Etnografía agrícola de Vasconia. VI. El cultivo del tabaco

Como señalan Manuel Llanos y Jaime Luis Zubia [1], es muy posible que se cultivara tabaco en el País Vasco, de forma clandestina en el siglo XIX, aunque las primeras autorizaciones del monopolio se producen entre 1.899 y 1.902 en Bizkaia, si bien es en la campaña 1.932-1.933 cuando se extiende su laboreo a numerosas localidades sin que arraigase del todo.

Por ejemplo, en Nabarniz (B.), se sembró la planta del tabaco en los decenios de 1.940-50 como una posibilidad de obtener dinero, para lo que emplearon terrenos antes destinados al trigo y el maíz, pero la experiencia no duró demasiado. Vicario de la Peña informa al respecto sobre el antiguo cultivo del tabaco en el valle vizcaíno de Carranza:

“Es otro de los que puede rendir pingües utilidades en el suelo Carranza, como las está produciendo en el vecino Ayuntamiento de Rasines y en otros de la provincia de Santander.

El tabaco se cultivó en Carranza con anterioridad a 1.873; recuerdo haberlo visto en muchos huertos de Sierra y otros pueblos; los carboneros lo cultivaban en el monte, en los parajes en que habían cocido hoyas para beneficiar las cenizas y obtener buenas plantas. En 1.896 lo ensayó un natural de Carranza que vivió en Cuba, donde fue cultivador y tabaquero en Vuelta Abajo, obteniendo buenas hojas, preparándolo bien y haciendo excelentes puros.

En el año 1.934, Francisco Vicario y Calvo obtuvo autorización del Gobierno para cultivar cuarenta mil plantas en un terreno roturado en la Sebe del Escobal, cuyo resultado podrá apreciarse en este año de 1.935” .

Su cultivo en Gipuzkoa se mantuvo algo más de tres décadas. Actualmente solo se lleva a cabo en algunos lugares de Álava y Navarra, en poblaciones regadas por el río Ega. En el 2.001 el conjunto español fue el tercer productor de tabaco de la Unión Europea, que trata de reducir la producción con una ayuda máxima de hasta 300.000 € para financiar nuevas actividades económicas. La condición esencial para obtener este apoyo es el abandono definitivo de su cultivo y de la cuota asignada.

El cultivo del tabaco en Gipuzkoa

Según los autores anteriormente citados, las primeras autorizaciones para el cultivo de tabaco en Gipuzkoa, se concedieron en la campaña 1.932/1.933, a cinco baserritarras de Legazpia, que cultivaron un total de 10.000 plantas, y en la siguiente campaña a 78 baserritarras de Aretxabaleta, Zestoa, Eibar, Mondragón, Mutriku, Orio, Placencia, Zarautz y Zumaia, con 32.638 plantas con una media de 420 por cultivador superando a Bizkaia y Navarra, aunque por detrás de Asturias y Santander. Las principales variedades de tabaco fueron las de Maryland y Havano 142. El laboreo del tabaco continuó ganando entidad y en la campaña 1.935/1.936 ya eran 80 cultivadores con casi 109.000 plantas y una media de 1.360. Los pueblos de mayor importancia eran entonces  Aretxabaleta, Orio, Zumaia y Tolosa.

En la difusión del cultivo de tabaco en Gipuzkoa tuvieron notable influencia Adalberto Picaso ingeniero jefe de la zona 5ª a la que pertenecía la provincia e Ignacio Gallastegui de la Diputación Foral, a quienes era frecuente ver, “los domingos a la salida de misa, en el exterior de los atrios de las iglesias en los pueblos, celebrando animadas reuniones sobre los beneficios del laboreo del tabaco”. Esta labor a partir de 1.936, la llevó a cabo Agustín Alonso de Taramona, al que siguió Manuel Cerdeiras y posteriormente Manuel Llanos, siendo también destacable la actuación de los Peritos: Cándido Muñagorri y Teodosio Goñi. Tampoco pueden olvidarse las ayudas técnica y económica de la Diputación Foral.

Los años siguientes siguió aumentando la superficie dedicada al tabaco llegando en 1.946 a 200 cultivadores de 36 municipios con 700.000 plantas alcanzándose en 1.957/1.958 el máximo de solicitudes para cultivar tabaco con 407 baserritarras de 37 municipios y 2.373.000 plantas destacando tres áreas como principales productoras. La primera por su extensión, la cuenca del Oria, la segunda los valles próximos de la costa guipuzcoana y la tercera, la zona que va desde Eibar a Oñati.

El cultivo de tabaco registró un importante retroceso en las siguientes campañas, de forma que en la de 1.964/65, fueron poco más de un centenar los cultivadores (107), casi una cuarta parte de los de un quinquenio antes, que se ubicaban en 18 municipios. El número de plantas fue de 545.000 con una media por explotación de 5.100.

En la pérdida de importancia de este cultivo hasta su casi desaparición, en los años setenta del siglo pasado, influyeron decisivamente otras opciones laborales, sobre todo en la industria, que a juicio de los baserritarras eran más rentables, aunque también se cita la competencia de otras áreas, y por varios veteranos cultivadores, “la aparición del moho azul que destruyó las plantaciones varios años”.

El tabaco guipuzcoano fue considerado de buena calidad, lo que se atribuía a un suelo y clima propicios para su cultivo y al buen hacer de los caseros. En la campaña 1.934/35 de toda la zona cantábrica se situó en primer lugar el cultivado en Beasain que se pagó a 3,75 pesetas el kg. También los cosechados en Zumaia, Fuenterrabia y Zestoa alcanzaron cotizaciones altas.

Los semilleros

Eustaquio Alberdi Lizaso (1922) nacido y residente en la casa Rentería Nueva más conocida como Kondekua (por haber sido propiedad del Conde de Villafranca al que la adquirieron en 1.954), sita en Oikia Auzoa del término municipal de Zumaia, es un conocido horticultor que desde su juventud participó con su familia en el laboreo del tabaco, siendo el responsable, durante varias décadas, de la coordinación de los baserritarras que se dedicaban a esta actividad en la zona.

Recuerda que para poder cultivar tabaco era necesaria la autorización del Servicio Nacional, lo que se consiguió por primera vez en la zona en 1.933. Su laboreo comenzaba preparando los semilleros sobre un “terreno sano” de una anchura del orden de 1,5 metros y longitud variable, según las plantas de tabaco a cultivar (cada metro cuadrado unas 500). Estaba formado por tres capas. La inferior de grava para facilitar el desagüe, la segunda de estiércol, preferentemente asnal, caballar o mular y la superior de mantillo solo o mezclado con tierra. En opinión de Eustaquio Alberdi, era conveniente rodearlo con un sencillo tabique y cubrirlo con una cristalera para cuya construcción, la Diputación Foral de Gipuzkoa concedía ayudas económicas.

Una vez preparado y desinfectado el semillero, a principios de marzo, se procedía a la siembra de las diminutas semillas entregadas por el Servicio Nacional del Tabaco (un gramo, según variedades, contiene entre 8.000 y 20.000 simientes) y con las que había que cultivar un determinado número de metros cuadrados “cada uno de los cuales daba unas 500 plantas”.

Eustaquio manifiesta “que el calor reducía el tiempo que tardaban en aparecer las pequeñas plantas, por lo que humedecían las semillas con agua templada y la mantenían sobre un lienzo en el interior de una habitación que estuviera a 18/20º, enterrando a continuación la simiente, medio gramo por metro cuadrado, antes de que germinaran”.

El semillero requería una notable atención, pues había que regarlo diariamente, manteniéndolo húmedo pero sin encharcamientos, evitar que una vez que brotaran las plantas les diera el sol con intensidad y protegerlas de las noches frías. Asimismo había que eliminar las hierbas y clarear el cultivo, manteniendo entre sí una distancia uniforme, llevando las plantas sobrantes a otro semillero, lo que era conocido como “repicado”. Por último abonar para favorecer su desarrollo normal.

Manifiesta Eustaquio Alberdi “que transcurridos unos cien días, a finales de mayo o principios de junio, cuando la planta tiene de 12 a 15 cm.-, se procedía al trasplante a su asentamiento definitivo, lo que había que llevar a cabo los días de poco viento y a primera hora de la mañana o al anochecer cuando el sol tuviera poca fuerza, colocándolas a una distancia entre sí de algo más de medio metro».

Los cultivadores

Los baserritarras recogían las plantas del semillero para implantarlas en su ubicación definitiva. Según Santiago Salegui Alcorta (1.928), era muy importante la elección y preparación del terreno de asiento que iba a recibirlas para su crecimiento hasta la recolección, teniendo que abonarlas con nutrientes: estiércol, potasa, cal, etc., varias veces durante el invierno.

Una vez trasplantadas al terreno de cada cultivador, comenzaba el trabajo de hacerlas crecer con las mayores atenciones y cuidados. El tabaco necesita una atmósfera húmeda, por lo cual había que regarlo en las épocas muy secas durante su crecimiento.

También había que “despuntar” la planta, es decir quitarle la flor, suprimir los hijuelos o brotes (“kimuak moztu”) y eliminar las hojas más bajas o cercanas al suelo; escardar y recalzar con la azada (“jorratu”), eliminar las hierbas que nacían alrededor de la planta y acumular tierra entorno al tronco de la misma.

Todas estas operaciones favorecían su crecimiento y la calidad de las hojas y por tanto la del tabaco.

Los baserritarras cultivadores de tabaco consideran que solo la experiencia permitía conocer el mejor momento para proceder a su recogida lo que generalmente se llevaba a cabo en setiembre.

Se cortaba la planta que tenía un tronco de 50/60 mm. de diámetro a ras del suelo, utilizando un hacha pequeña o una hoz, dejándola orear sobre el terreno, sin exponerla al sol. Trasladadas las plantas al lugar de secado, generalmente el desván de los caseríos, aunque en ocasiones también se utilizaban las cuadras y hasta las cocinas, se separaban a mano las 15/20 hojas que tenía cada planta formando ristras que se colgaban en alambres colocados a lo largo y ancho del secadero.

Koldo Lizarralde al dar cuenta de sus investigaciones sobre el cultivo del tabaco en Elgoibar [2], manifiesta: “al principio y al final de cada alambre con tabaco colgado, instalaban una especie de ruedas hechas de árgoma (“otea”) al objeto de que los ratones (“saguak”) no pudieran acceder al tabaco. De esta forma, a la vez que la árgoma pinchaba, se giraba y echaba al ratón”. A veces, se calentaba el local, pues la temperatura y la ventilación eran muy importantes para el correcto secado y evitar  pérdidas por putrefacción.

Secado el tabaco, para su envío al Centro de Fermentación de Pamplona, se apilaban en fardos entrecruzando las hojas. Se clasificaba según calidades, que determinaban los responsables técnicos del Centro de Fermentación, que apreciaban las hojas de tabaco que habían sido “mimadas” en su crecimiento y su curado por los baserritarras.

El pago se realizaba en función de las calidades obtenidas interviniendo un representante de los cultivadores. No deja de ser como mínimo curioso que actualmente la subvención de la Unión Europea es la parte principal de lo que perciben los cultivadores.

Aparte de su función fundamental, las hojas de tabaco se han utilizado para “matar angulas”, operación muy importante para su calidad culinaria en lo que eran verdaderas maestras las “etxekoandres de las zonas en las que capturaban”.

En las épocas del racionamiento, no hay que olvidar que duró hasta mediados los años cincuenta del siglo pasado y tras una previa fermentación, en lo que al decir de los veteranos “se utilizaba coñac”, sirvió para elaborar cigarros (puros) y cigarrillos que se cambiaban a los eibarreses por cartuchos para la caza. También era frecuente el cultivo para consumo propio.

En Zumaia (G.) más de una treintena de caseríos cultivaron tabaco en la postguerra. Y en Nabarniz (B.), se sembró planta del tabaco hasta los decenios 1940-50. Se recogía en otoño y las hojas se ensartaban con una cuerda al modo de los pimientos choriceros y se ponían a secar en el camarote. El Ayuntamiento avisaba de la llegada del camión que venía a recoger la mercancía a la localidad y en esa fecha las casas debían acarrearla al núcleo de la población, Elizalde. Se entregaban las plantas empaquetadas, «galtzu parduen moduen», como los fardos de paja.

El cultivo del tabaco en Navarra

Informan Antonio Purroy y  José Antonio Mendizábal [3]que cuando se autorizó a Navarra el cultivo del tabaco en 1.933 por parte del Estado, la Diputación Foral comenzó a subvencionar con 250 pesetas por hectárea a cuantos agricultores se decidieron a establecer en sus fincas este cultivo. Desde el año 1.939, vista la dificultad del agricultor para obtener la planta, se suprimieron las indemnizaciones y se establecieron semilleros por toda la provincia en los que el agricultor pudiera adquirir la planta ya producida. En 1.944 se facilitaron 800.000 plantas a cerca de 900 agricultores que producían unos 75.000 kg. de tabaco seco, que se entregaba en el Centro de Fermentación de la zona, para cuya instalación en un solar de 2.000 m. junto a la Estación del Norte de ferrocarril la Diputación ofreció una fuerte subvención económica. Dicho Centro funcionó hasta la década de 1.970, en que necesidades urbanísticas lo hicieron desaparecer. La mejor clase de tabaco se obtenía en la zona atlántica de la provincia, del tipo Habana, pero que también estaba extendido por la parte oeste en poblaciones del alto Ega.

Antaño, en una de ellas,  Genevilla, cada familia lo sembraba en la huerta por San José (19 de marzo) para después pasarlo a las fincas en forma de planta. Todo el tabaco que se producía se debía vender al Gobierno, pero cada vecino se guardaba una parte o aprovechaba los retoños que salían después de cortar la planta, que eran de bastante peor calidad, para venderlos en régimen de estraperlo en los tiempos del racionamiento de la posguerra, pues de este modo obtenían más beneficios que con la venta del bueno al Gobierno. El transporte ilegal del tabaco se hacía por el monte con ganados a altas horas de la noche para evitar arbitrios y controles de la guardia civil. Hombres y mujeres ocultaban los manojos de hojas húmedas forrándose con ellos su cuerpo o se disimulaban como fondo de sacos de alubias.

Hoy en Genevilla sólo viven del tabaco dos familias. Una de ellas, la de  Esteban Echagoyen Arriaga, explicó en 2.006 el proceso del cultivo de esta planta [4], que consta de ocho fases:

  • Preparación de la tierra con fumigación de productos fitosanitarios para evitar la aparición de las numerosas plagas a las que es vulnerable la planta; labrado para oxigenarla y adecuarla para la plantación. Se hace con tractor dotado de bombona de fumigación y barras herbicidas.
  • Plantación de los cepellones de tabaco recibidos de los invernaderos en cuyos semilleros se han desarrollado previamente. Se hace a mediados del mes de mayo usando el tractor dotado de una máquina adecuada al caso, semiautomática, dado que dos agricultores, sentados sobre ella, de espaldas al conductor del tractor, deben ir colocando uno a uno del plantones en una rueda giratoria que los va introduciendo en la tierra a una distancia prudente de unos 30-40 cm. Una mujer camina detrás, y con una azada va repasando cada uno de los plantones asegurándose de que quede la planta al aire desde su cuello.
  • Riego de la plantación en la cantidad justa para que los plantones asienten bien. En los primeros cincuenta días transcurridos desde la plantación no se requieren riegos fuertes, porque se estropearía la raíz. A mediados de julio asoma la flor de la planta, que es de color rosáceo en la variedad plantada, y a partir de entonces el cultivo admite mayor cantidad de agua, que se distribuye mediante aspersión. Es más aconsejable regar por la noche.
  • Desflorado y deshijuelado, una vez producida la floración de la planta, a mediados de julio, que se hace manualmente con la ayuda de una navaja, planta por planta, con el fin de que la fuerza de la savia vaya a las hojas exclusivamente. Una vez realizadas estas operaciones, comienza a madurar la planta y en unos veinte días estará lista para ser cortada. El crecimiento ha sido rápido, la planta ha alcanzado los 170 cm. de altura.
  • Recolección con cortadora de cuchilla rotativa a motor. Se realiza una por una, que se dejan sobre el suelo durante un par de horas para que el tabaco se oree y adquiera más consistencia la hoja. Antiguamente se empleaba la hoz. Estas operaciones deben hacerse con tiempo seco. Se trasladan las plantas al secadero, donde permanecerán hasta el mes de noviembre.
  • Secado en un pabellón específico, de altura que permite suspender de las vigas del techo las plantas en condiciones de aireación seca con orientación norte, para lo que se han previsto pasillos intermedios y un hueco cada tres plantas. Transcurridos los primeros diez días de secado las plantas ya amarillean, pero lo que más cuesta secarse son los nervios de las hojas. Con el paso del tiempo las hojas pierden volumen y hasta un 20% de su peso. Hay que considerar que los tronchos o tallos de la planta luego se desecharán y no sirven como picadura de tabaco. Las cuerdas escogidas para la suspensión son de fibra vegetal, de cáñamo o sisal, para evitar que dejen impurezas en las hojas. A las plantas se les hace un simple nudo de dos vueltas para sujetar de las vigas del techo.
  • Descolgado y clasificación. A fines de noviembre – principios de diciembre las plantas se descuelgan por el mismo procedimiento manual con que se suspendieron, lo que se hace con gran cuidado dada la fragilidad que ahora presentan del todo secas. A las cuerdas, agrupadas en haces, se les hace un nudo y se ocultan sobre las vigas para futuras reutilizaciones. Ahora viene la clasificación con ayuda de tres cajones: uno para las hojas inferiores del tallo, otro para las intermedias y otro para las superiores, ya que no fermentan al mismo ritmo. Las intermedias son las de mayor tamaño y calidad. Los haces de hojas se atan con cuerdas formando fardos que se depositan en el suelo del almacén, también aireado.
  • Envío del producto a las empresas especializadas para su transformación y comercialización posterior.

La crisis que azota el campo en la actualidad y las añadidas dificultades que conlleva la producción de un producto como el tabaco, sometido a controles sanitarios muy estrictos por el perjuicio que causa su consumo a la salud de las personas, explican que la treintena de familias que se dedicaban a este sector en Milagro (el último reducto de este cultivo en la Ribera del Ebro del que llegaron a depender cien familias y que también abarcó a Funes y Azagra) haya abandonado definitivamente su cultivo en 2.008, ante la inseguridad de recibir subvenciones de la Unión Europea y el escaso beneficio que el agricultor recibe por su venta al Estado (un 20% frente a un 80% que ingresa éste de impuestos por comercialización). En la Ribera la variedad cultivada era del tipo Burley. Hoy es un cultivo en declive –su cénit se alcanzó entre 1.951-1.954-, el cultivo del tabaco se limita en Navarra a algunas poblaciones del alto Ega (Marañón, Cabredo y Genevilla en particular) y del  medio (Abaigar, Murieta). Pese a las dificultades del sector, un informante de Abáigar confiesa que el tabaco «encaja muy bien con los huecos libres que dejan otros cultivos» [5], y una labor que durante más de ochenta años ocupó a un estimable número de agricultores navarros, y de guipuzcoanos, como hemos visto, se ha convertido en algo residual, pese a la calidad contrastada del producto [6].

Imagen de la portada: Cultivo del tabaco en Genevilla (Navarra)

Notas

[1] LLANOS, Manuel-ZUBÍA, Jaime. “Nuestro tabaco oscuro”. Enciclopedia guipuzcoana. Fascículo 2. San Sebastián, Publicaciones Vardulia, 1964. Informantes: Eustaquio Alberdi Lizaso (1922) y Santiago Salegui Alcorta (1928). Los autores manifiestas que las aportaciones de Javier Carballo, fueron fundamentales para la realización de su trabajo. URL: http://www.oficiostradicionales.net/es/#otros. Acceso: 09/04/2014. Diputación Foral de Gipuzkoa. Oficios tradicionales. Actualización: 2014. Colaboradores: Carmelo Urdangarin Altunay José María Izaga Reiner

[2] LIZARRALDE ELBERDIN, Koldo. Apuntes etnográficos (1). Elgoibar, Ayuntamiento de Elgoibar, 1994.

[3] PURROY UNANUA, Antonio – MENDIZABAL AIZPURU, José Antonio.  La agricultura navarra en la primera mitad del siglo XX. Pamplona, EGN Comunicación, 2011, pp. 125-126.

[4] “El tabaco en Tierra Estella”, Serie Navarra: tradiciones y costumbres, vol. 6. Guión y dirección: Eugenio Monesma. Productor: Fernando Guallar. Producción: Pyrene, P.V., en colaboración con el Museo Etnológico de Navarra “Julio Caro Baroja”, Huesca, 2006. 12’ 40’’. Informantes: Esteban Echagoyen Arriaga, Amparo Fernández de Mendiga, Gerardo, Estíbaliz e Iñaki Echagoyen Fernández, y Eusebio Pérez de Notario.

[5] Jaime Alegría Pascual en declaraciones a MURIETA, R. A. “El cultivo de tabaco hace de Tierra Estella su último feudo en territorio navarro”, Diario de Navarra, Pamplona, 18 de junio de 2010.

[6] En el año 2.000, un 0,5 era la producción de Navarra y un 0,1%, la del País Vasco, frente a Castilla-La Mancha (0,8%), Castilla y León (1,6%), Andalucía (10,2%) y Extremadura (86,7%). Fuente: DÍAZ MAROTO MUÑOZ, José Luis. “Impacto socioeconómico del consumo del tabaco en España”. El Médico. Anuario 2001, p. 167. URL: http://www.elmedicointeractivo.com/ap1/emiold/documentos/anuarioap2001/166-169.pdf