotón animal. Este es un prodigio de pintura, una anatomía conseguida con pocos trazos envolventes, como arabescos cenicientos, con sus claroscuros y destellos de luz. Tras él una maceta con flores, que tanto amaba, al punto de poder considerársela también una de las pintoras consagradas en esta especialidad del género bodegón. De nuevo aquí las flores son de identificación indeterminada, pero “funcionan” bien a nivel visual por la espontánea frescura de pinceladas, luces y claroscuros que las conforman. Lo demás a describir está ceñido a la presencia de los cuerpos inertes del suelo y pared, donde se manifiesta la artista más gozosamente policromadora.

El que Menchu Gal haya elegido como protagonista de su lienzo a un conejo tiene también su lógica, habida cuenta de que en otras de sus obras también hay animales, por lo general pájaros, ya vivos como fenecidos, unos que nos resultan familiares, con su jaula y todo, y otros cazados por el hombre, como las becadas de alguno de sus bodegones.

Preciosa obrita de Menchu Gal la que comentamos. Humilde por la escena desapercibida que representa, pero llena de cariño hacia el mundo animal y vegetal sujetos de estudio.

Notas

[1] El apellido de la autora, que aparece desvaído, no deja lugar a dudas sobre su artífice, ya que solía firmar siempre como Menchu Gal, y no añadía el año de su ejecución (como podría pensarse de las palabras reconocibles a simple vista (oló 61), es decir 1961). La de Gal adoptaba con frecuencia la forma de una o, sin duda por el tamaño elegido para la firma y por usar para ello un pincel de punta fina pero empastado que dificultaba definir bien el rabito de la a. Para comprobaciones véase el libro Menchu Gal, la alegría del color, Madrid, Fundación Menchu Gal, 2011, y sus sucesivas ediciones, en el que colaboro con un estudio en profundidad de su obra.

[2] ZUBIAUR CARREÑO, F.J., “Montes Iturrioz, confidencias sobre pintura”, Boletín de Estudios del Bidasoa, Irún, Sociedad de Estudios “Luis de Uranzu”, 1989, núm. 6, pp. 128-129.

[3] FERNANDEZ-BRASO, Miguel: “Menchu Gal doble actualidad”, Gauadalimar, núm. 92, Madrid, 1987, p. 11.

[4] Jorge Juan Galería de Arte, Madrid. Óleo sobre lienzo de 53 x 63 cm.