Etnografía agrícola de Vasconia. XII. Recolección de frutos

Recolección de frutos silvestres

Entre los ejemplos de apropiación como práctica necesaria para la supervivencia del hombre –aparte de la caza, la pesca, de enjambres de abejas, de la recogida de hongos, setas, pacharanes etc.- se hallan la recolección de los frutos silvestres del avellano (“urritza”, “hurr”, “urra”, “urre”, “hurtzi”, “urretxa”), castaño (“gaztain”, “gaztana”, “gazteina”, “gastañia”, “gaztaiñea”), peral del serbal (“áspiles” o zurbas, “madaria”, “basa-makatza”), manzano silvestre (“basatea”), cerezo silvestre (“gerezi-baxa”), cerezo de Santa Lucía (Navarra montañosa), higuera silvestre (“fiku-baxa”), “churles” o frutos del ciruelo silvestre y los de otras plantas arbustivas como la vid salvaje (“berro-mahats”, “baso matza”, “txori-matza”), arándano (“abias”), endrino (“baxakarana”, “patxaran” o “zerriarana”), grosella, agraz, frambuesa, fresa (“ayugues”), mora … tanto en los terrenos comunales como en el monte, donde también se recolectan setas y hongos considerados de acceso libre, aunque en algunas zonas los setales lo sean de paso restringido en la actualidad para evitar su acaparamiento.

Castaño

El fruto del castaño silvestre (“gaztaina-baxa”) ha sido uno de los alimentos de mayor importancia no sólo para los animales (los cerdos echados al monte) sino también para los hombres (en Sara, I., aún es posible ver “gaztainespil” o recintos rodeados por muros donde eran depositadas las castañas al hacerse la recolección), sobre todo cuando flojeaban las cosechas de trigo. Fue árbol muy abundante hasta principios del siglo XX, pero la tendencia a roturar terrenos y una enfermedad que padeció tras la Gran Guerra del 1914-1918, contribuyeron a su remisión [1]. Nace donde la tierra es fértil, normalmente en zonas que han estado sin labrar durante mucho tiempo. Este árbol prefiere tierras húmedas y sombrías (“kontrasola”). Su madera es buena y sus tiras se utilizan para trenzar cestos. Las plantas de castaño se pueden injertar para que den un fruto más grande. Las castañas maduran en octubre

En Iparralde los castaños no son tan abundantes como los avellanos. Se conocen seis variedades de castaños: “xertagorria”, cuyo erizo es de púas cortas y duras; “erlana”, que tiene erizo de púas largas y relativamente blandas y flexibles; “ostobeltza”, cuyo fruto madura tarde; samiel-gaztaina”, así llamado porque madura alrededor de San Miguel (29 de septiembre); “portaloxa”; “gaztaiña-baxa” o castaño regoldano o silvestre no injertado, cuyo fruto, que madura tardíamente, es más pequeño que el de las otras variedades, pero sabroso; y el introducido en la década de 1950, llamado “americano” o de Japón, que ha dado buen resultado. La terminología del castaño es la siguiente, según datos obtenidos por José Miguel de Barandiarán en Sara [2]: “karloa” es el erizo del castaño; “ileak”, “puntak”, las púas del mismo; “pikorra”, “bihia”, el grano; “maxkorra” es el grano agusanado; el arrugado por defecto de desarrollo es llamado “zizpela”; la castaña pilonga “gaztain-ximurra”; la corteza del grano, “Azala”; la película que envuelve la carne, “atorra”.

La “gaztaña” ha sido un gran socorro para los caseríos y gente pobre, que se mantenía de ellas en gran parte, bien cocidas o asadas al tamboril (en G. “damboliña”, en la comarca del Bidasoa “braxera”) [3], previa eliminación de un trocito para evitar que estallasen, y las que por ruines y malas se desechaban servían como alimento para los cerdos. En la década de 1960 ya no se consumían tanto, a excepción de las personas necesitadas, se dejaban “para montonera”. En el resto del país, y como en el caso de las nueces (“intxaurrak”), se guardaban en la “ganbara” (desván del caserío), extendidas en el suelo para que se secaran.

Avellano

Los avellanos (“urretxak”, “urritzak”, “hurtzi”) crecen en el monte o en las campas, son silvestres, también abundantes, y como en el caso de los castaños se cultivan igualmente en propiedades particulares. Se amoldan mejor a terrenos húmedos. En general los árboles que están cerca de las casas tienen frutos más redondos y grandes que los que están en los montes. Las ramas jóvenes se utilizan para hacer “makillak” (cayados) para los pastores. A sus frutos se les llama “urrak” (avellanas). Maduran en septiembre, y se recogen del suelo o se zarandea el árbol para que caigan. Así como las nueces, las avellanas también se extienden en el camarote para que se sequen, y luego se guardan en sacos. Se suelen consumir entre comidas.

Trufa

Un hongo al que cada vez se la da mayor valor, por su interés culinario, alto precio y valor ecológico, y que goza de reputación en Francia, es la trufa, especialmente la variedad “negra”, un asomiceto que se desarrolla bajo tierra en terrenos calizos, bajo el amparo de las raíces, con las que hace simbiosis, tal como encinas carrascas, principalmente en  los valles navarros de Allín (en Metauten reside el llamado Museo de la Trufa) y de Orba (donde se celebra anualmente una Feria de la Trufa en Orisoain) o hayedos. Más raramente aparece en los pinares arenosos.

Hoy se cultiva en truferas a propósito. Se recolecta en el invierno, utilizándose perros especialmente adiestrados en su olfato y extrayéndola con el denominado “machete trufero”. Se han llegado a emplear en su recolección cerdos y jabalíes amaestrados (se considera mejores extractoras a las hembras). Algunos expertos las detectan gracias a la presencia de la “mosca de la trufa” (Suilla gigantea), un insecto diminuto que una vez percibe el olor de la trufa deposita sus huevos sobre la tierra. Las mejores fechas son las de enero, aunque el periodo de recolección comienza en diciembre llegando hasta marzo. Los sitios donde se han cultivado anteriormente viñas suelen ser proclives (sobre todo en los lugares donde hay cepas podridas) y también las zonas donde se hayan cultivado olivos, o existan encinas.

En Navarra, la plantación de árboles protectores para el cultivo de trufa negra comenzó en 1990. Ante el interés de los agricultores por el tema y buscando un respaldo científico, el Instituto Técnico de Gestión Agrícola (ITGA), en colaboración con la Universidad de Navarra, realizó varios proyectos de investigación para determinar el área más idónea para el cultivo de la trufa en esa comunidad, concluyendo que la Zona Media, Tierra Estella y el entorno de la Peña de Unzué (Valdorba) son las más adaptadas a su cultivo. Actualmente hay unas 100 hectáreas dedicadas a la truficultura, cifra que va en progreso.

Hay otro tipo de apropiaciones, no específicamente de frutos, como el de la leña en el monte, cuya provisión se hace para los días de invierno, con carácter general, y las de plantas aromáticas, como espliego y lavanda, que, por ejemplo en Cárcar (N.), se segaba en un término del pueblo, en el mes de noviembre, y con ellas se destilaba.

En Sara (I.), el árbol que no ha sido plantado por el hombre ni injertado se llama “zuaitz”; el plantado por el hombre o simplemente injertado se llama “arbol”.

Recolección de frutos cultivados

En buena parte de Vasconia, hasta la Edad Moderna, y aún más tarde, los árboles frutales tenían una importancia escasa, y sus frutos se destinaban sobre todo a los enfermos, y a veces constituían un capricho o lujo personal. Eran excepción los manzanales de la zona húmeda, pues cumplían el papel decisivo de proporcionar sidra común o rebajada con una proporción de agua luego fermentada (“pittarra” en Baztán, Regata del Bidasoa, N. y Beasain, Hondarribia, G.; “ursagardaue edo pitikiñe” en Abadiño, B.). Lo habitual era que cada caserío produjera y consumiera su sidra si  disponía de manzanales propios. La tendencia al autoabastecimiento propició que en los caseríos se plantasen los frutales necesarios para garantizar la disponibilidad de fruta fresca a lo largo del año. A decir verdad, no se les prestaba demasiada atención, pues se tenían para uso doméstico.

Hoy la situación ha cambiado drásticamente por la modificación de los hábitos de consumo a consecuencia de la creciente globalización (árboles hoy cultivados como el kiwi o el kaki son exóticos), por lo que es muy variada la ingesta de frutas y el cultivo de árboles dentro de las condiciones climáticas existentes.

Los frutos se comen frescos, transformados (como postres por ejemplo de manzanas asadas o compotas), en conserva (en almíbar, mermeladas) o como jugo fermentado (sidra, vino y derivados).

Veamos ahora las distintas fases del cultivo de los árboles frutales.

Adquisición

Las diferentes variedades se compraban en los mercados (Vitoria, Gernika…) o eran distribuidas por las Diputaciones, que contaban con servicios de asesoramiento al agricultor. Antes también había vendedores que recorrían los pueblos avisando previamente del día en que iban a ir para ofrecer sus productos (Apodaca, A.).

En Moreda de Álava, la mayor parte de los labradores compran plantones crecidos y ya injertados de los viveros Provedo, sitos en la localidad de Varea junto a Logroño. Prácticamente, a nadie se le ocurre sembrar un hueso en la huerta o en una simple maceta y luego una vez brotado y crecido trasplantarlo, pero hay quien lo ha hecho con buen resultado en almendros, nogales, melocotoneros y albaricoques. Pero lo normal y habitual es que se adquieran ya injertados en algún vivero.

Plantación, injerto y entretenimiento

Plantación

La época de plantar árboles frutales (“fruta arbolak”) es la segunda quincena del mes de enero o primera del mes de febrero.

Salvo plantaciones en parcelas separadas, lo habitual, sobre todo tras las concentraciones parcelarias que obligaron a talar muchos frutales situados en la linde de las fincas (Álava, Navarra), la transformación de tierras de cultivo en herbales y la despoblación del campo por la emigración (que convirtió en asilvestrados muchos frutales) en las décadas 1960-70,  ha sido plantar los frutales en hilera dentro de las huertas siguiendo la línea de las tapias para evitar que su sombra perjudicase a las hortalizas en cultivo, así como para trabajar más cómodamente dentro de ellas, y también plantarlos en las fincas próximas a la casa que en Álava llaman “larrein”. Los frutales (“fruta arbolak”) se plantaban y se plantan a varios metros de distancia unos de otros para que no se enlacen las ramas entre si y sus raíces no se toquen, de forma que crezcan cómodamente. Este principio también regía en la huerta donde a los frutales se les podaban las ramas que caían hacia abajo para que no estorbasen en el trabajo y no quedasen al alcance del ganado.  Incluso debajo de los manzanos se solía sembrar maíz y alubia, que llegaban a trepar por las ramas del árbol. Los árboles viejos se sacaban con la azada o tirando de ellos con una máquina (tractor o similar). En Valtierra (N.), en el momento de la plantación, tenían cuidado en hacer el receptáculo en la tierra con la profundidad y anchura requeridas por el árbol. Tras abonarlo bien, se rellenaba el hueco apretando la tierra por debajo para que sostuviera la planta, pero dejándola esponjosa en la parte superior. Se regaba haciendo un círculo amplio para que el agua se mantuviera alrededor e hiciese la misma función que el agua de lluvia.

En Amorebieta (B.), los melocotoneros, kiwis, nogales, cerezos, y vides suelen estar cerca del caserío, mientras que los castaños, nísperos, manzanos, ciruelos, peros y avellanos están más alejados. En las zonas marginales o junto a caminos de acceso o acequias se han plantado nogales (Navarra, Álava) y avellanos (Argandoña A.). Aún en los lugares no especialmente adecuados para los frutales debido al frío, los existentes dan bastante fruta si se cuidan bien.

En Gipuzkoa, los frutales por excelencia que han existido en los caseríos han sido el manzano y el castaño, cuyas plantaciones ocupaban terrenos bastante extensos donde cada caserío tenía su manzanal y su castañal, a veces más de uno de cada. En el caso del manzano, después de limpiar el terreno y labrarlo se procedía a la siembra en surcos espaciados, enterrando las semillas a 1-2 cm de profundidad. Durante el verano se seguía con los cuidados del suelo del vivero (que ha de estar siempre limpio de malas hierbas), para al año siguiente sacar de este semillero improvisado los jóvenes manzanos seleccionados y plantarlos en aquél (Hondarribia, G.). Junto al propio caserío se tenían otros árboles frutales como peral, ciruelo, melocotón, cerezo, níspero y kaki, pero uno de cada o quizás de alguno dos. No solía faltar un hermoso nogal (“intxaur-ondoa”) para tener a mano la nuez (“intxaurra”) como postre. Y enredada por la fachada de la casa, en muchas de ellas, una parra de uva.

Si las plantaciones se hacen en parcelas separadas lo habitual en la mitad norte de Vasconia es que se trate de pequeñas parcelas no superiores a media hectárea de terreno. En ellas se plantan manzanos y perales utilizando la técnica del emparrado, es decir, hileras de árboles cuyas ramas se disponen en torno a unos cables o cuerdas donde se sujetan. No se les deja crecer en altura para extender sus ramas en sentido longitudinal. El cultivo de árboles de kiwi, de reciente importación, utiliza una técnica similar, aunque necesita ubicarse en zonas húmedas y cálidas (Argandoña, A.)

La plantación se hace en enero y febrero (Apodaca, A.) y se alarga hasta marzo en Moreda (A.), opinan que “casi mejor [es]al final del invierno cuando la tierra ha oreado algo y está suelta”.

En Moreda (A.), los “almendrucares” (almendrales) se ponen en terrenos malos, de poco valor, nada productivos. Generalmente en somos, tierras altas, fincas con difícil acceso de caminos, etc. No hay plantaciones de “nogalares” (nogaleras), sino ejemplares sueltos por las orillas de los ríos, hortalizas y terrenos frescos por donde discurre el agua en las cercanías. La forma de plantarlos o de abrir los agujeros era la de hacer catas a “zadón” (azadón). Luego se metía el árbol y se “tacuñaba” (apretaba” la tierra a su alrededor). Actualmente, se plantan haciendo surcos con el brabant o subsolador, al igual que se hace en la viña. Posteriormente hay que taparlos y apretar la tierra.

No todo árbol frutal se debe plantar en cualquier terreno, pues cada uno requiere unas condiciones especiales. Los almendros ocupan tierras de secano, a veces ribazos y los orillos de las viñas, “terreno que no vale para otra cosa” (Viana, N.). El melocotonero requiere buena tierra, de regadío, es un árbol que se poda, de poca vida, alrededor de unos 6 ó 9 años, pero si lo riegan demasiado se muere antes. El cerezo requiere algún riego, buena tierra y, en cambio, no se poda. Un árbol muy duro es la higuera que crece “en cualquier sitio”, incluso en ribazos (y ha llegado a crecer en tejados por las semillas dispersadas por los pájaros), no se poda ni le entra enfermedad alguna; aunque se corte a ras de tierra vuelve a brotar con fuerza.

Injerto

El árbol que no ha sido plantado por el hombre ni injertado se llama, en Sara (I.),  “zuaitz”; al plantado por el hombre o simplemente injertado se le llama “arbol”. Al injerto se le denomina en esta localidad labortana “xertu”;  “xarte”, “xarto”, “xartu”, “xorte” en Baja Navarra (I.); “enpeltü” en Soule (I.); “txermen” en Bizkaia (en Abadiño “mentue”);.

Los frutales son injertados a partir de vástagos de otra variedad de la misma especie (o de una especie distinta a la variedad pero próxima ella), mejorada con el fin de obtener frutos de mayor calidad (en cuanto a tamaño, color, dulzura, precocidad, resistencia a plagas e insectos y a las inclemencias del tiempo) por lo que es frecuente tomar ramillas de injerto procedentes de plantas salvajes (es el caso del “patxako” silvestre como patrón para injertar variedades de manzano). Nos informan en Viana (N.) que la regla de oro de los injertos es: “De pipa a pipa, de hueso a hueso”, es decir que solamente se podían injertar frutas afines. Siempre  procuraban que el árbol que hacía de patrón fuera muy fuerte y sano. Por ejemplo un ciruelo “arañonal” silvestre servía de patrón para injertarle melocotón, albaricoque o almendro. En el patrón de guindas “garrafales” (más grandes y dulces que las normales) injertaban cerezas y en el del almendro amargo almendras dulces. En el patrón del membrillero podían injertar peras y manzanas. Los más injertados en general han sido los ciruelos, manzanos, perales, cerezos, nísperos, nogales y almendros. Los cerezos que se empleaban para madera no se injertaban.

En el área mediterránea hay dos maneras predominantes de injertar: a púa y a yema (aunque antiguamente se servían también del hueso como “porta-injertos”) [4]. Ambos tipos de injerto se han practicado en Viana (N.). El injerto a púa se realizaba en primavera, en los meses de marzo y abril; se cogía un brote del año, la púa, de la clase del fruto que se quisiera injertar, y se metía en un corte inclinado realizado a bisel (también llamado cuña), con una navaja bien afilada, en el tronco del árbol que hace de patrón. Una vez realizada esta operación, se forraba la herida con tela de rafia (fibra vegetal) y ataba bien. El injerto a “yema” se realizaba en verano, en agosto; para hacerlo se practicaban en el patrón unas aberturas horizontales y verticales y en ellas se introducía la yema, atándose asimismo con rafia.

En Gipuzkoa eran varias las maneras de injertar: en forma de pata de cerdo, en forma de nudo de árbol, con púa, de canutillo, de escudete y oblicuamente. Se llamaba injertar en forma de pata de cerdo el injerto que se hacía con una púa, dándole aquella forma. De escudete, el que se hacía introduciendo entre el líber y la albura del patrón una yema con parte de la corteza a que estaba unida, cortada ésta en forma de escudo.

No existe unanimidad sobre la época conveniente para hacerlo. Si en Elgoibar y Hondarribia (G.) creían que la época idónea para injertar era el “invierno hacia la primavera” y que era bueno que el árbol a injertar estuviese adelantado y el injerto retrasado y de ese modo pasasen los jugos del árbol al injerto “cuando la savia está dormida”, y en Abecia (A.) opinan que debían realizarse en primavera (marzo o abril), cuando comienzan a brotar las hojas y el árbol a injertar ha alcanzado unos 5 cm. de diámetro (Abadiño, B.; Elgoibar, Hondarribia, G.), en Moreda (A.) son partidarios de hacerlo a últimos de agosto o principios de septiembre, cuando la savia está en su punto ideal. En lo que sí coinciden los agricultores es en pensar que el mejor momento para injertar es “en menguante” (con luna menguante) porque es el momento en que la savia está más fuerte. Aseguran que si es Viernes Santo y es luna nueva también es un buen momento para proceder a estas operaciones porque en realidad es menguante (Abecia, A.).

El modo más común de hacerlo es realizar una incisión vertical en la parte superior del tronco del  árbol, cerca de la copa, el cual recibirá la púa o brote de otra variedad –en Abadiño (B.) prefieren utilizar dos recién cortadas a bisel de unos 15 cm. de longitud con sus extremos afilados y corteza en sus lados exteriores para facilitar la unión con el trono del árbol injertado ya que es la piel la que injerta- y se le introduce ésta para a continuación untar la zona herida con arcilla, ungüento templado a base de resina o actualmente brea para cubrirla a continuación con tiras de trapo, tela de rafia o una simple cinta aislante a modo de venda para evitar que el patrón pierda savia, y luego esperar a ver si prende el injerto. En esta localidad vizcaína, a principios del siglo pasado, se utilizaba estiércol de vaca mezclado con tierra y envuelto en un trapo para pegar el injerto. Más tarde se empezó a utilizar una pasta que se aplicaba templada y se podía comprar en las tiendas pero que también podía fabricarse de modo casero con trozos de resina de pino mezclados con manteca de cerdo. Pasta que se endurecía al enfriar, por lo que no necesitaba de trapos para envolver. En Elgoibar (G.) entablillaban con unos palos la zona injertada, sin apretar demasiado, para que el injerto se verificase. Para entonces se había preparado una especie de pasta a base de heces de vaca y arcilla que se colocaba sobre el mismo injerto al objeto de conservar la humedad. Con métodos más modernos esa masa se prepara con sebo de ganado y resina. Luego hay que esperar a que surta su efecto ya que no todos los injertos solían ser efectivos, de unos cincuenta injertos realizados igual solo resultaban positivos veinte. En el caso del almendro es bueno meter la yema “sin palo, que sea todo piel” y con el resto de frutales es mejor “meter la yema con un poco de madera”. Según recuerdan, para tener éxito con esta práctica es fundamental recordar que el injerto de un frutal de hueso deber ser con otro de hueso y  el de pepita con el de pepita.

En Iparralde, los árboles frutales propios del área oceánica, salvo la vid, se injertaban. Recoge D. José Miguel de Barandiarán esta información sobre Sara [5]: “Xertu” es el nombre del injerto; cortado el trono junto a la copa (“kapeta”), se la hiende verticalmente por la superficie del corte; dos ramillas de la clase que se desea, cortadas en bisel en sus bases, se introducen en los extremos de la hendidura, de suerte que las cortezas de ambas queden contiguas a la del tronco. La parte afectada por la operación se tapa con arcilla o con estiércol de vaca que luego se envuelve con un trapo: sólo quedan visibles las puntas de los injertos”.

Las plantas utilizadas para los injertos normalmente son de la misma especie que se desea conseguir, pero no siempre. El níspero, por ejemplo, se puede injertar en un espino albar (“elorrian”). Los cerezos son los más sencillos a la hora de injertar, y los ciruelos los más difíciles. El injerto se implanta mejor en árboles jóvenes.

Hoy en día los almendros y nogales que se ponen vienen ya injertados de los viveros y las personas contactadas ya no conocen bien el proceso y la técnica de los injertos.

Antes, se ponían almendros nacidos de la cáscara de un almendruco y también almendros silvestres o agrios injertados.

En algunas poblaciones no se injertaban árboles sino que se trasplantaban de unas zonas a otras con diferente tipo de suelo, lo que se hacía por San José (19 de marzo) (Berganzo, A.). En otras se acostumbraba a injertar en frutales silvestres (p. ej. el manzano silvestre o “maguilla”) para trasplantarlos al lugar destinado al año de prender (Abecia, Apodaca, A.).

El arte de los injertos y el cambio de los sabores con los productos híbridos, no tuvo mucha aceptación entre la población ribera de Navarra, al no conocer el comportamiento de las nuevas frutas ante el proceso de embotado y sus resultados finales.

Entretenimiento

Antiguamente se cuidaba el suelo bajo los frutales. Para un casero era un orgullo el tener los mejores manzanales (“como hoy quien tiene el mejor coche”, dicen en Hondarribia, G.). Se quitaban las malas hierbas de la tierra y, en esta localidad, se añadía el humus de hojas del río Bidasoa que era el mejor abono posible. También se añadía la “zimaurra” del estiércol. Se daba abono dos veces al año.

Explican en Viana (N.), que antes cavaban los pasillos entre las filas de los frutales, pero ahora ya no, dejan crecer la hierba, pues de esta manera la tierra conserva mejor la humedad, y cuando cae la fruta del árbol se golpea mucho menos sobre la hierba que en la dura tierra.

El abono era más necesario en el caso de los árboles recién plantados. En primavera se les echaba estiércol o basura “ongarri” o “lurr-ustel”, en Dohozti, I.) a la raíz (“arbola eperdire”) y también se embardunaban de cal desde la raíz hasta medio tronco para protegerlos contra los insectos.

El entretenimiento anual básico que requiere un árbol frutal es la poda (“kapetatzia”). Fuera de ella el caso que se les hace es escaso. En Berastegi (G.) no les quitan ni el muérdago. A excepción del manzano. Antes a los manzanos se les trataba bien, para ello era necesario labrar la tierra para luego abonarla. Esto se hacía sobretodo con el manzano considerado como bueno, aquel que su manzana iba destinada al consumo y el terreno escogido era bueno. Además se le entresacaban un poco las ramas. Sin embargo, el manzano destinado a la producción de sidra solía plantarse en terrenos más pobres.

Se podan los frutales que no tienen hueso, pero los que lo tienen, como el melocotón y la ciruela, no se podan. Tampoco se podan el nogal y el avellano. Los frutos que tienen pulpa si se les hacen cortes pueden recibir agua y comienzan a pudrirse, por ello cuanto menos se toque a la higuera y al nogal será mejor. En Iparralde los árboles frutales no se podan, aunque en Uhart-Mixe (I.) al peral se le podan en febrero las puntas de las ramas –lo mismo que se hace con la vid- para que no se extenúen. También se poda la parra. En Carranza (B.) se mantiene el dicho: “Parra podada, siempre está moza”.

Antes como ahora se emplean las tijeras de podar para este fin.  La poda se hace coincidiendo con luna menguante, sea en otoño, invierno o primavera según su variedad y ubicación geográfica: en noviembre o diciembre los de pepita (Apodaca, A.), en enero o febrero (en Apodaca, Moreda, Ribera Alta A.; Amorebieta, Bedarona, B.), a últimos de febrero (en Viana, N.), en marzo (en Abecia, A.), la parra de las fachadas de los caseríos guipuzcoanos con la luna menguante de noviembre, a fin de que no pierdan mucha savia, pero en verano se les quita las ramas secas ya que en invierno este hecho pasa inadvertido por falta de hojas y de vida de los árboles. Cuando los manzanos eran jóvenes se podaban anualmente en la fase lunar creciente de los meses de invierno, al poco de las Navidades, antes de que empezara a moverse la savia en el árbol, “arbolaren izardie moitzen asi baiño len” (Beasain, G.). Informan en Elgoibar (G.) que el manzano de “raineta” (reineta) no se podaba, pues le perjudicaba hasta el punto de que el árbol podía quedar “para madera”. El ciruelo también se podaba en creciente.

Al manzano, peral y cerezo hay que podarlos bastante. Al melocotonero se le poda algo más que al ciruelo y a éste escasamente. Al avellano sólo se le quitan las nuevas plantas que crecen en su raíz. El manzano tiene pujas machos y hembras, “arrak eta emiak”. Las pujas machos son más suaves al tacto y tienen una forma propia distinta de las pujas hembra. Se conocen perfectamente cuando el árbol está sin hojas en invierno. Hay que podar las pujas machos.

La poda de almendros se hace en Moreda (A.) durante el invierno, incluso en otoño nada más recoger el almendruco y antes de que caigan sus hojas, con el fin de ver mejor cuáles son las ramas que están secas y cuáles las que permanecen verdes. El criterio de la poda que se sigue con los árboles frutales es sencillo: cortar las ramas viejas, dejar las jóvenes, y dejarlo de forma ornamental y cómodo para la recolección de los frutos sin esfuerzo. El almendro se entreclara: se quitan las ramas que medran hacia arriba, se cortan los chupones que se llevan la fuerza y no traen almendrucos, y se sierran las ramas secas, amarillas y enfermas de forma que se abra el árbol para impedirle crecer mucho y favorecer que medre hacia abajo y a lo ancho. Los nogales no se suelen podar, son árboles que no exigen demasiada atención. Algunos lo más que hacen es quitarles algunas ramas altas que son difíciles de alcanzar en la recolección, aunque esto no importa mucho porque las nueces con el aire y viento acaban cayéndose. También se les cortan las ramas muy bajas que impiden el paso de la maquinaria o que estorban.

Los árboles se cuidan para obtener mejor y mayor cantidad de frutos, no obstante lo habitual es reducir los cuidados a la poda de las ramas, el sanado de algunas partes dañadas y el tratamiento de alguna que otra enfermedad como el pulgón, el oidium o el “mildeu” (mildiú).

Antes, se les echaba “ciemo” (fiemo) cuando en las casas había animales y se “sacaban” (limpiaban) las cuadras. Hoy, se les abona con abonos minerales al igual que se hace con todo tipo de árboles como olivos y vides. Cualquier clase de abono es válido, ya sea de cereal o de viñedo. Hoy se abona esparciéndolo con la abonadora del tractor, pero hasta la década de 1970 se hacía a mano. Se llevaba el abono en una capacilla y se echaba a puñados. Luego se tapaba con el cultivador del tractor.

No ha sido habitual encontrar labradores expertos en frutales. Los agricultores más habilidosos realizan injertos pero esta práctica se está reduciendo a las personas de más edad que generalmente han heredado esta habilidad de sus antepasados. Actualmente, si un frutal no da frutos termina por arrancarse y se planta un árbol nuevo en su lugar, adquirido en el mercado (Argandoña, A.).

Durante el mes de febrero los árboles de fruto seco, como el almendro y el nogal,  echan la flor y lían. Más que labrarlos, lo que se hace en los campos de cultivo es darles una mano con el cultivador del tractor. Se les da primero de alto en bajo y después se les cruza. Tiempo después, cuando la tierra ha oreado, se les da una mano con el rotavator. La zona bajo los almendros, más próxima al tronco del árbol, se cava a mano por no llegar el cultivador a remover la tierra hasta este lugar. El agricultor con su fuerza y provisto de una azada va cavando la parte lleca que no se ha conseguido voltear con la maquinaria. Hoy en día, algunos matan la hierba echando veneno, con herbicidas.

Respecto a la floración de los árboles, en Sara (I.) se dice: “martxo-lore, urre-lore; apiril-lore, pare-gabe; mayatz-lore, gabea baino obe” (flor de marzo, flor de oro; flor de abril, sin igual; flor de mayo, mejor que nada).

Los nogales se cavan a mano y a veces por estar junto a los ríos que echan mucha maleza y matorrales se les limpia con una hoz. Al comienzo de la primavera, hacia el mes de abril, sale la nuez en forma de gusano negro. En este mes suele liar, si no hay alguna helada que las perjudique, por San Marcos (25 de abril).

En Liginaga (I.), a fin de lograr que los árboles frutales sean más productivos, se recurre al siguiente procedimiento que un informante explicó a D. José Miguel de Barandiarán hacia 1937 con estas palabras [6]: “Jundanejaune goizan ekia elki gabe ekarri behar da harri bat detxima lurrez kanpotik, eta ekia elki gabe ezai behar da zuantzian gañen adar baten onduan” (A la mañana del Señor San Juan, antes que salga el sol, se debe traer una piedra de fuera del territorio municipal y antes que salga el sol, hay que ponerla sobre el árbol en la base de una rama). Procediendo así, al año siguiente empieza el árbol a fructificar, o fructifica más. El mismo procedimiento, pero aplicado a los manzanos estériles (“alferrak”) se ha recogido en Sara (I.). En esta localidad se busca el mismo fin cargando con una o más piedras la horquilla que sus ramas forman en el centro de la copa. En Carranza (B.) se detecta la esterilidad del árbol porque se yergue en exceso: “El árbol que no da frutos, levanta mucho la cabeza”.

Tratamientos

Salvo los que salen en caminos o lugares públicos, los árboles de las huertas son tratados con herbicidas y plaguicidas sobre todo los meses de frío para evitar las enfermedades, gusanos, hormigas, etc. y sulfato de cobre hasta que empiezan a echar la hoja, luego más tarde hacia el mes de marzo, o en primavera cuando sale la hoja, se les hecha un insecticida para el pulgón o un funguicida. Los viveros oficiales de las Diputaciones facilitaban plantas introducidas previamente en un baño anticriptogámico e insecticida que las dejaba desprovistas de todo germen de infección [7]. Antiguamente algunos agricultores embadurnaban los árboles con cal desde el suelo hasta la mitad del tronco para este fin (en Valderejo, A. solo los manzanos y ciruelos) y hasta se llegó a emplear para esto lejía rebajada con agua (Viana, N.) y azufre.

Los nogales se tratan de pequeños contra la “gardama” (carcoma). Se les echa sulfato de cobre contra el “mildeo” (mildiú) y venenos insecticidas contra la gardama. De esta manera se logra que crezcan sanamente y no sean atacados.

A los almendros les suele afectar mucho el pulgón verde, también conocido como “aboyadero”, durante el mes de mayo si llueve y hace frío. Crían en las hojas y hacen que éstas se retuerzan. Ocurre cuando el almendruco es pequeño. En esta época se tratan los almendros con sulfato de cobre y con insecticidas que combatan el pulgón verde.

El almendro en esta época otoñal suele echar la miel de cuco, que es considerada perniciosa para el árbol, ya que puede secar “el brazo” (la rama). También, el tronco del almendro suele echar unas hojas anchas que semejan nidos de picarazas por su forma redonda y de color verde (Moreda, A.) [8].

Pero, en general, fuera de conocimientos básicos sobre la poda y en algunos labradores más avispados sobre los injertos, el agricultor no ha tratado los árboles frutales sino que los ha plantado y dejado estar para obtener de ellos los frutos para consumo de casa o para obsequiar a familiares y vecinos. Los que dejaban de dar fruto se talaban y sustituían. Quizá sea una excepción el manzano, que ha gozado de una situación especial por la elaboración de la sidra. Pero, incluso ni éste, según informan en Elgoibar (G.), puesto que había gran cantidad de manzanas y a las mariposas no les daba tiempo a contagiar todas ellas. Ahora, en cambio, “si plantas un manzano, se puede llenar de buenas manzanas, pero la mayoría acaban con gusano, dado que los manzanos son pocos y las mariposas muchas. Un árbol podía dar unas cuarenta manzanas con gusano, pero te quedaban muchísimas más sin gusano”. Por lo regular los frutales eran desinfectados con el mismo antiséptico que se daba a las viñas, y que sólo producía resultados medios principalmente contra la arañuela. Esta situación ha ido cambiando por la disposición de jubilados con tiempo para entretenerlos. “En las nuevas urbanizaciones, rara es la vivienda que no tenga media docena de frutales. Antes apenas sí se  cuidaban, hoy se podan, injertan y se tratan con productos químicos”, informan en Treviño y Lapuebla de Arganzón, dentro del enclave burgalés de Álava.

Recolección

El mejor momento para recoger la fruta de los árboles y podarlos es en cuarto menguante de la luna [9]. En este asunto, como con el resto de faenas agrícolas, se consideraba el factor meteorológico clave en la maduración de los frutos. Dicen en Carranza (B.): “Con el viento sur, se abre la castaña y se sube el nabo”. De esta forma tiene más sabor y dura más.

Para su recolección es habitual subir por el tronco del árbol hasta llegar a las ramas más altas y coger la fruta manualmente, o ayudarse de escaleras. Se colocan los frutos con esmero en cestos [10] para que no se golpeen, luego se trasladan a casa, donde se extienden sobre paja o heno para consumirlas o venderlas a lo largo del año. Las manzanas se toman del suelo cuando por si mismas caen maduras y no están “tocadas” (podridas). Éstas se daban a las vacas. No es frecuente utilizar palos para agitar las ramas por considerar que se puede dañar el árbol. Sólo se emplean en el caso de avellanos, nogales y almendros (palos llamados “latas” en Viana, N.), colocando previamente en el suelo una lona para recibir el fruto. En algunos casos, el palo sirve para “atraer” algunas ramas, y tomar el fruto con más facilidad, o sirviéndose del “recogeperas” (Viana, N.), para estos frutos o similares, especie de cono de chapa de hierro con bordes cortantes provisto de un largo palo de madera para alcanzar y recoger las frutas más altas.

En Moreda (A.), cuando las frutas se encuentran en ramas altas de los árboles, caso de perales, manzanos o membrillares, se recogen con unos instrumentos que también son denominados “latas”. Consisten en un palo largo que en la punta posee una hojalata de metal en forma de embudo, ancha por arriba y estrecha por abajo donde se halla unida al palo (algo similar al “recogeperas” mencionado). A su vez, la parte de arriba tiene la hojalata con entrantes y salientes en forma de sierra. Esta lata se introduce en cada pieza de fruta y al tirar para arriba se le corta el rabillo de unión con el árbol, cayendo la fruta al interior de la hojalata. Cuando se han cogido varias y llenado este embudo de lata se vacía su contenido en la cesta.

Las cerezas se cogían hacia junio o julio, las ciruelas hacia agosto, las manzanas hacia otoño, las nueces las recolectaban hacia octubre o un poco antes (estas eran el postre propio de invierno).

La recolecta de los árboles que dan fruto seco (almendro y nogal) tiene lugar durante los meses de septiembre y octubre (Moreda, A.). Los primeros almendrucos se comienzan a coger hacia mitad del mes de septiembre, para San Mateo (día 21). A estos primeros almendrucos maduros les siguen otros durante todo el mes de octubre. La maduración del almendruco se conoce por la apertura de la cáscara, si ésta se encuentra abierta es que están maduros, y si no es que se encuentran verdes y hay que dejarlos para más adelante. Los almendrucos se cogen de muy diversas formas. La más habitual, si los almendros son pequeños, es el cogerlos con un cesto colgado al cuello. Se ordeñan con las manos, al igual que se hace con los olivos, y el almendruco va cayendo al interior del cesto. Cuando éste está con peso se vacía en un saco. Otra forma corriente de cogerlos, sobre todo si los almendros son altos, es el de poner en el suelo mantas o redes y apalear los árboles. El almendruco cae sobre la red y luego se recogen en cestos y de éstos pasan a los sacos.

Las nueces eran recogidas mediante el apaleo de las ramas con varas largas (“barandas”), o encaramándose al árbol y golpeando las puntas con unas varas de avellano (operación conocida como “mochar los nogales”) (valle de Améscoa, N.). En otros lugares no suelen varear los nogales. El aire y viento se encargan con el paso del tiempo de tirar las nueces al suelo. Se recogen en cestos y se echan luego a un saco. Muchas veces al ir a recogerlas con la mano es preciso llevar un palo o una hoz para hacer limpieza del suelo y descubrir la nuez de entre la hierba y maleza en que pudiera estar oculta.

Los frutos de los castaños plantados en las parcelas próximas a la casa (Bedarona, B.) se recogían con las pinzas (“lakaska”) con erizo y todo, se llenaban los cestos (“sardiko”) se echaban al carro al cual se le colocaba la caja y se llevaban a una cárcava de piedra que se tenía preparada cerca de casa. Una cárcava de unos 80 cm. de altura. En invierno se iban cogiendo a medida que se necesitaban, se les pegaba con la cabeza del rastrillo y se les quitaba el erizo (“oskola”). El  grano se traía a casa en cestos (“gaztain otzarak”). En Iparralde (la información procede de Sara), la recolección se hace mediante vareo (“erautsi”) con un palo largo llamado “aga” (en otros lugares “kakuek”), al que se le hace cimbrear [11]. También lo recogen en cestas con su erizo, pero a las pinzas de madera empleadas para ello las llaman “martxola” (“batzakia” en otros pueblos).

En Gautegiz-Arteaga (Gernikaldea, B.) la recolección de las castañas se hacía de San Miguel (29 de septiembre) en adelante, durante todo el mes de octubre. La castaña tempranera, “goizetiko gaztanie”, se recolectaba algo antes de San Miguel.

La recogida de manzana se empezaba a finales de agosto, cuando el fruto está maduro o próximo a madurar. Las manzanas de invierno pueden dejarse en el árbol hasta la caída de la hoja si el tiempo lo permite, en caso de helada deben recogerse inmediatamente. Con la manzana se hacía para el 8 de septiembre -fiestas de Hondarribia- la “xixarra”. Luego se continuaba recogiendo durante los meses siguientes hasta fin de octubre, dependiendo del grado de maduración de la fruta. Se recogía con un palo que tenía un pincho en la punta, “makota” en Hondarribia (G.). Con un golpe se hincaba en la punta de hierro la manzana y dando un golpe con la “makota” sobre el mango de la cesta u “otarra” se soltaba la manzana que caía a ella, y así sucesivamente hasta llenarla. En otros lugares solían recogerse cimbreando fuertemente el árbol para que cayeran al suelo y las que no caían  se echaban con la vara (“kaku”). Se metían en cestos. Las manzanas para comer a diario se dejaban extendidas en el camarote. Cuando había vendaval todo el mundo acudía a retirar la manzana caída para aprovecharla haciendo sidra. En el Valle de Améscoa (N.) las manzanas las recogían a mano en ratos perdidos teniendo cuidado de no golpearlas pues los puntos tocados se ennegrecen con rapidez, el fruto se vuelve insípido y se pudre con facilidad. Las ataban con hilos en racimos que colgaban, para su protección y conservación, en las vigas de los cuartos de dormir.

Si la manzana está destinada a la producción de sidra, la recolección puede hacerse con el procedimiento del vareo.

Las pocas pomas que había en los pomeros de Obanos (N.) se cogían verdes y se enterraban entre el grano de cereal, en las bajeras de la casa, para que madurasen. Se usaban contra procesos diarréicos.

Los higos, fruta sensible por su blandura, hay que cogerlos con los dedos cortándolos con cuidado por la zona del rabillo en un movimiento que consiste en tirar hacia arriba. Luego se depositan en cestas con el fondo de papel, hierbas o, incluso, de las mismas hojas de la higuera.

Describimos a continuación cómo era el método de recogida de la fruta en una localidad navarra típica en este aspecto, Cárcar.

Cárcar (N.)

La primera labor era la descarga de las “cajas” antes elaboradas con madera y, posteriormente de plástico. Con la ayuda de un tractor y remolque se portaban hasta las parcelas y eran distribuidas por “las rencles” (las ringleras cultivadas). Debajo de cada árbol se colocaban alineadas tres “barcas” (barquillas) forradas en su interior con un papel de estraza gordo y áspero –esta labor la hacían los niños.

Mujeres y niños se empleaban en coger las frutas localizadas en las ramas bajas. Siempre con mucho cuidado. Había que estar “al  tanto” para que cada fruta recolectada estuviera en buenas condiciones y no “dañada”. La fruta dañada – agusanada, con marcas de granizo o la que se caía al tiempo de recogerse- se separaba del resto.

Para arrancar la fruta se tenía que estirar del rabo “pa arriba”. Nunca se hacía este trabajo con ningún tipo de herramienta cortante, sino que era manual.

Las frutas más altas eran recogidas por los hombres. Para ello se bajaban las ramas o se subían a una escalera. Los hombres portaban unos pozales –recipiente de plástico o metal- con una cuerda y un gancho para poderlos agarrar a las ramas. Cuando el pozal estaba lleno se lo entregaban a las mujeres o niños, quienes eran los encargados de rellenar las barcas que se habían quedado a medias.

Así “rancle tras rancle”.

A media mañana,  cuando los mosquitos ya habían hecho su aparición, se paraba para echar el “bocao” preparado siempre por las mujeres.

Al atardecer, los hombres empezaban a cargar el remolque, barca por barca. Uno conducía el tractor y dos se dedicaban a cargarlo.

En este momento, las mujeres y niños se dedicaban a recoger la fruta que estaba en el suelo que era la que se comía luego en casa.

Si había alguna fruta dañada en la barca podía pudrir toda la mercancía.

Prácticamente, la totalidad de la fruta recogida era llevada a Pamplona. Solo una mínima parte se colocaba delante de las puertas de la casa con un cartel de “Se vende”. Para pesar se utilizaba una balanza de dos platos o una “romanilla”.

Descoque y limpieza del almendruco y la nuez:

Aún hoy algunos labradores siguen limpiando o descocando el almendruco a mano. Uno por uno le van quitando la cáscara verde o seca que los envuelve. Los que estén muy cerrados se descocan con un cuchillo o con los dientes, aunque sea una perniciosa costumbre.

No obstante, el que tiene muchos almendros los limpia con máquina limpiadora de almendrucos. Estas máquinas son accionadas por el cardan o fuerza motora del tractor o por energía eléctrica. Los almendrucos envueltos con su pelleta se echan a la máquina por encima en una especie de tramoya. De ésta van cayendo al interior, en donde un eje de goma dura va dando vueltas y separando el almendruco de la cáscara. La cáscara es expulsada al exterior por las aberturas que hay en el cuerpo central, a lo largo de todo su recorrido. Y los almendrucos son echados fuera al final por una salida específica. Aquí se pone un saco, cesto, cuévano o similar para recogerlos.

Las nueces se limpian a mano cuando están secas, ya que si se hace estando verdes se manchan mucho las manos y resultan difíciles de limpiar. No se les puede aplicar la máquina de limpiar almendrucos, pues al ser la cáscara de las nueces más débil que la del almendruco se romperían.

Los sacos de almendrucos y nueces se llevan de un lado para otro con el cajón del tractor. Del almendral o nogalera a casa y de aquí al almacén para su venta.

La madera de los almendros es buena para quemar en las cocinas durante el invierno, da mucho calor y dura. Y la del nogal es adecuada para hacer muebles, antiguamente se empleó en la talla de figuras para los retablos de las iglesias.

Conservación y comercialización

Los frutos de árboles ubicados en huertas o cercanos a las casas, e incluso los de las parcelas mayores, son prácticamente para consumo propio y conforme se van recogiendo se van consumiendo, dada la rapidez de su maduración. En caso de darse excedentes de producción, se echaba la fruta a los cerdos para completar su alimentación (Berganzo, A.) o bien se comercializaban (Abecia, A.). En Elgoibar (G.), decían sobre los ciruelos que al venir de golpe su producción era muy difícil su comercialización. Sin embargo, todavía se suelen conservar en los desvanes (“sobraos” en A., “gambaras” en N.) y despensas, sin seguir una fórmula especial que no sea la de guardarse amontonadas o dispersas por el suelo manzanas, peras o membrillos, que aguantan así algunos cuantos días más y que se consumen poco a poco. Deben guardarse en un sitio frío, en penumbra y con ventilación suave para evitar que la excesiva luz o el viento aceleren su maduración. Algunos de estos frutos se utilizan para hacer todo tipo de conservas embotadas y confituras, aunque esta práctica también está decayendo porque es más fácil e incluso rentable comprarlas –como en el caso de las hortalizas y legumbres- en los supermercados o directamente en los almacenes de las conserveras (Larraga. N.).

Limpios los almendrucos y las nueces, se tienden para que se sequen y no se “canuzcan” (enmohezcan) por causa de la humedad. Se suelen tender en altos o sitios bien ventilados y secos. En el caso de Moreda (A.), cuando ya se han secado, al mes o dos meses de haberse recolectado, se llevan a vender a un almacenista de la ciudad de Viana llamado “Cereales Barco”. La gente los suele cambiar por abono. Venden los almendrucos y compran abono. En Berganzo (A.) usaban las eras del pueblo para secar las nueces.

El precio del almendruco está más bajo en el mes de noviembre, pero pesa más. Los que lo venden en la primavera obtienen un precio mayor, pero el almendruco al estar seco pesa menos. Se llevan al punto de venta en el cajón del tractor o en furgonetillas. En ocasiones son los compradores quienes se acercan al pueblo por el producto, cuyo precio se negocia. Se pesan en básculas manuales y se les descuenta la tara de los sacos vacíos. El kilo de almendruco suele estar a unas 120 pesetas el de “largueta” y a 90 pesetas el común que es más barato y menos apreciado (precios del año 2.000). Las nueces, con un precio en torno a las 600 pesetas el kilo, no se suelen vender, se dejan para el consumo de casa. Suelen comerse simplemente con pan, queso, dulce o pasas.  Las almendras se toman “garrapiñadas” (envueltas en azúcar disuelto al fuego) o “saladillas” tostadas con su cáscara. Esto exige privar antes a los almendrucos de su cáscara leñosa, para lo que se emplea desde una piedra hasta un casca-almendrucos pasando por un martillo o cualquier otro objeto contundente con el cual poder golpear y romper el fruto seco.

En Iparralde (Sara), las castañas, una vez recogidas, se llevaban a casa en carretadas (“burkadak”) y se apilaban contra la fachada o en su tejavana envueltas en helechos. Para mantenerse en condiciones debían de estar húmedas y por ello se dejaban a la intemperie. Así las cortezas se iban pudriendo, pero los frutos aguantaban bien por lo menos hasta Navidad. Unos tres o cuatro días antes de consumir se llevaban dentro para que se secasen. En el interior no aguantan más de quince días, pues se endurecen (“txikoldu”). Si se guardan durante demasiado tiempo les salen brotes, “erne-mine emon”. Las castañas se acarreaban con el erizo, “txokola” [12], porque aguantaba mejor. La provisión podía hacerse tanto de los montes propios como de los comunales.

Las manzanas ácidas son consumidas en casa, sólo las sobrantes son vendidas.

Área oceánica

Abundan en el área oceánica, el nogal (“intxaur”, “intxaurre”, “intzaurra”, “intzaurtzi”, “eltzaurra”), aunque se da mejor en secano; el ciruelo (“aran”, “arana”, “adana”, y “ahana”, de las que se dan la “beltza” o roja, la “zurie” o blanca, la amarilla y la “klaudia”), el peral (“udaria”, “madarie”) y  el manzano (“sagar”, “sagarra”, “saarra”), considerados de implantación más antigua. Árboles con fruta de hueso no tan abundantes son el cerezo (“geriza”, “gerezi”, “gerezia”, “geezia”, “keizea”), el guindo, el albérchigo (“txerremena”, “albertxigoa”, “alberretxikue”), el albaricoque (“mertxika”, “merxika”), el melocotonero (“mixika”, “muxika”, “bertxika”, “melokotoia”) y el níspero (“nizpera”, “mizpira”, “mispilla”, “misperoa”). Otros árboles a mencionar son la higuera (“piku”, “pikue”, “pikua”, “fikua”, “ikoa”), la higuera breval, el kiwi (“kibize”, “kibia”) –implantado en la década de 1980-, el kaki (“kakie” de escasa implantación hasta tiempos recientes), el membrillo (“niasagar”, “irasagarra”, “membrillue”, “membrillu saarra”), el granado, el moral, y plantas arbustivas como la vid (“maats”, “mahatsa”) y el moscatel (“moskatela”) en forma de parra trepadora adosada a la fachada de la casa. Algunos más son de menor implantación: pavíos (a la pavía denominan “melocotón abridero” en Berganzo, A.) y bortos (cuyo fruto es el madroño). En Hondarribia (G.) han entrado incluso naranjos y mandarinos.

Avellano

El avellano común (“urretxa”) se empezó a trasplantar en Álava a las fincas en la década de 1990, hasta entonces el único avellano era el silvestre localizado en el monte y en las orillas de los ríos.

Castaño

Es árbol de sol, se le encuentra hoy día en la vertiente meridional del Pirineo, entre Ultzama y Lesaka (N.), pero se halla también extendido en la vertiente norte de Navarra, donde ha encontrado un medio más favorable pero no pasando nunca de cotas superiores a 500 m. de altitud. Existen castañales en Maya, en las cercanías de Ziga sobre la carretera de Elizondo hacia el puerto de Belate (N.), en los valles del Nive de Baigorri y de Arnegi (I.).

Del castaño se conocían al menos siete clases en Beasain (G.), a las que se distinguía por la hoja y el erizo. Eran “Andra Mari gaztiñea”, que maduraba para Santa Fe (1 de agosto); “goiz gaztiñea”; “bixkaie”, que era la más estimada para asar; “otañu gaztiñea” la mejor para comer cocida; “iñurrigoa”; “txakarroa” y “berde gaztiñea”. Algunos labradores hacían injertos con diferentes clases.

En las villas guipuzcoanas la castaña (“gaztaina”) era un fruto característico que se recogía hacia Todos los Santos (1 de noviembre). Se recolectaba con su envoltura de pinchos “lakatza” y se llevaba en sacos  al caserío. Una vez que todo el material se hallaba en él, a base de taconazos se separaba la castaña de la cáscara. No obstante las castañas permanecían con su envoltura en el “gambarote” y según se fuera necesitando consumirlas se iban quitando esas envolturas (algunos para su mejor conservación echaban por encima unos puñados de sal).

El castañal hay que renovarlo cada dos generaciones, y el no hacerlo en algunas localidades (Beasain, Elgoibar, G.) ha mermado la producción, de forma que de llevar en el pasado al caserío carros y carros de castañas se ha pasado a una producción mínima que obliga a importarlas desde Galicia para el consumo. Este cambio drástico empezó a notarse sobre 1960.

El fruto del castaño caído al suelo, aunque el árbol tuviera dueño, se consideraba de todos (Bedarona, B.).

Cerezo

En el área oceánica de Vasconia, las cerezas (“keixak”, “kerizak”) son las primeras frutas que maduran, en mayo-junio (las últimas en hacerlo son las “monchinas”). Se  conocen varias variedades de cerezos (“gerezi”) en Iparralde: “gila”, “gerezi-beltxa”, “gerezi-gorria”, “gerezi-xuria”, “ginda” y “gerezi-baxa”. En Bedarona (B), “keriza baltza”, “keriza gorria”, “anpolaia”, “ginagarratza”, “gindak”, “asto kerizak”.

Como muchas de las frutas es consumida en casa bien fresca, en confitura o en conserva. A veces se llevan al mercado los excedentes. Otros apenas las aprovechan, sobre todo las que nacen a la vera de caminos, porque los viandantes las comen antes de que sus dueños las puedan recoger. Con cierta sorna dicen en Sara (I.): “bide-hegikoak beti du ekartzen” (el del borde del camino siempre fructifica), para dar a entender que los árboles se cargan de frutas en la misma medida que los viajeros los van despojando. Son consumidas en casa como frescas o en confitura, eso las que se salvan del consumo de los viandantes.

Para recolectarlas, en Abadiño (B.) se ataban un delantal a la cintura y se recogían con rabo (“aille”) para que duraran más. Se vendían en el mercado de los sábados o a los restaurantes de Durango. Hay varios tipos de cerezas: “txori keixak”, “keixa baltzak”, “anpolla txikiak”, “anpolla haundiak”.

El cerezo, “kereizea” en Beasain (G.), no obstante va en decadencia y es raro ver árboles jóvenes, a excepción de los silvestres que salen entre los árboles de los bosques como consecuencia de los huesos que tiran los pájaros cuando van comiendo cerezas según vuelan. El cerezo guipuzcoano da una cereza pequeña (“txor-keixak”), algo amarga, muy apreciada por los pájaros.

En Elgoibar (G.) al cerezo llaman “gerexi”. El lugar escogido para su cultivo solía ser el monte, cerca de la chabola de los pastores y en lo que llaman las “txaras”. Sin embargo el cerezo bueno, del que se deseaba conseguir su fruto para consumirlo y también para venderlo, al que llamaban “ampolaris”, siempre se plantaba junto a los terrenos de labor. Tenía el problema de su altura y no era de gran productividad, añadiéndose el inconveniente de que los terrenos de Elgoibar son en pendiente y por ello solo se podían coger con facilidad las cerezas que crecían en la parte de arriba mientras muchas las de la parte inferior quedaban para los pájaros. Aquellos cerezos a los que se les podían coger los frutos sin dificultad se ponían cerca de casa. Ofrecían también el poder cazar los pájaros cuando se posaban a comer sus frutos.

Su madera es apreciada en ebanistería.

Ciruelo

Otro tanto pasaba con el ciruelo “ocana” u “okarana”, reducido en el caserío a cuatro o cinco ejemplares suficientes para satisfacer las necesidades familiares. Sus cuidados eran mínimos y generalmente solían crecer salvajes.

Las ciruelas (ciruelo es “adana” en euskera) maduran en julio. Así como las cerezas, no aguantan más de ocho días en buen estado por lo que no se pueden guardar y deben consumirse o ser vendidas nada más recogerlas. En ocasiones se hace mermelada con ellas. Existen diferentes tipos de ciruelas: “abuztu okanak”, “okan baltzak” (ciruela negrilla), “okaran zuria”, “okan nagusiak eta klaudiak” (claudia), “regañadas” (Berganzo, A.), amarillas, rojas, incluso silvestres. Las claudias, son las más preciadas por su dulzor, pero de ellas decían en Bernedo (A.) “que había que comer numero impar y que no pasaran de dos”.  La “regañada” es aquella de color amarillo y de forma alargada que solían tener una segregación seca como si fuera una lágrima, menos dulces y no tan pesadas como las  claudias. Las “churris” o “churles” eran unos frutos a caballo entre la ciruela y la endrina, de menor tamaño y color negro un tanto azulado, cuya recolección se producía en el mes de septiembre (Berganzo, Bernedo, A.; Navarra).

Guindo

Además de la guinda silvestre, existe la guinda “garrafal o griego”, de fruto más grueso que el de aquella.

Higuera

La higuera (“fikua”)  no se ve en muchos sitios, siendo más frecuente en Iparralde la llamada “uztaifikua” (higuera o higo de julio). Entre las posibles razones de su escasez, apuntan en Hondarribia (G.), están el ser lugar donde se criaban nidos de moscas o las atraían, así como a los mosquitos, que luego entraban en la casa, de manera que “mucha gente las cortó”.

Los higos (“ikoak”) más tempranos comenzaban por San Miguel, a finales de septiembre, y se seguían consumiendo en octubre y a veces se prolongaban hasta las primeras heladas en noviembre.

Las clases existentes eran “garragarril ikoa”, “iko zuria”, “iko berdie”, “iko baltza” (Bedarona, B.). Los higos se comían crudos o se hacía dulce con ellos.

Las brevas, fruto de la higuera breval, eran higos tempranos (“iko lorak”) de color blanquecino que se podían consumir a últimos de julio y se mantenían durante el mes de agosto.

Kiwi

La vertiente atlántica de Navarra (Valle de Baztán y Cinco Villas) resulta apta para el desarrollo del kiwi, por su clima suave y húmedo. Presenta el inconveniente de las heladas primaverales, si bien ello se supera implantando sistemas antiheladas en las parcelas y cortavientos. Su cultivo se introdujo en Baztán en 1985 por un grupo de particulares, que inició la experiencia con capital y asesoramiento neozelandés. Se calcula que en la cuenca del río Bidasoa podrían dedicarse al kiwi unas 250-300 hectáreas (año 1990).

Manzano

No exclusivo del área oceánica de Vasconia, pero predominante en ella, se halla el manzano, sujeta su producción a vecería (alternancia de año productivo / año de producción mermada). La planta  del  manzano se  hace  en viveros   (“sagar   muntegui”) con las pepitas de las manzanas escogidas que se habían dejado pudrir y a este efecto se separaban de su pulpa. La siembra se efectúa en semillero en febrero o marzo, en surcos distanciados entre sí de 18 a 20 centímetros, debiendo quedar enterradas las semillas por lo menos a 30 cm. La planta pequeña (“txotxa”) se cultivaba durante dos años efectuando escardas para facilitar su crecimiento.  En los meses de noviembre o diciembre se trasplantan al vivero distribuyéndolas a tresbolillo. Los injertos se efectúan en el vivero y se puede realizar cuando los árboles llevan un año de trasplantados aunque es prudente esperar a que tengan ya dos. Se suele emplear para el injerto el espino blanco.

El  árbol comenzaba a dar fruto a los ocho o diez años. En el caso del prado-manzanal, y aún en otras tierras también, se usaba la medida “sagarlurra”, que era un cuadro de 7 x 7 m. como distancia a dejar entre árbol y árbol. La distancia entre los manzanos de forma arbórea en los cultivos extensivos varía entre 6 y 12 metros. En los primeros años de plantación se aprovecha el terreno con el cultivo de forrajes, patatas, judías… hasta que la sombra y las raíces de los manzanos impiden desarrollar estos cultivos. También suelen intercalarse entre los manzanos otros árboles de forma arbustiva como los melocotoneros.

Las clases de manzanas para sidra eran las llamadas dulces (“guezak»).  Las ácidas se usaban para comerlas asadas y había más variedades. Con las de  sidra se mezclaba una de calidad inferior llamada “ollo-kaka”. Pero en este apartado nos referiremos a las manzanas de conserva o consumo directo (“altxasagarra), no a las manzanas de sidra (“pitarsagarra”), a las que se dedica un apartado especial. Utilizaban diversos tipos de manzanas, entre otros “kamuesa”, “patxulua”, “geza-zuria”, “sagar-gorriya”, “mokolua”, “merkeliña”, “reinetak”, etc. Su época de recogida varía desde finales de junio (24 día de San Juan Bautista), el otoño (septiembre-octubre), el invierno (la reineta), incluso primeros de enero (la “peruerriela” en Elgoibar, G.). Para ello se cimbreaba fuertemente el árbol para que las manzanas cayeran al suelo y las que no caían  se echaban con la vara (“kaku”) y se metían en cestos. En Bera (N), Regata del Bidasoa,  la manzana se transportaba y medía en un recipiente de madera que se llamaba “konporta”, con el que se calculaban las cargas. Las que llaman “gordasagarrac” y “sagar-humoac” sirven, cuanto más sazonadas y olorosas están, para consumir en casa y obsequiar a los de fuera, y duran muchos meses sin estropearse.

Las diferentes clases de manzanas que se recuerdan en Beasain (G.) son: “errezille”, “mokotea”, “urtebie”, “musugorrie”, “txori sagarra”, “San Juan sagarra” y “apaiz sagarra”, pero los manzanales se han hecho viejos y en este momento ya hay muy pocas clases de manzanas, ya que las nuevas plantaciones además de ser muy escasas van orientadas a obtener manzana para sidra.

La manzana más estimada y de mejor gusto es la reineta, que llaman “erregue sagarra” y “campanduja”. Y es de dos especies, una de cáscara algo áspera y que pardea, y tiene la carne dorada; y otra de cáscara dorada y carne blanca. Éstas, con otras especies de frutas, se guardaban en Gipuzkoa, extendidas en el suelo de la “ganbara” (desván), para el día que llamaban “doai eguna”, día de dones o presentes, como el día de Reyes y la Purificación de María. Su almacenamiento en grandes cantidades es el practicado en general para ser consumida como postre a lo largo del invierno y de la primavera siguiente. Y en muchos lugares se ofrecían juntamente con el pan y la cera al tiempo del ofertorio en la misa. En Leitza (N.) era costumbre dejar sobre la chapa de la cocina económica varias manzanas, a las que de vez en cuando se les daba la vuelta, para después tomarlas asadas.

Melocotonero

De la existencia del melocotón diremos que era casi nula, lo único existente era el abridero “kutzaina” (Elgoibar, G.), al que también se le denominaba melocotón y solía estar en cualquier esquina. Con dos o tres bastaba para consumo doméstico, ya que los frutos venían todos a la vez, se caían al suelo y se pudrían. Para la venta era un producto que no tenía aceptación por estar su carne pegada al hueso frente al abridero que ofrece el hueso suelto. Por el contrario, en Hondarribia (G.), gusta mucho el melocotón autóctono o “muxika”. El albaricoque (“albarikokea”) también se ha dado poco.

Membrillero

Es predominante en Navarra a gran distancia de Gipuzkoa y de Álava. En el resto de los territorios no tiene una presencia apreciable. El fruto de este árbol (“irasagarra”), predominantemente diseminado por el campo, se utiliza para hacer confitura o carne de membrillo. También para perfumar el ambiente, los armarios con ropa limpia y ornamentar el hogar.

Níspero

La mayor cantidad de ellos se dan en Gipuzkoa, seguida de Navarra. En los demás territorios su cantidad es inapreciable. Los nísperos (“mizpilak”) se recogían en noviembre y se guardaban en un lugar seco, por ejemplo un cajón con heno. Se consumían según maduraban (pese a su aspecto externo  como si estuviesen podridos). Es un árbol (“misperea”, “mispera”, “mispilla”) en decadencia e infrecuente. Antes se solía injertar en el espino albar (Beasain, G.) y, en Elgoibar (G.), los plantaban en los cruces de los caminos los propietarios adinerados.

Nogal

El nogal (“eltzaurra”, “intzaurtzi”, “intxaurra”) no conviene trasplantarlo, es mejor que crezca donde ha brotado. Si se le trasplanta la planta tarda en fortalecerse. Es un árbol que crece bien incluso entre  peñas. No es costumbre injertarlos. Es un árbol que generalmente da buena madera, aunque no siempre. En Sara (I.) se ha utilizado la drupa externa de la nuez (“eltzaur-koskarana”) como tinta, tras cocerla en agua, para teñir muebles de madera. Las nueces (“intxaurrek”) empiezan a madurar a finales de septiembre. Lo normal es que al madurar salgan de la envoltura que las cubre y caigan del árbol. En esta época viene bien una tormenta que sacuda los árboles. Se recogen del suelo y se extienden a secar en el camarote. Una vez secas las nueces se guardan en sacos. Es un fruto que aguanta bien un año e incluso dos. Se consumen principalmente entre comidas o para merendar acompañadas de pan y vino. También se reservan para la “intxaursaltsa” de Navidad.

En Gipuzkoa es el frutal que mejor se ha conservado, e incluso ha aumentado su cultivo. En todos los caseríos se recogen nueces para el consumo anual, y en algunos para poder vender.

Las variedades de nueces que se producían eran la nuez “ruda”, dura y vasta, y la nuez “pajarera”, más blanda (Berganzo, A.).

Su madera es apreciada en ebanistería.

Peral

El peral injertado se llama “udaria”. Las peras (“makatzak”) maduran entre agosto y septiembre, pero se adelantan las de San Juan o “perucos”, en el mes de junio, menudas y dulces, y las de Santiago o “pera de verano”, más delgada y alargada, en julio. Las peras llamadas de invierno, de carne dura, se mantenían en el árbol más tardíamente y se consumían por Navidad. Se recogen del peral injertado (“udaria”, “udarea”), pues las de los silvestres (“madariak”) son incomibles. Una vez cogidas se retiran al camarote, pero no duran mucho. Hay que consumirlas o venderlas lo antes posible. Cuando empiezan a pudrirse las comen las vacas. Estos son los tipos de peras que se conocen: “olandillak”, “San Pedro makatzak”, “San Kristobal makatzak”, “San Juan madariak”, “agosto madariak”, “kanpanillak”, “txindurri makatzak”, “txingurri-udaria” (grande de agua y dulce), “sideri madariak”, “kutxilo madariak”, “kalabaza madariak”, “ezpata madariak”, “ur madariak”, pera blanquilla, y “gabon madariak” (para hacer la compota de Navidad, se conservan mucho tiempo). El peral (“udarea”) solía estar cerca del caserío y cada uno solía tener la clase de pera que más le gustaba para el consumo de casa.  No era un árbol frecuente en los caseríos  ni al que se prestara demasiada atención. En Elgoibar (G.) informaron de que “en los caseríos no había tiempo suficiente para dedicárselo a los perales”. A la pera salvaje y de pequeño tamaño llaman “maravilla” en Hondarribia (G.).

Vid

La vid (“matsa”) se cultiva en forma de parra, que trepa por los muros de la casa, y en los viñedos (“mâsti”). Dos variedades de parras son las que más abundan en Iparralde: “mikaela-gorria” y “mikaela-xuria”. Pero de la vid se trata en el apartado correspondiente.

Área pirenaica

En el valle de Roncal (N.), son pocos los frutos que pueden resistir el peculiar clima del lugar, entre alpino, subatlántico y submediterráneo: arañones “maxaran” (se decía “maxaran anitx, gari txiki”: muchos arañones, poco trigo), gurrillones, grosellas “beltxanburu” (la negra), cascabillos o ciruela claudia, ciruelas (“aran”, “arrauntzearan” de yema amarilla; “urriaran”, eran más que deseadas las ciruelas rojas del ciruelo de Arrako en Belagua); peras (“zermein” una variedad muy especial) y “txagarko” o manzana ácida. Existían ginebros con cuyo aceite se combatía el dolor de muelas. Con ellos se elaboraban muchas veces licores siendo los más comunes el de cordón, el de “txagarko” y el “paxaran”. Otros árboles frutales como los manzanos, perales y ciruelos se han plantado poco a poco en la huertas.

El cultivo de árboles frutales fue y es tan escaso que ningún encuestado pudo describir los injertos y sus cuidados. Los frutos se destinaban al consumo del hogar. Los frutales más comunes son el manzano (que se planta en enero y se recolecta en septiembre), el nogal (que se planta en enero-febrero y se recogen sus nueces en septiembre), el almendro (que se planta en enero-febrero y se recogen sus almendras en septiembre) y el peral (que se planta en marzo y se recoge su fruto en agosto). Las ciruelas y las cerezas se recolectaban entre julio y primeros de agosto.

Para podar se sabe que se debe hacer practicando un triangulo en el corte llamado “erdizgora” en la mitad de la rama. La única vid que nacía en el valle era la vid silvestre labrusca denominada “basamasti” o “basamats”.

Área mediterránea

Sobre suelos fértiles y climas benignos –zona media y ribera del Ebro- las especies de frutales más numerosas son las que producen frutos secos: almendro y nogal, y las de fruta dulce como el melocotón, nectarina, paraguayo, cerezo, ciruelo, manzano y peral. Entre los melocotonares los más apreciados son los de viña, por dar frutos muy sabrosos aunque pequeños por su menor contenido en agua y ser en consonancia más dulces. Este tipo de fruta dulce, de hueso y de pepita, es con mucho el cultivo más importante del regadío de Sartaguda (N.) y el principal sustento económico del pueblo, al que recientemente se ha unido la producción de fruta ecológica. Los agricultores de Sartaguda son especialistas en todo tipo de injertos en árboles frutales. En esta localidad y en otras como Cadreita, Sangüesa, Valle de Baztán y Pamplona, la Diputación Foral de Navarra estableció en la década de 1940 viveros experimentales para favorecer el reparto de las especies y variedades más selectas para el desarrollo de la fruticultura en la comunidad. Una de sus iniciativas fue la cesión gratuita de plantones si su destino era su plantación en terrenos comunales o para lindes de carreteras (con cerezos y nogales principalmente), que además de ofrecer una gran belleza paisajística y protección contra los rigores del invierno y los calores del verano, suministraban frutos gratuitamente a los lugareños. A esta iniciativa foral se sumaría en 1964 otra del Gobierno central  como fue la creación en Tudela de una Central Hortofrutícola como parte de un plan de desarrollo de la zona Ebro-Jalón, que se dotaría de ocho plantas industriales para la conservación y exportación a Europa de productos de la huerta y las diversas frutas de la época, tanto de hueso como de pepita, situación hoy agravada por la dramática bajada de los precios que se pagan al agricultor y la creciente rentabilidad de los productos de invernadero (alubias, tomate, lechugas etc.), que postergan a los frutales.

Pero este tipo de enclaves productivos quizá sean la excepción. En la Navarra Media los frutales han sido variados (manzanos, melocotoneros, perales, ciruelos, nogales, almendros, membrilleros, higueras, a veces un cerezo o granado, alguna morera..), si bien estaban diseminados en los márgenes de los campos, en las huertas y en las viñas (y ahora en chalets particulares), y su número ha ido decreciendo debido a que su cuidado, al igual que el de las viñas y olivos, es más laborioso y pesado que la siembra de los campos de secano. Su destino era básicamente servir de complemento alimenticio a los moradores de la casa, para postres y dulces. Con ellos se hacía dulce de higo, de membrillo, y ciruelas pasas y orejones (melocotón seco en tiras) con los que se preparaba la compota de Navidad. En algunos campos de cascajo, accidentados y poco productivos se han plantado almendros para hacer saladillas (almendras tostadas tras haberlas tenido a remojo con agua salada), garrapiñadas y turrón royo. Los almendrales crecieron en las décadas 1970-1980, debido a estos aprovechamientos, habiéndose plantado las variedades “Desmayo Blanco (Largueta)”, “Marcona” y “Desmayo Rojo”. Los municipios con mayor producción de almendra eran en 1990, en orden de producción, Cascante, Milagro, Corella, Cintruénigo, Ablitas, Valtierra, Viana, Fitero, Mendavia, San Adrián, Ujué, Sangüesa y Olite. Los orillos de las viñas se reservaban para plantar algún cerezo,  melocotonero, manzano y pomo (las propiedades astringentes de las pomas eran bien conocidas). Los nogales se reparten un poco por todos los términos tanto de la Ribera como de la Navarra Húmeda, tal como se ha explicado.

Otros cultivos de cierta significación en Navarra son el cerezo, presente en los campos de la Ribera, Tierra Estella y Valle de Echauri (Milagro, Corella, San Adrián, Sartaguda, Cárcar, Viana, Vidaurreta, Ciriza y Echauri), donde se cultivan las variedades “Garrafal Napoleón”, “Burlat” y “Pinta de Milagro”; el melocotonero, ampliamente cultivado en la Ribera y, en menor proporción en la Zona Media; el manzano para consumo de mesa con plantaciones regulares en regadíos de la Ribera y de Sangüesa con variedades “Golden Delicious”, “Starking” y “Reineta”; el peral, de cultivo implantado en las riberas del Ebro y del Aragón, tanto en regadío como en secano, con variedades predominantes “Blanquilla”, “Ercolini” y “Limonera”; y el ciruelo, presente en la mitad sur en regadío y secano fresco en las variedades «nigra» de frutos azul-negruzcos que se denominan «ciruela juliana», la forma «syriaca» de fruto amarillo y la «itálica» de color verde rojizo llamada «ciruela claudia».

Destacaremos a continuación varios enclaves geográficos donde la fruticultura de esta área goza de especial implantación.

Viana (N.)

Los árboles frutales se cultivan en esta población de Tierra Estella cercana al Ebro principalmente en las huertas, y sus frutos sirven para autoconsumo, excepto los almendros, a los que se ha dedicado grandes extensiones, ahora en retroceso. Algunas frutas y verduras las venden todavía los particulares colocándolas públicamente en la calle, en cestos, junto a la entrada de la propia vivienda. Dan idea de su importancia estas cifras: en 1984 se dedicaban a la producción de manzano, peral, cerezo, melocotonero 30 Ha, y al almendro 55 Ha. Son datos aportados por Juan Cruz Labeaga.

Almendros:

Ha sido siempre un cultivo muy apreciado para comer el fruto en seco y para la elaboración de turrones y almendras garrapiñadas o saladillas. Existen varias clases. “Común”, redondeado. “Largueta”, acabado en punta y muy bueno para elaborar almendras saladas o garrapiñadas. “Marcona”, el más caro. “Mollor”, muy gordo. “Desmayo”, por tener la flor hacia abajo y así evitar mejor las heladas. Hay una especie común de sabor amargo de raíz muy fuerte y sirve de patrón para luego injertar otra variedad. Entre los años 1950-1970 se plantaron muchas fincas de almendros debido a los buenos precios que se alcanzaron. En la década de los ochenta había 55 Ha dedicadas al almendro en plantación regular. Después se arrancaron muchos y hoy su cultivo está en franca regresión por los bajos precios.

Avellanos:

Había muchos antes en las huertas junto a los arroyos, pero ahora quedan muy pocos.

Caquis:

Hacia 1950 se llegaron a plantar algunos.

Cerezos:

La variedad rojiza es la más temprana y la más sosa. La “negra garrafal”, viene algo después y es muy dulce, grande y a propósito para embotar. La llamada “monzón” es amarilla y buena para conserva. Una clase especial, muy escasa, tardía y dulce, pues viene en julio, es de color amarillento ámbar.

Ciruelos:

Las mejores ciruelas -“eso es miel”- son las “claudias” verde-amarillentas muy dulces. Hay otra, la “semiclaudia”, “mestizada a claudia” pero menos dulce. Las llamadas “japonesas” son grandes, de color amarillento y de piel dura, y algo agrias. Otra variedad es la “morada”, alargada y pequeña. Las ciruelas, sobre todo las “claudias”, se enrastraban a un cordel envolviéndolas en papel y secándolas al aire libre.

Guindos:

La guinda común crece a orillas de los riachuelos, de color rojizo y de sabor agrio, y la “garrafal”, más oscura, de mayor tamaño y más dulce. Este fruto se mezclaba con anís y era aconsejable para el dolor de tripas.

Higueras:

Higos “blancos” o brevas. Higos “royos”, más dulces que los anteriores. Antes había una especie de higos negros parecidos a las brevas. Además de su consumo natural, directamente del árbol, los ponían al sol en cañizos o en cribas en el granero, y, una vez secos, los aplastaban y les echaban algo de harina para tomarlos fuera de temporada. A veces, se ponían en rastras mediante cuerdas.

Manzanos:

Existen variedades. La llamada de “San Juan”, pequeña y colorada. “Reineta”, redonda, plana y algo ácida. “Golden”, alargada verde-amarillenta. “Starking”, de color rojizo. Algunos árboles son añeros, es decir dan fruto un año sí y otro no. Alguno lo explica porque si un año dan mucho fruto “se cansan”. Junto con otras frutas, como las peras y otras ya secas, los “orejones” de melocotón y las “ciruelas pasas”, se elaboraba el “manzanate” de frutas cocidas típico en la Navidad.

Melocotoneros:

Es un árbol de regadío de vida corta de alrededor de diez años. Hay diversas variedades. El mejor es, según algunos, el “gallú” colorado, según otros el amarillento terminado en la base en un piquillo. El “Alejandro Dumas” es muy duro, y por lo tanto a propósito para embotar, pero poco apreciado para consumo directo, pues tiene “mucha resina”. El “blanquillo”, de mucha agua y de tamaño pequeño, es muy bueno. Era muy apreciado el llamado “Sanmigueleño”, que, por venir tarde, era muy dulce. Otra variedad ahora muy escasa es el melocotón “de viña”, de pequeño tamaño, por criarse en secano, aunque muy dulce.

Otras especies de melocotón se pueden considerar las siguientes. “Abridor”, de mucho agua, con el hueso lleno de arrugas y que se desprende fácilmente de la carne. “Pavía”, melocotón aplastado de mucha agua y muy dulce. “Hay muy pocos pavíos”, nos informan. “Paraguayo”, parecido al anterior pero más soso. “Albaricoque” o “albérchigo”, con un surco en su superficie, carne blanda de color amarillento y rojizo, muy dulce y con mucha agua. “Nectarina”, híbrido de melocotón y ciruela de carne dura, rojiza o blanca y entre dulce y agre.

Membrilleros:

El membrillo común huele mucho y es de tamaño pequeño, y hay otros de mayor tamaño pero de poco olor. El árbol puede llegar a tener más de medio siglo de vida. Con este fruto se elaboraba “la carne” o dulce de membrillo.

Nísperos:

Existen muy pocos.

Nogales:

Ha sido un árbol muy apreciado por su fruto y por su excelente madera. Sus variedades son el llamado “de la tierra”, más temprano, y el “francés”, más tardío y nuez mejor y de mayor tamaño. Se suele hacer un licor de nuez.

“Peros” o perales:

Las peras más tempraneras eran las de San Juan de junio, o “peretes” amarillentos. Por la Magdalena (22 de julio) se recogía  una pera de tamaño pequeño llamada “blanquilla”. Excelente es la “pera de agua” o de “limón” de carne blanca acuosa. La pera de “buen cristiano”, amarilla y dura se recogía a primeros de septiembre. La de “donguindo” era una pera de invierno, ancha, de carne compacta y piel dura, que se colgaba para su maduración en los graneros. Estas dos últimas variedades prácticamente ya no existen.

Pomares:

Quedan muy pocos, pues su fruto no es muy apreciado, sí los había en tiempos pasados. Nunca se ha comercializado. Para recoger este fruto bien maduro, pues sólo así se puede comer, había que o dejarlo caerse del árbol al suelo o colocarlo todavía verde en el granero sobre el trigo para que fuese poco a poco madurando.

Moreda (A.)

Esta población de la Rioja Alavesa es particularmente rica en algunos frutales: almendros primordialmente, pero también nogales, perales, melocotoneros, ciruelos y cerezos. Son datos aportados por José-Ángel Chasco.

Almendro y nogal:

Las clases o variedades de almendros que se plantan son las siguientes:

  • Común: da un almendruco redondo y pequeño.
  • Largueta: el almendruco es alargado y hermoso, se emplea para hacer almendras garrapiñadas y turrón.
  • Cristoseco: almendruco tardío que por serlo es más difícil que se hiele. El precio que se paga por él es mayor.
  • Pajarero: almendruco de cáscara blanca que lo suelen picotear las aves.

De todas estas variedades los almendros más puestos son los comunes y los de “largueta”, especialmente estos últimos son los más apreciados.

Higuera:

Aunque no son demasiadas las higueras existentes en este lugar (50 en 1960), es interesante destacar su cultivo por el aprovechamiento tan completo de sus frutos, los higos. Hay diferentes clases de higos: los de viña o higos royos son muy apreciados. También gustan mucho los higos blancos de higueras de huertas y riberas de ríos. Se multiplican por esqueje y, por regla general, no necesitan podarse. Se dan por todos los pagos de la jurisdicción: en viñas, hortalizas, caminos, riberas de los ríos, etc. Los higos se consumen frescos, cuando el tiempo los hace madurar por el mes de septiembre. En esta época si llueve un poco enseguida se hinchan y maduran. Algunas de estas higueras, algún año y no todos, suelen traer brevas que son una especie de higos grandes de aspecto negro o blanco. Las brevas maduran antes que los higos, es el primer fruto anual de la higuera. También se hace con sus frutos dulce de higo añadiéndoles azúcar para su conservación y cociéndolos. Sin embargo, otros los prefieren secos (en tal caso deben proceder de la primera florada, éstos son muy ricos en azúcar y los posteriores no tanto).

Dicen que se secan mejor los higos a la sombra y con aire. Sitios ideales para secar higos son los balcones de las casas poniéndolos encima de un “triguero” (criba) y los graneros en que haya oscuridad y estén bien ventilados.

Valderejo (A.)

El concejo de Valderejo, localizado en la parte suroccidental de Álava, en el valle regado por el río Purón, rodeado por tierras de la provincia de Burgos, está formado por cuatro pueblos: Lahoz, Lalastra, Ribera y Villamardones. Es un paraje de gran belleza natural, hoy especialmente protegido, que se halla muy despoblado en la actualidad. La villa de Lalastra está hoy habitada por algo más de 30 personas. La población se ha dedicado tradicionalmente a la agricultura y la ganadería, pero desde la creación en 1992 del parque natural estas actividades económicas se han diversificado con el turismo.

La zona donde más frutales y de mejor calidad existieron fue en Ribera debido a su ubicación más baja y a un microclima favorable.

Los árboles frutales allí existentes han sido:

Avellanos:

Generalmente ubicados en zonas boscosas (en las orillas del río Purón), ribazos y huertas. No se les dedicaba cuidado especial. Para recoger los frutos se sacudían las ramas y se retiraban del suelo. El fruto se guardaba y se iba consumiendo en invierno, empleándose, también para ponerlos en el “rosco de Pascua”.

Castaños:

Como en el caso de los nogales era en Ribera donde más ejemplares había. También existieron algunos en Villamardones pero con frutos de menor calidad.

Cerezos:

Producían cerezas denominadas “pitorreras”, de menor tamaño que las guindas. Dentro de estas cerezas existían unas de mayor grosor y buen sabor y otras de tamaño más reducido y sabor más amargo. Los cerezos estaban ubicados en los lindes de las fincas, principalmente ribazos y en pequeños sotos. No se les dedicaban cuidados especiales, en general. La única acción ejercida sobre ellos era la recogida de sus frutos que en algunos casos se solía hacer desgajando las ramas llenas de frutos para consumirlas al instante. Esta acción se convertía en una suerte de poda involuntaria. La calidad de los frutos variaba en función de la localización del cerezo, siendo los frutos de mayor tamaño y sabor más agradable los que provenían de ejemplares situados en huertas o zonas más cuidadas por la mano del hombre, y solían tener más carne y menos hueso. En el entorno de las iglesias siempre existieron uno o más cerezos. Estos árboles raramente eran injertados y se reproducían espontáneamente con la diseminación de sus frutos.

Ciruelos:

Se producían las variedades de ciruela negrial (de pequeño tamaño y color negro), blanquilla, pintilla, claudia (la más apreciada) y picuda o “de la rosa” (de color amarillo o morado fuerte). Con su fruto se hacían pasas poniéndolas a secar al sol o introduciéndolas en el horno cuando se cocía el pan.

Guindos:

Aunque escasos, con su fruto se fabricaba el licor de guindas usado para los dolores intestinales.

Higueras:

Frutal muy escaso en el valle. En la actualidad solo existe una higuera en el pueblo de Lalastra plantada por un vecino del pueblo hace aproximadamente 15 años.

Manzanos:

Existían dos tipos de manzanos, unos que daban unos frutos con tonos amarillos y colorados y su sabor era agradable. Estos manzanos solían estar ubicados en las huertas o “herranes”. La otra clase daba unos frutos de pequeño tamaño, color amarillo y de escaso sabor, se trataba de los manzanos “mailos” (su fruto “mailas”). En el pueblo de Ribera existía, también, la clase “reineta”. En la actualidad han desaparecido. Las manzanas se consumían al ser recogidas del árbol, en fresco, asadas o cocidas formando parte de las compotas de Navidad. Se consumían también en invierno, en fresco, ya que cuando se recolectaban se depositaban en un habitáculo cuyo suelo era cubierto con paja y sobre ella se depositaban los frutos.

Nogales:

Más abundantes en Ribera y menos en Villamardones y en Lahoz. La mayor parte de ellos han desaparecido. Sus frutos se consumían por separado, en el “rosco de Pascua”  o sobre rebanadas de pan con miel y mantequilla.

Membrillos:

De este frutal existieron ejemplares en los pueblos de Ribera y Villamardones y algunos de ellos han perdurado perdidos entre la maleza hasta nuestros días. Su fruto es de reducido tamaño comparándolos con los que hoy día se producen, no están cubiertos de pelusa y su sabor y olor son intensos. Con ellos se fabricaba el “dulce de membrillo”. En la actualidad se está procediendo a la recuperación de los pocos ejemplares que quedan por la alta calidad que presentan.

Nísperos:

Existieron algunos ejemplares en las orillas de algunos huertos y en ribazos de las fincas. En la actualidad solo se conoce la existencia de alguno en el pueblo de Villamardones. Sus frutos se recogían del árbol cuando aún no estaban totalmente maduros y se depositaban en las trojes, entre el trigo, donde terminaban de madurar.

Perales:

Las peras que se recogían, en pequeñas cantidades, eran las “sanjuaneras” y los “peruquillos”, de reducido tamaño y escaso sabor.

Medios de protección de los frutales contra diversos peligros

En el uso popular han sido distintos los medios para ahuyentar los peligros.

El peligro de la esterilidad. En Liginaga (I.), a fin de lograr que los árboles frutales fueran más productivos, se recurría al siguiente procedimiento que un informante explicó a D. José Miguel de Barandiarán hacia 1937 con estas palabras [13]: “Jundanejaune goizan ekia elki gabe ekarri behar da harri bat detxima lurrez kanpotik, eta ekia elki gabe ezai behar da zuantzian gañen adar baten onduan” (A la mañana del Señor San Juan, antes que salga el sol, se debe traer una piedra de fuera del territorio municipal y antes que salga el sol, hay que ponerla sobre el árbol en la base de una rama). Procediendo así, al año siguiente empieza el árbol a fructificar, o fructifica más. El mismo procedimiento, pero aplicado a los manzanos estériles (“alferrak”) se ha recogido en Sara (I.). En esta localidad se busca el mismo fin cargando con una o más piedras la horquilla que sus ramas forman en el centro de la copa. En Carranza (B.) se detecta la esterilidad del árbol porque se yergue en exceso: “El árbol que no da frutos, levanta mucho la cabeza”.

La amenaza de los pájaros (tordos en especial). Se les trataba de alejar con espantapájaros, trampas, cepos de goma y, a veces, cazándolos con escopeta. Es preciso poner redes en algunos árboles, como en los cerezos, o cintas y plásticos con latas metálicas o cristales para que hagan ruido y reluzcan, con el fin de ahuyentarles. En las huertas del valle de Roncal (N.), actualmente, si se plantan grosellas o fresas se cubren con redes para impedir que ni los pájaros ni los gatos se las coman. En este valle pirenaico a los espantapájaros se les llamaba “amanditxarko” o “amandixarko” (señora mala), “aitanditxarko” (se le ponía una vejiga hinchada en una mano para que girase con el aire), “mamuka”, “kuka”, “mozorro” y “sanbarranbau”. Algunos de ellos, como los dos primeros, eran volteados en Isaba en los festejos del Carnaval. Se colocaban en las huertas y en los lugares altos de los campos para espantar a los pájaros con sus telas raídas que vibraban al aire.

El riesgo de las tormentas. Contra el rayo se plantaban en los campos árboles del espino blanco o “ilurri”, “eñurratze” al igual que el laurel. Y contra la tormenta eran comunes los rezos a Santa Bárbara. En Isaba se observa un alto con su nombre llamado también Kakueta al igual que el barranco de santa Engracia en Xiberoa. El día de la Santa Cruz (3 de Mayo) se rezaba por los pastores y la gente que trabajaba en el campo.

Los parásitos. En Treviño y Lapuebla de Arganzón (enclave de Burgos en Álava), a los frutales con arañuela  les aplicaban hojas de “cepeña” alrededor del tronco. Se trata de un lirio que crece en las orillas de los ríos empleado para alfombrar el suelo por donde debía pasar la procesión del Corpus Christi.

Imagen de la portada: Los frutos del avellano (Foto: Diario Vasco del 6 de julio de 2019)

Notas

[1] Por esa época, según Julio Caro Baroja, un caserío de la comarca del Bidasoa podía recoger hasta 30 carros de castañas anuales (CARO BAROJA, J. La vida rural en Vera de Bidasoa. Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1944, pág. 66).

[2] BARANDIARAN, José Miguel de. “Bosquejo etnográfico de Sara, (II)”, Anuario de Eusko-Folklore, XVIII (1961), págs. 107-180.

[3] Cilindro hueco con agujeros, en el que se meten las castañas, un gancho, mediante el que todo el aparato queda colgado de los llares del hogar, y un mango, con el que se da vuelta al cilindro, para que las castañas queden asadas igualmente. El tamaño del cilindro varía, aunque corrientemente tenga unos 25 cm. de diámetro, y de largo, 40 cm. El mango, sin incluir la parte que atraviesa el cilindro, tendrá unos 60 c. de largo.

[4] El portainjerto (también llamado patrón o pie) es una planta –árbol en este caso- que se usa para injertar sobre él una yema o un pequeño esqueje de otro ejemplar. La parte del árbol que se injerta sobre el portainjerto se suele denominar variedad, que es la planta que se quiere cultivar y que tiene las características deseadas por el agricultor. El portainjerto es la parte subterránea que trabaja e interactúa con el terreno para absorber el agua y los nutrientes que necesita la parte aérea del individuo así formado. A los pocos años, los tejidos de las dos partes habrán crecido juntos, produciéndose un solo árbol o arbusto aunque genéticamente siempre se mantendrá la diferencia entre ellas.

[5] Véase BARANDIARAN, José Miguel de. “Bosquejo etnográfico de Sara, (II)”, Anuario de Eusko-Folklore, XVIII (1961), págs. 107-180.

[6] BARANDIARAN, José Miguel de. “Materiales para el estudio del pueblo vasco: en Liginaga-Laguinge (Z)”, Ikuska, II (1948), págs. 9-24 y 78-84.

[7] La Diputación Foral de Navarra  facilitaba en 1942 desde su Servicio de Plagas del Campo a los agricultores pulverizadores para fumigaciones con insecticidas y disponía de un consultorio para asesorarles sobre tratamiento de las distintas plagas.

[8] Dicen en esta localidad que dichas hojas son buenas para el dolor de muelas. Sólo con llevarlas encima, metidas en algún bolsillo, se quita el dolor. No obstante, sostienen, que hay que coger las hojas antes de que se tengan los dolores, ya que si se cogen cuando ya ha aparecido no tienen ningún efecto.

[9] Se cree en Bedarona (B.) que la luna nueva de mayo (“ilberria”) es también la mejor para talar alisos. La luna con la que se taló el árbol puede ser decisiva a la hora de calibrar la calidad de la madera. En una ocasión en Mendilibar (B.) necesitaban un mango nuevo para el hacha y resultó de una excelente calidad, no se le formó carcoma y nuestro informante cree que se debió a la fase lunar en que se cortó la madera.

[10] Los cestos fruteros utilizados en Viana (N.) eran cilíndricos, construidos con mimbres si pelar, alguna vez de caña, con asas en los extremos y reborde reforzado, en otras ocasiones con una única asa hacia el interior de lado a lado.

[11] El sistema de vareo para la recolección de frutos silvestres (el caso de las bellotas del roble) en terrenos comunales, así como para obtener las castañas y manzanas de propiedad particular, estaba expresamente prohibido por las ordenanzas del valle de Baztán (N.). En el primer caso para asegurar la alimentación de los cerdos cuando se soltaban a los robledales para que se alimentaran de las bellotas caídas al suelo, y, en el segundo, para no perjudicar los intereses particulares. Véase  CARO BAROJA, J. La vida rural…, cit., pág. 66).

[12] Al erizo del castaño se le denomina en Bera (N.) “morkotza”.

[13] BARANDIARAN, José Miguel de. “Materiales para el estudio del pueblo vasco: en Liginaga-Laguinge (Z)”, Ikuska, II (1948), págs. 9-24 y 78-84.